Presentamos la segunda parte del relato ganador del XII Concurso de Relato Histórico Domingo Henares escrito por D. Miguel Ángel Carcelén Gandía, centrado en las intrigas entre caballeros, servidores de Dios y nobles cortesanos en pleno dominio de la Sierra de Segura por la Orden de Santiago.
ADELFAS Y DIGITALES.
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La muchacha pareció dudar:
-Sesenta cruces...
-Sesenta y cuatro
-corrigió el fraile.
-Sesenta y cuatro
cruces labradas en piedra del tamaño que imagino debieran tener para resultar
de utilidad supondrían un descalabro para nuestras arcas, no muy boyantes, como
bien sabéis. No son nuestras tierras ricas en piedra ni en maestros canteros.
-Todo está pensado,
señora. La orden de predicadores dispone de afamados talleres en San Esteban -piedra noble salmantina- que trabajarían para tan pío fin por un monto
simbólico. Me he tomado la molestia de comentarlo con el padre general y no
encuentra inconveniente alguno, de hecho, una cantidad importante de cruces
podría ser inmediatamente trasladada, por ser la obra que más se trabaja.
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Cruz de piedra |
Isabel, cuya juventud no llevaba
aparejada inexperiencia, intentaba escudriñar las verdaderas razones de la
propuesta y del ofrecimiento. Por bajo que fuese el precio las ganancias serían
para los frailes y, de paso, obtendrían una promoción por todas sus tierras que
serviría para frenar la pérdida de popularidad frente a los franciscanos. Estos
acababan de dedicar a las afueras de Orcera un nuevo monasterio a Santa María
de la Peña, una talla gótica que, según la leyenda, había sido encontrada en una
cueva cercana por un labrador. “Los hombres de la sierra -recordaba haberle
oído decir a fray Pedro-, son gentes extrañas: prefieren los harapos de los
frailes menores a nuestra cuidada oratoria”. Sesenta y cuatro cruces de factura
dominica con santos del gusto del pueblo ayudarían a recuperar prestigio. Bien
veía la muchacha que la oferta no era del todo desinteresada, no obstante,
tampoco dejaba de tomar en consideración que resultaba más rentable que la del
capitán.
-¿Podemos ahora conocer
el ofrecimiento del capitán? -se interesó el preceptor.
Don Fernando se había limitado a
sugerir la construcción de portazgos en lugares estratégicos de las cañadas.
Sus hombres los custodiarían y se encargarían de recaudar el dinero del peaje,
de esa forma se aseguraba el que procurasen que los ganados no se despistasen
fuera de sus rutas: a más rebaños, más dinero. El preceptor habló intentando
ser objetivo:
-Las tierras de Orcera
y, por ende, de toda la sierra, ganarían en seguridad, dadlo por descontado, y
recuperaríais algo del dinero que los zagales, con sus embustes acerca del
número de cabezas, os trapacean. Por otra parte, levantar portazgos, aun siendo
menos que cruces, será mucho más costoso...
-¿Entonces? -casi exigió
una conclusión Isabel.
-Tener contentas a las
tropas es la primera obligación de cualquier gobernante; en este caso el
capitán y sus hombres hacen las veces de tropa -aconsejó el anciano para
irritación del fraile, que no quiso zanjar ahí lo hablado:
-Tener contento a Dios
es la primera obligación de cualquier gobernante temeroso de su nombre.
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Rebaño de oveja segureña |
La señora prometió sopesar con
tranquilidad ambas alternativas y los autorizó a marcharse, que era su cortés
manera de echarlos.
Por la galería interior que bordeaba
el compluvio se les oyó discutir mientras se alejaban; el clérigo recriminaba
al preceptor el que no se hubiese puesto de su lado y el anciano se excusaba
argumentando que, a fin de cuentas, Isabel haría más caso a la opinión de los
que calentaban su cama que a la suya. Fray Pedro quedó pensativo.
