Continuamos con la publicación de la segunda parte de la obra ganadora del 10º concurso de relato histórico "Domingo Henares" patrocinado por el Ayuntamiento de Puente de Génave, escrita por Carmelo Cañete Rubio, en el que se hace referencia a los recuerdos de aquellas vivencias que nuestros mayores sufrieron durante la Guerra Civil Española en la Sierra de Segura. Un relato entrañable que nos acercará a aquel tiempo de la mano de los momentos que nieto y abuelo comparten en un viaje hacia el pasado.
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LA MEMORIA INCIERTA (2ª parte)
Se metieron
en el coche y el anciano le dijo que tendrían que coger por la carretera que pasaba por la parte superior
de la calle en la que estaban. Así que dieron media vuelta para girar a la
izquierda en el cruce situado apenas a veinte
metros.
– Sigue recto por aquí - dijo
el anciano una vez que hubieron entrado en la
carretera.
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Entrega del premio Domingo Henares a Carmelo Cañete |
Era la misma
carretera por la que habían llegado hasta el pueblo, solo que aquí parecía más
estrecha aún y peor conservada. Cuando habían
recorrido algo menos de un kilómetro enfilaron una bajada pronunciada para
llegar a una curva muy cerrada a la izquierda, después de haber pasado, a la izquierda, ante lo que parecía un almacén, una edificación relativamente nueva, de color gris con un
par de puertas grandes que acabada en un patio cerrado con tela metálica.
–
Para, para.
El nieto detuvo
el vehículo en el centro de la calzada. Tampoco había ningún lugar al que arrimarse, ni ningún otro
vehículo al que estorbar.
–
Me he equivocado.
– Ya me parecía a mí que por aquí no iríamos
a ningún sitio -comentó el nieto mirando al frente donde la carretera, ya convertida en calle, se dividía en dos caminos
de tierra más estrechos aún.
– Da la vuelta, anda.
El coche dio la
vuelta y empezó a subir la cuesta despacio. El anciano miraba a ambos lados,
tratando de descubrir el camino que buscaba. Un poco antes de llegar al punto donde se acababa la pendiente, el anciano le pidió que se detuviera de nuevo ante un
camino que salía a la izquierda.
– Tiene que ser por aquí -
dijo el anciano señalando el camino.
– ¡Claro, no hay otro camino!
- rio Alfredo.
– No seas impertinente, niño.
El anciano se sumó a las risas del nieto.
– ¿Cómo lo ves? ¿Podremos pasar?
– Supongo.
Enfilaron el
camino que subía en una pronunciada pendiente que, por suerte, se acabó pronto
y pasaron a recorrer la ladera del monte que quedaba a su derecha. El camino se
ensanchó un poco y también empezó a presentar menos piedra suelta y más tierra,
aunque había numerosos baches que los obligaban a avanzar prácticamente al
paso.
Tardaron algo más
de un cuarto de hora en recorrer poco más de un kilómetro. Cuando llegaron a
una curva muy cerrada a la izquierda y cruzaron el arroyo por un puente, el
anciano pidió que parara el coche.
–
¡Creo que es aquí!
La voz del anciano no reflejaba alegría ni sorpresa, tan solo
duda. Cuando el vehículo estuvo apartado del camino, abrió la puerta y bajó.
– ¡Anda, vamos! ¿Qué esperas?
–
Voy -dijo el nieto, que no acababa de entender qué quería hacer su abuelo.
Cruzaron el puente andando y entonces el anciano se salió del
camino y tomó una vereda estrecha que se abría a la izquierda.
– Abuelo, ¿seguro que quieres
ir por aquí? Mira que el camino no es muy bueno...
–
Son unos pocos metros. No te preocupes.
–
No me preocupo. Lo que no quiero es que te caigas y te hagas daño.
–
Tú quédate aquí a mi lado por si acaso. No te preocupes, que no me voy
a caer.
Realmente el anciano abordó
la senda con una seguridad que no parecía propia
de su edad, parecía esperanzado en llegar a algún sitio que el nieto no
acertaba a entrever. Cien metros
después pasaron por una arboleda. El anciano observó los árboles con una mirada
acuosa, tratando quizás de descubrir un recuerdo, un lugar familiar. Desembocaron en
un prado verde, no muy grande, y el anciano se detuvo.
– Aquí - dijo.
– ¿Aquí? ¿Qué pasa aquí?
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Tinada para guardar ganado. Marchena |
Por toda respuesta
el anciano siguió andando hasta cruzar el prado en diagonal, hacia la derecha,
y avanzó bajo otros árboles, seguido de cerca por el nieto. Vieron un
corral formado por muros altos de piedra y el anciano se detuvo para tomar
aliento mientras miraba al frente. Luego siguió andando, bordeó el corral y se
dirigió a una puerta que había en la edificación. La entreabrió y miró dentro.
