viernes, 29 de enero de 2021

CERVANTES, D. QUIJOTE Y LAS TIERRAS DE LA SIERRA DE SEGURA.

La propia cercanía geográfica de los lugares donde desarrolló gran parte de su vida nos puede hacer pensar que la vinculación, cuestión que evidentemente quedó después reflejada en su obra, de D. Miguel de Cervantes con Jaén y la Sierra de Segura fue considerable. Esta es la cuestión que se intenta demostrar en este artículo de Alejandro F. Idáñez que a continuación les presentamos. 

LA SIERRA DE SEGURA EN LA OBRA DE CERVANTES.

Por Alejandro Faustino Idáñez de Aguilar.

     Entre los personajes ilustres que han visitado la comarca de la Sierra de Segura o que han residido en ella, se cuentan algunas de las más importantes figuras de la literatura española y de la mística religiosa. Jorge Manrique, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, y otros más modernos, cuya presencia habría que estudiar algún día detenidamente. Hoy vamos a centrar la atención sobre don Miguel de Cervantes, autor de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, el libro más conocido y seguramente leído del mundo junto con la Biblia.

Miguel de Cervantes

    Cervantes nació en 1547 en Alcalá de Henares, hijo de Rodrigo Cervantes, un cirujano-barbero, parecido a un practicante o ayudante sanitario de nuestros días, y de su esposa Leonor de Cortinas; residiendo en dicha ciudad, Valladolid, Esquivias, Sevilla, Córdoba, Toledo y finalmente Madrid, donde muere en 1616 a los 69 años. De su presencia en la zona de Segura y su tierra hay testimonios fehacientes en diversas fuentes y autores. En su condición de Comisario Real de Abastos, Miguel de Cervantes, recibe en 1591 la orden de trasladarse a Jaén para proseguir las sacas de cereales destinadas al abastecimiento de la Armada. Según nos dice Trapiello en su obra “Las vidas de Miguel de Cervantes”, ­“…..después de Jaén se dirigió Cervantes a varios pueblos más de Andalucía, entre los que se contaron Estepona, Baeza y Úbeda, donde a la sazón vivió, en el convento de carmelitas, Juan de Yepes, conocido tras subir a los altares con San Juan de la Cruz…”. Quedando ratificada por la mayor parte de sus biógrafos la presencia de D. Miguel, en los primeros meses de ese año 1592, recorriendo la mayor parte de los caminos de las provincias andaluzas de Sevilla, Córdoba y Jaén.

Baeza

     Como viajero incansable por los caminos de España, fueron muchas las ocasiones en que Cervantes transitó por las vías que discurren por la comarca de Segura en sus frecuentes desplazamientos a Sevilla y otros muchos lugares andaluces, desde Madrid y Toledo, a cuyo fin pasaría por la vieja ruta que, desde la antigua ciudad de Cástulo, cerca de Linares, discurre por la zona del Condado, cruza el río Guadalimar y a través de Montizón y Villamanrique hasta Mariana (actual Puebla del Príncipe), Almedina y, a través de Villanueva de los Infantes, se dirigía en dirección a Toledo o a Madrid, en un viaje de ida y vuelta que repitió en nombradas ocasiones, deteniéndose a pernoctar en las diversas ventas y posadas que ofrecían sus servicios a los viajeros, entre las cuales alguna de ellas estaba situada en terrenos pertenecientes a la encomienda de Segura.

Castillo. Montizón

    En cuanto a la presencia de don Quijote y Sancho,  recientes estudios  realizados por un equipo de la Universidad Complutense de los distintos  viajes y desplazamientos de los protagonistas que narra la novela, localizan como centro de las rutas de Don Quijote y Sancho la ciudad de Villanueva de los Infantes, capital del Campo de Montiel limítrofe a la comarca de la Sierra de Segura, transcurriendo muchos de los avatares vividos por ambos personajes en Sierra Morena, y en concreto, en la franja que separa Jaén y Ciudad Real al norte de la Sierra segureña, que algunos escritores recogen.

Plaza Mayor. Villanueva de los Infantes

    Precisamente en esa ruta se encuentra la Venta del Villar, una antigua posada de viajeros que era propiedad de la encomienda de Segura, junto a la dehesa de Zahora y otros bienes, que más tarde sería llamada Venta Nueva, situada entre Montizón y Villamanrique. Un lugar donde Cervantes tuvo que hacer noche en varias ocasiones a lo largo de su vida, y en la cual se desarrolló la bien conocida escena en que Don Quijote es armado caballero por su viejo amigo el posadero junto al pilón de agua del patio, y otras aventuras increíbles que tienen lugar en los caminos de acceso que transcurren por la zona. Este hecho está avalado por varias fuentes y testimonios de autores: “La Venta Nueva, una venta situada a dos leguas de distancia, donde tiene lugar el manteo de Sancho está situada entre la Torre de Juan Abad y Villamanrique mientras que la Venta de los Santos, en plena Sierra Morena, estaría situada entre Chiclana y Santisteban del Puerto, además de describir otros lugares de nuestra Sierra Morena”, según atestigua Zamora Moreno.

    El uso de la Venta Nueva era muy frecuente entre los viajeros que seguían el Camino Real de Toledo a Granada, siendo ruta utilizada por Quevedo, por el rey Felipe IV o las tropas francesas de Napoleón, para seguir desde allí por el paraje de Barranco Hondo en Villamanrique, siendo esta población donde confluía con el Camino Real de Andalucía a Valencia que se dirigía hacia el este desde las poblaciones del Condado por Albaladejo y Villanueva de la Fuente (antigua Mentesa oretana). Por lo tanto, no es de extrañar que Cervantes transitara asiduamente por estos caminos y por los que desde aquí unían estos lugares manchegos con la Sierra de Segura para continuar a Cartagena, según informa M. Corchado en su estudio.

Caminos en el Campo de Montiel

    Son varios los parajes entonces propiedad de Segura y su encomienda, y de la encomienda de Montizón, donde don Quijote ejerce su oficio caballeresco en defensa de los desvalidos, liberando a un pastorcillo de los castigos que su amo le propinaba atado a una encina, y de los daños que infieren al caballero los mercaderes toledanos con que se cruza en el camino, que le devuelven a su casa malherido. Ya en la primera salida de andanzas, don Quijote, alude a estos lugares que narra el capítulo II de la primera parte: “Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los más calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un  corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo….cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas (del colchón de su cama), subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel. Y era la verdad que por él caminaba.” También en el capítulo XXVIII, recuerda el autor los parajes montañosos tan queridos para él: “Diose don Quijote una gran palmada en la frente y comenzó a reír muy de gana y dijo: -Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras salidas, sino dos meses apenas…”. Así mismo, en la segunda salida del caballero andante, que narra en el capítulo VII, Cervantes explica la ruta que emprende el viajero: “Acertó don Quijote a tomar la misma derrota (rumbo) que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol no le fatigaban”.

