Después de un tiempo, retomamos las publicaciones que se
centran en hacer un breve repaso a la historia de la Sierra de Segura. En esta
ocasión, y dando continuidad a la publicación de finales de abril, volvemos a
tratar sobre el denominado Común de la Sierra de Segura, periodo donde las
gentes que habitaban nuestro territorio gozaron de ciertos privilegios
económicos que surgían de la explotación de los recursos que la sierra ofrecía,
permitiendo vivir un momento histórico donde una propia administración otorgada
en las Ordenanzas de 1580 propiciaron el desarrollo y la consolidación
poblacional en nuestra comarca.
Capítulo undécimo.- EL COMÚN DE SEGURA Y SU TIERRA. (2ª
parte)
(jt)
Una etapa fundamental de nuestra
historia comienza en 1246. Por entonces todo territorio de la actual Sierra de
Segura ha sido ya conquistado a los musulmanes pero sigue manteniendo su
condición fronteriza respecto al Reino de Granada. Pero una vez conquistado, la
repoblación del amplio espacio no fue tarea fácil. En la mayoría de las zonas
pobladas de la sierra habían quedado algunos musulmanes que no dudaron en
abrazar el cristianismo como fórmula de mantener su forma y hábitat natural.
Estos mudéjares no serían suficientes para mantener una actividad económica que
propiciase una explotación señorial de las nuevas tierras recuperadas, además
no eran suficiente contingente que diera garantía defensiva, por lo que se hace
imprescindible el otorgamiento de unas concesiones ventajosas a los nuevos
pobladores cristianos procedentes de Castilla, principalmente procedentes de la
provincias más meridionales.
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Grabado medieval sobre la explotación maderera |
Este fuero especial fue concedido por
el rey Fernando III a través de la cesión de estas tierras a la orden de
Santiago frenando las aspiraciones del Arzobispo de Toledo por un lado y del
poderosísimo Concejo de Alcaraz por otro. En este contexto situaremos la visita
a Segura de D. Alfonso en 1254, comprobando así la necesidad de conceder
exenciones para animar a repoblar con éxito estas nuevas tierras para así
ponerlas en cultivo y producción, manteniendo así estable el dominio de una
zona fronteriza y extremadamente peligrosa por la proximidad del Reino musulmán
de Granada. De hecho durante los S. XIV y XV fueron diversas las expediciones
musulmanas sobre estos lugares, produciendo ataque, saqueo, apresamiento de
lugareños como esclavos y destrucción de Hornos, Génave o Siles entre otros
lugares. Este será el motivo por el cual la principal concentración de población,
generalmente como campesinos libres y propietarios de parcelas y tierras,
ocupará el valle del Guadalimar situado más al norte, y por lo tanto más
protegido, quedando bastante más despobladas las zonas interiores de montaña.
El principio fundamental para la repoblación será la donación que los maestres
de la Orden de Santiago harían del territorio a favor de los concejos que se
crean y los vecinos particulares que adquieren así la ciudadanía plena con
derechos sobre la explotación comunal de campos y montes, acudiendo también
otras gentes desarraigadas que buscarán oportunidades y trabajo que abundará
lejos de sus lugares de origen.
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Ejemplar de las Ordenanzas del Común de Segura. 1580 |
Esta población ocuparía las casas y
poblados vacíos o con escasos moradores mozárabes, así como sus huertas y
tierras. Estando exentos de pagos de ciertos tributos durante un periodo de
años, normalmente cinco o diez según casos, o incluso de forma definitiva; a
cambio debían tener obligación de residencia para adquirir la vecindad, aunque
derivado de los enormes peligros, el asentamiento estable era difícil, pues era
práctica habitual renunciar a esos derechos reconocidos para trasladarse a
otras zonas de reconquista más ricas y seguras o incluso retornar a Castilla
especialmente cuando se producían razzias o incursiones de soldados del Reino
de Granada que producían enorme daño a cosechas, propiedades, rebaños o incluso
a personas, con lo que nunca podremos hablar de una población estable en estas
tierras serranas durante los siglos XIII y XIV.