–
¿Se puede saber qué demonios buscas, abuelo? -inquirió ahora serio el nieto.
–
Aquí solía encerrar el ganado.
–
¿El ganado? ¿Qué ganado?
–
Y también aquí los conocí.
– ¿Qué
conociste a quién? Abuelo, me vas a tener que dar un par de explicaciones. Al fin y al cabo, te he traído hasta aquí, y en contra de la opinión
del resto de la familia.
– No te preocupes. Te lo
explicaré. Busquemos un sitio donde sentarnos.
El anciano esperó
mientras Alfredo movía un par de piedras del muro que aparecían caídas, para
preparar un precario asiento para su abuelo. Cuando estuvo satisfecho
porque parecía estable, se lo ofreció, y aquel se acercó y se sentó,
desconfiado al principio y más confiado cuando comprobó la estabilidad del
conjunto. Alfredo hizo lo mismo a su lado, pero directamente en el suelo.
–
No hemos traído agua, ¿verdad?
– ¡Abuelo, no! ¡No hemos
traído agua!
El anciano miro
alrededor, como tratando de impregnarse del agradable entorno, buscando quizás
un poco de ayuda para contar algo que no le había contado a nadie nunca, ni tan siquiera a su mujer. Y no es que le preocupara contarlo. No había nada malo en ello. Bueno, al principio
sí que tenía miedo, miedo de la policía y de la guardia
civil, pero al cabo de unos años a
nadie le importaba ya nada de lo ocurrido
en aquel remoto
paraje de la provincia de Jaén. No tenía por qué tener miedo, pero sentía
una especie de pudor, como si le debiera
algo a aquellos hombres que había conocido allí, en medio de ningún sitio. Sentía que
hablar de ellos era como delatarlos, como descubrir su escondite.
– Aquí, una
vez… en otra vida, fui pastor -hizo una larga pausa, que fue respetada con
cierta dosis de impaciencia y asombro por Alfredo-. Yo traía el ganado desde el pueblo hasta aquí, a pastar. Bueno, aquí
y a muchos otros sitios. El ganado se tenía que mover continuamente. Los pastos
se acaban y tienes que llevarlos a diferentes lugares en función de la disponibilidad de alimento y de los pastos de los que disponga
el señor del hato...
–
¿El señor de qué? -interrumpió su nieto.
– El señor
del hato. Es como llamábamos a los propietarios de los rebaños. En otros
lugares también los llamaban amos, pero aquí la costumbre era llamarlos señores
de los hatos.
–
Ya... Pero ¿el rebaño no era tuyo, entonces?
– ¿Mío? -el
anciano se echó a reír de buena gana-. Yo no tenía ni donde caerme muerto.
Gracias podía dar al cielo porque comía todos los días, unos más y otros menos,
pero todos los días. Había otras personas en el pueblo que no tenían ese
privilegio.
– Eran tiempos
muy duros. Yo tenía once años, a mi padre lo mataron en la guerra el año en que yo nací,
nunca lo conocí,
y mi madre murió cuando
yo tenía siete años.
Cuando
me quedé huérfano, apenas había empezado de zagal con otro pastor de la zona,
Germán se llamaba. Era una buena persona, pero tampoco podía pagarme mucho. De
hecho, trabajaba por la comida y algo de leche que llevaba para casa, cuando
las ovejas o las cabras daban leche. En realidad, creo que él la hurtaba al
señor del hato y me la daba poco menos que a escondidas.
– Pero me enseñó el oficio. Tanto es así que con once años ya trabajaba de pastor, aunque
dudo que le pagaran a mi hermano como tal. Debían pagarle como zagal lo más
seguro, aunque yo trabajara como pastor.
– ¿Le pagaban a tu hermano?
– Claro. Yo era poco más que un niño. Ni entraba
en conversaciones ni tenía derecho a opinar. A mí me decían ve y yo iba. Punto.
– Para mi
hermano era importante tener una boca menos que alimentar, al menos durante la trashumancia, que eran seis meses al año más o menos.
Era un tiempo en el que no
se tenía que preocupar de ponerme un plato por delante, pero el resto del año
sí era un problema para él.
– Lo cierto es
que, en mayo de mil novecientos cuarenta y nueve, yo había vuelto de pasar el
invierno en las tierras de abajo y, estando aquí con el ganado, me sobresaltó
un ruido en el establo, me acerqué y me asusté al ver a cuatro hombres armados
que me apuntaban con las escopetas.