D. Quijote y Sancho

    De la repetida permanencia de D. Quijote en Sierra Morena es abundante la mención que se contiene en varios pasajes del libro, y en concreto en el mismo título de los capítulos XXIII al XXVI. A este respecto, conviene aclarar que, la Sierra Morena a que se refiere D. Quijote es el tramo que ocupa el Campo de Montiel en la divisoria entre La Mancha y Jaén, por donde iba el camino de paso entre Toledo y Andalucía que confluía con el de Valencia y Cartagena. Un trecho que coincide con los actuales pueblos castellano-manchegos del sureste de Ciudad Real como Villanueva de los Infantes, Terrinches, Montiel, Almedina, Villamanrique, Torre de Juan Abad o Albaladejo y los jiennenses de Villarrodrigo, Siles, Orcera, La Puerta, Génave, Puente de Génave, Montizón o Chiclana de Segura.

Campo de Montiel y la Sierra de Segura

    Son varias las aventuras que viven los famosos personajes don Quijote y Sancho en los campos del área manchego-segureña y sus proximidades, según Zamora Moreno al afirmar que: “en estas tierras, nuestro entorno, se describen una buena parte de los acontecimientos más bellos e importantes de la obra de Cervantes. Del capítulo XV al LII que resulta ser el 35 % de toda su obra y el 75 % de la primera parte del Quijote, todo ello en la segunda salida del Quijote”. Citas textuales de la presencia del hidalgo caballero en los terrenos intermedios entre Ciudad Real y Jaén, se acreditan en el Cap. XXIII “De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena…”, en el Cap. XXIV “Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena…”, en el Cap. XXV “Que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha…” o en el Cap. XXVI “Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena…”. Estas referencias demuestran la frecuencia con que Don Quijote y Sancho deambulaban por la parte de Sierra Morena que se reparte entre las tierras del Campo de Montiel y las de la Encomienda de Segura, siendo algunos parajes perfectamente identificables para muchos habitantes de Villarrodrigo, Génave y otros municipios de la Sierra de Segura.

Mapa de la zona manchego-segureña S.XVII

    Aunque no se sabe con certeza la secuencia de la redacción de la famosa novela por su autor, lo más probable es que el Quijote se engendrara y se empezara a escribir en Andalucía; para después perfilarse en la Mancha…, escribiéndose en diferentes periodos que podrían corresponder a las distintas andanzas del caballero, siendo probable que Cervantes escribiera su libro a lo largo de mucho tiempo y con muchas interrupciones, viajando con sus papeles. Hay que imaginarlo, por lo tanto, años enteros yendo de un lugar a otro de Andalucía, parando a dormir en diferentes sitios, residiendo algún tiempo en un pueblo o una ciudad de nuestro entorno y así iría escribiendo, según afirma J. Marías. Por lo tanto, no entra dentro de lo descabellado pensar en la posibilidad de que Cervantes pudiera escribir algunas páginas en la ya nombrada Venta Nueva. Y otro tanto cabe pensar sobre el lenguaje de don Quijote y Sancho, que pudieron usar alguna de las palabras utilizadas en los parajes del Campo de Montiel y aún de la zona inmediata de la Sierra de Segura, pues, solamente un viajero que había conocido varios países, lenguas y ambientes diferentes podría hacer gala de un léxico tan rico como el que muestra en el libro, pues, como afirma J. Marías en su texto “Cervantes, clave española”, Cervantes maneja todos los registros del lenguaje, desde los más elevados, alambicados, retóricos, arcaizantes, hasta los más populares, coloquiales, desgarrados, burlescos, la germanía, absolutamente todo; por lo que no cree que haya ningún otro autor que use con tanta seguridad, acierto y complacencia todos los registros del español; y que solamente con su obra se pueda reconstruir toda la lengua española de su tiempo, el vocabulario, los giros, los modismos, los refranes, los diferentes tonos, los niveles”.

Ejemplar facsímil del Quijote.

    Cervantes fue coetáneo de otros ilustres visitantes de la zona como  San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús que había fallecido en 1582, interviniendo el escritor en el  acto de beatificación de esta última celebrado el 25 de septiembre de 1614, con motivo de las justas poéticas organizadas, donde el autor declamaría un poema titulado “Por Miguel de Cervantes a los éxtasis de la Beata Madre Teresa de Jesús”, durante el cual una mascarada estudiantil representó también los imaginarios esponsales de Don Quijote y Doña Dulcinea, que ya eran personajes cervantinos famosos.

Representación de la obra de Miguel de Cervantes.

    Sirvan estas líneas para dejar constancia de la presencia de don Miguel de Cervantes y sus personajes novelescos en tierras de la zona de Segura, en la parte que ocupan las estribaciones de Sierra Morena delimitada en La Mancha por su Campo de Montiel y por la comarca de la Sierra de Segura en la zona jiennense, cerca de los ríos Guadalmena y Guadalimar que separan ambas áreas.

 

Bibliografía consultada

-El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Felipe González Rojas, Editor. Madrid, 1894 

-Don Quijote de la Mancha. Real Academia Española de la Lengua. Edición del IV Centenario. Santillana Ediciones. Madrid 2004

-Corchado Soriano, M. “Pasos naturales y antiguos caminos entre Jaén y la Mancha”.Boletín del Instituto de Estudios Giennenses nº 38, pp.9-40. Jaén, 1963

-Marías. J. Cervantes clave española. Alianza Editorial.Madrid, 1990

-Rodríguez Castillejo. J. Don Quijote por los Campos de Montiel. Ciudad Real, 1999

-Rodríguez Perea, S. Desde un lugar de La Mancha. Ciempozuelos, 1997

-Spunberg, Alberto. Miguel de Cervantes. Ediciones Rueda. Madrid, 2003

-Trapiello. A. Las vidas de Miguel de Cervantes. Ed. Planeta. Barcelona, 1993

-Al morir don Quijote. Ediciones Destino. Barcelona, 2006

-Villaverde Gil, A. Viaje por La Mancha de don Quijote y Sancho. Aache Ediciones. Guadalajara, 2002

-Vizcaíno, J.A.  Caminos de La Mancha. Ediciones Alfaguara. Madrid, 1966

-Zamora Moreno, C. Chiclana de Segura. Egedsa. Sabadell, 2005

sábado, 16 de enero de 2021

LOS PUENTES EN EL PUENTE.


