Dando continuidad a la publicación de las obras ganadoras en el concurso de relato histórico "Domingo Henares" patrocinado por el Ayuntamiento de Puente de Génave, reproducimos el relato obra de Carmelo Cañete Rubio, en el que se hace referencia a los recuerdos de aquellas vivencias que nuestros mayores sufrieron durante la Guerra Civil Española y lo que supuso de alteración de vidas en los años que después vinieron. Un relato entrañable que nos acercará a aquel tiempo de la mano de los momentos que nieto y abuelo comparten en un viaje hacia el pasado.
LA MEMORIA INCIERTA
Día uno
— ¿No me dijiste que ahora se llamaba Santiago
Pontones?
— ¿Cómo dices, abuelo?
— No... preguntaba porque me dijiste que ahora
el pueblo se llama Santiago Pontones. Antes Pontones era un pueblo y Santiago
de la Espada otro... Acabo de ver el indicador de Santiago de la Espada igual
que antes.
— No sé, abuelo. En internet ponía que se
habían fusionado los dos pueblos y ahora el municipio se llama Santiago
Pontones. No sé más.
El anciano
apenas había despegado los labios desde que salieron de Madrid, casi siete
horas atrás, lo que no era una novedad para su nieto. Su abuelo nunca había
sido una persona de hablar demasiado.
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Carretera de acceso a Marchema (Santiago-Pontones) |
El
navegador decía que era una ruta que se podía cubrir en algo más de cinco
horas, pero, entre que los navegadores suelen ser bastante optimistas y que el
anciano tenía que parar a menudo para ir al lavabo, el viaje se había
prolongado más de lo que el conductor había previsto.
No les
importó. Tenían tiempo. Ya no quedaba mucho camino, unos cuarenta kilómetros
según el navegador, y tenían contratado el alojamiento a pensión completa en
Casa Chelo, en la propia aldea de Marchena, su destino final.
La
carretera era mucho más estrecha desde que dejaron atrás Santiago. Tanto que
cuando venía algún vehículo de frente tenían prácticamente que detenerse.
La estrecha
franja gris ascendía con una pendiente moderada, bordeada por árboles frutales
que se alternaban con frondosos bosques de pinos, por contraste con los
inmensos campos de olivos que habían dejado atrás.
Las cunetas
estaban tan alfombradas de flores de mil colores, y el cielo era tan azul, que
parecía que estuvieran andando por un camino de cuento.
— Es curioso que aquí no haya olivos también.
¿No, abuelo?
— No, es normal. Aquí estamos a mucha altitud.
El olivo no se lleva bien con el frío que hace aquí en invierno.
La ladera
de la montaña se extendía hacia arriba a su izquierda, mientras que se
precipitaba con una buena pendiente a la derecha.
Pronto el
trazado se retorció. Por suerte el firme era bueno y no había muchos baches,
pero el gran número de curvas ralentizó aún más la marcha.
Los árboles
frutales dieron paso a un tupido bosque a ambos lados de la carretera. Después
de casi una hora de camino retorcido, envueltos en interminables bosques entre
los que a ratos se distinguían algunos prados con ganado lanar o vacuno, el
navegador les indicó que habían llegado a su destino.
Aparcaron
el coche a la izquierda de la carretera, junto a una de las primeras casas,
que, a pesar de no tener ningún distintivo, parecía ser su alojamiento.
Después de
comer, el nieto preguntó al abuelo si le apetecía dar una vuelta por el pueblo.
— No, hijo. Estoy cansado. Mejor mañana.
— Ok, abuelo. Como quieras.
Mientras
que el nieto salía a estirar las piernas, el anciano se sentó en uno de los
sillones del salón desde donde tenía una espléndida vista de la depresión que
formaba el arroyo de Marchena.
La
encargada del alojamiento le ofreció encender la televisión, pero el anciano
negó agradeciendo el ofrecimiento. Quería estar a solas con sus pensamientos.
