miércoles, 10 de septiembre de 2014

EL CANTE DEL PUENTE DE GÉNAVE. 2ª parte



Como ya anticipamos la semana pasada, retomamos nuevamente la dinámica de publicaciones en el Blog “Historia Puente de Génave” con el relato ganador del III Concurso de Relato Histórico Domingo Henares. Esta fantástica historia, escrita por Pablo García González, hace referencia a la composición del mítico cantaor flamenco Pepe Marchena, titulada “El Cante del Puente de Génave”. En ella el famoso cantante hace escala forzada en nuestro pueblo y al tiempo que va conociendo personajes emblemáticos y lugares pintorescos de Puente de Génave, se va enamorando de sus rincones y de la enorme amabilidad e idiosincrasia de sus gentes, conviviendo con emblemáticos personajes y visitando las construcciones y lugares más significativos de Puente de Génave. Con esta segunda parte queda completado el relato ganador de este certamen literario en esta edición de 2014.  

EL CANTE DEL PUENTE DE GÉNAVE. 2ª parte

Por Pablo García González



----continúa.....
Pepe Marchena volvió a su mesa, tras agradecer la cena a Justa, se sentó y le dijo a Braulio si quería tomar café. Antes de que se lo sirvieran, un hombre que había estado observando a Marchena desde otra mesa, se levantó y fue hacía él.

-Buenas noches, me llamo Manuel Tercero –le dijo, tendiéndole la mano-, si Ud. es Pepe Marchena, que creo que lo es, soy admirador suyo y estaría muy honrado si aceptaran, Ud. y también su acompañante, que los invitara a una copa. Estoy con don Pedro, el párroco del pueblo.

Mientras se levantaba y le estrechaba la mano, Marchena pensó por un instante negar que fuera quien era y dar esquinazo a aquella gente, pero esa idea se desvaneció enseguida: estaba muy a gusto en aquel comedor y no le vendría mal una tranquila velada de conversación; al fin y al cabo, ni tenía sueño, ni la obligación de madrugar. Pepe Marchena y Braulio acompañaron al hombre a la otra mesa y se hicieron las presentaciones. Manuel Tercero era un ingeniero de caminos, jefe del departamento de carreteras de la provincia de Jaén, que estaba allí en viaje de trabajo. El ingeniero tenía una muy buena amistad con don Pedro García Bellón, desde hacía unos años cura de aquella parroquia. Se tomaron el café y Braulio se despidió disculpándose porque tenía que madrugar para estar en el taller con Alfonso, y el cura aprovechó para elogiar al mecánico, del que dijo que era muy bueno en su oficio, pero sobre todo una buena persona de reconocida honradez. Mientras les servían el café y una copa de Magno, Manuel Tercero comenzó a contar lo que sabía, que era mucho, de Pepe Marchena, al que dijo seguir desde que lo había oído cantar en el teatro de la Latina, cuando estudiaba en la Universidad de Madrid. Marchena recordó que, aunque entonces empezaba a ser conocido, fue fundamental para su consolidación, el apoyo del cantaor Rafael Pareja y sus actuaciones en el teatro de la Latina, contratado por el empresario Carceller, donde lo había oído don Manuel Tercero. Ante los elogios de Tercero al arte de Marchena y las alabanzas de Marchena al flamenco, Don Pedro se lamentó de no haber tenido apenas oportunidad de oír flamenco; contó que en un viaje a Málaga, hacía ya años, unos amigos lo llevaron a la Peña Juan Breva y llegó a emocionarse con aquellos cantes que espontáneamente, como en una competición amistosa y festiva, ofrecían los que participaban en la velada.
-Fue mi primer y único encuentro con el flamenco –dijo el cura- y fue tal la experiencia, que al día siguiente compré algunas pizarras, que me llevé a casa esperando el momento de ponerlas en la gramola, pero lamentablemente los discos me dejaban indiferente. No me transmitían la emoción de aquella noche en la Peña Juan Breva.
Marchena habló del embrujo que se produce cuando la guitarra y la voz expresan un sentimiento de una manera imposible de decir por otros medios, y cómo un rasgueo de guitarra y unas pocas palabras pueden encerrar lo que toda una biblioteca.
-Miren Uds. – dijo, y cantó muy quedo para que solo lo escucharan sus contertulios-
“La noche del aguacero
Dime donde te metiste.
Que no se te mojó el pelo.
Ven qué manera de expresar el drama de los celos.
O el resentimiento de la decepción:
Mira si soy desprendío
Que al pasar por el puente
Tiré tu cariño al río
O esta declaración de amor:
Porque te llamas Aurora
Me levanto al ser de día
Si te llamaras Angustias
De pena me moriría.”