Como especificamos en el capítulo
anterior, las dinámicas de vida de los lugareños asentados en la Sierra de
Segura alcanzaron cierta estabilidad a raíz de la caída definitiva del Reino
Nazarí de Granada. Será pues el S.XVI un siglo de creación de estructuras
productivas que estabilizaron población y desarrollaron capacidad para la
extracción de recursos naturales, muy abundantes en nuestro territorio. La
población fue creciendo y las posibilidades económicas aumentando ya que la
Sierra de Segura seguía conservando los privilegios otorgados durante los
primeros pasos de la repoblación cristiana, lo cual la hacía, ahora sí,
bastante atractiva a nuevos pobladores, con un régimen foral otorgado
igualitario, por ser tierras que no se pueden enajenar a personas ajenas a la
comunidad vecinal implantada desde antaño, por lo que no se podía vender a
nobles ni otros propietarios de bienes territoriales que no fueran o
pertenecieran a instituciones de la comarca, y siempre conservando la Orden de
Santiago la reserva y dominio jurisdiccional que le otorgaba derecho a percibir
determinados tributos como el diezmo, el portazgo, el montazgo y los derivados
del uso de molinos, hornos, fraguas y servicios ajenos al propio aforamiento
otorgado.
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Representación del Antiguo Monasterio de Sta. María de la Peña |
Este fuero que debía aportar
bastantes prebendas y privilegios, básicamente económicos, a los nuevos
pobladores respecto a otras zonas de conquista, regirá la vida comunitaria de
los segureños hasta 1748 en el que la Sierra de Segura es nombrada provincia
marítima para la explotación de su riqueza natural maderera, es decir, más de
500 años.
No existe constancia física de los
términos aunque se sabe de la existencia de un texto fechado en 1480 que
contemplaba estas ventajas, básicamente impositivas, a los repobladores y es
más que probable que existiesen otros, aún más antiguos, de los cuales no
tenemos referencias. Si es cierto que conocemos y está documentada la secular
ley de otorgamiento real a través de las
Ordenanzas del Común de Segura y su tierra, elaboradas en 1580, en el
convento franciscano de Santa María de
la Peña, en Orcera que se había empezado a construir en 1534 tras el
descubrimiento de una talla gótica de la Virgen que hoy se encuentra en la
Parroquia de Segura de la Sierra. El texto de las Ordenanzas de la Sierra de
Segura tiene un valor añadido pues permite acercarnos a una época convulsa de
la historia de España, el último tercio del S. XVI.
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Monumento conmemorativo en Orcera |
Bastante información sobre las
particularidades de la Sierra de Segura en esta época las podemos relativizar
gracias a la publicación, hacia 1575, de las Relaciones Topográficas, mandadas
redactar por Felipe II, en las que se que pretendía ofrecer una descripción
detallada de todos los asentamientos poblacionales de los reinos que gobernaba.
Estas descripciones
mostraban que la mayoría de los vecinos vivían hacinados en casas pequeñas,
propias o comunales, fabricadas en adobe y techos de jaras y cabríos de pino,
las familias poderosas y la Iglesia invertía sus rentas en construcciones de
obra en mampostería, con edificación de estilo renacentista, muchos de las
cuales se conservan en los diferentes lugares de la comarca, siendo el insigne
arquitecto Andrés de Valdevira y su estilo constructivo claro exponente de
estas iniciativas en la edificación.
En este contexto se redactaron y
firmaron las Ordenanzas del Común de Segura de 1580, que como está constatado
se produjo en el Monasterio franciscano de Santa María de la Peña, ya
desaparecido, que entonces era jurisdicción de Segura y que estaría ubicado en
los terrenos que ocupa la actual plaza de toros en Orcera. Allí se reunieron,
en la sacristía de dicho monasterio, entre el 27 y 29 de julio de 1580, el
escribano del rey D. Francisco de Molleda, por orden de Felipe II quien las
firmó el 5 de julio de 1581, el gobernador de la Jurisdicción de Segura y los
procuradores representantes de cada concejo para su redacción, que con toda
seguridad estarían basadas en ordenanzas anteriores, por lo que en realidad se
trataría, más que de una redacción, de una actualización.
