Para completar el relato "Melodía patriótica de un triste violín" de María José Toquero del Olmo, pasamos a publicar la segunda parte del flamante premio Domingo Henares de Relato Histórico convocado por el Ayuntamiento de Puente de Génave. En este ocasión se describe como se produjo la ocupación de las tropas napoleónicas en nuestra comarca y la oposición y enfrentamientos que mantuvieron con diversos grupos de guerrilleros que impidieron se hiciera efectiva la ocupación de la población de Beas de Segura.
MELODÍA PATRIÓTICA DE UN TRISTE
VIOLÍN (2ª parte)
(……………..continua)
Torres fue el primero en levantarse.
Se lavó la cara en la fuente de la plaza, se atusó el pelo y se dirigió a casa
de don Francisco. En el camino se encontró con Juan Laureano Sandoval, un rico
hacendado jaenés que se instalaba en Beas cuando llegaba la primavera y que
tenía fama de afrancesado entre los vecinos. Era un hombre grave, ventrudo y de
calva reluciente, que vestía a la francesa, pensaba a la francesa y presumía de
ser muy amigo del Duque de Berg, cuñado y poderoso lugarteniente de Napoleón. Y
qué decir de su flamante esposa, Rosalía Ventura, una dama enjuta de ojos
glaucos y rostro cerúleo, más afrancesada que su marido, fiel seguidora de la
moda de París y asidua a los banquetes y bailes que celebraban los franceses en
Jaén. Una pareja que, con su desapego y su inmodestia, despertaba la inquina de
todos aquellos beatenses que albergaban dudas sobre las intenciones de los
franceses.
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Joaquin Marat. Duque de Berg |
– ¡A usted quería yo verle!– dijo
Sandoval, saliendo al paso de Torres.
– ¿Y qué se le ofrece a usted, don
Laureano? – preguntó Torres.
– Se acerca ya el calor – dijo Sandoval–.
Esta temporada espero más visitantes que los de costumbre y voy a necesitar más
hielo que otros veranos. Pásate por casa y ajusta precio con doña Rosalía.
– Agradecido– dijo Torres, mascando
para sus adentros cierta preocupación, porque se le presentaba una oportunidad
inmejorable de negocio, pero no quería que en el pueblo le criticaran por sus relaciones
con los afrancesados.
Molina y Torres volvieron a coincidir
en casa de Mariblanca el día primero de junio. En Beas se hablaba de los
diferentes edictos que se habían pregonado por toda Andalucía. Ante el temor de
una sublevación, se protegían las casas y las vidas de los franceses residentes
en el territorio, se imponía el toque de queda, de manera que a partir de las
ocho de la tarde se prohibía transitar en grupos de tres o más personas, y se
hacían rondas con gente armada para evitar incidentes. En el pueblo transigían
con la presencia de afrancesados como Sandoval y su esposa, aunque con muchas
reticencias.
– ¿Has bajado a vender hielo a los
franceses?– preguntó Molina a Torres con ironía.
– No– respondió de manera tajante
Torres –. He bajado para invitarte a una jarra de vino y celebrar la abdicación
del rey Carlos en su hijo Fernando.
– Te la acepto– dijo Molina– Aunque seas
amigo de los afrancesados.
– También he bajado al pueblo para
decirle a don Laureano que el hielo que me queda en el nevero lo tengo reservado
y no podré servirle de hoy en adelante.
– ¡Eso me gusta más, amigo Torres!
Con gusto me tomo la jarra contigo y brindo por Fernando VII y España.
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Carlos IV |
Los hombres que extraían el hielo en
el nevero de Torres y la preparaban para repartirla en Beas fueron los primeros
en tener noticia de que una avanzadilla del ejército galo se dirigía a Beas. Se
lo dijeron dos guerrilleros de la partida de Hermenegildo Bielsa, Comandante de
las Guerrillas de Jaén, que se habían escondido en la Sierra de Segura y
vigilaban los movimientos del enemigo. Dijeron que sería conveniente dar la voz
de alarma a la población y evitar que instalaran una guarnición el pueblo, pues
esas eran las órdenes de los militares franceses.
Torres apremió a sus hombres para que
llenaran lo más pronto posible los serones en los que se transportaba el hielo.
Habitualmente, cargaba las caballerías hasta hacerlas reventar; pero, en aquella
ocasión, quería llegar lo más pronto posible a Beas para avisar a los vecinos y
se permitió el lujo de aligerar a la mitad su cargamento. A medida que avanzaba
la caravana de la nieve y se tenían noticias de la invasión francesa, más
serranos se unían a la reata de acémilas. En el silencio de la noche y a la luz
de las teas y farolillos que guiaban la recua, parecían un paso procesional de
la Semana Santa.