– El primero,
que fue con el único que hablé en aquel momento, se llamaba Sixto y sé que era
de aquí, de Marchena, y que conoció a mi padre. De los otros tres, no me
acuerdo bien. Creo que dos eran de Albacete.
– Abuelo, no
te quiero interrumpir, la historia es fascinante, pero es la hora de comer y si
llegamos tarde lo mismo nos quedamos a dos velas. Tampoco quiero tener a la
señora del hotel esperando y en el pueblo, ya has visto,
no hay ningún otro sitio al que acudir.
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Pastoreo en los campos de Santiago-Pontones |
El anciano suspiró
profundamente y contempló el vuelo de dos mariposas, de un blanco inmaculado,
que dibujaban rayas imaginarias con su danza en el espacio. Ahora que se
había arrancado a contarle a alguien aquella historia le fastidiaba tener que
parar a medias. Pero su nieto tenía razón, así que se ayudó del bastón y,
agarrándose a la mano que le tendía su nieto, se levantó y ambos recorrieron el
camino de vuelta hasta el coche.
Después de comer se trasladaron al salón y, una vez
acomodados, Alfredo instó a su abuelo a continuar con la historia.
– Déjame que descanse ahora un
rato, hijo. Estoy cansado.
–
Como quieras, pero me debes el resto.
–
Tiempo habrá. No te preocupes, mañana será otro día.
–
Recuerda que mañana nos vamos.
–
Lo recuerdo. No sufras.
Alfredo, mientras
su abuelo dormía una plácida y reparadora siesta, salió a la calle y decidió acercarse hasta el lugar
donde habían estado por la mañana.
Fue un
agradable paseo a pie. Cubrió los poco más de dos kilómetros en veinte minutos y una vez allí bajó hasta el arroyo, agreste,
con enormes piedras
que el tiempo y la erosión habían colocado allí. Subió de nuevo al corral, lo inspeccionó y trató de imaginarse a su abuelo,
con doce años, rodeado de
ovejas, deambulando por allí, pero fue incapaz y desechó la idea. Intentó entrar
en el establo, pero estaba
cerrado con llave,
así que se limitó a mirar
por el ojo de la cerradura. “La llave
debe de ser enorme”, pensó.
Tampoco había nada allí que tuviera interés para él.
Pesebres y poco más.
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Aldea de Marchena |
Volvió al pueblo, pero en vez de ir directo al hotel entró por la parte baja del caserío, saludó a un par de personas
que se encontró en su camino y trató de identificar alguna casa antigua. Su abuelo había
dicho que su casa estaba “por ahí abajo”. Desistió
también de encontrar una casa antigua. Todas las que vio estaban rehabilitadas
o eran nuevas. Al volver al
hotel saludó a las personas que se agolpaban en amena conversación ante la
puerta trasera de una furgoneta abierta, donde un hombre vendía diversos
productos a los allí reunidos.
Día tres
El día amaneció apagado,
por contraposición al día anterior, en el que el sol brillaba desde primera hora. Negros nubarrones avanzaban rápidamente desde el este con la
intención de cubrir todo el pueblo. Mientras que
desayunaban empezó a llover, o eso pensaron cuando, al dirigirse a la puerta
para ir al coche, vieron cómo todo estaba mojado y una espesa cortina de agua
les disuadía de salir.
–
Esperen, que los acompaño al coche.
Agradecieron no
tener que mojarse y recorrieron el escaso trecho hasta el coche protegidos bajo
el enorme paraguas. Primero fue
el anciano, que se metió tan rápido como pudo en el asiento del copiloto. Después
fue su nieto que, después
de meter las dos maletas
en el maletero, se introdujo en el asiento del conductor. Arrancaron y
dejaron atrás Marchena. Alfredo se fijó en que su abuelo no volvió la vista ni
una sola vez.
–
¿No miras para despedirte de tu pueblo?
–
No hay nada ahí de lo que me tenga que despedir -contestó parco el anciano.
–
¿Me vas a contar el resto?
– Claro. Ya
te dije ayer que lo haría, pero ahora céntrate en conducir, que llueve mucho y
la carretera es estrecha y llena de curvas.
Alfredo se resignó y se centró en conducir. Cuando estaban llegando a Santiago de la Espada, el anciano
despegó los labios de nuevo.
– Busca la plaza y tomamos un
café, si no te importa.
– Claro. Me
irá bien parar un rato, que el camino hasta aquí ha sido difícil con tanta
curva y tanta agua.