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Felipe II |
Las Ordenanzas están formadas de 72
capítulos muy similares a los contemplados en el Fuero de Cuenca, pero
ampliadas y adaptadas a las particularidades y necesidades de la Sierra de
Segura. Regulan todas las actividades laborales, económicas y jurídicas, además
de dar a conocer cómo era la vida de los vecinos de toda la Sierra de Segura, a
qué se dedicaban, cuáles eran sus fuentes de ingresos, sus costumbres, etc… Por
ellas conocemos en primer lugar todo lo referente a los caballeros que tenían
la responsabilidad de administrar, controlar y recaudar impuestos de lo que la
Sierra producía, las normas que se aplicaban a los foráneos que vinieran a
extraer recursos y beneficio de sus riquezas; de la regulación y
aprovechamiento de tierras, quemas y roturaciones, de la tala de árboles y de
la distribución comunal de la madera a través de las sierra de agua y el
control de su comercio; de la recolección de bellotas, nueces, avellanas y
productos que ofreciera el bosque, de la ganadería, de las veredas, fuentes,
animales y su caza; también de las huertas y frutales, de su recolección y
prohibición de cortarlos, así como de diversas prácticas agrícolas, de la
práctica de la pesca y de la caza. Finalmente también se regulaba el uso y
aprovechamiento de molinos, almazaras, sierras de agua y batanes.
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Ejemplares de pino laricio de la Sierra de Segura |
Las Ordenanzas fueron un código
completo para la protección y regularización de toda actividad económica y
social de la comarca que tendrá gran trascendencia y vigencia a lo largo de
mucho tiempo, estableciendo las bases de convivencia entre los habitantes de
nuestras tierras. Debemos reconocer que las vegas de
los abundantes ríos segureños se convirtieron en centro de producción de
hortalizas, pero no con la suficiente productividad para proporcionar riqueza.
Por esa circunstancia, y ante la carencia de extensiones de tierras productivas,
fueron los cultivos arbóreos, básicamente mediterráneos, los que predominaron,
siendo el olivo, ya en aquel entonces, el que alcanzó notable predominio,
debido principalmente a la enorme compatibilidad que ofrecía con la actividad
ganadera de cabras y ovejas que se adaptaron fácilmente a nuestro territorio.
Pero si tenemos que hablar de un protagonista que ofrecía gran beneficio y
riqueza a todo nuestro entorno, principalmente a las familias que mantenían
privilegios, debemos destacar la explotación maderera. La madera de nuestra
sierra, que por aquel entonces mantenía una explotación racional y
proporcionada a los recursos, sirvió para abastecer los astilleros nacionales
más importantes, principalmente los situados en Sevilla, Cartagena y Cádiz,
desoyendo lo apuntado por una Cédula Real datada en 1593 que no aconsejaba el
uso de la madera del pino segureño para la construcción de barcos destinados a
la carrera de Indias.
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Grabado representativo de los astilleros de Cartagena |
Eran muchos los lugareños que
trabajaban en la tala y conducción de la madera a través de los ríos que la
surcaban, básicamente el Segura y el Guadalquivir, a los que llegaba la madera
desde sus afluentes como son el Guadalimar, el Tus o Guadalentín. Un punto
estratégico lo situamos en la confluencia de los ríos Trujala y Guadalimar, a donde
llegaba la madera en carretas. Ya en la obra del escritor malagueño del Siglo
de Oro de nuestras letras, Vicente Espinel, titulada “La vida del escudero
Marcos de Obregón”, aparecen los pineros y gancheros de Segura como “hombres
fuertes de brazos y ligeros de pies y piernas, grandes madereros y sufridores
de aguas, fríos y trabajos”.