Al amanecer, cuando llegaron a Beas,
eran un ya tropel vociferante. Los beatenses se asomaron a las puertas y ventanas
y, ante la amenaza de los ejércitos de Napoleón, se echaron a la calle. A las
diez de la mañana, una multitud enardecida ocupaba la plaza y exigían a
Sandoval y a Rosalía que se unieran a ellos en la defensa de Beas.
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Asalto de las tropas francesas |
Torres y Molina volvieron a
encontrase en medio de la turba. Sandoval y su esposa permanecieron un tiempo
atrincherados en su domicilio. Hubo momentos angustiosos en los que la muchedumbre
que rodeaba la casa amenazaba con echar el portón abajo y cobrarse venganza por
lo que iba a suceder en los afrancesados. “¡Laureano y Rosalía, hay que darlo
todo por vuestra tierra, que no es Francia, sino Andalucía!” gritaba el gentío
en un crescendo cada vez más enardecido.
El portón se abrió y Laureano
Sandoval pidió silencio para pronunciar unas palabras.
– Habéis de saber, apreciados amigos,
que doña Rosalía y yo mismo apoyamos vuestra causa y nos unimos a vosotros.
Y así fue cómo los únicos
afrancesados que había Beas hicieron piña con el resto del pueblo en defensa de
la soberanía española.
La rebeldía se extendió en la comarca
de la Sierra de Segura como la tinta en el papel secante. Lo accidentado del
terreno y el conocimiento exhaustivo que los hombres tenían de él fueron las
armas más eficaces en la lucha contra el francés. Así, lo que puso traba a la
invasión, además de las navajas que los patriotas blandieron en las calles y
los trabucos en ristre con los que los guerrilleros se echaron al monte, fue lo
escarpado de las cumbres montañosas, inaccesibles a los batallones galos y lo
angosto de los desfiladeros en los que se emboscaban los guerrilleros para caer
como una maldición en el corazón de las huestes napoleónicas. Las sendas
montañosas eran como dédalo enloquecedor para unas tropas bien pertrechadas,
pero acostumbradas a batirse en terrenos abiertos e incapaces de acceder a las
guaridas en las que se escondían las cuadrillas que luchaban contra el ejército
más poderoso del mundo.
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Documento firmado por Hermeregildo Blesa |
Torres no volvió a ver a Molina desde
el levantamiento de Beas, que impidió que el destacamento galo tomara posesión
del pueblo; pero tuvo noticias de que había formado una cuadrilla de
guerrilleros y de que campaba a sus anchas por los pagos de la Sierra de
Segura.
La partida de Rafael Molina era una
banda de ochenta hombres, la mayor parte de a píe, armados unos con trabucos
antañones, otros con fusiles roñosos, vestidos como su fortuna, siempre escasa,
les permitía, con un pañuelo descolorido por el sol en la cabeza, la manta al hombro
y calzados con alpargatas o con botas tan zarrapastrosas que mejor hubieran ido
descalzos. Al grito de "¡Viva Fernando y vamos robando!", ora se
enfrentaban con las tropas napoleónicas, ora confiscaban las cosechas y el
ganado de los lugareños, y lo que era peor para los franceses, incitaban a sus
paisanos a armarse y a seguirlos.
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Fernando VII |
Las órdenes de José Napoleón fueron
tajantes. Los tenientes coroneles al mando de los destacamentos franceses
acantonados en las provincias andaluzas debían poner orden a los desmanes cometidos
por los guerrilleros. La cuadrilla de Molina, emboscada en un desfiladero próximo
a las Cumbres de Beas, acabó con un pelotón de Dragones del ejército francés.
El coronel Bellangé, ansioso de revancha, concentró a todos sus hombres y
marchó a Beas. Su objetivo era desmantelar la partida de Rafael Molina y
capturar vivo o muerto a su cabecilla.
Vana pretensión, pues los
guerrilleros, sabedores de las intenciones del francés, se dispersaron y
quedaron en encontrarse, pasados unos días, cuando hubiera amainado la
tempestad, en el cortijo de José Torres.
Bellangé era un buen estratega, capaz
de vencer en batalla franca a cualquier enemigo, pero muy poco hábil con los
guerrilleros.
– ¿Qué noticias tenemos de la banda
de Molina?– preguntó a sus exploradores.
– Se han esfumado – fue la
desesperante respuesta.