Imaginó el
arroyo, allá abajo, ruidoso y transparente, juguetón en aquellos días de
primavera. Aunque su caudal, como siempre, no fuera demasiado grande, la
estrechez del lugar y la pendiente hacían que el agua se precipitara alegre y
juguetona hacia abajo.
Al poco,
evadiendo la mente del recuerdo del arroyo, levantó la vista para fijarla en el
pico de El Calarico, imponente y majestuoso, e imaginó el Cerro de los
Franceses a su espalda.
No lo había
identificado cuando llegaron, a pesar de haberlo bordeado. Estaba un poco
desorientado porque, según le parecía recordar, habían llegado al pueblo en
dirección contraria a lo que la lógica le decía.
“Será por
el trazado de la carretera”, pensó sin dar más importancia al asunto.
Mientras esperaba que su nieto acabara su paseo. “Magro paseo, me temo”, dijo pensando en que, si cuando él era un crío el pueblo eran cuatro casas, ahora no serían más de cinco.
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Aldea de Marchena |
Rememoró la
Navidad pasada, cuando en Nochebuena, reunida toda la familia -bueno, toda no,
faltaba su mujer; esa era su primera Navidad sin su compañía en muchos años-,
sus hijos le preguntaron casi a coro:
– ¿Qué vas a querer de regalo de cumpleaños,
papá? -su cumpleaños era apenas unos días después de las fiestas.
No
contestó. No lo había pensado. A su edad, pocas cosas podía desear ya.
Al cabo de
un rato, cuando los demás parecían haber olvidado la pregunta formulada, dijo
sencillamente:
– Volver.
– ¿Cómo dices, abuelo? - preguntó su nieto
mayor.
– Volver. He dicho volver. Tus padres y tus
tíos me han preguntado qué quería de regalo para mi cumpleaños... Pues quiero
volver.
Se hizo un
pesado silencio mientras todas las miradas convergían en él, sentado a la
cabecera de la mesa.
– ¿Volver? ¿Dónde? - preguntó su hija mayor.
– ¿Dónde va a ser? -dijo él con la mayor
naturalidad-. A mi pueblo.
– ¿A tu pueblo?
Las miradas
incrédulas de todos sus hijos y nietos le hicieron sentir un cierto poder que
le hizo sonreír para sus adentros. “Los has dejado paralizados”, pensó. Pero su
pensamiento fue interrumpido por la más pequeña de sus nietas, Almudena:
– ¿El abuelo tiene un pueblo?
El
comentario de la niña, de apenas cinco años, relajó un tanto el momento y
provocó un alud de sonrisas.
– No, hija -intervino la madre de la niña-. El
abuelo no tiene ningún pueblo, pero nació en uno. No lo hizo aquí en Madrid
como nosotras, aunque nunca hemos tenido claro qué pueblo es o dónde está -esto
último sonó como un reproche.
– Marchena. Mi pueblo se llama Marchena, junto
a Santiago de la Espada, en Jaén -aclaró el anciano sonriendo a su nieta.
– Yo te llevaré -intervino su nieto mayor,
Alfredo, de veinticinco años-, pero tendrás que esperar a que tenga unos días
de vacaciones.
– Claro, hijo -dijo el anciano. Tampoco son
buenas fechas las de ahora para ir allí. Hace mucho frío. ¿Sabes?
– ¡Esa no es la cuestión! -dijo la madre de
Alfredo, la que había intervenido primero-
¿Por qué
narices quieres ir allí, papá? Has mostrado tan poco interés por ese sitio que
tus hijos apenas sabemos de su existencia. Porque le preguntamos a mamá y ella
nos dijo dónde habías nacido, pero nunca hemos sabido nada de ese sitio porque
tú nos lo hayas dicho. ¡Y ahora, a tu edad, te descuelgas con que quieres ir a
tu pueblo!
¡Francamente,
no lo entiendo! Mamá nos dijo que era algún lugar perdido por los montes de
Jaén. ¿No?