Oyendo a Marchena, los dos amigos estaban maravillados al ver que esos sencillos versos se transformaban, en la voz del cantaor, en algo extraordinario. Pero Marchena rompió el embrujo que él mismo había creado.

-Bueno, amigos, dejemos el flamenco y hablemos de otra cosa.

Aún siguieron con el flamenco un buen rato y pasaron luego al estado de las carreteras de la zona, que dependían del ingeniero. Manuel Tercero les contó, aunque no dependieran de su departamento, que estaban a punto de reanudarse las obras del ferrocarril Baeza-Utiel, que pasaba muy cerca del pueblo y, por lo que él sabía, iban a instalar allí oficinas y talleres. Y eso sería muy bueno porque habría mucho trabajo durante algunos años. La conversación continuó animada hasta que don Pedro dijo que el siguiente era día de escuela y tenía que retirarse. Marchena pensó que era una forma de decir que era día de trabajo y bromeó:
-Venga, don Pedro, no exagere, y Ud. disculpe, que se lo digo con todo respeto; decía mi padre que a él le habría gustado tener la jornada de los curas: media hora y con vino.
Rieron mientras se levantaban de la mesa, pero Manuel Tercero cogió del brazo a Marchena y le dijo
-No se equivoque con este cura; también es maestro, y después de su media hora con vino, algo más tarda en decir su misa, se va a su escuela, donde intenta meter en vereda a cuarenta o cincuenta chiquillos.
Mientras se despedían y ante la curiosidad de Marchena, don Pedro lo invitó a acercarse por su escuela.
-Pregunte mañana por la escuela del cura, verá que tengo un buen número de chiquillos listos. –le dijo.

