martes, 2 de septiembre de 2014

EL CANTE DEL PUENTE DE GÉNAVE. 1ª parte



Después de la pausa estival, retomamos nuevamente la dinámica de publicaciones en el Blog “Historia Puente de Génave”. Queremos hacerlo con un escrito que se regocija en la historia de nuestro pueblo pero que al tiempo es escrito de rabiosa actualidad. Nos referimos al reciente relato ganador del III Concurso de Relato Histórico Domingo Henares. Esta fantástica historia, escrita por Pablo García González, persona conocida y querida por todos, hace referencia a la composición del mítico cantaor flamenco Pepe Marchena, titulada “El Cante del Puente de Génave”. En ella el famoso cantante hace escala forzada en nuestro pueblo y al tiempo que va conociendo personajes emblemáticos y lugares pintorescos de Puente de Génave, se va enamorando de sus rincones y de la enorme amabilidad e idiosincrasia de sus gentes. La gratitud fue por tanto la motivación que empujó a Pepe Marchena a tener a nuestro pueblo presente en su repertorio musical. 



EL CANTE DE PUENTE DE GÉNAVE. 1ª Parte



Por Pablo García González
 
La avería



Estaba bien la carretera en aquel tramo. A la izquierda se abría un amplio valle sin olivos, que Pepe observaba distraído. El coche pasaba ahora junto a unas bellas edificaciones, dos naves paralelas unidas por una hermosa verja de hierro. Le llamó la atención una cortada vertical, un gran terraplén veteado de tonos marrones y grises, a unos cientos de metros a la izquierda de la marcha. Iba tan relajado y distraído contemplando el paisaje que no se dio cuenta de que el coche perdía impulso, aminoraba la velocidad y el motor dejaba de oírse. Una curva, una ligera cuesta abajo, el silencio, y el coche sin brío hasta detenerse suavemente. Entonces Pepe salió de su modorra y preguntó a Braulio qué ocurría. El hombre hizo un gesto de duda, tocó alguna palanca y unos resortes y salió del auto. Pepe vio cómo abría el capó izquierdo del motor y comprobaba algunos cables, luego pasó por delante del coche, abrió el otro capó y se entretuvo en más comprobaciones. El chófer volvió a subir al coche con cara de perplejidad, tocó algún botón y la palanca de marchas, cogió de debajo del asiento la manivela de arranque, la acopló en su sitio en la parte delantera del vehículo, bajo el radiador, e intentó poner de nuevo el motor en marcha. Pepe se bajó del coche y observó el empeño de su empleado y compañero de viaje, que se esforzaba en girar con fuerza la manivela sin conseguir que el motor arrancara. Pepe observaba en silencio.

Braulio volvió a revisar el motor, comprobó cables, regresó a la manivela de arranque y la giró varias veces, en series de cuatro o cinco rotaciones sin resultado; entonces se irguió, miró a su jefe como si lo viera por primera vez y le dijo:

-Don José, tenemos una avería. El coche no arranca.

Pepe vio entonces, a unos cientos de metros más allá, las primeras casas del pueblo.

-Habrá que buscar ayuda –dijo-, y echó a andar.

El bar


Llegó a un puente nada más dejar a la derecha el cartel con el nombre del pueblo, PUENTE DE GÉNAVE, y el yugo y las flechas falangistas, muy inclinadas a la derecha, a punto de caerse; después, a la izquierda un bonito edificio industrial y el zumbido, apenas perceptible, de las máquinas. A la derecha, huertas. Al fondo, como si estuviera en medio de la carretera, una casa con un torreón, que tenía abierta una puerta en arco de medio punto; había gente, algunos sentados; le pareció que lo miraban, volvió la cabeza y vio a Braulio que lo seguía, al fondo, varado en la carretera, su coche debía ser el objeto de la observación de aquellos hombres. Al acercarse, vio que la carretera giraba a la izquierda y la casa del torreón era un bar, IBERIA BAR leyó sobre la fachada. Los hombres con aire de campesinos desocupados, seguían mirando en silencio al forastero bien vestido, que los saludaba antes de entrar en el bar: respondieron como un coro con un “buenas nos de Dios”.