EL PUENTE NUEVO

Por José Ant. Molina Real

Cuando nombramos algún lugar o población, lo hacemos con una denominación que se suele perder en el tiempo. La toponimia estudia la evolución y el origen de esos nombres de lugares, pueblos y ciudades. En el caso de Puente de Génave no hace falta hacer un profundo estudio para desentrañar el origen de su nombre y más siendo un lugar relativamente joven a nivel histórico.

El nombre de nuestro pueblo hace clara referencia a la existencia de un puente, el llamado por nosotros Puente Viejo, de clara fábrica romana y datado en el S. I a.C. al ser construido como elemento básico para salvar el río Guadalimar en el trazado de la vía que comunicaba Castulo (actual Linares) y Cartagena. De ahí adquiere la primera parte de su nombre, mientras que la segunda parte, Génave, hace referencia a los agricultores de esa localidad, especializada en el cultivo de cereales, que año a año, cosecha tras cosecha, se desplazaban a este lugar atravesando dicho puente para efectuar sus tareas de molienda del grano en un molino de su propiedad situado justo al lado de ese puente romano, y de ahí el nombre que se fue asumiendo de forma popular para denominarlo como “puente de los de Génave” para nombrar a ese antiguo puente en torno al cual, se fueron desarrollando diferentes núcleos de población o cortijadas que finalmente darían origen a la aldea y posteriormente al municipio de Puente de Génave.

Pero nuestro pueblo no sólo tiene como referencia ese puente romano o “Puente Viejo”. Desde finales del S. XIX se alza majestuoso el llamado “Puente Nuevo” como elemento básico para salvar el río Guadalimar en el trazado de la carretera nacional 322, en un lugar donde el río horada la roca para abrirse paso dejando un perfecto vado donde resulta fácil, ya lo fue para los romanos, diseñar una construcción para salvar sus aguas. Cuando se diseñó la CN-322 se realizó siguiendo el trazado milenario de la vía Augusta romana, sucesora de la llamada Vía Heráclea diseñada por los griegos para comunicar las tierras alicantinas con la rica civilización de Tartesos allá por el S. IV a.C. Es pues evidente que la carretera sigue un trazado similar para comunicar Andalucía y Levante, dibujando una peculiar "S" a su paso por "el Puente", al tener que adaptarse al paso sobre el río que se hará, por este puente de fábrica nueva, de norte a sur rompiendo la dirección noreste a suroeste que sigue el trazado.

El proyecto de construcción de este nuevo puente va parejo al de la carretera de Albacete a Jaén por Alcaráz, incluido en el Real Decreto que, en artículo único, aprueba el Plan General de Carreteras de España de conformidad con el dictamen de la Junta Consultiva de Caminos, Canales y Puertos. En este plan diseñado por el gobierno del General Leopoldo O’Donnell el 7 de septiembre de 1860, incluiría la carretera, que según consta como la que une “la Loma de Úbeda y Albacete por Villacarrillo y Alcaráz” como vía de primer orden y que lógicamente incluía el paso por Puente de Génave. Este plan fue posteriormente modificado y aprobado por Real Decreto de 6 de septiembre de 1864 bajo el gobierno de D. Alejandro Mon y Menéndez y posteriormente desarrollado por el gobierno del General Narváez hasta la definitiva redacción del proyecto del paso por nuestro pueblo que data de 1869 y es obra del ingeniero de caminos D. Luis Larios, donde queda reflejada la necesidad de construcción de un puente de nueva fábrica al ser totalmente insuficiente el ya existente.

Queda claro que la decisión de construcción de este nuevo puente cambió la historia de nuestro pueblo, puesto que D. Luis Larios estuvo barajando la posibilidad de un trazado alternativo que evitaría su paso por nuestro pueblo cruzándose el río antes de llegar a Paules para después seguir el trazado cercano a los Avileses y Cortijos Nuevos y continuar hacia El Palomo, Verjaga, Los Pesebres y Las Tiesas, donde enlazaría con la carretera justo antes de llegar a las inmediaciones de Génave; pero se reconsideró esta opción básicamente por dos razones, una porque la construcción del puente en la zona próxima a Paules debía ser de mayor longitud lo cual encarecía la obra y otra porque su trazado siguiendo la ladera norte del monte Salfarath obligaría a mayores refuerzos de taludes dada la peor calidad de sus tierras. Afortunadamente para nuestro pueblo, eso posibilitó la construcción de nuestro puente, al que pronto empezaremos a llamar “Puente Nuevo”, para diferenciarlo del otro, el “Puente Viejo” que ya existía, al suponer un paso nuevo que permitía la comunicación entre los dos nacientes núcleos de población que se desarrollaron en torno al molino harinero, denominado de Anica en la actualidad, la Mina y el Cortijo de las Ánimas por un lado y por otro el molino, llamado y perteneciente a Génave situado junto al Puente Viejo, algunas casa que formaban la Calle Mayor (San Isidro) o la calle del Río (Las Parras) y la cortijada de Pedro Nares; uniendo así ambos márgenes del río, los que se denominaban popularmente como “aquel lao” y “este lao”.

Concretamente se contempla la construcción de nuestro puente en el fragmento del proyecto que se iniciaba en el puente para superar el río Beas y concluía en el límite provincial con Albacete y que se dividía en siete tramos, estando el paso por Puente de Génave contemplado en el número tres, de 5,852 km., presupuestado en 242.215 pesetas, de las que la construcción de casillas para peones camineros, alcantarillas de evacuación de aguas, pontones y puentes mayores, entre los que estaría el nuestro, ascenderían a un total de 133,416 pesetas. 