Las obras de don Salvador

Pepe Marchena se levantó temprano y bajó a desayunar; Braulio había madrugado y seguramente estaba ya en el taller con Alfonso. Le pusieron un café de puchero hecho con cebada tostada y achicoria, que a él le gustaba mucho mezclado con leche. Casi le gustaba más que el café-café, que tomaba cuando estaba cerca de la raya de Portugal; prefería la suavidad de la cebada al amargor del café. Una chica morena muy joven y de expresión muy dulce, que la noche anterior fregaba los platos, colocó en su mesa, junto a la taza oscura y humeante, una bandeja de rosquillas y galletas. Estaba comiéndose una rosquilla cuando la chica le llevó un plato con una torta, que dijo era de manteca y que tuviera cuidado porque estaba caliente, que es como hay que comerlas. Le dijo que el rosco que se estaba comiendo era de revoltón y que todo lo hacían allí en la Fonda. Desayunó muy bien y salió a buscar a su paisano don Salvador. Lo encontró en el puente nuevo, mirando a los obreros que se afanaban en levantar paredes sobre unas rocas junto al río. 
Era el puente por donde pasaba la carretera, desde el que se veía muy cerca otro, pequeño, de piedra, pero reparado con tableros que sonaban cuando la gente o las caballerías lo cruzaban. Su paisano le explicó que el puente grande, sobre el que estaban, tenía apenas cincuenta años, pero al otro lo llamaban el puente viejo porque era muy antiguo, quizás lo hicieron los romanos hace dos mil años. Y ya necesita una reparación. Bajaron hasta el puente viejo y Pepe pudo comprobar que entre aquellos gordos tablones, que se movían y golpeaban cuando los pisabas, había grietas por las que se veía el agua. Le faltaban tantas piedras del arco, que daba un poco de miedo pasar por allí.
Entre los dos puentes, el río giraba a la izquierda al encontrarse con las rocas sobre las que don Salvador estaba construyendo la casa. El agua se remansaba en la curva y se formaba un gran charco. Supo que jamás se había ahogado nadie ni en ese charco, que llamaban del puente, ni en ningún otro de los muchos que formaba el río en otras zonas del pueblo y eso que los niños y los jóvenes pasaban el verano bañándose en ellos. Mientras observaban a los albañiles, al otro lado del charco, Pepe supo que los chavales se tiraban al río desde el puente viejo y buceaban hasta debajo del nuevo y don Salvador le contó que ese charco guardaba el secreto de un asesinato: hacía cincuenta o sesenta años, un día emergieron del agua los pies de un hombre desaparecido desde hacía días. Ante el estupor de la gente que se aglomeraba en las orillas, la guardia civil sacó el cadáver de aquel hombre al que sus asesinos habían atado una gran piedra a la cintura, pensando que había profundidad suficiente para que nunca lo encontraran; pero calcularon mal y, cuando los gases de la muerte hincharon el cadáver, salieron los pies y las piernas hasta las rodillas, en una imagen sobrecogedora que el pueblo no había olvidado aún. Nunca se supo quien fue el asesino, ni juzgaron a nadie por ello, aunque muchos pensaban que había sido la venganza de la familia de un hombre, al que el muerto había asesinado muchos años antes por un lance de juego.
El aparejador sevillano explicó a Pepe que para un profesional es muy grato construir una casa sobre las rocas, junto al río en el que se reflejaría, con tal desnivel que le permitiría hacer una planta que daría al río y a un jardín posterior y sobre ella, otra al nivel de la carretera y, hasta otra más sobre esa. La casa se apoyaría sobre unos arcos, bajo los que pasaría una estrecha calle, paralela al río, como un pequeño puente bajo el que pasarán personas, en vez de agua, y con los que quería hacer un homenaje a los constructores de aquellos dos hermosos puentes. El entusiasmo de aquel hombre despertó en Pepe la curiosidad por conocer otras casas construidas por él.

La Confianza

Subieron por una amplia escalera, adosada al puente nuevo, hasta la altura de la carretera y, enseguida, a la derecha, don Salvador le señaló una casa, que sobresalía sobre sus vecinas: “La Confianza” “José Luna”. “Ferretería. Paquetería. Tejidos. Confecciones”. A Pepe le recordó casas vistas en Sevilla o en pueblos grandes de la provincia; el aparejador le dijo que él, como muchos arquitectos sevillanos y de otros lugares, pensaba que una casa debe ser útil, pero también bella, y que es fundamental usar los materiales que tradicionalmente se han usado en cada lugar.
-Debo reconocer –dijo don Salvador- que yo he utilizado aquí un elemento que no es de aquí: los azulejos. Pero es que es un material que embellece más que cualquier otro y pertenece a la tradición arquitectónica andaluza. Al fin y al cabo, este es un pueblo andaluz, aunque haya nacido de la nada hace muy poco tiempo. Aquí todas las casas están hechas por los vecinos con la ayuda, a veces, de buenos albañiles. Si se fija, todas son iguales; un piso o dos, pero todas iguales. Y en algunas zonas, poco más que chozas.
-Esta tienda, parece de capital –dijo Pepe.
Y observaba el escaparate, la balconada del primer piso con la gran franja de azulejos amarillos con las letras en negro, excepto “La Confianza” en azul verdoso, perfilado en negro. Le llamó la atención, que los últimos ventanales, en la parte más alta, eran los más bonitos, los tres terminados en arco.
-El arco es un elemento fundamental de nuestra arquitectura y llevamos utilizándolo dos mil años, pero desde hace un tiempo lo usamos como elemento decorativo. Y, mire, yo he puesto esas tres ventanas con arco en la parte más alta porque en las construcciones campesinas, la última planta está dedicada a guardar trastos, son las cámaras, lo menos cuidado de una casa. Pero esta no es una casa campesina, es un comercio, es el símbolo del progreso, la sociedad ha crecido por el comercio y por eso he querido que mi casa terminara como un árbol que crece y muestra su mayor belleza en la copa.