– Que yo sepa no has vuelto allí nunca. ¿Me
equivoco? -preguntó su otra hija más joven, igualmente molesta.
– No -dijo el anciano-, no te equivocas. Nunca
he vuelto y nunca he tenido el más mínimo interés en volver, pero ahora... no
sé... es complicado.
– ¡Pues no creo que sea una buena idea, papá!
-intervino de nuevo su hija mayor-. Dentro de pocos días cumples ochenta y
cuatro años...
– ¿Y?
- Que es un
viaje largo y probablemente pesado. Ni siquiera sabemos si hay comodidades
allí. Por lo que nos dijo mamá, no es más que una aldea con cuatro casas, en
medio de un monte perdido de la mano de Dios o, por lo menos, es lo que tú le
dijiste a ella, y eso las pocas veces que le hablaste del lugar.
– Es cierto. Eso es lo que era, pero ahora se
puede averiguar todo eso con el ordenador. ¿Me equivoco?
– No te equivocas, abuelo. Yo averiguaré si el
pueblo existe y si hay algún sitio donde podamos alojarnos –dijo Alfredo, al
que la idea de conocer ese lugar le motivaba para hacer un viaje que, por otra
parte, podría acabar siendo pesado e incómodo de hacer acompañado por su
abuelo.
– Bueno. Si hay alguna posibilidad de
encontrar un alojamiento decente, estudiaremos la cuestión -dijo su hija
pequeña.
– ¡Me parece que no tengo que pedirte permiso!
-contestó el anciano visiblemente molesto -ni a ti ni a ninguno de vosotros.
– Papá tiene razón -intervino por primera vez
su hijo, que había mantenido un prudente silencio.
– ¿Por qué tiene razón? Sabemos que está muy
bien, que usa el bastón más como adorno que como ayuda, pero va a cumplir
ochenta y cuatro años. No es una edad para ir por ahí haciendo el tonto y
viviendo aventuras. Además, ya sabéis que el corazón no lo tiene para tirar
cohetes, que digamos.
La
discusión se había prolongado durante media hora larga, durante la que sus tres
hijos y sus nietos mayores habían argumentado a favor y en contra, hasta que un
poco harto intervino él de nuevo pidiendo silencio y paz para acabar la noche.
– ¡Tengamos la fiesta en paz! Estamos en Nochebuena
y yo voy a hacer lo que me parezca, que ya soy mayorcito, al fin y al cabo. Si
Alfredo quiere llevarme, bien. Si no, alquilaré un coche para que me lleve.
La entrada
de su nieto en el salón de vuelta de su paseo lo sacó de sus pensamientos.
– ¿Qué tal el paseo? -preguntó.
– Bien. El pueblo se acaba pronto, pero la
vista es impresionante.
Día
dos
El sol
pintó el amanecer con una franja estrecha y dorada por el costado de El
Calarico, sobre la lejana Loma Marchenica. Mil pájaros piaban al sol naciente,
dando los buenos días a la promesa de un nuevo día.
– Había
olvidado el color y la música del amanecer – dijo para sí.
Estaba
solo, de pie y apoyado en su bastón junto al edificio de Casa Chelo. Su nieto
y, probablemente, el resto de personas que estaban en el hotel, dormían y los
grillos aún seguían con su serenata nocturna.
Estuvo allí
detenido varios minutos, como dando tiempo a que el sol venciera a la mortecina
luz de las, pocas, farolas que alumbraban la noche de la sierra.
Cuando vio
aparecer la luz poderosa del sol dejando paso, sin lugar a dudas, al nuevo día,
bajó por la calle y recorrió las todavía silenciosas cuatro calles que
conformaban la aldea.
Unas pocas
luces en el interior de las casas daban fe de que la jornada empezaba para
algunos.
A lo lejos
le pareció oír los balidos de algunas ovejas y el resonar de los cencerros.
Se detuvo y
aguzó el oído mientras algo se retorcía en su interior.