Hay que mencionar que en ese momento nuestro pueblo no era una entidad poblacional homogénea pues, como ya se ha mencionado, contaba con algunas cortijadas cercanas como la de Pedro Nares, la Mina, el Cortijo de la Vicaría o el Cortijo de las Ánimas. Destacamos en ese incipiente núcleo de población, creado en torno al Puente Viejo y el Camino Real que lo atravesaba, la existencia de tres molinos harineros a los que solían acudir, como ya hemos dicho, los productores de cereales de Génave, uno de ellos, propiedad de D. Clemente Bono, aparece en el Boletín de la Sociedad Geográfica, en 1875, ubicado en este lugar a una distancia del punto de referencia en Alicante de 304’33 Km. y una altitud sobre el nivel del mar de 548’684 mts. De hecho, decir que, en 1871, primer año de existencia de los Registros Civiles de la Puerta de Segura, el municipio al que pertenecía nuestro pueblo, este lugar junto al Puente Viejo, denominado ya Puente de Génave, apenas si contaba con 100 habitantes, siendo una población que se dedicaba a las labores agrícolas favorecidas por la vega de río, algún arriero, albañil o talabartero, viviendo en condiciones paupérrimas entre miseria y atraso social y económico; destacando la existencia de una venta donde los viajeros pudieran reponer fuerzas situada en la confluencia de la Calle Mayor (San Isidro) y el Camino de las Moreas, donde el río permitía el paso por su escasa profundidad en un vado que conducía al camino que nos unía con la aldea de Los Llanos y La Puerta, salvando así un trayecto que no contaba con núcleos de población desde Génave hasta Villanueva del Arzobispo.

Las obras tuvieron un lento desarrollo debido a la precariedad de recursos económicos y las circunstancias de inestabilidad política a nivel estatal a causa de la Revolución de 1868 (La Gloriosa) y posterior proclamación de la Primera República Española en una época conocida como Sexenio Democrático (1868-1874), que paralizaron la ejecución de las obras en diversas ocasiones, siendo en 1876 con la llegada al gobierno de Cánovas del Castillo, en el inicio de la época de la llamada Restauración Borbónica, quien le dio el impulso necesario para la finalización del trayecto proyectado, aunque las obras definitivas de este tramo número tres no se iniciaron hasta 1886 al dotarse definitivamente de presupuesto para su ejecución, incluyendo otro tipo de construcciones como diversos puentes menores o tajeas (181 en total), las casillas de peones camineros (20 en total), alcantarillas para evacuación de aguas pluviales (80 en total) o puentes mayores, entre los que destaca el que se construyó en nuestro pueblo sobre el río Guadalimar (7 en total). En concreto, en el año 1884, se publicaba en la Revista de Obras Públicas informaciones que precisaban la construcción de tres grandes puentes en el tramo que iba desde Puente de Génave hasta el límite de provincia de Albacete, siendo uno nuestro Puente Nuevo, otro el situado sobre el río Herreros en Génave y por último otro sobre el Arroyo del Sequillo en el término de Villarrodrigo; estando, en 1889 año en que se terminó la obra del Puente Nuevo, construidos 210,427 km de carretera, con 79,412 km en la provincia de Albacete restando otros 30,104 km. más y 131,704 km. en la provincia de Jaén faltando 17,704 km. para finalizar la obra en la provincia y completar así el trayecto programado desde Albacete hasta Úbeda y Baeza.

El desarrollo del proyecto de construcción de este tramo número tres comprendido entre el puente sobre el río Beas y el límite de provincia con Albacete, supuso una gran afluencia de gente de distintos oficios como canteros, picapedreros, carreteros, carpinteros, arrieros, albañiles, muleros, etc… que, bien solos o con sus familias, llegaron desde poblaciones cercanas a aquella tranquila aldea de agricultores, jornaleros, molineros, arrieros o posaderos que se había convertido aquel núcleo de población denominado el Puente de los de Génave, siendo años de cierta prosperidad por la dinámica económica generada por la obra, bien en las labores de construcción propiamente dichas o en la aportación de materiales que principalmente provenían de una pequeña cantera situada en el Cerro de El Padrastro, cerca de Vergaja y Los Pesebres mientras que la ladrillería se aportó desde una alfarería de la Puerta, situada en las cercanías de la actual Venta de San José.

De esta forma el proyecto de construcción fue tomando forma dando como resultado la construcción de un gran puente que sigue las tipologías de construcción propias de finales del S. XIX, para así acoger todo el tránsito de personas, caballerías, carruajes y ya también algún que otro vehículo, jubilando de sus funciones a su pequeño y vecino hermano “Puente Viejo”. El nuevo puente, de mayores dimensiones y pensado para soportar mayor volumen de tráfico, presenta interesantes innovaciones constructivas como son el rebajamiento de sus bóvedas o de ámbito técnico con el estrechamiento de sus bases para favorecer el paso del agua en ese lugar, ya de por sí algo estrecho, favoreciendo una mínima acción erosiva sobre su sillería, con tres ojos cubiertos por arcos escarzanos de 12 mts. de luz, siendo de mayor proporción el central que descansa sobre dos grandes pilares rectangulares de impecable sillería de 10 mts. de altura y 8 mts. de ancho, rebordeados en sus tajamares con forma semicircular y estribos en los extremos que descansan en el lecho del río y facilitan de esa manera el correcto transito del agua. Las bóvedas que se originan en estos arcos de medio cañón son muy rebajadas y realizadas en ladrillo rojo, estando perfiladas con excelente sillería en sus laterales. Los arcos laterales descansan su parte externa en la propia roca del terreno aportando solidez a la construcción, dejando así un paso de unos 40 mts. de longitud y de 5 mts. de anchura siendo reforzado para seguridad con malecones laterales de sillería 0,5 mts. de espesor.

Construida la carretera con el trazado que tiene actualmente, y el puente en el lugar donde estaba aquella cortijada, nuestro pequeño pueblo empezó a crecer, no sólo por la iniciativa de algunos de los trabajadores en la construcción de la carretera que decidió establecerse de forma definitiva con sus familias en el lugar, sino también con la llegada de bastantes serranos que adivinaron las enormes perspectivas de progreso que se daban en aquella, hasta ese momento, pequeña aldea que pronto aumentó considerablemente en población, llegando a finales de S.XIX a contar con cerca de 400 habitantes. Y de ahí en adelante, la historia de nuestro pueblo ha evolucionado estrechamente relacionada con la carretera, convirtiéndose, de forma paulatina, en punto de referencia, en cuanto a la movilidad de personas y mercancías, de toda la Sierra de Segura, suponiendo también un destacado centro de pernoctación y descanso para aquellos viajeros que iban o venían desde las zonas costeras del levante español.

Todo ello ha sido así hasta que, no hace mucho, la carretera nacional se desvió de la población, construyéndose una circunvalación, por lo que ya no se pasa por el casco urbano de Puente de Génave, a menos que intencionadamente se quiera entrar a la población. El Puente Nuevo también ha sido forzado ya a una limitación de funciones y se le ha liberado de trabajo, pues sirve sólo para comunicar los dos barrios del Puente que quedan separados por el río, aunque eso no es poco. Y así, el uno junto al otro, el Viejo y el Nuevo, uno jubilado y otro más ocioso, sólo les queda contemplar, por más siglos, el paso por sus ojos de las rojizas aguas del Guadalimar.


martes, 22 de diciembre de 2020

UNA TRADICIÓN DIFERENTE EN LA SIERRA DE SEGURA.