El bar no parecía una taberna de pueblo, un arco lo dividía en dos estancias; en la del fondo, en un par de mesas jugaban a las cartas, en una tercera, al dominó, dando fuertes golpes con las fichas sobre el mármol del velador. En la barra, donde se acodó había varios hombres, pero nadie detrás del mostrador; uno de aquellos hombres llamó: “Joaquín” y, enseguida salió Joaquín por una puerta que seguramente comunicaba el bar con la cocina; traía unos platillos de aperitivo que puso delante del grupo en el que estaba el que lo había llamado. Joaquín se acercó a Pepe y a Braulio, les dio los buenos días y les preguntó que deseaban:

-Antes que nada, -dijo Pepe- saber si hay un mecánico que pueda mirar nuestro coche: se nos ha averiado a la entrada, un poco más allá del puente de la entrada.

-Sí, señor, hay un taller y su dueño es un buen mecánico, además vive cerca y podemos avisarle; a esta hora debe estar ya comiendo en su casa.

Pepe sacó su reloj del bolsillo del chaleco, lo abrió con un ligero chasquido y miró la hora.

-Las dos y media, Braulio, nosotros también tendríamos que tomar algo. Ya va  haciendo hambre.

Pepe preguntó a Joaquín donde podrían comer algo, mientras avisaban al mecánico y el del bar le contestó que había varios sitios. Pepe pidió dos vasos de vino, Joaquín se los puso y desapareció por la puerta de la cocina para salir al momento con dos platillos de carne con tomate, que colocó junto a los vasos de vino.

-El mejor sitio para comer es la Fonda La Manuela –dijo Joaquín-. Está un poco más allá, al pasar el puente nuevo, esto es pequeño. Y la fonda está cerca del taller de Alfonso.

Pepe pensó que lo mejor sería comer y, luego, buscar al mecánico, al fin y al cabo, si el tal Alfonso estaba almorzando no iba a levantarse a medio comer para atender una avería. Joaquín le dijo que Alfonso solía tomar café en el bar todos los días a las cuatro, antes de volver al taller, así que tenían tiempo de comer y regresar a ver al mecánico y solucionar lo de la avería.

La fonda tenía un pasillo con un patio al fondo, pero vieron a la derecha una puerta y mesas preparadas con mantel y platos. Entraron y se acomodaron; comieron unas excelentes lentejas con chorizo y chuletas de cordero con patatas; no tomaron postre y se volvieron enseguida al bar Iberia a esperar a Alfonso. Pepe le dijo a Braulio que si el mecánico daba con la avería, podrían estar por la noche en Albacete, como habían previsto.

Cuando llegaron, Alfonso ya estaba allí porque Joaquín le mando recado con un chiquillo de que lo esperaban unos forasteros. Tras la barra no estaba Joaquín, sino su hermano Juan José, según supo Pepe, mientras les servía café, el de Braulio con un chorrete de coñac.

 La magneto


Alfonso se subió al Ford de pedales y le dijo a Braulio que intentara arrancarlo; giró con fuerza la manivela, sin resultado. Alfonso se bajó del coche y dijo, mirando con cara de preocupación a Pepe y a Braulio

-Va ser la magneto.

A Pepe le sonaba aquello de la magneto, pero antes de que llegara a preguntar, Alfonso le estaba explicando a Braulio que sin electricidad el motor no arranca y por lo que oyó cuando había girado la manivela, seguro que era una avería eléctrica.

-Mire Ud., don José –dijo Alfonso, al darse cuenta de que Pepe tenía cara de no entender nada- la magneto produce la corriente que el motor necesita para que el coche ande. Y el problema está ahí: en la bobina o en los imanes, que son los dos componentes fundamentales. Para saberlo hay que llevar el coche al taller y desmontar la magneto.

-Claro –dijo Pepe, mientras Braulio abría el capó del coche y trataba de buscar la magneto-, así que ahora mismo, no sabe Ud. cuanto le llevará arreglar la avería.

-No, señor, -contestó Alfonso- pero no creo que sea menos de un par de días. Si es cosa de los imanes o los rodamientos, tenemos que pedirlos a Úbeda y si es la bobina, habrá que embobinar y eso lleva su tiempo. La magneto es lo que tiene.