El Ayuntamiento

El Ayuntamiento estaba a la entrada del pueblo. Había pasado por la puerta el día anterior, cuando desde el coche averiado se dirigió hasta el bar, en busca de ayuda: iba tan pendiente de la gente que lo miraba desde la puerta del bar que no se fijó en el Ayuntamiento. Delante tenía un jardincillo, cerrado por una balaustrada.
Salvador Tous junto a los obreros que construyeron el Ayuntamiento

-Le confieso que estoy muy orgulloso de este edificio –dijo emocionado don Salvador-. Le puedo asegurar que los inconvenientes y las molestias, no quiero hablar de sufrimientos, que me está ocasionando este destierro se ven compensados por esta obra. Debo decir en favor del alcalde, que me ha dejado libertad para hacer lo que he querido. He trabajado a gusto. Verá que está recién terminado. Los arbolillos acaban de plantarse.
Estaban parados en medio de una zona empedrada con guijarros del tamaño del puño, mirando la fachada. El aparejador hablaba de la combinación de ladrillo rojo y paredes blancas, del pequeño atrio con dos airosos arcos y una hornacina central, ocupada por un bellísimo jarrón de loza dorada
-Ese atrio establece un tránsito entre la calle y el interior del recinto, y además me permite sacar el balcón que ocupa toda la parte central de la fachada, imprescindible en una casa consistorial.
Don Salvador le hizo observar que a la hora de diseñar las puertas de salida al balcón resolvió no rematarlas en arco porque habrían quedado deslucidas por los dos grandes arcos del atrio, pero decidió adornarlas con esos casi semicírculos de cerámica, bordeados de ladrillo, que complementan el gran paño central, donde luce ese adorno de cerámica. El aparejador se aproximó entonces a su interlocutor y le dijo al oído.
-A mí me habría gustado poner otro motivo, pero se empeñaron con san Isidro, el patrón del pueblo. Yo habría puesto un símbolo civil.
La zona central del edificio está rematada por un tímpano vacío, austero como toda la fachada. Aún así, el tímpano le da la prestancia que deben tener los edificios públicos, y en él un solitario reloj nos recuerda que andamos de paso.
-Y esos siete búcaros de cerámica verde, sobre los vértices de la fachada y en los extremos del balcón, -dijo Tous- pensará que son un capricho y puede que así sea, pero reconocerá que dan mucha gracia al edificio.
Pepe intentaba seguir las explicaciones del aparejador y le parecía que estaba aprendiendo a mirar de otra forma. Él, que viajaba mucho, procuraba visitar las catedrales de las ciudades donde actuaba y, en Sevilla, volvía de vez en cuando a la catedral y a los Reales Alcázares y se admiraba de tanta belleza y, sobre todo, de tanta grandeza. Y de pronto en este perdido pueblo estaba aprendiendo a ver en unas sencillas fachadas de edificios insignificantes, comparados con los de cualquier ciudad, cosas en las que nunca hubiera reparado a no ser por este buen hombre.
Entraron al Ayuntamiento y don Salvador le habló del vestíbulo, en el que estaban, un gran espacio distribuidor desde donde se accede a servicios públicos, como correos y telégrafos, y desde el que parte una hermosa y amplia escalera que lleva a la zona noble, donde está la alcaldía y el salón de reuniones. Y Pepe, a veces, no lo oía, tan atento estaba en descubrir por sí mismo los bellos detalles del edificio.
Al salir, Pepe se fijó en aquello que le llamó la atención el día anterior, ese edificio del bar, que parece estar en medio de la carretera, y don Salvador le dijo que también había hecho esa casa, que gracias a la curva de la carretera, se ve desde lejos, un kilómetro antes de llegar al pueblo y, por eso, la había rematado con un torreón, que se reconoce y se ve como un faro y, al mismo tiempo, es un espléndido mirador. Es la originalidad del bar del Pintor.
-¿Cómo el bar del Pintor? –se extrañó Pepe, que ya próximos al bar, estaba leyendo el rótulo.- Ahí pone Iberia Bar.
-Sí. Lleva usted razón. –dijo don Salvador- Pero todo el mundo lo conoce como bar del Pintor.
Y le contó que el pintor era Joaquín, uno de los dos hermanos que regentaban el bar; Joaquín, el pintor, es un hombre afable de una gran curiosidad, aficionada a la pintura. Yo creo que también le gusta la música y con algunos amigos y su hermano Juan José montan, a veces, obras de teatro.
Allí se despidieron y don Salvador volvió a la casa que estaba haciendo junto al río y el puente nuevo.
Pepe Marchena preguntó por la escuela del cura a una mujer, que llevaba una canasta de tomates. La mujer le dijo que estaba allí mismo y lo acompañó hasta la puerta.