AQUELLAS TRADICIONES DE LA NAVIDAD

(j.t.)

Nos encontramos a las puertas de unas celebraciones de Navidad, fin de año y Reyes que inevitablemente viviremos de forma extremadamente particular. Este año nos ha traído una pandemia que estamos viviendo y sufriendo con angustia y mucha desolación, una pandemia que ha transformado repentinamente nuestra forma de vida, nuestros hábitos y costumbres, una pandemia que se ha llevado a muchos, especialmente mayores, que lucharon en mil batallas que les presentó la vida y que no han podido, por desgracia, superar este último obstáculo.

Serán unas celebraciones envueltas en cierta amargura y resignación, donde la precaución se hará presente a cada momento y la responsabilidad individual no debe de estar ausente de nuestros comportamientos. Pero intentaremos sobreponernos a estas dificultades, trataremos de dar ese aire festivo a todas las limitaciones impuestas y volveremos a decorar nuestros hogares con esa particularidad que siempre aportan estas fiestas. Y es que inevitablemente cuando llega el puente festivo de la Constitución y la Inmaculada empezamos a respirar un ambiente diferente, decoramos nuestras casas, los pueblos y ciudades se visten de luces de colores, la publicidad nos anima constantemente al consumismo navideño y nuestro corazón comienza a reblandecerse con aires de ternura y fraternidad. Y en el centro de todo, la familia, esa familia cercana en la distancia, o no tan cercana, que aprovecha estas fechas para salvar puentes y kilómetros para poder compartir ese espíritu que impregna estas celebraciones, este año con más restricciones, pero con la misma carga de buenos deseos.

Volverán las tradiciones, vestir el árbol, montar el belén, cantar villancicos y las abundantes comidas donde los platos de carne con pavo o pollo de corral, cabrito, cordero segureño o cochinillo tendrán protagonismo y donde no faltará el broche de unos buenos y tradicionales dulces de mantecados, roscos, hojaldres, turrones y cualquier otro suculento y típico manjar.

Y es que entramos en una época especial, en el llamado solsticio de invierno que está perfectamente enmarcado entre dos celebraciones de gran arraigo popular, Santa Lucía (13 de diciembre) y San Antón (17 de enero), ambas celebradas intensamente en nuestro entorno con esplendorosas luminarias siguiendo una tradición ancestral que también dice que sólo se cantarán aguilandos entre estas dos fechas pues de lo contrario podría traer desgracias a la familia o al colectivo. Y es que era muy habitual reunirse una cuadrilla con algún instrumento como una guitarra, laúd o bandurria, unos platillos, zambombas artesanales hechas aprovechando la vejigas de los cerdos sacrificados en las recientes matanzas, también de panderetas confeccionadas a base de colocar en una pequeña tableta unos pequeños platillos de hojalata sujetados con puntas por uno de los bordes y por el opuesto se labraban una especie de dientes de sierra en la madera que se deslizaban sobre otra tableta también con platillos de hojalata aunque esta sin dientes haciéndolas sonar a través de la fricción, y por supuesto de panderos elaborados con piel animal y botellas de anís sobre las que se deslizaban ruidosas cucharas. De esta forma se disponían a recorrer las calles de la población, tocando y cantando puerta a puerta, pero siempre acompañados de la figura del mochilero que solía ser el más atrevido y dicharachero del grupo, y se encargaba de llevar en un saco, alforjas o cesta todos aquellos productos que se recogían de la generosidad de los vecinos a los que, con su labia y gracia, convencía para aumentar el volumen de sus donativos.

Ya alrededor de las hogueras, la víspera de Santa Lucía, se oirán los primeros cánticos o aguilandos del año, y "hasta San Antón, pascuas son" ya lo dice el refrán. Durante este ciclo, cuadrillas de aguilanderos, que solían ser las mismas que las de animeros (cofradías de ánimas) recorrían las calles pidiendo el aguilando de casa en casa, de aldea en aldea, de cortijo en cortijo, como ya hemos dicho anteriormente.

¿Se reza o se canta? Expresaba con gracia el mochilero, a lo que respondían los vecinos “se reza”, en los casos en que hubiera muerto algún familiar y estar de luto o “se canta” en los demás casos. Todo el grupo rezaba alguna oración o cantaba, según el deseo manifestado, repitiendo las estrofas al cantar de un signo vehemente y gracioso u otro más punzante dependiendo de la generosidad que hubieren mostrado los visitados. No solían cantarse, salvo fueran solicitados, villancicos, siendo más bien coplillas y estrofas de ámbito popular que hacían referencia a acontecimientos tradicionales o acontecidos del lugar, de la que a continuación aportamos algunos ejemplos de las más usadas y populares:

Entra, entra mochilero

con la mochila en la mano

hinca la rodilla al suelo

“pa” que te den el aguilando.

 

Si no me das el aguinaldo

que anoche te lo pedí

que te dé un dolor de muelas

que no te puedas dormir.

 

Agulín, agulín,

aguilín, aguilando.

De aquí no me voy

sin el aguilando.

 

San José carpintero

nadie lo quiere

y su esposa María

por él se muere.

 

A esta casa hemos llegao

cuatrocientos en cuadrilla

si quieres que nos sentemos

sacar cuatrocientas sillas.

 

Si nos das el “aguilando”

no nos lo dé usted en bellotas,

que están las alforjas rotas

y no caben más que tortas.

 

La zambomba pide pan

y el carrizo pide vino

y el que la va tocando

bueno cachos de tocino.

 

A las 12 de la noche

llama María a José

levántate esposo mío

que el niño quiere nacer.

 

El 8 la Concepción

el 13 Santa Lucía

el 24 se ve cristo

en brazos de María.

 

En el portal de belén

hay un viejo haciendo botas

se le escapó la almara

y se pinchó las pelotas.

 

El aguinaldo te pido

no te lo pido por faltas

te lo pido con alegría

porque estamos en Pascua.

