LA MUJER EN EL ÁMBITO RURAL. EVOLUCIÓN
Luchadoras de otro tiempo.
Por José Antonio Molina Real
Hace unos pocos días, en todo el
mundo, y por supuesto también en nuestro país y nuestra Sierra de Segura, se
conmemoró el Día Internacional de la Mujer. Es evidente que, aunque es una
conmemoración que lleva instaurada ya bastantes décadas, en nuestro entorno, en
los lugares más diversos de nuestra Sierra de Segura, en diversos pueblos,
cortijos o aldeas, durante mucho tiempo, las dinámicas sociales mantuvieron
alejadas a las mujeres de cualquier sentido reivindicativo que viniera a dar
mayor dignidad a su, por otra parte, esencial trabajo.

Las mujeres han desempeñado y
desempeñan un papel primordial en el mundo y en la economía rural, siendo pilar
fundamental de la estructuración familiar y de mantenimiento económico. Su
participación en todos los sectores productivos resulta de vital importancia,
pues contribuyen, en gran medida, al progreso y, en aquellos lugares sumidos en
el subdesarrollo, a la erradicación de la pobreza y del hambre, así como hacer
posible una educación de los hijos y a la sostenibilidad del entorno familiar. Sin
embargo, dicha contribución se vio y se ve mermada por diferentes factores,
como la discriminación y el estereotipo de género, que repercuten en la vida de
las mujeres y su papel dentro de la economía y la sociedad, imposibilitando el
control y el acceso equitativo a los recursos y servicios productivos que
precisan para conseguir un mayor rendimiento.

Esta fecha tan señalada del 8 de
marzo fue anteriormente el Día de la Mujer Trabajadora, desde 1977, cuando la
ONU (Organización de las Naciones Unidas) lo declarara a nivel mundial como día
a conmemorar. No se tiene constancia real del por qué esta fecha, existiendo
diversas teorías entre la que destaca el hecho que fue un 8 de marzo cuando,
en 1875, varios centenares de mujeres de una fábrica textil de Nueva York protestaron y se manifestaron por la desigualdad salarial respecto a sus
compañeros. Las protestas desencadenaron una brutal represión de la policía que
terminó asesinando a 120 trabajadoras. Tras la masacre, se creó el primer
sindicato femenino de la historia y desató una ola de protestas y huelgas de
mujeres en el sector textil. Una de las más importantes llegó en 1908, pues bajo el
lema 'Pan y Rosas' salieron a la calle 15.000 mujeres para protestar por las
terribles condiciones laborales que experimentaban. Fue en Estados Unidos el
lugar de la primera celebración de un día específico, el 28 de febrero de 1909,
como Día Nacional de la Mujer. Pero será en Europa, concretamente en 1910, en
marco de la Internacional Socialista, reunida en Cophenhague, donde se propuso
celebrar en marzo un día de la mujer para luchar por obtener el sufragio
universal femenino. De esta forma sería el día 8 de marzo el elegido como
recuerdo a aquella primera manifestación femenina de 1875, fecha que después se
reforzaría cuando en plena Revolución Soviética de 1917 pues el 23 de febrero de
su calendario gregoriano que corresponde al 8 de marzo del calendario
occidental, se aprobó el voto femenino.

Aunque no queda muy claro el origen del
8M, la realidad es que la celebración del día de la mujer trabajadora tiene el
sentido que le da una lucha constante en la que las mujeres han tenido que
liderar batallas en todos los ámbitos: ámbito social, político y, sobre todo,
el laboral siempre en persecución del objetivo de la igualdad.
Nadie pone en duda que las mujeres
han sufrido a lo largo de la historia un claro proceso de discriminación,
siendo en las áreas rurales donde se manifiesta de forma más clara,
participando la mujer, según el estereotipo social, en labores productivas poco o nada
remuneradas básicamente en momentos de intensidad de trabajo en las tareas del campo al tiempo que desarrollando su
trabajo dentro del hogar ocupándose del cuidado familiar. Dicho de otra forma, la mujer
siempre ha desarrollado en el mundo rural un doble papel productivo, donde
servía de claro complemento en las duras tareas que desarrollaban los hombres y además desempeñaban, como pilar fundamental, su trabajo y obligaciones
familiares de cuidado de hijos y del hogar.

Tradicionalmente en el mundo rural, y
nuestra Sierra de Segura no es una excepción, la mujer estaba educada al
servicio del núcleo familiar. Ya desde bien pequeñas se le iban macando
diferentes tareas como barrer, fregar, limpiar el polvo, poner o quitar la
mesa, lavar la ropa, ir a por agua a la fuente, amasar el pan para hornearlo
después, cocinar, realizar conservas caseras, ayudar en el cuidado de la huerta
familiar, alimentar a los animales de corral y recoger los productos que
aportaban, realizar las tareas de embutir y preservar la carne después de las
matanzas de los cerdos y por supuesto también aportar su imprescindible ayuda y
colaboración en los momentos de cosecha, sin que todo ello le supusiera un
descuido en su papel representar a la familia en los oficios religiosos así
como todo lo referido al cuidado del hogar o de los miembros de la familia en
caso de enfermedad, desde los hijos, abuelos o maridos; y todo ello dentro del
recato, prudencia social y el papel que debía de ser ostensible de sumisión al
padre en la soltería y al marido una vez casadas. El mismo núcleo familiar era
el campo de aprendizaje de esas conductas, ya desde tempranas edades, y de puesta
en práctica de las habilidades adquiridas por las jóvenes que tenían en madres
y abuelas las perfectas maestras para aprender esas obligaciones estereotipadas
asignadas simplemente por el hecho de haber nacido mujer.

