lunes, 15 de junio de 2015

CABALLEROS, LUCHAS Y GUERREROS EN LA SIERRA DE SEGURA ( I )




Ya convocado el 4º premio de Relato Histórico Domingo Henares por el Ayuntamiento de Puente de Génave, desde el Blog queremos volver la vista a atrás y recordar en nuestras páginas el relato ganador de la primera edición de este prestigioso premio literario que se convoca en nuestro pueblo. Nos estamos refiriendo al relato titulado La Medalla escrito por el autor almeriense Fernando Martínez López. Se trata de un  relato coherente, bien estructurado, documentado históricamente, de lectura fluida y con una buena resolución de la trama en el que se describe la rivalidad existente entre D. Álvaro de Luna y D. Rodrigo Manrique por el control de la Orden de Santiago, que se desarrolló en lugares tan cercanos como Segura, Hornos o el mismo castillo de Bujaraiza. 
El autor es Doctor en Ciencias Químicas y profesor de Educación Secundaria. Ha publicado las novelas "El sobre negro", "Sanchís y la reliquia sagrada", "Sanchís y el pergamino azul", "El rastro difuso"...entre otras. Es ganador de numerosos certamenes literarios, entre ellos, X Certamen Literario "Santoña...la mar" (Cantabria); XIII Certamen Literario "Café Compás" (Valladolid); VII Concurso de Relatos de Invierno del Diario Ideal de Almería...etc..

Debido a la extensión del mismo lo publicaremos en dos entregas sucesivas, dejando la segunda parte para la semana próxima.
Fernando Martínez López


PREMIO 1ra. EDICIÓN DE RELATO HISTÓRICO DOMINGO HENARES. Año 2012

La medalla. (1ª parte)
El historiador Lucas Dueñas se había ausentado del mundo en una de las salas de lectura del Archivo General de Simancas. La luz cortaba el aire en suaves haces polvorientos. La madera de las paredes y el artesonado custodiaba aquel templo de la memoria donde numerosos investigadores gastaban los días de verano inmersos en un silencio petrificado, si acaso el leve siseo del paso de las hojas, como las del legajo que ahora mostraba a Lucas Dueñas sus secretos largamente olvidados. Se trataba de un documento de una secretaría de despacho de la época de Felipe II, papel añejo cuyo tacto se amoldaba al relieve de las yemas de los dedos. Leía y anotaba sin percatarse del cadencioso paso del tiempo, feliz como ratón de biblioteca, siguiendo una secuencia coherente hasta que en la siguiente hoja se produjo un salto abrupto en el contenido. La textura del papel era diferente, más basta, como si alguien la hubiera introducido allí por equivocación. Se trataba de una composición lírica. ¿Qué diablos hacía aquel intruso entre el abrigo del legajo?
Sala lectura Archivo de Simancas