Como preámbulo a la festividad, en algunos lugares de la Sierra, teníamos las “misas de gozo”. Estas celebraciones se iniciaban el día 15 y tenían continuidad durante nueve días. Normalmente se celebraban a las 6 de la mañana para que la gente, al terminar la misa, pudiera ir a recoger la aceituna sin quitarle tiempo al jornal. Las misas resultaban bastante amenas, pues se cantaban villancicos durante su transcurso. Años después se hacían por la tarde después de la jornada de trabajo ya que el sol en estas fechas cae pronto, y así, después de la misa, aprovechar el momento para la relación social, donde unos comentaban la dura jornada de trabajo entre olivos y otros conversaciones diversas, mientras los que pertenecían al coro de la parroquia, se quedaban ensayando los villancicos a cantar en las celebraciones próximas. Pero esta vieja tradición fue decayendo en participación hasta llegar, hoy en día en toda la Sierra, a desaparecer.

Mientras tanto la mayoría de las mujeres, en sus hogares, realizaban los preparativos para la elaboración de los tradicionales dulces navideños. Porque si hay una época en la que los más golosos disfrutan, esa es la Navidad y Año Nuevo. Era momento en que las familias hacían de la fraternidad motivo de reunión, porque estas fechas tienen magia, especialmente para los más pequeños, de ilusión para aquellos que esperan con ansia la llegada de algún ser querido que está lejos el resto del tiempo, aunque para ser francos, también son tiempos de nostálgica en ocasiones, cuando en las celebraciones hay un hueco de algún allegado que ya no se va a volver a llenar. Ponerse juntos en torno a una mesa era la fórmula perfecta para convertir en excepcionales los momentos que se tenían que vivir, y entre risas y comentarios degustar ricas viandas que tendrían como colofón esos dulces tradicionales de elaboración casera como roscos de vino o de anís, hojaldres y mantecados; y como no, acompañados de alguna que otra copilla de la típica mistela segureña elaborada a base de café.

La vida ha cambiado, pero es particularidad nuestra que las tradiciones se pierdan, por eso me permito recomendaros que durante estas fiestas navideñas no perdamos el espíritu, el espíritu de la Navidad, ese espíritu que te hace sonreír más, te hace sentir más cercano a los demás, hace que tengamos el corazón más abierto y predispuesto a la solidaridad….en definitiva, hagamos de la Navidad ese tiempo en el que mantenemos en viva memoria a todos los que la distancia nos impide ofrecerles directamente nuestra afectividad, mientras para aquellos que se encuentren a nuestro lado, y dadas las particularidades de distanciamiento social que son altamente recomendables en este peculiar año, hagamos que sientan nuestra cercanía ante la ausencia de los besos y abrazos, hagamos que nuestra sonrisa salga del corazón, y  ofrezcámosles nuestros mejores deseos de felicidad en este tiempo tan complicado que nos está tocando vivir.

Feliz Navidad y Año Nuevo segureños y segureñas, allá donde estéis, disfrutar en paz de estas fiestas y mantengamos viva la tradición y la llama de la esperanza en que nos espera un tiempo mejor a todos.

lunes, 14 de diciembre de 2020

9º Premio Domingo Henares. EL ORIGEN DEL NOMBRE DE LOS CAMPOS DE HERNÁN PELEA (2ª parte)

Desarrollamos la parte final de la narración de Pedro Pablo Cano Henares ganadora del IX premio de Relato Histórico Domingo Henares patrocinado por el Ayuntamiento de Puente de Génave, en el que se nos describe a través de un relato ágil centrado en las luchas y combates, que en estos parajes de la Sierra de Segura, se pudieron realizar durante la época medieval entre los habitantes cristianos de la serranía y los musulmanes del cercano reino de Granada. Continúen disfrutándolo.

Mapa de situación y extensión de los Campos de Hernán Pelea

EL ORIGEN DEL NOMBRE DE LOS CAMPOS DE HERNÁN PELEA.

------------------continúa................

    No llegó a la hora de estar allí amagantado cuando escuchó el inequívoco sonido del trote de los caballos enemigos; cuando pasaban junto a él, espoleó a su brioso caballo que subió al trote la pared de la hoya en la que se encontraba y, súbitamente, apareció sobre sus enemigos. Estos, al verlo, no les dio tiempo a pensar, salvo preguntarse quién era ese demonio que surgía de las entrañas de la tierra, y, antes siquiera de poder tener otro pensamiento, ya el joven Hernán había asestado un mandoble mortal al jinete más cercano, que lo desmontó y dejó tendido cual largo era sobre la tierra; sin tiempo siquiera a reaccionar se lanzó sobre el segundo jinete y, con el brío de su caballo, lo arrasó, derribando a su oponente, al que asestó un espadazo que le abrió la cabeza en dos. El tercer jinete, al contemplar lo que ocurría, quedó paralizado con los ojos desorbitados; ya no le dio tiempo a más pensamientos, lo último que contempló fue el largo brazo del zagal atravesándole el pecho con su espada.

Paraje de la Majada de Calles

    Tras esta hazaña, el joven Hernán recogió las bellas cabalgaduras, todas ellas bien enjaezadas al estilo árabe con ricas monturas, eran buenos caballos árabes pero pensó que no eran comparables a sus magnifico ejemplar, los dejo atados y escondidos en la hoya de la que surgió y pensó ya solo quedaban once enemigos; visto lo visto, pensó que si él fuera su jefe habría dejado a dos caballeros guardando el corral de la Raja y habría mandado de tres en tres a su tropa para recoger lo mejor de los ganados y, como había acertado en que se dirigirían a Cueva Paria, las otras tres tropas se dirigirían una a Majá las Calles, que era donde estaban las yeguas, otra a el Pozo Purga, en donde estaban las ovejas primalas y los carneros, y el último a Monterilla, donde había otra paridera; las vacas pensó que las dejarían tranquilas, ya que al hacer el camino con ellas bregarían mucho más y lo que les interesaba era hacer rápido la vuelta. Como era el Pozo Purga lo que más a mano le quedaba, se dirigió hacia allí consciente de que sus enemigos ya habrían llegado y esperando que los mastines que guardaban a las primalas hicieran su trabajo, entorpeciendo y distrayendo a los moros, lo que le daría su oportunidad. A galope tendido no tardó en llegar y, como esperaba, los mastines estaban haciendo frente a los saqueadores; estos inteligentes y valientes perros no se amilanaban ante nada, ya habían descabalgado a un moro que, pie en tierra, maldecía su sino, sus compañeros trataban de lancear a los mastines, mientras primalas y carneros se desperdigaban aterrorizadas del espectáculo que contemplaban.