Alfredo siguió
recto hacia el centro del pueblo en lugar de tomar la carretera de
circunvalación y, guiándose por el más puro instinto, fue a dar con un tramo de
calle más ancho que el resto. El anciano miraba
las calles tratando
de orientarse, cuando
vio un letrero que ponía
“Calle de la
fuente”.
–
Es aquí. Si esta es la Calle de la fuente, es al final de esta calle.
–
¿Qué hay al final de esta calle, abuelo?
–
Eso es el ayuntamiento, ¿verdad?
-preguntó el anciano
sin responder a la pregunta.
–
Eso parece, al menos por las banderas.
–
Pues aparca donde puedas.
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Ayuntamiento de Santiago-Pontones |
Aparcó justo
enfrente de la entrada del ayuntamiento y el anciano se precipitó a bajar del
vehículo. Había dejado
de llover, pero la calle estaba llena de charcos y el ambiente había refrescado
mucho con respecto al día anterior. Abrió la puerta trasera y se puso el
chaquetón que había dejado allí al subirse al coche.
–
Ese edificio es nuevo -dijo señalando al ayuntamiento. No lo recuerdo.
– Tiene pinta de no ser muy
viejo ¿Y ese café al que me ibas a invitar?
El anciano miró
alrededor y señaló un bar. Cuando se dirigían hacia la puerta, se desvió
haciendo que su nieto se detuviera por un instante. El anciano se acercó al
centro de la plaza y miró alrededor, como tratando de recordar algo. Entraron en el bar y el anciano se dirigió a una mesa que estaba puesta junto a una ventana desde la que se podía ver la plaza.
–
Bueno, abuelo, ¿vas a terminar de contarme la historia?
– Claro -contestó el anciano
suspirando-. ¿Por dónde me quedé?...
– Me estabas diciendo que el
hombre que viste se llamaba...
– Sixto. Ya me acuerdo.
El que salió primero del establo se llamaba Sixto y fue con el que tuve más contacto. Los otros eran
más callados. Sixto era de Marchena y había conocido a mi padre.
Eso es lo que más llamó mi atención. Los otros, no sé, creo que
eran de Albacete. Me falla la memoria.
– No sé si
eran buena o mala gente. Solo sé lo que me contó Sixto, que dijo que durante la
guerra habían luchado en el bando de la República y que, acabada ésta, los
habían recluido en diversos campos de concentración y que, como la vida allí
era imposible, se habían fugado y luego se habían juntado en la sierra por pura
casualidad.
Los cafés
interrumpieron el relato.
El anciano esperó
a que el camarero se hubiera
ido para continuar.
– Me dijeron
que en realidad no tenían ideales políticos. Bueno, uno sí. Uno me dijo que había sido alcalde,
pero no era Sixto. Lo cierto es que, habiendo
perdido la guerra y habiéndose fugado debido a las
durísimas condiciones de vida de los campos, era “o te escapabas o te morías de hambre y penurias”, dijo. No quedaba
más camino que la sierra.
Lo cierto es que
aquel día estuvimos hablando un buen rato. Comimos cada cual de lo suyo.
Tampoco es que ninguno tuviéramos mucho que compartir. Y luego simplemente se
fueron.
Durante aquel
verano los vi en diversas ocasiones. Yo intentaba tener algo que ofrecerles, un poco de pan, unas manzanas que robaba al pasar por cualquier huerto... lo que fuera, y ellos
compartían conmigo lo poco que tenían, una liebre o una perdiz que hubiera
caído en alguna
de las trampas que ponían.
Una vez que no tenían
nada matamos un cordero y luego le dije al señor del hato que había
bajado el lobo.
– ¿Y te creyó?
– Supongo que
no, pero tampoco le quedaba otra. Le dije que no había matado más porque entre
el perro y yo habíamos conseguido ahuyentarlo -el anciano sonrió recordando ese
momento-. En fin, que durante aquel verano estuve relativamente a menudo con
aquellos hombres. Me enteré de algunas cosas sobre mi padre y mi madre que no sabía,
nada del otro mundo, y llegó noviembre, y con los fríos tocó bajar
con el ganado y perdí el contacto.
–
Al cabo de seis meses, como siempre, volví a Marchena, en mayo, como cada año.
Volví a los pastos de la montaña y a los sitios donde teníamos nuestros
encuentros, pero los primeros días no aparecieron.
–
A finales de mes, no sé el día exacto, por aquel entonces no teníamos
calendarios ni yo sabía contar el tiempo más allá de que por la mañana salía el
sol y por la tarde se ponía, me pareció escuchar unos tiros a lo lejos,
bastante lejos de donde yo estaba. Al día siguiente traté de acercarme a la
zona con el rebaño y volví a oír tiros, esta vez con más claridad, pero, claro,
no me atrevía a acercarme.