Lucas Dueñas hizo un paréntesis en su estudio y se dedicó a leer aquel texto cuya primera estrofa hacía referencia a los sucesos acontecidos en el Reino de Murcia allá por 1446, en concreto la lucha que se produjo en el castillo de Hornos de Segura entre Rodrigo Manrique, trece de la Orden de Santiago, y las tropas enviadas por Álvaro de Luna, gran maestre de la misma orden y valido del rey Juan II de Castilla. El historiador sabía de los odios y rencillas entre estos dos personajes a quienes el amparo del apóstol Santiago sólo sirvió para deshermanarlos, disputándose posesiones territoriales en continuos rifirrafes que rociaron de sangre cristiana los campos peninsulares. Pero de lo que nunca había tenido noticia era de aquella anécdota... ¿Sería invención del autor? El reverso mostraba la firma de Jorge Manrique, el famoso poeta e hijo de Rodrigo a quien honró en sus Coplas a la muerte de su padre.
De hecho, la estructura de la obra era similar si no recordaba mal, octosílabos con versos de pie truncado. Lucas Dueñas notó el redoble aumentado de sus latidos, carraspeó, aró su espesa cabellera con los dedos y ajustó las gafas sobre la nariz. Tenía el pálpito de hallarse ante un descubrimiento importante, esa sensación indescriptible similar a encontrar el cofre del tesoro o desempolvar el rostro momificado de un faraón, pero no, no podía ser, tenía que tratarse de una falsificación. ¿Toparse por casualidad con un texto inédito del gran Jorge Manrique? ¿Qué probabilidad existía en este universo de azares de que la bola de la ruleta cayera en tu casilla? Y luego estaba el contenido de la historia. Volvió a sumergirse en el poema despreocupado por completo del legajo. Demasiado increíble, le sonaba a melodrama de Shakespeare. Tenía que tratarse de ficción. ¿O quizá no? Se podría comprobar la autenticidad de aquel papel, su antigüedad, si la excelsa caligrafía casaba con la archivada de Jorge Manrique, pero a él lo que más le interesaba era certificar lo que se contaba: él era historiador, no intérprete de arcanos literarios. Sí, sería ciertamente interesante demostrarlo y, entre otras posibilidades, había una manera muy seductora.
Jorge Manrique en Segura de la Sierra
Lucas Dueñas devolvió el poema al interior del legajo y lo ató cuidadosamente. De momento, no pensaba decirle a nadie lo que había descubierto hasta que no recabara pruebas. Quizá hubiese llegado el momento de abandonar la indumentaria de algodón y las sandalias y cambiarlas por la de un burdo remedo de Indiana Jones. Le esperaba una fortaleza que las aguas de un pantano habían convertido en isla: el castillo de Bujaraiza. Había ocasiones en que la abundancia de lluvias casi lo sumergían, pero confiaba en que el recinto se mantuviera en seco, emergida su torre como la aparición de un monstruo antediluviano desde las profundidades.
Álvaro de Luna recibió al mensajero en la sala Rica del castillo de Escalona, el refugio donde manipulaba los hilos invisibles que hacían bailar al Reino de Castilla. Vestía el uniforme de gran maestre de la Orden de Santiago, la puntiaguda cruz rojiza como sangre tatuada sobre el pecho. Rompió el lacre del pergamino, hierático, y leyó el contenido ante la presencia muda de los tapices que colgaban de los muros. Las noticias le estallaron en las manos: Rodrigo Manrique se había hecho fuerte en el castillo de Hornos de Segura y no había manera de debelar su resistencia. El mensajero aguardaba en silencio, la cabeza inclinada para esquivar ese rostro granítico de labios severos que solía amedrentar a sus rivales. Sin embargo, el valido del Rey apenas modificó el gesto, aunque no pudo evitar que la ira hablara a través de sus manos fuertemente comprimidas, un muestrario de huesos, venas y tendones que desgarraron el pergamino.
Hornos de Segura
Se le estaba atragantando el trece de la Orden de Santiago, él y todos esos nobles aliados con los infantes de Aragón que no daban su brazo a torcer. Creyó haberlo conseguido tras la batalla de Olmedo un año antes, cuando los derrotó alcanzando la cúspide de su poder y el título de gran maestre de la orden, cuando logró que Rodrigo fuese despojado de parte de su patrimonio. Pero ahora el bastardo resistía en la abrupta serranía de Segura, en el Reino de Murcia que a su vez dependía de la corona de Castilla, un lugar que la propia Orden de Santiago había arrebatado a los musulmanes sembrando sus peñascos de castillos. Rodrigo era como la cola de las lagartijas que renace tras ser amputada, como espinas de zarza clavadas en las pupilas. El mensaje de su capitán era rotundo: nuestros esfuerzos están siendo vanos. Y también destacaba la labor militar de un caballero bajo el mando de Rodrigo Manrique: Hernando de Guzmán. “Sin el arrojo y el acierto táctico de este soldado, probablemente Hornos habría dejado de estar en manos de los conspiradores”, terminaba la nota. Álvaro de Luna dobló los labios en una sonrisa navajera y despidió al mensajero.
Conspiración era una palabra adherida al vocabulario de su vida, también otras: intriga, traición, lucha por no perder el favoritismo de su rey, de Juan II, a quien la nobleza terrateniente consideraba un títere en sus manos y por cuya razón apoyaba al infante Enrique de Aragón en su intento de controlar el poder en Castilla. Lo cierto es que la vida de Álvaro había sido un continuo devenir de la corte al exilio y ahora no estaba dispuesto a que volviera a suceder, que Rodrigo Manrique, parte de esa nobleza rebelde, recobrara fuerzas para usurparle lo que en justicia le pertenecía, unas posesiones y unos títulos a los que se aferraría con uñas de gato. Haría lo que fuera menester, como en otras ocasiones, incluso recurrir a esos asesinatos selectivos que fulminaron a sus enemigos, amparados sus sicarios por las brumas nocturnas. Sí, cada vez lo veía con mayor nitidez, como si se evaporara el vaho de un cristal. Si la fuerza no daba resultado aún restaba la inteligencia desprovista de escrúpulos.
D. Alvaro de Luna