El capitán no podía desaprovechar
ésta su, posiblemente, última oportunidad. Toda la vida batallando y
coqueteando con la muerte para acabar con una exigua pensión de tres onzas
anuales. Bien es cierto que con un mínimo de previsión podría haberse asegurado
una vejez más que digna, pero su afición a las casas de lenocinio de Villanueva
y a los dados habían podido más que los buenos propósitos. Orcera, con
seiscientas casas y dos mil habitantes, un escribano, cuatro sacerdotes y gente
pobre, permitía a don Fernando sentir un cierto agobio, una estrechez que no
tenía en Alcaraz, por ejemplo, donde la tradición hacía atracción de talentos y
de jóvenes más capaces para el pensamiento que los vecinos de Orcera, ocupados
en procurarse para cada día el alimento, encajados entre dos monasterios, de
franciscanos mendicantes uno de ellos y de monjas el otro, bien abastecido éste
desde la capital. Allí podía el capitán esperar que nadie le imputase delito
alguno de sus antiguas correrías, que su fama era conocida desde que hacía años
su familia se instaló cerca de lo que llamaban la huerta de Maravillas, por lo
que como retiro no le disgustaba el lugar de Orcera. Urgía, por tanto,
convencer a la señora para que se decantase por la construcción de los
portazgos. Ya había convenido con todos los maestros albañiles a los que les
pudiera ser encomendado el trabajo el corretaje que le correspondería. Esa
cantidad sumada a lo que sus hombres de confianza le desviarían del pago del
peaje le harían más llevadero el inminente retiro. No dudó en hablar con
Serótido, el fornido mozo de caballerizas criado en el castillo de la Yedra,
para engatusarlo:
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Orcera |
-Es pena que alguien
como tú desperdicie su valía entre paja y estiércol. Me vendría bien contar
contigo entre mis hombres, la paga es buena.
Al muchacho se le iluminó el
semblante:
-Poco sé de armas, pero
no soy tardo en aprender. ¿Cuándo podría incorporarme?
-Tan pronto la señora
autorice el levantamiento de los portazgos, supongo que habrás oído hablar del
asunto... Si tú pudieras hablarle de la conveniencia de apresurar los
trámites...
-¿Yo?, ¿cómo?, no tengo palabrería,
no sería capaz de...
-Si has sabido meterte
en su cama, no te será difícil empresa menos costosa. Tú sabrás lo que te
conviene.
Y el capitán no añadió más. El
muchacho, tras desdibujar el sonrojo que le produjo verse descubierto, caviló
estrategias irrealizables.
Fray Pedro pecó de imprudencia al
hablar con el padre general dando por sentado que recibirían el encargo de las
cruces. La promesa de una capellanía vitalicia en una ciudad principal
sobrevoló toda la conversación; envalentonado, el fraile accedió a que se
pusiese en camino el envío tan pronto fuese posible. Los días pasaban y la
señora no se decidía. Cuando el fraile conoció que desde la Casa se había
pedido tasación a los más reputados maestros albañiles de los contornos, sintió
un amago de bilis en la garganta. Habló con Martín de Ireñu, novicio de belleza
lánguida con quien compartía credo y, a veces, lecho. Le expuso la situación
drásticamente y, con disimulos evangélicos, creyó convencerlo de que por el
bien del Reino de Dios y de la Orden de Predicadores había que sacrificar
ciertos principios. Esa misma noche Martín fue el encargado de encender el cirio
que en los aposentos de Isabel iluminaba la imagen de Santo Domingo de Guzmán.
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Santo Domingo de Guzmán |
-¿Habéis relevado a
fray Pedro? ¿Acaso no se encuentra bien? -quiso saber ella.
-No del todo -mintió,
tímidamente, el novicio.
-¡Cuánto lo siento!...
A decir verdad, no lo siento, he salido ganando con el cambio -la descarada
muchacha había reparado en la azul inocencia de los ojos de Martín. Harta de la
insistencia de Serótido en el tema de los portazgos acarició la idea de pasar
la noche con distinta compañía.
El joven no opuso ninguna resistencia
a su ensayo de seducción y acabaron entrelazados reinventando la magia de la
pasión.
Casi de madrugada Isabel todavía acariciaba
los rizos dorados de Martín:
-¿No creía que los
religiosos disfrutarais de tan portentosas capacidades amatorias?
-Todavía no soy
religioso, sólo novicio, y he pedido a fray Pedro unos meses para reconsiderar
mi vocación -mintió tal y como le había pedido el taimado dominico.
-Mejor así, no me
encontraría cómoda pecando doblemente. Por cierto, ¿no te habrá enviado para
que me hables de las maravillas de sus cruces salmantinas? Últimamente todo el
que me requiere de amores no lo hace sino para convencerme de algo.
-Estoy al tanto de esos
manejos y no soy quien para inmiscuirme. Como modesto consejo diría que habéis
de hacer lo que os dicte la conciencia; sin poder ser objetivo añadiría que,
como bien podréis suponer, preferiría ver los caminos ornados de cruces que no
de gente armada.
Isabel de Osuna se conmovió ante tal
sincera confesión (así se lo hizo creer el candoroso gesto del novicio) y, un
tanto irritada por la muy poco disimulada e interesada actitud de su hasta
entonces favorito, Serótido, decidió consentir con la propuesta de fray Pedro.