–
Al anochecer, cuando iba camino del corral, oí una gran explosión. Encerré el
ganado en el corral que viste ayer y en vez de ir a casa de mi hermano volví al
monte, en dirección al Cerro de Marchena, por donde había oído la explosión. Vi
algunas luces de lejos y pasé la noche escondido bajo unos arbustos.
–
Cuando amaneció, oí algo de jaleo. Entonces vi que varios guardias civiles
bajaban de la sierra tirando del ronzal de un par de mulos que llevaban dos
bultos encima. Me armé de valor y salí a su encuentro. Al verme a lo lejos,
detuvieron su marcha y se pusieron alerta hasta que vieron que solo era un
chaval.
–
Uno de ellos me gritó que me marchara. Yo me detuve y pregunté a mi vez dónde
los llevaban. El que me había gritado hizo ademán de acercarse empuñando el
fusil en actitud amenazadora, pero otro lo detuvo y me gritó “A Santiago”.
–
Llorando como una madalena eché a correr monte abajo hasta llegar al camino que
conectaba Marchena con Santiago.
–
Cuando llegué, los guardias ya habían llegado y estaban bajando los dos
cadáveres de los caballos y los apoyaban contra una pared. Los dejaron como si
estuvieran sentados.
–
Esperé porque salieron varios hombres de un edificio. Supongo que el alcalde y
la gente del ayuntamiento, a los que se sumó el cura. Hablaron durante un buen
rato, situados alrededor de los cadáveres. Los curiosos se fueron acercando,
aunque no demasiado, y comentaban entre ellos mientras fumaban un cigarro. Las
mujeres que pasaban miraban y se santiguaban antes de seguir su camino
murmurando rezos.
–
Cuando, al cabo de un buen rato se marcharon los hombres y se quedó solo un
guardia civil, el mismo que me había contestado en el monte, me atreví a
acercarme, no demasiado. Uno de los cadáveres que me pareció identificar con
Sixto presentaba varios disparos en el pecho. Al otro me fue imposible identificarlo.
Estaba medio quemado.
–
Habían colocado un cartel, pero no pude leerlo. El guardia civil, al
reconocerme, se acercó y me dijo “no te metas en líos”. No lo dijo como una
amenaza. Su tono era incluso un poco paternal.
–
Miré de nuevo los dos cadáveres. Los ratos que pasé con aquellos hombres fue lo
más parecido a reuniones familiares que tuve durante mi infancia.
–
Salí corriendo y en lugar de volver a casa de mi hermano busqué el cordel y
bajé de la sierra. Tardé dos años en llegar a Madrid.
–
Y eso es todo. Nunca más he vuelto por aquí. Hasta ahora, que apenas puedo
recordar sus caras, que se han quedado desdibujadas en mi memoria incierta.
El anciano había terminado de hablar con la
mirada perdida, más sumergida en los recuerdos de un pasado tan lejano que en
el presente.
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Carmelo Cañete |
-¡Caray
abuelo! ¡Menuda historia! -dijo Alfredo al cabo de un rato, mientras que su
abuelo continuaba mirando por la ventana, con la vista fija en una pared frente
al bar.
– Sí -contestó el anciano-. Menuda historia.
– Me has dicho que no pudiste leer el cartel.
¿Y eso?
El
anciano miro a su nieto, luego miró el café, que no había tocado y contestó:
– No sabía leer.
– ¿Cómo que no sabías leer? Abuelo, eres un
gran escultor, reconocido por medio mundo... una persona culta y formada...
reconocida.
– ¿Y…? Aprendí a leer con casi veinte años.
Epílogo
Al
cabo de dos meses el anciano recibió un WhatsApp. No es que fuera muy ducho con
la tecnología, pero se defendía. Era de Alfredo, su nieto.
¡Abuelo,
he estado investigando! Y no creas que ha sido fácil. Lo que me contaste pasó
el 22 de mayo de mil novecientos cincuenta. Los cadáveres que viste eran el de
Sixto García, alias “el de Marchena”, y el de Julián Ruíz, que fue alcalde
republicano de Yeste. Los otros dos que conociste eran Juan Sáez, que había
sido alcalde republicano de Nerpio, en Albacete, que no estuvo mucho con el
grupo y se marchó presumiblemente al exilio; el otro era Manuel Romero, que
había sido secretario del mismo ayuntamiento. Manuel Romero, en marzo de mil
novecientos cincuenta se entregó a la guardia civil y denunció el escondite de
Sixto y Julián.
El
anciano leyó el mensaje y, sin contestar, apagó el teléfono.