Amoldó su cuerpo al cuero de un sillón y se sirvió vino en una copa de oro. El metal refulgía con los últimos rayos de sol, al igual que sus ojos desenfocados, mientras su mente activaba el oculto engranaje de su maquinaria revisando los puntos débiles del enemigo. No los halló en Rodrigo Manrique, pero le vino a la memoria un lejano comentario de su esposa Juana Pimentel acerca del valeroso don Hernando de Guzmán, caballero de la Orden de Santiago. ¿Podría encontrar ahí la solución, incluso hacerla definitiva? Se dijo que por qué no, actos peores había cometido, y se estremeció al pensar que quizá ya nada lo librara de los horrores del infierno, que sus huesos estaban condenados a formar parte del caldero calentado con fuego eterno. Bueno, si el castigo del alma ya estaba garantizado, qué importaba pecar de nuevo si eso afianzaba su bienestar en vida. Sorbió con delectación el vino y se dejó embriagar, con los ojos cerrados, por la dulce caricia de los vapores etílicos.
Rodrigo Manrique había hecho llamar a Hernando de Guzmán. Se encontraba en lo alto de la torre del homenaje del castillo de Hornos, una torre de planta cuadrada con las esquinas redondeadas como correspondía a la costumbre de la orden santiaguista.
Allí solía sentirse como un águila que otea el horizonte desde las alturas, donde los problemas terrenales se trivializan, más aún ese día en que las nubes habían descendido por debajo del nivel del peñasco que albergaba el castillo fabricando un mar algodonoso a sus pies. El enemigo se encontraba más abajo, invisible y acechante, adueñado del castillo de Bujaraiza pero incapaz de conquistar el terreno que mediaba entre las dos fortalezas. Tenía dudas sobre su victoria, pero lucharía hasta la extenuación para expulsar de esas tierras a las ratas enviadas por Álvaro de Luna.
Caballeros de la Orden de Santiago
Álvaro de Luna. Pensar en él era como tragarse vidrio roto. Era sorprendente cómo aquel bastardo había escalado a la cima del poder gracias a su influencia  sobre el rey Juan II desde que este era un niño, y ahora lo peor: tras la batalla de Olmedo en la que perdió algunas de sus posesiones, el rey influyó entre los priores y treces para que nombraran a Álvaro gran maestre de la Orden de Santiago después de que muriera el anterior, el infante Enrique de Aragón, por la infección de una herida en batalla. Se consideraba agraviado hasta el infinito por la injusticia y fue el único que se negó a darle su voto, eso jamás. Al contrario, se rebeló y tomó por las armas varias villas del maestrazgo creando un cisma en la Orden, se negó a devolverlas a petición del Rey a pesar de ofrecerle la restitución de sus posesiones birladas tras lo de Olmedo. Al diablo con todo. Ya se lo dijo a Juan II: El cargo de gran maestre me corresponde por dignidad, ancianidad y servicios prestados a la Orden. ¿Qué ha hecho a cambio Álvaro de Luna sino intrigar como una serpiente venenosa? Incluso el papa Eugenio IV me reconoce a mí como gran maestre.
Continuará..........................

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