Las cruces llegaron a espigar las tierras
de Isabel de Osuna en la Sierra de Segura el mismo día que se la nombraba
regidora. No pudo disfrutar la regidora de Osuna en demasía de su nuevo título
debido a que el capitán, en un arranque de rabia demasiado tiempo postergado,
le descubrió a su señora el engaño del novicio, de quien se había enamorado
perdidamente, no siendo correspondida.
Fray Pedro, capellán en Jaén, supo
con retraso que su antigua señora, humillada y resentida, había ordenado
decapitar todas las cruces encargadas por él, todas excepto la erigida junto a
los dos mascarones que sostenían el frontón del monasterio de Santa María de la
Peña, mascarones flanqueados por figuras masculinas que, a su vez, aguantaban
pináculos, y sobre el tímpano, figuras desnudas con cuernos, algunas de las
cuales, según leyenda popular, estaban inspiradas en los rostros de algunos
moriscos que poblaron la sierra tras la expulsión de sus paisanos.
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Ntra. Sra. Santa María de la Peña |
La cruz que se sustrajo a la furia de
la nueva regidora se erigió en emblema de la Casa y, por ende, de Orcera, si
bien no persistió en el tiempo su predicamento.
Fuese por la belleza de la cruz,
fuese porque la señora quiso castigarse con un tan grandioso recordatorio de su
ingenuidad, lo cierto es que se libró del infortunio del resto.
Hasta aquí lo referido por la
tradición y las crónicas de forma coincidente; el resto es, más bien, confuso.
Unos, los menos, sostienen que Martín
fue asesinado por orden de la despechada amante y que los cielos no quisieron
dejar pasar sin castigo una tal doble afrenta -destrucción sacrílega de cruces
y homicidio de un consagrado- y enviaron una mala y silente muerte a Isabel.
Otros, los más, consideran en mayor
grado creíble que fray Pedro, por celos y deseos de sepultar su pasado, negase
a Martín el reingreso en el noviciado y que éste, loco de desesperación,
regresase al lado de la señora. Como tardía expiación convirtió su lecho de
pasión en muerte poniendo en el pebetero de la mujer y sobre el cirio dedicado
a Santo Domingo unos pétalos de adelfas y digitales. Los vapores venenosos no
consintieron que la pareja llegase a consumar su enésimo acto de amor o desamor.
A Isabel de Osuna, última señora de
la Casa, se le dio cristiana sepultura en la nave central del Monasterio de
Santa María de la Peña, construida su torre del campanario con los restos de un
torreón del castillo de Orcera, el veinticinco de abril de mil seiscientos
dieciséis, según consta en el tomo primero, folio veinticuatro vuelto, del
libro de defunciones de la misma.
A Martín de Ireñu se le negó tierra
sagrada; su cadáver fue enterrado, sin ningún tipo de señal, por un piadoso
gañán cerca de la cruz que recordaba a todos los habitantes de Orcera la
equivocación de doña Isabel. El improvisado sepulturero, al concluir, rezó al
san Miguel de la misma -por considerarlo más milagroso que san Cristóbal- un
padrenuestro por el alma del difunto.
Los braceros que a finales de siglo
removieron la tierra para asegurar los cimientos de una nueva dependencia
sagrada, encontraron el cuerpo incorrupto de Martín de Ireñu con brotes ajados
de adelfas y digitales entre sus dedos. Por no desairar a los cielos lo trasladaron
con sigilo a donde no molestase, por no desairar a la tierra no dieron cuenta
del suceso al maestro albañil.
Siglos más tarde, en el 1733, Juan de
Lezuza vigilaba la remodelación de una de las capillas exentas –una especie de
ermita dedicada a San Cristóbal, pues quien financiaba la obra procedía de
Puente de Génave, villa que tenía por santo patrón al mencionado- cuando sus
hombres le avisaron del descubrimiento de un cuerpo incorrupto con extrañas
plantas en sus manos. Unos rezos al Santísimo Cristo de la Buena Muerte
quisieron aliviar su conciencia por esconder nuevamente el cuerpo sin dar aviso
a las autoridades religiosas de Orcera.
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Miguel Ángel Carcelén |
Nadie sabría decir si la momia con la
que todavía se asustaba, a principios del siglo XX, a los niños de la Sierra de
Segura y que fue desenterrada por milicianos en las inmediaciones de la ermita
tocando a su término la Guerra Civil española, corresponde al cuerpo de Martín
de Ireñu.
Josefa, la de Arroyo del Ojanco,
anciana hoy y niña en aquellas tristes jornadas, recuerda que su padre, uno de
los milicianos, le habló de la belleza marchita de las adelfas que agarraba con
fuerza la momia.