-¡Qué vamos a hacer! –dijo Pepe, resignado- y la operación se puso en marcha

Alfonso explicó que, gracias a Dios, estaban cerca del cortijo de La Vicaría, donde tenían un tractor que remolcaría el coche. La Vicaría era una gran finca, atravesada por la carretera, donde había quedado el coche averiado. No fue difícil mandar recado al cortijo, a ver si se podía acercar el tractorista para llevar el coche al taller. Los dueños de la Vicaría estaban muy agradecidos a Alfonso porque siempre que recurrían a él lo encontraban dispuesto, a cualquier hora del día o la noche. Y recurrían muy a menudo porque, además del tractor, en la finca había otros motores que daban problemas; sobre todo, en época de aceituna, el motor de la fábrica de aceite. El encargado de la finca mandó inmediatamente a Toribio, el tractorista, para que remolcara el coche. Toribio estaba orgullosos de ser tractorista: su tractor había sido el primero en llegar a la comarca y “era una animal, que tenía más fuerza que cuatro yuntas”, como decía Toribio, arrogante, a quienes miraban aquella máquina imponente. Era un Farmall que se arrancaba con un pequeño motor de gasolina; en el momento adecuado, Toribio accionaba con soltura unas palancas y el motor de gasoil tomaba el relevo. Majestuosamente, Toribio se puso en marcha con su tractor.

En un momento, amarraron el coche y salieron camino del taller. Atravesaron el pueblo seguidos por un enjambre de chiquillos, que correteaban en torno a los vehículos, y observados por muchos vecinos, unos embelesados por la belleza del automóvil y otros asombrados por la fortaleza que atribuían al tractor.

Al pasar junto al bar Iberia, siguiendo al tractor camino del taller, Pepe les había dicho a Braulio y a Alfonso que se encontraría con ellos dentro de un rato, que se iba a quedar tomando otro café. Juan José, que había visto pasar el coche arrastrado por el tractor, le preguntó si era grave la avería y Pepe le contó lo que pudo recordar de lo que había dicho Alfonso.

-Pero tenemos que esperar que desmonte la pieza y vea el daño. Así que póngame un café y sea lo que Dios quiera –dijo, con un gesto de resignación.



El paisano aparejador



En la barra del bar había un grupo de hombres tomando, en animada charla, café y coñac, a los que Pepe había saludado distraído y casi sin mirar. Y un poco más allá un hombre alto, enjuto, que vestía traje y corbata y llevaba calada una boina. Estuvo observando a Pepe, que miraba distraído al frente, mientras saboreaba sorbo a sorbo su café, y finalmente se acercó a él.

-Perdone que le moleste, -dijo el hombre- tengo la sensación de que lo conozco; soy de Sevilla, me llamo Salvador Tous.

-Encantado de conocerlo, paisano; yo también soy de Sevilla, de Marchena, para ser exactos, me llamo José Tejada Martín – contestó Pepe, tendiéndole la mano.

-¡Lo sabía!– dijo Salvador Tous con una amplia sonrisa- Es Ud. Pepe Marchena. Es un placer saludarlo, maestro.

-El gusto es mío, don Salvador.

-Estuve viéndolo en Úbeda, hace ¿cuánto? ... menos de un año, creo, cuando actuó Ud. con su espectáculo “Pasan las coplas”. – Salvador Tous continuó, emocionado.- Me gustó mucho y quise saludarlo. Soy un humilde aficionado al flamenco y pensé que era mi oportunidad de conocer al más grande; pero había tanta gente esperando hacer lo mismo en la puerta del camerino que me retiré, le confieso, que decepcionado, contrariado. Y mire por donde, hoy, en un lugar insólito, está Ud., y yo tengo la oportunidad de invitarlo a un café, si Ud. me lo permite.

José Tejada Martín, conocido como Pepe Marchena, era un mito del flamenco, muy conocido en España y en los grandes países iberoamericanos, aunque hubiera pasado inadvertido en aquel remoto pueblo de la Sierra de Segura: ni siquiera sus películas “La Dolores” y “Martingala” habían sido proyectadas aún en el cine Mari Paz, que funcionaba en el pueblo desde hacía unos meses.