Paraje del Pozo de Purga

    Sin parar de galopar, se dirigió hacia el moro descabalgado y, antes de que este pudiera darse cuenta de lo que ocurría, fue lanceado, tras lo cual dos mastines se abalanzaron sobre él y solo se le escuchó pedir clemencia a su Dios; los otros dos atareados, como estaban tratando de lancear a los mastines y que estos no los descabalgaran, ni lo vieron venir, solo se percataron de su presencia cuando lo tenían encima; el segundo jinete ni tiempo tuvo de volver la lanza contra el furioso joven que lo atacaba: de un certero lanzazo lo descabalgó y lo dejó malherido.; no se paró a rematarlo, sabía que este era trabajo de los mastines, como así fue. Al tercero ya no lo pilló desprevenido, ya que había contemplado la anterior escena, y volvió rápidamente grupas contra el joven, el encontronazo fue bestial pero la fortaleza de nuestro joven y su caballo habían tirado por tierra a su enemigo que, dando trompazos, voltearon a tierra jinete y caballo, sin darle tiempo de reaccionar se abalanzaron sobre él los mastines que trataba de lancear y, tomando justa venganza, acabaron sin contemplación con él.

   Tras apaciguar y agradecer a sus mastines su bravura, como había hecho anteriormente, recogió los caballos de los moros, no porque pensara en que escaparan de aquel paraíso de ricos pastos, lo hacía para que si alguno de ellos iba en busca de su natural carencia en su careo, no pudiera alertar al resto de su enemigos de lo que estaba ocurriendo; en sus pensamientos se decía: “ya solo quedan ocho”. Volvió a lomos de su caballo, llamó a varios de los mastines y, junto a ellos al galope, enfiló hacia el camino que va a Monterilla, pensando cómo emboscar a sus siguientes rivales. No tardó en llegar a Monterilla y allí se encontró un cuadro parecido al anterior, los moros bregando con los mastines que, a dentelladas, se aferraban a las patas de los caballos de los intrusos, de tal manera que ya habían descabalgado a dos de ellos que, empuñando sus kabilas, daban estocadas al aire intentando alcanzar a los mastines, que se defendían con bravura y sin temor, a pesar de recibir alguna que otra cuchillada que ya había acabado con tres de estos poderosos perros, mientras tanto el tercero galopaba en la distancia tratando de coger los caballos de sus compañeros que, como alma que lleva el diablo, habían salido pies en polvorosa.

Paraje de la Monterilla

    La visión del joven guerrero a galope tendido acercándose a ellos montado en su pequeño pero valioso caballo, con sus largas piernas colgando que a lo lejos parecía que ayudaban al caballo en su galope impulsándolo con más brío, escoltado por cuatro grandes mastines a la carrera con la boca llena de espumarajos blancos que resaltaban aún más si cabe en su inmensa cabeza negra, ya no solo asombraba, daba verdadero pánico; los moros, al verlo más, pensaron en el mismo diablo que venía hacia ellos con sus perros del averno, y así era, pero este diablo era de carne y hueso y tan solo tenía diecinueve años. Al llegar a ellos, tanto jinete como perros se abalanzaron; el joven dio una estocada que arrancó de cuajo la mano de unos de los moros, volando por los aires la mano y la kabila que empuñaba. El moro, gritando de dolor, maldecía al tiempo que saltaron sobre él dos de los mastines que llegaban a la carrera; el otro moro no corrió mejor suerte, acabó con el cuello partido de un mordisco de estos poderosos canes; en cuanto al tercero, lo había perdido de vista en su loca carrera tras los caballos de sus compañeros, días después apareció sus caballo medio cojo y tuvieron que pasar varios meses antes de encontrarlo muerto en el fondo de un sima: en su loca carrera habían tropezado caballo y jinete con la boca de esta sima, con tal mala suerte que el caballo rodó con una pata malherido y el jinete en la caída se partió el cuello al caer en ella.

    El joven Hernán pensó que ya no era hora de sigilos ni celadas, sabía que su padre se acercaba y no debería de andar ya muy lejos, como así era, ya solo quedaban cinco de los intrusos, ya que el que dejaba atrás por el camino que cogió, o bien se tropezaría con los refuerzos que su padre traía o terminaría perdido, como así fue, por lo que no suponía ningún peligro para él. Se dirigió a trote corto, acompañado de sus cuatro mastines, a los que se les habían unido otros tres de los que allí estaban, tranquilamente, hacia Majá las Calles, sabía que allí no sería posible contar con la distracción de los mastines, ya que estos no eran especialmente amigos de las yeguas, que recelaban de ellos, por lo que no se hermanaban como con ovejas y cabras y dejaban a las yeguas pastar tranquilas con sus potrillos, pero pensó que solo quedan cinco y nosotros somos ocho, los siete mastines y él, más y con ventaja.

   Su empeño ya no era derrotar a sus enemigos, su objetivo era impedir que estos huyeran llevando consigo algunas yeguas, ya que del resto de ganado sabía que ya no les quedaba ni tiempo ni hombres para poder hacerlo y las gentes de su padre estarían al caer; tomando un respiro, caminó hacia su destino, siempre mirando a su izquierda por si veía a sus enemigos emprender la huida hacia el puerto que por ahí caía. Llego a la entrada de Majá las Calles y, a lo lejos, contempló como los cinco jinetes que quedaban revoloteaban alrededor de las yeguas que habían juntado; él los vio y ellos a él, su figura desgarbada se exageraba, montado sobre su pequeño caballo produjo grandes carcajadas a los moros que contemplaban cómo se acercaba. De los cinco, uno era el sobrino del alcaide de Baza, Aben-Zaid, y jefe de la expedición, por su tío conocía de la gran rivalidad que tenía con un gigantesco caballero de aquellos lares pero también sabía que ya había muerto, por lo que dedujo que debería de ser algún pariente el gigante que se acercaba, ya más cerca contempló el hermoso ejemplar que a lomos lo traía y recordó la historia que su tío le había contado sobre su viejo enemigo, y cómo éste, en la entrada y toma de Huéscar, había robado un semental y tres yeguas que eran propiedad del alcaide de esa villa, descendientes de las yeguas Saglawieh que al califa de Córdoba le entregaron como tributo los beduinos africanos; era esta estirpe de caballos la más sagrada para los sarracenos de al-Ándalus, por lo que la afrenta de su robo aún era recordada.