La escuela del cura

La escuela estaba en la primera planta de una casa de tres, en un salón que ocupaba toda la fachada y se abría a la calle con tres balcones de forja. Entró a la casa y encontró a una mujer mayor, con el pelo blanco recogido en un moño, que salía de un patio, al fondo del pasillo, y le indicó, tras responder a su saludo, la escalera. Al llamar suavemente a la puerta con los nudillos, se atenuó el murmullo que se oía dentro y la voz de don Pedro lo invitó a pasar.
Al entrar, vio a la derecha la mesa del maestro rebosante de libros y cuadernos y una vitrina, en la que don Pedro buscaba algo antes de dirigirse a su encuentro; la sala, relativamente grande, parecía pequeña atestada de pupitres dobles, alguno ocupado por tres chiquillos. En el centro de la pared más luminosa, enfrentada a los balcones, una gran pizarra negra estaba llena de sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, y de números quebrado y raíces cuadradas, todo sin resolver. Debajo de la pizarra, en un banco sin respaldo, media docena de niños de cuatro o cinco años se entretenían con cartillas del método rayas. Y en medio de la escuela, junto a una estufa tipo salamandra, apagada, un grupo de niños, de pie, leía en voz alta y originaba el leve guirigay, que había escuchado desde la escalera. Los chicos de los pupitres, que se habían levantado con generalizados golpes de asientos, al entrar la visita, volvieron a sus tareas a una señal de don Pedro.
El cura-maestro sacó del bolsillo de su sotana un paquete de Ideales, de los conocidos como “caldo gallina” y ofreció a Marchena un cigarrillo, que el cantaor rechazó con un gesto. Don Pedro comenzó a liar sosegadamente el suyo, mientras el cantaor observaba curioso a los chavales.
-Mire, don Pedro, -dijo Marchena- no hay nada que me produzca más envidia que esto, y nada que valore más que el saber. Mis padres eran campesinos, seguramente como la mayoría de los padres de estos chiquillos, pero afortunadamente para ellos tienen la suerte de poder estar aquí.
Y le contó que cuando tenía la edad de estos niños, él trabajó con un arriero y luego de aprendiz de herrero y de tabernero, y en lo que iba saliendo, aunque eso no le impedía cantar por las noches en las ventas y las tabernas de la comarca. Y desde entonces el cante había sido su vida, aunque muchas veces, echaba de menos no haber tenido la oportunidad de estudiar.
Don Pedro le habló de su vocación de maestro nacida del convencimiento de que es el mejor servicio que puede hacer a estos críos, porque la mayoría de ellos, la mayoría de nosotros, no tiene un talento especial como el suyo, Marchena, para triunfar en la vida. La gente normal tiene que prepararse y la escuela es la base, el comienzo de esa preparación. Con unos buenos conocimientos esenciales, estos muchachos saldrán por ahí a buscarse la vida con más posibilidades que las que tuvieron sus padres.
Don Pedro García Bellón siempre había ocupado el tiempo libre que le dejaba la iglesia en dar clases particulares, pero fue al llegar a este pueblo cuando decidió hacerse maestro. Él decía que tuvo que examinarse de todo, incluso de religión, desde primero de bachillerato, porque no estaban reguladas las convalidaciones. Cuando terminó magisterio, se encontró con que en el pueblo no había escuela vacante para él y, entonces, fundó una escuela parroquial, que enseguida se llenó de chiquillos y, con el tiempo, fue asimilada por el Ministerio de Educación, como una escuela nacional más.
-Mire, Marchena, -decía el cura-maestro- lo que falta en nuestro país son escuelas: aquí hay tres de niños y en cada una, mírelos, -y señalaba la sala repleta de pupitres- hay cincuenta o sesenta chiquillos, desde los cinco a los catorce años. Con las escuelas de niñas pasa lo mismo. Hacen falta escuelas: por eso me hice maestro.
Pepe Marchena dejó la escuela y bajó la calle hasta el puente viejo. Se paró a observar el trajín de los albañiles en la casa de Salvador Tous y vio por debajo de la obra la boca de una cueva, en la que no había reparado por la mañana porque delante había materiales de construcción. Vio en una roca junto al río a un hombre que pescaba con una caña; bajó hasta él y le dijo que cómo se daba la pesca; el pescador le enseñó una cesta con tres o cuatro peces.
-Son barbos –le dijo- y, ya ve, cada uno pesa una libra. Fritos con harina están muy buenos.
El hombre le dijo que la llamaban la cueva de Paco el sastre porque en la casa de al lado, esa de ahí, le señaló, vivió Paco el sastre: ahora vive su familia. La cueva tiene que ver con una mina, pero no sabía nada más; le dijo que era bastante profunda, pero que él no había entrado nunca porque le daba respeto, eso dijo: que le daba respeto.