También, pero en un claro segundo
plano, estaba el aprendizaje escolar, siempre supeditado a las necesidades del
hogar, por lo que, en una sociedad donde la enseñanza no solía ser obligatoria,
el nivel formativo se limitaba, en la mayoría de casos, a saber solo leer y
escribir, siendo algo más extraordinario tener conocimientos de matemáticas
básicas y defenderse así con alguna que otra operación de sumar o restar, y
poco más. Por supuesto que no estamos hablando de capacidades, puesto que por
muchas que pudiera demostrar jamás le podían servir para dar continuidad a esos
estudios formativos, eso sólo estaba reservado para los varones, y no todos, ya
que siempre tenía cierta preferencia el primogénito. Afortunadamente esta
situación se fue paulatinamente regularizándose y normalizándose en cuanto al
acceso a una formación académica a medida que avanzaba la segunda mitad del
S.XX.

El trabajo de la mujer rural requiere
de largas horas de dedicación, prácticamente de sol a sol, y aunque resulta
difícil poder conciliarlo con las responsabilidades familiares, especialmente
en momentos postparto o de lactancia, pues no existía normalmente nadie que
ayudara a la que siempre tenía que ayudar. Por esa razón la venida de hijos a
la unidad familiar siempre era considerada como un valor añadido pues siempre
serían de ayuda al sostenimiento de la misma a través del trabajo de ayuda, que
se convertía en un verdadero aprendizaje, que los hijos hacían a sus padres y
las hijas a sus madres.
Posteriormente, y a medida que se fue
modernizando nuestra sociedad, mejoraron las comunicaciones, se fueron dotando
de servicios los diferentes municipios de la Sierra de Segura y se fue creando
una concienciación para que la mujer abandonara los niveles de marginación que
había venido sufriendo, la mujer empezó a tener más posibilidades y, sobre todo,
más tiempo personal para ir mejorando su preparación para afrontar los retos
que una sociedad competitiva presenta. La llegada de la electricidad, de los
electrodomésticos, de vendedores ambulantes que aportaban productos que no
hacían necesaria una dedicación a la producción de autoconsumo, pero sobre todo
un cambio en la mentalidad femenina que vino a romper, con la llegada de la
democracia a España en el último tercio del siglo pasado, esa tendencia
estereotipada de sexo débil y siempre supeditado al masculino. Con todo ello la
mujer rural en general, y serrana-segureña en particular, mejoró en su formación y preparación, accedió a la
universidad, en muchos casos gracias al enorme sacrificio de sus padres, consiguiendo
así una clara mejoría en cuanto a capacitación y posibilidad de ocupación de
trabajos que hasta esos momentos eran exclusivos para hombres. La
escolarización obligatoria de los hijos y la proliferación de guarderías
municipales consiguieron romper ese enorme obstáculo que para una mujer suponía
la maternidad. Siendo de hecho, esa posibilidad de incorporación de la mujer al
mundo laboral un factor decisivo que propició el profundo movimiento migratorio
de los años 60 y 70 hacia zonas más económicamente desarrolladas, donde las
mujeres que se trasladaban a las ciudades encontraban trabajos en fábricas o
comercios, abandonando la dedicación, tradicional hasta ese momento, al servicio doméstico a cargo de una
familia pudiente, que había sido hasta entonces la única forma de trabajo fuera
de nuestra sierra para una mujer.

La mujer que permaneció en la Sierra
de Segura supo cambiar dinámicas y tendencias, fue abriendo nuevas perspectivas
de actividad social y económica, y aunque en bastantes casos se siguieron
realizando tareas del hogar, cuestión a lo que el hombre se mantuvo ajeno,
estas no supusieron un gran obstáculo que impidiera, a una mujer más preparada
y capacitada, el desarrollo de trabajos fuera del hogar que aportaran
estabilidad económica a la unidad familiar. Una mujer que ya no necesitaba
tener muchos hijos para dar equilibrio al sustento de la familia, pues ahora
los hijos se convierten en una gran responsabilidad a la que dar sustento
convirtiéndose en un “gasto”, por lo que la natalidad se redujo drásticamente a
lo que sumamos la enorme emigración de los años 60-70 del siglo pasado para encontrar una explicación a la
enorme pérdida poblacional de la Sierra de Segura.

Comercio, pequeñas empresas del
sector agroalimentario, la administración pública, la sanidad, la educación,
etc… serán los sectores predominantes en el trabajo femenino en nuestro
entorno. Los estereotipos de género consideran la agricultura como un trabajo
exclusivamente masculino. Así ha sido durante mucho tiempo, siendo la mujer un
mero complemento en momentos significativos del periodo productivo como son la
siembra y la cosecha. Pero bien es cierto que ese no es el motivo por el que la
presencia de la mujer ha decaído drásticamente en el sector agrario, el motivo
lo debemos buscar en la enorme proliferación y diversidad de maquinaria que
reduce, todavía más, la necesidad de mano de obra complementaria, por lo que la
presencia femenina en las tareas agrarias ha decaído hasta casi desaparecer.

Para abordar los nuevos tiempos, la
mujer de la Sierra de Segura requiere el acceso a servicios escolares,
guarderías, atención médica y mejora de las comunicaciones (carreteras,
telefonía, internet) en nuestras áreas rurales para intentar conseguir la
creación de empleo para mujeres, no solo en el sector agrario, sino también en
el sector servicios (turismo), industrial y tecnológico. Además, es fundamental
brindar educación y formación a las mujeres, proporcionándoles información
sobre empleos y oportunidades en el ámbito rural, al mismo tiempo que se
promueva la igualdad de género y se combatan los estereotipos que obstaculizan
la plena participación de las mujeres en la vida rural. Sólo así se podrá
conseguir que el papel de la mujer en el progreso de nuestra sierra sea básico
en cuanto a dinamización y emprendimiento.