Alcazaba de Baza

   Desconociendo todo lo acontecido y pensando que sus nueve compañeros ausentes estarían al caer, pensó que sería gran honra matar a aquel imberbe y recuperar el semental que montaba, a buen seguro descendiente de aquellos robados en Huéscar, y lavar de paso el honor de todos los buenos musulmanes que entonces fueron agraviados; seguro estaba de su victoria, él que se había criado en la corte de Granada y había tenido los mismos maestros de armas que los hijos del Emir, él que montaba un hermoso caballo también de la sangre de los Saglawieh y portaba una espada jineta bellamente engalanada con rubíes y zafiros regalo del mismísimo Emir granadino, ¿qué tenía que temer de aquel destartalado joven de apenas barba en la cara?

   Al llegar a tiro de ballesta de ellos, el joven se paró desafiante y les grito: “¡quietos donde estáis bandidos sarracenos, pues no he de permitir que de aquí partáis con alguna de mis yeguas o ganados!”. Por respuesta sonaron unas risotadas de los sarracenos y el reto desafiante de su jefe a singular combate campal; él, sin descomponerse, aceptó dicho desafío diciendo su nombre y su estirpe, que su abuelo había derrotado a los moros de Baza en más de una ocasión con la misma espada que ahora él portaba, de lo acontecido a sus camaradas, y como él y sus mastines los habían derrotado y dado muerte, y cómo pensaba hacer lo mismo con ellos cinco; al oír esto ya no se antojaba tan fácil la pelea, pero como buen caballero ya no podía retrasarse y no le quedaba más que vencer o morir, mientras sus compañeros escuchaban asombrados lo que el joven relataba, a la vez que miraban a los perros gruñendo con las bocas aún machadas de la sangre de sus compañeros, temían una señal del valiente joven y que estos se abalanzarán sobre ellos.

   Establecidos los términos del duelo hicieron un gran círculo, en una parte de este se encontraban los cuatros jinetes que acompañaban al caballero nazarita, enfrente de ellos los siete mastines que obedientemente había dejado al acecho nuestro joven, en el centro los dos contendientes a lomos de sus respectivos caballos; el duelo comenzó y en la primera acometida espadas y jinetes chocaron en el aire, con tal virulencia había lanzado su golpe el joven Hernán que dobló el brazo de su oponente quebrándolo y lanzándolo lejos de su cabalgadura, no le dio tiempo a levantarse al joven emir bastetano cuando el largo brazo del cristiano le asestó un terrible golpe que le seccionó la cabeza de su tronco, volando esta con los ojos descompuestos del desgraciado mahometano; sus compañeros de correrías al ver esto volvieron grupas y picarón espuelas camino del puerto, con tal celeridad partieron que no pararon hasta llegar a la ciudad de Baza para enfrentarse a la ira de su caudillo Aben Zaid. Acabada ya la gran Pelea que el joven Hernán Martínez había tenido en solitario con los moros de Granada, poco a poco fueron apareciendo los mozos y peones que corrieron a esconderse en los covachos de la zona y, asombrados, contemplaron lo acontecido. No tardaron mucho tiempo en llegar los refuerzos al mando de su padre que seguían el reguero de sangre y muerte que tras de sí había dejado su hijo, cuando por fin se encontraron y tras comprobar que estaba de una pieza le espetó: “Bien puedes decir que eres nieto de quien eres”.

   Esta hazaña pronto recorrió toda la frontera entre moros y cristianos. De la gran Pelea de este Hernán contra moros de Granada, el joven, de todo el botín, solo conservó la silla y los jaeces del caballo que llevaba el joven emir bastetano, todo lo demás lo donó y repartió entre sus mozos y peones. Es a partir de ese día cuando a aquel lugar se le empezó a llamar los Campos de la gran Pelea de Hernán primero, para quedar posteriormente como Campos de Hernán Pelea. Estos hechos no pasaron desapercibidos para el comendador de Segura, que nombró al joven Hernán, al igual que a su abuelo Caballero de Sierra, a los pocos años ya comenzada la definitiva reconquista del reino de Granada, fue llamado por el maestre de la Orden de Santiago Alonso de Cárdenas junto a él, y en esta hueste coincidió con un pariente que era originario como él de la villa de Siles, Aparicio de Segura, con el que hizo gran amistad y se hermanaron en la lucha, de tal manera que el Maestre solía decir que de tener más caballeros como los primos de Segura, la guerra de Granada se ganaba en una sola campaña.

   Al terminar la guerra de Granada volvió el guerrero a su hogar de El Hornillo, donde ejerció como Caballero de Sierra hasta el fin de sus días, fue respetado y admirado por su singular Pelea y por sus hazañas en la guerra de Granada. Su espada se guardó por gran tiempo en la sede del concejo de la ya villa de Santiago de la Espada, y se dice que ésta tomo nombre “de la Espada”, por esta espada que tan bien defendió su territorio.

Santiago de la Espada. (El Hornillo)

   Epílogo: cuando los cuatro supervivientes de la Pelea de los Campos llegaron a Baza, con gran temor contaron lo ocurrido a su emir Aben-Zaid, éste, a punto estuvo de mandar cortarles las cabeza por haber abandonado el cuerpo de su sobrino, al que quería como a un hijo, pero se contuvo y pensó que gran parte de culpa era suya por haber pensado que, habiendo muerto su viejo enemigo, la victoria sería fácil y el botín grande; recordó como las tierras de la Encomienda de Segura estaba habitada por rudos montañeses, hombres libres apegados a sus montañas y privilegios, descendientes a su vez de los duros montañeses leoneses que tantos quebraderos de cabeza habían dado a sus ancestros musulmanes, en las duras luchas en este paraíso que era al-Ándalus.

   A fin de cuentas, fue él quien decidió esta entrada a Segura en vez de al Adelantado, habitado por siervos blandos y sin apego a un territorio, que era de un arzobispo al cual le preocupaban más los rezos que el bienestar de sus siervos; si bien el botín hubiera sido menor, habría evitado el ridículo de la derrota y de cómo un solo montañés había podido con catorce de sus mejores caballeros. A esto le vino a la mente la advertencia que le había hecho un adivina, una noche loca de su juventud, en una taberna del Albayzín, donde le predijo “guárdate de quien se llame Hernán”, había pensado que con la muerte de sus viejo enemigo esta había acabado, y, mira por donde, el nieto del mismo nombre lo había vuelto a perjudicar; pensó en tenerlo en cuenta y de momento no molestar más a la encomienda de Segura.

Pedro Pablo Cano Henares

Posdata: el maleficio no acabó aquí como pensó Aben-Zaid, tan solo siete años más tarde murió a manos de Hernán Pérez del Pulgar y García Osorio, en la Toma de la ciudad de Baza.