– ¡Malditos fantasmas! ¡Se nos ha
mandado a España para cazar alimañas que desaparecen en las montañas no para
luchar contra soldados de verdad!– exclamó Bellangé
El coronel, dolido en el orgullo por
la burla de los brigands, que así llamaba a los guerrilleros, se dirigió a la
plaza de Beas y amenazó con quemar el pueblo, si no recibía noticias que le condujeran
a la guarida donde se ocultaba Molina.
Los vecinos juraron y perjuraron que
nada tenían que ver con las andanzas y fechorías de la partida de Molina y suplicaron
el perdón del coronel Bellangé.
– No soy yo quien puede salvar de las
llamas a Beas- dijo Bellangé con altanería- Sois vosotros los que tenéis que
convencer a Molina y a su banda de que se entreguen. Disponéis de veinticuatro
horas para ello, que empiezan a contar desde este momento.
– Ya le hemos dicho que desconocemos
el paradero de Molina– replicó el alcalde.
– ¡No es mi problema!– contestó
Bellangé.
– No se ponga usted así– dijo el alcalde–.
Trataremos de encontrar a Molina lo antes posible. Mientras tanto, les invitó a
ustedes a comer en la taberna de Mariblanca, que es la mejor del contorno.
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Guerrilleros en la Sierra de Segura |
A Bellangé, que llevaba muchas horas
sin descansar, persiguiendo a los escurridizos guerrilleros no le desagradó la
idea.
– ¡Saca las mejores viandas para
nuestros huéspedes! – ordenó el alcalde a Mariblanca, señalando al coronel y a
sus hombres– No te preocupes por precio. Todo corre a cargo del Ayuntamiento.
– Les trataré lo mejor que pueda –
dijo Mariblanca, dirigiéndose con una inclinación de cabeza a Bellangé–.
Tenemos buen vino y les puedo ofrecer aceitunas machacadas y aliñadas con limón
y tomillo, potaje de garbanzos con todos sus avíos y migas al estilo de Beas,
además de embutido y lomo de orza. Y de postre, mistela y rosquillas de anís.
– ¿Y para divertirnos?– preguntó
Bellangé.
– ¿A qué se refiere usted, coronel?–
preguntó Mariblanca, atemorizada por la posible respuesta.
– ¡Música, mujer!– rió Bellangé– ¿En
qué estabas pensando?
– Tenemos un violinista que, de no haber
estado ciego y tullido de cintura para abajo, habría hecho carrera en una buena
orquesta – dijo Mariblanca y añadió: – ¡Con su permiso, voy a buscarlo!
Mariblanca les sirvió la comida y
llenó sus jarras cuantas veces le pidieron y el violinista tocó para ellos sin
concederse el menor descanso. Mientras, el alcalde, fue en busca de Torres,
pues sospechaba que era el único vecino de Beas que podía conocer el paradero
de Molina y convencerle de que se entregase.
– Sé que hace unos días atacaron a
los franceses en el desfiladero y que se dispersaron. No sé en qué guarida se
ha escondido y un día no es mucho tiempo para buscarlo – fue la respuesta de
Torres.
– ¿Y qué podemos hacer?– preguntó el
alcalde.
– Darme un par de buenos caballos –
contestó Torres–. Daré el aviso a las tropas de Juan de Uribe, que sé que
vienen hacia Beas, para que agilicen el paso y nos ayuden a defender el pueblo.
Expiraba casi el plazo dado por Bellangé
cuando los hombres de Uribe tomaron las alturas de Beas con la intención de emboscar
a las tropas francesas. Se dividieron en tres partes y la comandada por Valeriano
Rodríguez, teniente de Dragones de Sagunto, se dirigió al pueblo. Al aproximarse
al pueblo, vieron que lo estaban incendiando y la tropa se arrojó sobre ellos
disparando. Los vecinos se unieron a los soldados y consiguieron desalojarlos
de Beas. Las huestes apostadas en el monte los persiguieron durante más de
cinco leguas, de camino a Villanueva del Arzobispo, mientras los militares al
mando de Valeriano Rodríguez ayudaban a los vecinos a apagar los incendios.
Nada pudieron hacer por la iglesia
consagrada a Nuestra Señora de Gracia, que se vio reducida a cenizas, ni por el
violinista, al que degollaron, cuando en el instante en que se cumplió el plazo
dado, y expusieron en la plaza para que los vecinos vieran con sus propios ojos
lo que esperaba a los pueblos que desobedecían sus órdenes.
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Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción. (Antigua Ntra. Sra. de Gracia). Beas de Segura |