Pepe Marchena, que estaba acostumbrado a ser reconocido y, muchas veces, atosigado por gentes que lo admiraban, creyó, tras las primeras horas de estancia en aquel pueblo, que pasaría en un cómodo anonimato el tiempo que tardaran en arreglarle el coche. No iba a ser así, pensó, mirando a aquel hombre, que le hablaba de sus canciones y de los espectáculos que había tenido la oportunidad de presenciar. Reconoció al buen aficionado, pero también al hombre educado que estaría dispuesto a retirarse, antes de causar la más leve molestia.

-Sinceramente, don Salvador, -dijo Pepe Marchena- me alegro de haberme encontrado con Ud.

Salvador Tous, que conocía como todos los clientes del bar el episodio de la avería del coche, se ofreció a Marchena para lo que pudiera necesitar y quiso acompañarlo al taller de Alfonso para ver si ya había desmontado la magneto y tenía idea de cuánto tiempo precisaría la reparación. Le dijo que Alfonso era un mecánico muy bueno, con acreditada fama, al que traían coches y camiones de todos los pueblos de los alrededores y hasta de lugares alejados.

-Y no solo coches, -añadió Tous- conoce al dedillo los motores de las fábricas de aceite, que por aquí abundan, o los de las aserradoras, de las que hay varias en pueblos más grandes y más metidos en la Sierra.

Camino del taller, Salvador Tous era saludado por el todo el que se cruzaban: “buenas tardes, don Salvador, y la compaña”, le decían en unos casos con afecto amistoso, con respeto, en otros. Pepe Marchena se dio cuenta de que era un hombre querido en el lugar.

-Bueno, don Salvador, -le dijo- Ud. lo sabe todo de mi, dígame algo de Ud. ¿qué hace aquí, donde parece que le tienen tanto apego?

Salvador Tous le contó que era aparejador y que, por lo tanto, construía casas. Que llevaba en el pueblo ya casi diez años y que, si tenían oportunidad, le mostraría alguna de las casas que había hecho; sobre todo, le dijo, el

Ayuntamiento, del que se sentía muy orgulloso. Y remató con un gesto de melancolía en la mirada.

-Y puedo decirle que no estoy por gusto, pero estoy a gusto.

La frase le salió sin pensarla, sin querer decirla; como una confidencia espontánea a un viejo amigo. Y entonces tuvo la sensación de que gracias al flamenco conocía a Pepe Marchena de toda la vida.

-Eso parece un acertijo. –dijo el cantaor.

Salvador Tous se definió como un perdedor, un derrotado de la guerra civil, en la que había participado poniendo sus conocimientos profesionales al servicio de la República: fue jefe de un Batallón de Obras y Fortificaciones, y con su gente realizó muchos trabajos de fortificación militar en la provincia de Jaén.

Al terminar la guerra fue encarcelado y luego absuelto, tras un juicio sumarísimo, y puesto en libertad. Pero no se le permitió volver a Sevilla, sino que fue desterrado a este pueblo.

-Sabe que, cuando se ha presentado, -dijo Marchena- su apellido me ha resultado familiar. Vamos que me suena lo de Tous.

-Seguramente, maestro; -respondió el aparejador- mi familia es bastante conocida en Sevilla.

La familia Tous, oriunda del Valle de Arán, en el Pirineo leridano, llevaba muchos años establecida en Sevilla, donde en este momento su hermano Luis era médico, catedrático de ginecología en la Universidad; su hermano Nicolás, ingeniero industrial, y otro hermano, Román, también ingeniero, era director de la potente empresa cerámica de La Cartuja. Los Tous pertenecían a la burguesía sevillana y Salvador era considerado el garbanzo negro de la familia.

-Lo malo es que se lo considere Ud. mismo –le dijo Marchena, afectuoso-.

La familia, sobre todo sus hermanos, nunca habían soportado las ideas izquierdistas de Salvador y su implicación en actividades políticas.

-Pero ha dicho que está a gusto aquí. –dijo Pepe Marchena, que quería cambiar de conversación porque veía a Tous incómodo en aquellas confidencias-.