El comercio de la madera estaba en
manos de mercaderes de Úbeda, aunque el Concejo de Segura tenía más
predilección por establecer negocio con los sevillanos que resultaban más
generosos, llegándose a firmar contratos de hasta doce mil pinos en un tiempo
de ocho años. Como la Sierra era deficitaria en otros productos básicos de gran
necesidad como el cereal o el vino, la explotación de la madera sirvió para
abastecerse de recursos que permitieran su adquisición, por ese motivo las
Ordenanzas del Común de 1580 prohibían a los forasteros sacar cargas sin
establecer a cambio medida de productos de abastos necesarios.
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Vega del Río Trújala |
Otro aspecto relacionado con la
explotación maderera era la utilización de las llamadas sierras de agua, que
eran artilugios mecánicos para aserrar la madera, instalados en lugares
acondicionados al efecto, evidentemente próximos a un salto de agua que
generara la suficiente fuerza mecánica. Las sierras eran entregadas a los
vecinos para un uso equitativo y de justa repartición, siendo cooperativo su
utilización y aprovechamiento, puesto que las sierras manuales estaban
prohibidas. Las ordenanzas establecían una cuota de corte y reservaban los
beneficios a los aserraderos. Los vecinos no podían cortar madera de forma
individual para construir sus viviendas o diversos usos, aunque en ocasiones,
de forma clandestina, si se realizaban pequeños trabajos, saltándose la norma
que velaba por el reparto equitativo de la riqueza forestal.
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Mecanismo de una sierra de agua |
La madera para uso
comercial no podía sacarse de la sierra en carretas, cuestión que estaba
controlada y penada, porque así se evitaba la creación de almacenes externos al
territorio donde se pudieran proveer de madera los forasteros, creando un claro
perjuicio al interés del Común.
Los llamados arteseros y cadiceros
debían aprovechar al máximo la madera para que no hubiera desperdicio y los
montes se pudieran esquilmar, siendo la fabricación de diversos utensilios para
diferentes tareas y usos, como artesas, trillos, arcas, etc.., su principal
actividad y que después se comercializaban en las zonas limítrofes del Levante,
La Mancha y el resto de Andalucía. Es de destacar que la madera de nuestra
Sierra sirvió en numerosas ocasiones como base de andamiajes y para los
fastuosos, en lo decorativo, retablos barrocos, por su esbeltez y fácil
trabajo, al que acompañaba la correcta impregnación de la policromía barroca.
Muestra de ello es la gran cantidad de madera destinada a la construcción de
andamios, artesonados y retablos para la Catedral de Jaén durante gran parte de
los siglos XVI y XVII, que está constatado era originaria de la villa de
Segura.
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Retablo del altar mayor de la Catedral de Jaén |
Por lo tanto, debemos concluir
aportando la idea que la repoblación cristiana no fue tarea fácil al ser
tierras fronterizas, cuestión que propició prebendas y beneficios para sus
habitantes contemplados en diversas normativas y ordenanzas, que tuvieron
enorme trascendencia durante más de 500 años como instrumento regulador del
comercio y de los aprovechamientos de los recursos naturales de la Sierra de
Segura, pero siempre en un marco de racionalidad para generar dinámicas de
beneficio común a todos sus habitantes.
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Mapa de la provincia marítima. 1748 |
Las normas que regirían en nuestra sierra no serían muy distintas a las
normativas que, con fortuna, conservamos escrita en 1580, por lo que podemos afirmar que con este código exhaustivo
y muy completo se reguló la explotación de los recursos desde la época de la reconquista, siendo su protección y
beneficio común de toda actividad económica y social en la comarca durante más de 500 años hasta que el 31 de
enero de 1748 cuando Fernando VI firmó unas nuevas ordenanzas por la que se
declaraba nuestro territorio como provincia marítima, perdiendo así todos sus
privilegios.
Segura Verde (jt)