Se sentó en
un poyete adosado a la fachada de una casa, silenciosa y vacía, a juzgar por
sus persianas cerradas y a la chapa metálica que aparecía en la parte baja de
la puerta de entrada a modo de escudo protector.
El piar de
varios pollos de golondrina lo hizo desviar la mirada hacia el alero de la casa
y contemplar las bocas abiertas en el nido. Se entretuvo un rato viendo cómo
los progenitores se afanaban en la alimentación de sus crías, otra escena
familiar olvidada entre las brumas de otra vida.
Desde que
tomó la decisión de volver, aquella Nochebuena pasada, algo que hizo sin
haberlo meditado antes, sin pensarlo ni tan siquiera cinco minutos, se había
planteado mil veces cómo sería, qué sentiría al notar el aire frío del amanecer
en el rostro, al oír los balidos del rebaño, los cencerros, el piar de los
miles de pájaros.
Aspiro
profundamente el aire del monte. El olor a pino, a tomillo, a jara y romero
inundó su nariz y lo transportó a otra época, tan lejana que apenas podía verla
con la ayuda de su imaginación.
Se arrebujó en el chaquetón que había traído previendo las mañanas frías de la sierra y dedicó su atención a ver cómo el sol iba cubriendo primero los montes, como si fuera una amorosa manta que diera calor a la fría noche, y luego invadiendo de luz el cortado en el que se despeñaba el arroyo.
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Trashumancia de las ovejas segureñas por Pontones |
Aquella
mañana, tan lejana, también había amanecido despejada, fría y olorosa, solo
que, mezclado con los olores del monte, aparecía el del ganado, ovejas y
cabras. Ovejas segureñas, blancas la mayoría, algunas moras, más oscuras y con
colores uniformes y otras más rubiscas, con sus cabezas y extremidades
manchadas de un tono rubio, como para hacer honor al nombre con el que las
designaban.
Casi cien
ovejas y veinte cabras componían el rebaño, si no recordaba mal.
Las había
sacado del corral justo al despuntar el día y habían alborotado, con sus
balidos y cencerros, el descanso de las ultimas casas del pueblo.
Bajó con el
ganado bordeando el Cerro de los Franceses, con el sol a la espalda y el arroyo
a su izquierda, hasta llegar al puente que cruza el arroyo en un cerrado giro.
Entonces se desvió del camino a la derecha hasta alcanzar a los pocos metros un
amplio prado moteado de árboles viejos y copas amplias, chopos unos, fresnos la
mayor parte, que proporcionaban buena sombra y frescor a las horas en que el
sol aprieta.
Hacía
quince días que habían vuelto de la trashumancia desde los pastos de Linares,
habían cruzado el río Guadalimar y subido por el cordel de Hornos el Viejo para
encaminarse luego cada rebaño a su lugar.
Un corral y
un establo, que ahora permanecía vacío y que él utilizaba, a veces, para encerrar
al ganado rompía la monotonía a la derecha del prado.
El ganado
se dedicó a pastar mientras que él, a sus once años, se sentó en la fresca
hierba y sacando un trozo de madera del zurrón y una navaja, se dedicó a
tallarlo tratando de arrancarle la imagen de una cabra montesa.
Al mediodía
dirigió al ganado hacía el arroyo para que bebiera y después a la sombra de los
árboles para el sesteo. Cuando se estaba acomodando para comer, algo antes de
hacer lo propio y regalarse con una siesta, escuchó un ruido en el establo.
Se armó con
el garrote y se dirigió hacia allí temiendo que algún lobo estuviera por los
alrededores y le matara alguna oveja, aunque era muy raro que hubiera podido
meterse en el establo. Quizás estaba por detrás.
Se acercó
con cuidado, seguido por el mastín, y miró primero dentro del corral,
encaramándose para ello sobre la alta valla de piedra, subiéndose sobre un
murete medio derruido, pero no había nada anormal. Luego se dirigió a la puerta
del establo, situada en el lateral izquierdo de la edificación y, cuando estaba
llegando, oyó una voz que procedía de dentro:
– No tengas miedo. No te haré nada.
Extrañado
se detuvo, pero mantuvo firmemente asido el garrote con la mano derecha, en
prevención de que alguien pudiera querer hacerle daño.
La puerta
se entreabrió y pudo distinguir el cañón de una escopeta que asomaba por el
filo de la puerta. Se puso tenso, pero la voz no le dejó demasiado tiempo para
pensar.
– Acércate y no tengas miedo.
– ¿Quién eres? -se atrevió a preguntar.
– ¿Estás solo? -fue la respuesta.
Meditó su
respuesta atentamente. Si decía que sí, el que lo amenazaba podía
envalentonarse, pero si decía que no, y el otro comprobaba o ya sabía que sí lo
estaba, la cosa se podía poner aún peor.
– Sí -dijo al cabo de un minuto-. Estoy solo
con las ovejas. ¡Calla! -ordenó al mastín, que había empezado a ladrar.
La puerta
se abrió un poco más y pudo distinguir a un hombre. Se tocaba con una boina
parecida a la que él mismo llevaba, solo que aquel hombre la usaba calada casi
hasta las cejas. También vio que le crecía una barba de varios días y un
poblado bigote de pelo negro e hirsuto. Vestía un abrigo de paño grueso, ajado
y manchado en varios puntos.
Pensó que
hacía demasiado calor para ir tan abrigado. Además, llevaba un correaje sobre
el abrigo, compuesto por un cinturón, del que colgaba una cartuchera con una
pistola y otra para munición, y una correa en bandolera. Tanto el correaje como
las cartucheras eran de cuero negro y se veían viejas, muy gastadas.
La puerta
se abrió un poco más y el hombre saliendo a medias recorrió el entorno con el
cañón de la escopeta por delante y la vista por detrás. Solo entonces dijo
“parece que no hay nadie”, y salió abiertamente dejando el paso expedito para
que salieran detrás de él tres hombres más, todos armados con armas variopintas
e igualmente vestidos muy abrigados y con correajes.
Una vez en
el exterior bajaron las armas y el que había hablado con él se adelantó y le
tendió la mano.
– ¿Cómo te llamas, chaval?
Él le
contestó, pero no se atrevió a estrecharle la mano.
– Vale -dijo el hombre retirándola y
mirándosela-. No te lo reprocho. No es que esté muy limpia que digamos… Yo me
llamo Sixto y estos son Juan, Manuel y ese otro también se llama Juan ¿Podemos
confiar en ti?
Él asintió
subiendo y bajando la cabeza.
– ¿De qué familia eres? ¿Quién es tu padre?
– Mi padre se llamaba Pascual, pero hace
varios años que murió. De hecho, yo ni lo conocí.
– ¿Pascual?
– Sí, Pascual.
– ¿El que se casó con Antonia?
– Sí. Creo...
– Yo conocí a tu padre, era un buen hombre –
cortó el extraño.
El niño
hizo un gesto que lo mismo podía denotar esperanza como sorpresa.
– ¿Y cómo está tu madre?
– Mi madre murió hace varios años ya.
– Vaya. Lo siento, chaval ¿De qué murió?
– ¿De qué iba a morir...?
– Ya… perdona. A veces parezco idiota. ¡Estos
mierdas de fascistas han acabado con la vida y la decencia de este país! ¡A los
que no mataron a tiros los dejan morir ahora de hambre y necesidad!
– ¿De qué conocía usted a mi padre? -se
atrevió a preguntar.
– Del pueblo. Yo también soy de aquí, ¿sabes?
El chaval
se quedó pensativo un instante. Decía que era del pueblo, pero él nunca había
oído hablar de ningún Sixto.
–¿Y sabe
usted cómo murió mi padre?
– No estoy seguro. Yo no estaba. Tan solo me
llegó la noticia. Creo que le alcanzó la metralla de una bomba en el frente de
Pozoblanco. Eso debió de ser...
– En el
treinta y ocho - remachó el niño
– Sí, eso, en el treinta y ocho.
– ¿Y con quién vives?
– Con mi hermano. Es mayor que yo, pero no me
hace mucho caso. Menos aún desde que se casó.
– Vaya, vaya… Así que estás más solo que la
una... Mira, nosotros no te vamos a molestar, solo queremos refrescarnos un
poco en el arroyo y comer algo. Luego seguiremos nuestro camino.
– Vale.
– ¿Puedes vigilar que no venga nadie mientras
nos aseamos?
– Claro. Voy a vigilar el camino. El ganado
está tranquilo ahora. Si viene alguien, silbaré.
– Vale. Gracias, chaval. ¿No tendrás algo que
comer...?
– No, solo lo que llevo para mí...
– Vale. No te preocupes. Nosotros llevamos algo.
Ya sabes, si
viene alguien silba - contestó Sixto guiñándole un ojo.
– Vale.
El niño se
retiró un poco hasta una zona donde pudiera ver el camino mientras que los
hombres bajaban hasta el arroyo. Al cabo de un rato, el hombre se acercó y lo
llamó en voz baja. Comieron juntos y charlaron mientras los demás fumaban,
hasta que dijo:
– Chaval, nosotros nos vamos ya. Oye, gracias
por todo.
– ¿Volveréis?
– Seguro.
– Es que no sé si estaré por aquí o estaré en
otros pastos, a estos...
– No sufras, te encontraremos. Gracias otra vez.
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Carmelo Cañete Rubio |
La voz de
su nieto lo sacó de sus pensamientos.
– ¡Abuelo! Me he asustado al no encontrarte.
Pensé que te había pasado algo.
– No te preocupes. Solo he salido a ver el
amanecer.
– ¡Ya, pero no sabía dónde buscarte! He
recorrido todo el hotel...
– Creo que no hay muchos sitios por aquí donde
perderse. ¿No?
– ¡El bosque!
El anciano
rio de buena gana.
– No te preocupes. Ya no tengo edad para irme
al bosque a perderme. Anda, vamos a desayunar que tengo hambre -dijo el anciano
levantándose del poyete.
Ambos
recorrieron, a paso lento, el camino de vuelta disfrutando del aroma y el
frescor de la mañana. Las primeras chicharras parecían afinar sus cánticos, con
los que tenían pensado amenizar el paisaje serrano hasta la puesta del sol.
– No me habías dicho que hacía tanto frío por
aquí.
– Sí te lo dije. Por eso llevas esa cazadora.
Recuerda que querías venirte solo con pantalones cortos y camisetas.
– Sí, es verdad. Menos mal que te hice caso.
– No te preocupes. En una hora ya hará calor.
– ¿Dónde vivías cuando estabas aquí, abuelo?
–¿Vivir?
Sí... supongo.... -contesto el anciano más para él mismo que para su nieto-.
Por ahí abajo. No creo que exista ya la casa. Las que veo son todas nuevas o
muy reformadas. No, seguro que ya no existe. No habría llegado en pie hasta
ahora.
– ¿Y... tus padres? ¿Qué edad tenías cuando te
marchaste de aquí?
– ¡Uy, uy, uy! Preguntas demasiado. Anda, vamos
a desayunar. Tiempo habrá...
Desayunaron
hablando de nimiedades. El anciano no parecía querer que la persona que les
servía el desayuno oyera lo que tuviera que decir y el nieto aceptó su
silencio. Además, sabía que su abuelo era una persona de pocas palabras.
Después de
desayunar el anciano preguntó si podrían ir a un lugar con el coche.
– Claro, donde tú quieras. ¡Vamos, a eso hemos
venido! ¿No?
– No. Lo digo por si podrá pasar el coche. Es
un camino de tierra...
– No sufras. Probamos. Si podemos pasamos y,
si no podemos, pues no.
----------------continuará.................