-Sí. Estoy bien; -dijo don Salvador- al principio se me hizo el vacío porque llegué precedido por mi pasado. El pequeño grupo dirigente, formado por propietarios y profesionales, que se sienten vencedores con derecho a pasar factura, me miraban con recelo. Bueno, algunos cafres, que no desaprovechan ocasión de vestirse de azul y lucir correajes, me lo hicieron pasar mal en algunos momentos. Pero todo eso pasó. Puedo decir que estoy integrado en esta pequeña comunidad y tengo suficiente trabajo.



El taller de Alfonso



El taller estaba en la salida del pueblo, junto a un edificio blanco que lucía un gran rótulo: CINE MARIPAZ. Entraron por un amplio portalón a un patio, cubierto en parte por una techumbre, bajo la que había varios vehículos con los motores al aire; allí estaba el Ford de Pepe con la parte delantera del motor descubierta. A la derecha estaba el taller; encontraron a Alfonso, observado por Braulio, que manipulaba una bobina de hilo de cobre. Se acercaron y Alfonso les mostró la bobina.

-Esta es la culpable –dijo haciendo un gesto con la barbilla hacia la bobina-. Pero es lo menos malo que podía ocurrir, porque la vamos a arreglar aquí. Tenemos un especialista que la embobinará y quedará mejor que nueva.

Alfonso les explicó que un problema en los imanes o en los rodamientos habría sido más difícil de resolver, y seguramente tendrían que haber pedido repuestos a los talleres Costán, de Úbeda; pero que, afortunadamente, Luis  el eléctrico compondría la bobina. Ahora solo faltaba buscarlo y que dejara lo que estuviera haciendo, para ocuparse de aquello. Alfonso había mandado a uno de sus aprendices a buscar a Luis.

La fonda


Había sido un día completo, le decía Braulio a su jefe, cuando se sentaron a una mesa del comedor de la Fonda. Quien les iba a decir cuando salieron por la mañana de Linares, camino de Albacete y Cartagena, que acabarían con el coche averiado en un taller de aquel pueblo, que se iban a encontrar con tan buena gente y que iban a cenar en aquel agradable comedor, de cuya cocina salía un olor que abría el apetito. Tomaron una sopa de picadillo, con mucha sustancia, luego sardinas asadas en leña de jara y de postre un flan de huevo. Marchena se levantó de la mesa y se asomó a la puerta de la cocina. Había una mujer de treinta y tantos años, vestida de negro, con un delantal gris oscuro y una cofia blanca con la que recogía su pelo, y dos chicas más jóvenes, una ellas les había servido la mesa, la otra estaba en ese momento fregando los platos. Era una cocina amplia y ordenada. Al asomarse, la mujer de negro se volvió hacía él.

-Perdone, señora, -dijo Pepe- quisiera decirle que su cena ha sido deliciosa, que la sopa es una de las más sabrosas que he tomado y que las sardinas estaban muy frescas y buenas. Muchas gracias

Justa, la cocinera, era hija de Manuela y había aprendido de su madre el buen hacer en la cocina, que había dado merecida fama a la Fonda de la Manuela.

-Muchas gracias, señor,-respondió con una sonrisa de agradecimiento- me alegro de que hayan cenado bien.

Le contó que el caldo de la sopa se había hecho cociendo lentamente durante muchas horas el hueso de jamón, el espinazo, sus trozos de cordero, un poco de tocino salado y las verduras, y que ese era el secreto.

Al día siguiente, Pepe Marchena, se enteraría de que Justa se había quedado viuda hacía poco; su marido, que tenía un coche de alquiler, había tenido un accidente en Jaén. Le contaron que desde hacía veinte años, Manuela regentaba aquella Fonda y que se había hecho un nombre por la limpieza de las habitaciones y por la excelente cocina, primero de Manuela y, luego de su hija. Y supo que otro hijo, Paco, era chófer y tenía una camioneta con un amigo suyo, Isidro, con la que traían una o dos veces a la semana pescado de Úbeda. Solo esos días en que el pescado estaba muy fresco lo servían en la Fonda.

----continuará................

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