El pescado frito

Llegó al taller de Alfonso. Un poco alejado, a la orilla de la carretera, casi delante del cine, un hombre freía pescado, pescaditos, que a Marchena le parecieron boquerones.
Pepe Marchena supo luego que era un hombre de un pueblo de la Sierra, que se dedicaba a traer pescado, desde Úbeda, para vender en los pueblos del interior de los valles de Segura. Tenía una vieja camioneta, que se le averiaba con frecuencia y más de una vez había tenido que tirar el pescado, por culpa de una avería no reparada a tiempo. Para evitarlo, llevaba siempre en su viejo cacharro una sartén, trébedes, aceite, harina y leña, y como estaba ocurriendo ahora, mientras en el taller de Alfonso le arreglaban la avería, élf reía el pescado para poder conservarlo. Alfonso le había pedido que se saliera del taller, que cerca de la gasolina no se podía encender fuego, y el hombre había aprovechado para llamar al pregonero y ofrecer pescado fresco o frito. Lo estaba vendiendo bien y había mujeres que se lo compraban frito. Braulio andaba por allí y echaba una mano a Alfonso cuando era menester, estaban esperando que Luis llevara la bobina, que al parecer tenía arreglada; después de comer montarían la magneto y podrían reanudar el viaje.
En la Fonda, se sentaron a la mesa y salió Justa a preguntarles si les gustaban los guisos, había preparado uno de cordero con patatas. Pepe y Braulio le dijeron que les gustaban.
Cuando un par de horas más tarde salían del pueblo por la carretera de Albacete, Braulio oía a Pepe Marchena que, para sí mismo, muy bajito, cantaba:
“Yo me enamoré de ti
y al entrar en Cartagena
yo de ti me enamoré”

La taranta

Se sabe que Pepe Marchena escribió cartas a varias personas con las que se relacionó en Puente de Génave. Una de esas personas fue don Pedro García Bellón, que mantuvo correspondencia con el cantaor. La primera carta, conservada durante muchos años en un cajón de la mesa de su escuela, decía así:
“Querido amigo don Pedro, quisiera decirle que me he ido de ese pueblo con pena: no me habría importado quedarme algún día más, sabiendo que gozaría de su compañía y de su amistad. Pero, como les dije, tenía que cantar en Cartagena y andaba ya apurado de tiempo. Espero volver. Como yo sólo sé cantar, cantando expreso mi agradecimiento. El Puente de Génave me recuerda a algún pueblo minero de Almería, donde nació la taranta, y con una taranta dedicada a ese pueblo, les recordaré siempre. La llamaré  El cante del Puente del Génave. Cuando la estrene, le avisaré por si puede venir a oírla, Ud. y quienes le acompañen están invitados. En todo caso, espero incluirla en alguno de mis discos y cuando salga, se lo enviaré.  Con todo mi afecto. Pepe Marchena.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario