Continuamos con la dinámica de difusión de los diferentes aspectos que tienen como relación su ubicación en nuestra comarca de la Sierra de Segura. En esta ocasión reproducimos un relato de Juan Nuñez Guerrero titulado "El prisionero de Segura" con el que recientemente ha obtenido el premio de relato histórico Domingo Henares convocado por el Ayuntamiento de Puente de Génave. Relato ambientado en la época musulmana, en su convulsa fase de los reinos de taifas, con unos hipotéticos hechos ocurridos en la fortaleza de Segura de la Sierra. Debido a su extensión lo publicamos en dos partes, pasando a continuación a mostraros la primera de ellas.
"EL PRISIONERO DE
SEGURA":
I. EL CAZADOR CAZADO.
-“¡Escribe!”,
bramó el primero de mis captores en tono imperioso.
-“¡Escribe que
en ello te va la vida!”, atajó el segundo, con una horrísona y amenazadora cadencia
de voz, mezcla de balbuciente atropello y atronador estruendo que, sin ambages,
me mostraba bien a las claras que o satisfacía de inmediato las exorbitantes demandas
que mis aprehensores me imponían o mi cadáver pronto sería pasto de las aves de
rapiña y demás bestias carroñeras que rondaban, acechantes y hambrientas, las
estribaciones de aquel picacho donde me encontraba cautivo.
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Exposición de Juan Nuñez Guerrero |
Aterrado, no
acertaba a discernir los pasos que había de seguir para la consumación del
feliz éxito de mi empresa –salvar el cuello y recuperar la libertad- y,
cohibido y torpe, mis dedos temblorosos no atinaron más que a derramar el
tintero portado por uno de mis secuestradores sobre la humilde mesa de amanuense
que me había sido cedida.
Presos al
unísono de una creciente irritación que, con rapidez inusitada, subió de tono
hasta explotar en un clímax bárbaro y salvaje, mis torvos interlocutores
parecieron decididos a ejecutar su ultimátum. Uno, ira asesina en demudado
rostro, ropaje sucio de tinta, blasfemando a voz en grito y prometiéndome
-juramento intercalado entre toda una sarta de soeces insultos e improperios- mil
muertes, a cual más atroz. Entretanto, el segundo, cuerpo en tensión, sonrisa
maligna y sardónica, afilado cálamo aprestado entre sus atléticas manos de
sayón con ademán presto a clavármelo en la garganta ¡paradojas del destino:
morir quien a escribir ha dedicado gran parte de su existencia acuchillado por
la aguda punta de un instrumento de escritura! Parecía más que dispuesto a
zanjar la patética escena por el expeditivo y contundente recurso del degüello de
mi desventurada persona. Mas… al poco, mis infames carceleros, más calmados,
sospecho que tras evaluar que su arrebato criminal, tan irreflexivo como
estúpido, mermaría por completo la bolsa, colmada de oro, que por mi rescate
sueñan con obtener, se detuvieron, como impelidos por invisible resorte, dieron
media vuelta y cerraron con estrépito el portalón de hierro macizo tras de sí,
asegurando cerrojos y pestillos e instalando un guardia de vista que no me
quitaba ojo a través de una mirilla improvisada para la ocasión, puesto que en extremo
desconfiaban -y con razón- de mi astucia, dirigiendo sus pasos, supongo, hacia
el almacén donde guardaban algún otro material de escritura.
Quedé, pues,
solo en el estrecho habitáculo y absorto contemplé cómo la desparramada tintura
se extendía, macabra, sobre el escritorio marcando sobre su áspera superficie
una amorfa e indeleble mancha negra que –Dios no lo quiera- se me figuró
terrible presagio, que estremeció hasta el rincón más recóndito de mi alma,
asemejándoseme su contorno y textura a la oscura sangre que habría de brotar,
más pronto que tarde, de mis mutilados despojos, acribillados de heridas, si no
conseguía escapar –y rápido- de esta maldita fortaleza de Segura.
Intenté, en
medio de aquella calma pasajera, poner en orden mis pensamientos, tomando aire
por la boca con la finalidad de regular mi acelerada respiración, y ya más tranquilo
y confortado, reflexionar con la máxima clarividencia que, en tan cruciales momentos,
mi aturdida mente, toda bullicio y espanto, acertase a discernir sobre mi
funesta situación y hallar una solución factible, una escapatoria, por mañosa o
vil que fuese, que me librase de la cuchilla del verdugo, cuyo fétido aliento
sentía, a cada instante, más cercano a mi nuca. Evité, por otro lado, sacando
fuerzas de flaqueza, buscando con ansiedad sosiego para mi entenebrecida alma,
encomendándome una y mil veces al Altísimo, no desesperar en balde pues, a
pesar de sufrir trance tan precario, deduje, no sin motivo, que de desgracias y
penalidades similares había sabido escapar indemne en multitud de ocasiones
anteriores.
¿Cómo había
terminado aprisionado, contra todo pronóstico, en aquel lóbrego alcázar yo, el gran
Abu Bakr ibn Ammar, el mejor poeta de mi época, el que se alzó por sus propios méritos
de sapiencia y elocuencia desde la nada de su humildísima cuna hasta la cima
del poder y la riqueza? Yo, que ascendí de menesteroso poeta mendicante
-recitador de las glorias auténticas o falsas de sultanes, gerifaltes y ricachos,
panegirista a sueldo de todo aquel que por merced tuviera a bien arrojarme unas
migajas de su mesa- a nobilísimo consejero y primer ministro de reyes y
potentados y que, a la postre, en el colmo de la ventura, conseguí, asimismo,
erigirme en rey, para mi posterior desdicha, durante un año escaso, en la
añorada y hermosa Murcia, hace, este verano, justamente un lustro.
¿Cómo he
acabado cubierto de cadenas, inerme, entre las garras de estos dos zafios caudillos
que han vivido perpetuamente agazapados tras la seguridad que ofrecen los recios
muros de su inabordable peña rocosa? ¡Dios, qué necio fui, qué pretenciosa
presunción me llevó a dejarme atrapar por estos chacales indómitos, los hijos
de Suhayl, señores del inexpugnable castillo de Segura!
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Fortaleza de Segura |
Conozco a la perfección,
para mi desventura, la respuesta: infatuado de mi valía, creyendo que nada me
era vedado y con el cruel fuego de una ambición inextinguible abrasándome las
entrañas, supuse que mis ardides, otrora siempre ejecutados con suma maestría,
me servirían en bandeja de plata la codiciada presa que suponía la posesión de
tan valiosa plaza fuerte y su entorno. Y desprecié, estúpido de mí, las
maniobras que pudiesen, al mismo tiempo, tramar mis contrarios, auténticos lobos
montaraces, muy duchos en tretas y añagazas, quienes, enrocados en su abrupta serranía,
habían resistido hasta entonces los múltiples intentos que durante casi un
cuarto de siglo numerosos reyezuelos y aventureros, ávidos de conquista,
acometieron contra ellos con el fin de aplastar su disidencia y liquidar su foco
de independencia.
En efecto,
esta colosal ciudadela y la región que se extendía a sus pies se habían erigido
en “reino” unas décadas antes, aprovechando sus dueños la debilidad de los soberanos
musulmanes colindantes con aquellas ásperas tierras, los cuales se vieron por
completo impotentes para sujetar este montuoso territorio, díscolo como
ninguno, a sus respectivos señoríos.
Los acontecimientos
se sucedieron, si la memoria no me es infiel, poco más o menos en esta
secuencia: cuando se eclipsó para siempre la autoridad de los omeyas de
Córdoba, Segura quedó vinculada a la taifa que el clan de los Tahir supo
agenciarse en Murcia y sus dependencias. Pero su desgana e incapacidad de gobierno
fueron tales que la fortificación, durante un par de decenios, se convirtió en refugio
de una auténtica cuadrilla de bandidos, encabezados por un converso al islam,
Said ibn Rufayl, sujeto duro como el pedernal, resuelto y temerario, que nunca
fue desalojado de sus agrestes posesiones –sus garras de buitre se aferraron con
inquebrantable tesón sobre su codiciado botín, el señorío que a espada conquistó-
hasta su óbito, acaecido hará unos cuarenta años. A continuación, el distrito
cayó bajo el yugo de la dinastía de Muchehid, un antiguo esclavo cortesano de
la extinta dinastía califal cordobesa que convirtió a Denia en la capital de su
sultanato. El antaño siervo Muchehid, devenido más tarde en príncipe, profesó,
no cabe duda, a lo largo de su dilatada carrera como impecable musulmán, libre cualquier
mácula de infidelidad, a pesar de sus oscuros orígenes –sus rivales le acusaron
siempre de filocristianismo- e incluso, hizo méritos ante Dios como combatiente
en la guerra santa, aunque era, sin embargo, como es bien sabido, oriundo de
una gran isla del Mediterráneo, habitada por nazarenos, Cerdeña.
Y sardo y
hasta lejano pariente suyo, creo recordar, fue también Suhayl, a quien Muchehid
otorgó el caudillaje de aquel perdido enclave, fundamental, no obstante, para
los intereses de su recién creado dominio puesto que proveía a Denia del
material que le era más preciado, la siempre ansiada madera, más estimada aún
que el oro, para un reino que hizo del mar su medio de vida, proveyendo a sus habitantes,
hábiles y valerosos navegantes, avispados negociantes a la par que invencibles corsarios,
de un inagotable reguero de riquezas obtenidas tanto por el tráfico lícito de mercancías
como por el pillaje más inhumano. Un maderamen de excelente calidad, extraído
de los frondosos bosques que circundaban aquel escarpadísimo roquedal de la que
el mencionado gobernador, con eficaz diligencia, aprovisionaba –además de
caballos de pura raza, abundantísimas viandas, otros tributos en metálico y en
especie y sin olvidar, por supuesto, toda una serie de materiales esenciales para
la construcción naval, como el alquitrán- a sus amos de Denia, dedicados casi
en exclusiva al mantenimiento de una potente flota con la que comerciar y piratear
a lo largo y ancho de las costas occidentales de la península, África o Italia
desde sus puertos y refugios diseminados por el Levante y las islas Baleares.
Hace unos diez años, la taifa de Zaragoza se anexionó a sus provincias al por entonces
débil estado deniense, arruinado por la desidia de Ali, hijo y heredero de
Mochehid, que tuvo un reinado tan prolongado como desgraciado. Un hijo de este Ali,
nieto del gran Muchehid, Sirach al-Daula, halló refugio en Segura con su
familia junto al ya anciano Suhayl, poniendo tierra de por medio entre su persona
y los nuevos y flamantes usurpadores –domeñaron Denia y sus contornos con
pasmosa facilidad- del que hubiese sido su legítimo emirato, el linaje de los
Hud, afincados en Zaragoza. Al poco fallecieron entrambos, primeramente Suhayl,
por causas naturales y, de seguido, el efímero Sirach, joven díscolo, desconfiado
y poco manejable, de quien se dice fue envenenado por la progenie de quien fue
su mentor. No obstante, el difunto nieto de Muchehid dejó tras de sí varios
retoños –tres o cuatro pequeñuelos de los cuales el primogénito debe hoy frisar
los diez años de edad- y en cuyo nombre gobiernan Segura y su demarcación los descendientes
de Suhayl.
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Taifa de Denia bajo control de la de Zaragoza |
En efecto,
tras diversos avatares y múltiples peripecias, que sería muy prolijo de contar,
esta serranía, de imposible orografía, se halla a la fecha bajo la égida de
Ibrahim y Abd al-Chábbar, los vástagos del fallecido Suhayl, que se tienen por
auténticos “reyes”, y en verdad, reyes son, porque a ningún emir prestan obediencia,
disfrutando de una jurisdicción absoluta sobre aquellas angosturas aun cuando no
disponen más que de unas pocas docenas de mercenarios a sus órdenes. No
necesitan más porque el reducido perímetro de su feudo se recorre apenas en una
jornada a pie a marcha ligera o en pocas horas a caballo: veinte parasangas en
derredor de su inaccesible nido de águilas donde, no obstante, según los
informes que pululan por las diversas cortes de taifas, en previsión de futuras
contiendas, tales reyezuelos habían hecho buen acopio de víveres, útiles de guerra
y numerosos bastimentos que aún hacían más preciada su tenencia para cualquier
otro potentado andalusí.
Y fue uno de
ellos, al-Mutaman de Zaragoza, ciudad en donde por entonces yo me encontraba
exilado quien, temeroso de que su belicoso hermano al-Hachib, actual dueño de Denia
y Albacete, se le adelantara en la sujeción de Segura, me propuso adquirir
aquel remoto promontorio para redondear las fronteras de su ya extensa taifa.
Dejando a al-Mutaman en su dorado palacio de la Aljafería, centrado en sus estudios
matemáticos, que le obsesionan, y aquejado una mala salud en él crónica
–durante mi encierro falleció este rey tan noble como sabio- partí, investido
del título de visir, provisto de lucida hueste y en abundancia surtido de dinero
contante y sonante, hacia la hasta entonces infranqueable Segura.
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Patio Palacio de la Aljafería |
Ciento veinte
jinetes y doble número de peones es una tropa difícil de ocultar en estos revueltos
tiempos. Descendimos la desértica meseta peninsular, sin prisas, sufriendo con resignación
un aniquilador sol estival que se recreaba, desde el orto hasta el ocaso, en
cebarse sobre la mesnada y del que resultaba imposible resguardarse en aquel
páramo yermo. Mas, como por ensalmo, llegados a las anfractuosidades de la
serranía que pretendíamos ocupar, el paisaje, a pesar del estío, mutó en
magnífico vergel: el verde-vivo pasó a ser el color dominante venciendo al infame
marrón-polvo meseteño; el hiriente solano que reinaba en la hirviente estepa
trocó en agradable céfiro matizado aún más por noches frescas, deliciosas, que
propiciaban reparadoras acampadas nocturnas al raso y, gracias a Dios, de
continuo, a nuestro alrededor, nos envolvió un constante y alegre murmullo de agua,
fresca y límpida, que se ofreció a nuestras sedientas gargantas por doquier,
dado que en estos recónditos parajes lo corriente y natural es que por aquí
corra un reguero, allá aflore un manantial y acullá brote una fuente. Y no sólo
fragorosos arroyos y estruendosos torrentes jalonan estas provincias sino que
auténticos ríos –portadores de sonoros nombres como Guadalimar, Guadalén o
Guadalmena- con gran alboroto discurren, en vertiginoso tumulto, encajonados
entre farallones, barrancos y tajos tan profundos y escarpados que cuya simple contemplación
resulta maravilla a la vista y poco menos que milagro de Dios a la razón.
En efecto, ese
territorio impone y cautiva hasta el espíritu más insensible. El recinto amurallado,
imposible de someter en su majestuosa altura, parece asido al mismísimo cielo,
cubierto de nubes. Un auténtico collar de torres, refugios de tapial y
almenaras constituyen, distribuido en varios círculos concéntricos, un
magnífico escudo de defensa. Y a pesar de lo accidentado del terreno, su fértil
suelo mantiene una abundante población, dispersa en decenas de bulliciosas
alquerías. Asimismo, en sus cercanías, nacen sendos ríos que, en su curso, se
convierten en la auténtica savia que alimenta a muchas de las grandes urbes
musulmanas de este reseco país. Hacia oriente discurre el "Río
Blanco", que pasa por mi inolvidable Murcia y hacia occidente fluye el "Río
Grande", que nutre con sus cristalinas aguas a las grandes medinas de
Córdoba y Sevilla.
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Reinos de taifas en el S. XI |
Prendado quedé
del dibujo de un país tan diferente a lo por mí ya conocido –y muy viajado
soy-. Un espacio agreste y arriscado, frondoso y silvestre, que mi vista
abarcaba con delectación y mi cerebro, presa de la estupefacción, no acertaba a
encontrar parangón alguno en hermosura y esplendor con cualesquier otro lugar
sito a lo largo y ancho de toda la península andalusí que yo, sin falsa modestia,
conozco casi de cabo a rabo. Sólo cabía, y así lo hice, solazarse en la contemplación
de tan incomparable belleza.
Me aguardaba
otra grata sorpresa, para regocijo de mi fuero interno y afeamiento de mi perenne
altivez, pues sucedió que, a pesar, he de reconocerlo, de mí, en principio,
mala predisposición hacia los habitantes del lugar, a los que tenía por una
banda de hoscos y rústicos palurdos sin remisión gobernados a su vez por un par
de brutos de la más baja estofa, hube enseguida, al primer contacto, de trocar
mi estúpida ojeriza en franca simpatía hacia unos aldeanos que se me revelaron
como excelentes anfitriones, generosos y desprendidos para conmigo hasta la
saciedad. Ciertamente, no es que hallara entre los moradores de tan apartado terruño
la más refinada educación o los modales más distinguidos pero, según avanzamos
por las tierras de los Suhayl, quienes, expectantes, se habían atrincherado en
su inasible peñasco, los jeques y ancianos de las villas circundantes, abandonados
a su suerte por sus señores e impelidos por el miedo, imploraban la paz para los
suyos y ofrecían, a cambio, entre melifluos susurros, contritos, las cabezas
gachas, y en medio de amplia gama de genuflexiones y zalamerías sin cuento,
copiosas vituallas que, en verdad, eran de lo más variado y exquisito que mi
paladar había saboreado en muchos años: carne de caza puesto que en sus bosques
pululan, en incontable número, el noble ciervo, el escurridizo gamo, el salvaje
jabalí y el feroz oso -manjares dignos de paladares principescos así como
espléndidas carnes de cordero, cabrito y aves de corral, quesos de mil
variedades, espesas gachas, dulce miel, sabrosas nueces, ásperas bellotas, mil
surtidos de fruta fresca, delicadas pastas y primorosos dulces...
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Palacio de la Aljaferia en Zaragoza |
Si bien la
población, a la que no dañamos en absoluto, estaba compuesta en su inmensa mayoría
por campesinos, lugareños obsequiosos pero ignorantes, pude, para mi asombro,
recrearme en animada conversación con alguno de sus notables y varios alfaquíes
residentes en aquel remoto rincón del mundo. Mi alborozo se acrecentó al descubrir
que un selecto grupo de sus ulemas –conformado por cinco o seis individuos-
tenía mundo a sus espaldas pues tales personajes habían vivido y estudiado con
afamados maestros en urbes de importancia, como Jaén o Granada, e incluso, uno
de ellos, nacido precisamente en el fortín que pretendíamos tomar, y apodado
como al-Hachch al-Saquri, o sea, el “Peregrino de Segura”, había, en efecto,
cumplido con la prescripción, dada por Mahoma a sus fieles, de viajar, siquiera
en una ocasión en la vida, a la sacrosanta urbe de La Meca y cuyo periplo me narró
con exquisita prolijidad de noticias y anécdotas que atendí, sin exageración
alguna, con verdadera delectación.
Entre agasajos,
comilonas, tertulias y esperas –los Suhayl no daban la cara- observé que sus
súbditos –y había que ganárselos si se quería gobernar el distrito sin
oposición- no parecían descontentos con la administración de los caciques
locales. Indudablemente, los Suhayl, a pesar de su reconocida avaricia, no debían
gravar con impuestos especialmente lesivos a sus súbditos. Medida inteligente,
y más venida de aquel par de huraños terratenientes que en este caso más se
asemejaban en su comportamiento al astuto zorro que al indómito lobo, animal con
quien tantos lazos tienen en común. Sea generosidad, sea moderación, esas loables
medidas, ejecutadas por puro cálculo político, respondían al hecho de que la
jefatura, a todas luces ilegítima, que ostentaban aquellos arriscados oligarcas
se sostenía sobre un precario e inestable equilibrio, dado que la excesiva
opresión sobre su grey podría soliviantar a los clanes bajo su mando los cuales,
en su desesperación, es posible que recurriesen a la revuelta o sublevación,
que a tantas testas coronadas ha costado el solio o incluso la cabeza –los
murcianos me expulsaron del trono alegando que los tributos que les impuse los
llevaban inexorablemente a la ruina o la hambruna y creo haber aprendido de esa
dura lección- en estos turbados tiempos cuyos inextricables designios sólo a
Dios competen y que sus criaturas arrostramos con humildad y resignación.
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Castillo de Segura de la Sierra |
En estos
pensamientos andaba ensimismado, es decir, elucubrando cómo capturar la comarca
sin derramamiento de sangre y sin gasto de dinero, cómo conservarla después,
aquietada, sumisa, fiel al emir de Zaragoza, sin dispersar tropas ni imponer guarniciones,
por exiguas que fuesen, en las alquerías recién controladas por mi hueste –la soldadesca,
por disciplinada que se muestre, casa mal cuando cohabita con el campesinado- y
en fin, evaluaba en mi fuero interno, ¿a qué ocultarlo si Dios omnipotente todo
lo ve, todo lo sabe? acerca de cómo apropiarme de la región en mi exclusivo
beneficio, rompiendo la promesa dada mi actual mentor al-Mutaman ya que, deduje
para mis adentros. no sin malicia y retorcimiento, su cercano óbito me eximiría
de cumplir mi palabra sólo a él dada y convertirme, por segunda vez en el
transcurso de mi agitada biografía, en rey…Rey de Segura y su circunscripción,
soberano diminuto en fuerza y poderío, pero que desde mi liliputiense trono a nadie,
en el universo entero, rendiría jamás pleitesía ni reconocería superior alguno
en primacía de rango y autoridad, ya reclamasen, delante mío, su soberana
potestad, rodeados del oropel de sus respectivas cortes, el propio califa de
Bagdad o el mismísimo jerife de La Meca.
Por tanto,
alcanzar el colmo de mis expectativas “tan sólo” requería la desaparición de
los Suhayl, ora por las buenas, ora por las malas. Cruzamos cartas, abrimos
negociaciones y discutimos ofertas. Los indomables castellanos amagaban con
enriscarse en su fortín por lapso indefinido y yo contraatacaba con veladas amenazas
de asedio, expugnación y muerte. Finalmente, pareció imponerse la cordura y se entablaron
conversaciones entre los jefezuelos y mis emisarios de confianza con el objeto
de comprarles el torreón con sus bastimentos, enseres y bienes muebles. La
comarca, privada de sus amos -nadie se acordó por entonces de los descendientes
de Muchehid- entraba, naturalmente, en el acuerdo como remate del lote. Los Suhayl,
codiciosos, conocían de antemano –los espías proliferan a nuestro alrededor-
que portaba cuantiosa suma, numerario contante y sonante, que me había sido confiada
por mi patrón, el emir al-Mutaman, además de ciertas joyas y preciosas telas
que podrían redondear al alza la enconada puja que se avecinaba. Asimismo, una
vez firmado el pacto, dispondrían de una semana para evacuar el castillo con
sus respectivas parentelas, seguidores y pertenencias más preciadas y tendrían,
ni qué decir tiene, camino expedito hacia donde quisieran dirigir sus pasos, asentarse
y disfrutar de sus recién adquiridas riquezas.
Naturalmente,
yo no pensaba gastar ni un ardite en la adquisición de aquellos aislados riscos
y me apresuré a urdir una conspiración que me convirtiese en el nuevo amo del
lugar sin coste alguno. Desde que se me alcanza la memoria solamente he
confiado en tres personas -mis enemigos afirmarán que en ninguna-: Chams, mi ya
anciana madre, asentada en mi aldea natal de Silves y mis dos esclavos, Chábir y
Hadi, ambos comprados en el mercado de Sevilla cuando apenas el bozo empezaba a
asomar en las comisuras de sus labios, educados y criados como si mis propios
retoños -que no los tengo- fueran. Hoy, en la plenitud de su edad, me sirven
como consejeros y guardaespaldas pues son duchos en el manejo de la espada y
están dotados de un arrojo más que contrastado. Y sobre todo, me son fieles a
toda costa. Tengo la completa certeza de que se arrojarían a las llamas del
mismísimo infierno a una orden mía y de que a sus mismas madres degollarían,
sin el menor asomo de duda, a un leve chasquido de mis dedos o sutil arqueo de mis
cejas. Ya han asesinado a mi mandato y volverían a hacerlo una y mil veces.
El plan, que
ya nos había dado buenos resultados en el pasado, era de una simplicidad diabólica.
Se trataba de concertar una entrevista en terreno neutral con nuestros
antagonistas, acudir los caudillos de ambos bandos al punto de encuentro con
reducida escolta, desarmados, por supuesto, y en el momento de las presentaciones,
a una señal mía -destocarme el birrete como muestra de respeto, por ejemplo- e identificadas
nuestras presuntas víctimas –sería fácil, los Suhayl estarían intercambiando salutaciones
conmigo y por añadidura entrambos tienen el rostro picado de viruelas, lo que
les convierte en objetivos inconfundibles- Chábir y Hadi, descosiendo, con
presteza, resuelto y fuerte tirón, los puñales con puntas envenenadas atados a
los forros de las mangas de sus amplias túnicas, acabarían con ellos de sendas
estocadas, veloces y certeras. Del forro de mi birrete, transmutado por arte de
magia en lámpara de Aladino, simultáneamente, se derramaría sobre su aturdida
escolta una lluvia de monedas que "ayudarían" en el acto a sosegar sus
posibles represalias y olvidar, de forma instantánea también, su hipotético afán
de venganza...
Sin embargo,
los dos perros sarnosos, cuya aniquilación estaba planificando, no tragaron el
anzuelo. Avanzado el acuerdo, concertaron el tan deseado encuentro pero con la inexcusable
condición de que se celebrase en el interior de su amurallada fortificación,
alegando, entre otras razones, la posibilidad de que pudiese realizar una
inspección ocular de las estructuras y bagajes albergados en su perímetro interno
dado que, al fin y al cabo, me disponía a adquirir tanto su contenido como su continente.
Chábir y Hadi me imploraron hasta la extenuación que desistiera de tan
descabellada empresa que no ocultaba sino una burda argucia para atraparme en
sus redes. Yo, dispuesto a jugarme el todo por el todo, desoí sus atinadas demandas
y accedí a cuantas cláusulas impusieron los Suhayl, pensando que, una vez traspasada
la cerca de Segura, el complot podría llevarse a efecto una vez que, confiados
mis adversarios ante mis solícitas muestras de amistad -ademanes agradables,
amplia sonrisa, intercambio de presentes- al poco pudiese introducir en su
reducto un número aceptable de mis partidarios y poner en práctica mi ambicionado
golpe de mano. A fin de cuentas, sólo se trataba de posponer brevemente la conjura
recurriendo en el entretanto a las artes del disimulo y la hipocresía –en las
que soy consumado maestro-, tensar los nervios con creíble disimulo durante la
que me parecería interminable espera y atacar sin miramientos en el momento
adecuado.
Concertada la
cita, una calurosa mañana, acompañado de mis inseparables Chábir y Hadi y otros
tres o cuatro soldados de plena confianza, encaramos la sinuosa senda, tallada en
roca viva, que conducía a las puertas del fuerte. Rápidamente dejamos atrás el
caserío que se arremolinaba a las faldas de aquellos imponentes cerros y,
sudorosos y jadeantes, como cabras montesas, acometimos la empinadísima cuesta,
jalonada al principio por pétreos escalones, que, sin embargo, a cada paso resultaba
más estrecha, y que desembocaba, tras incontables vueltas y recovecos, en elevada
explanada donde se accedía al antemuro de la colosal edificación. El sendero
devino en escuálida franja, línea casi imperceptible por delgada, cortada a
pico sobre un insondable precipicio, abismo cuajado de afiladas piedras como
cuchillos, sobre las que nos destrozaríamos sin remisión en caso de sufrir, en cualquiera
de los escaladores, el menor traspiés. Agarrados con uñas y dientes a la
cornisa rocosa, avanzamos con exasperante lentitud hasta que la inclinación de
la pendiente se hizo tan acusada en un tramo de aquella infernal vereda que
hubimos de avanzar a gatas, en posición indecorosa en gentes de nuestra calidad,
durante un trayecto, probablemente corto, pero que a los expedicionarios nos
pareció realmente eterno. Culminamos los últimos pasos de tan arriesgada
ascensión prácticamente reptando, cual víboras serpenteantes –veneno portábamos
en nuestros pensamientos y dagas sólo para dar de bruces, nefasto capricho de
los hados, entre las fauces de aquellos jabatos encastillados que se aprestaban,
sin la menor dilación, a aplastarnos como a las viles y nocivas culebras a las
que en aquella situación tanto nos asemejábamos.
Llegados a
terraza de la montaña, nos hicimos notar, tan sólo para ser conminados desde
los adarves de los recios torreones, a viva voz pero sin que nadie osase dar la
cara, a despojarnos de nuestras armas. Únicamente cuando fueron arrojados por
los recién llegados, a prudente distancia, sus espadas, sables y puñales y aún
escudos, corazas y cotas de malla, se sintieron lo suficientemente seguros los dueños
del fortín como para mostrarse ante nosotros desde sus elevados escondrijos,
aunque manteniendo una actitud tan desconfiada y precavida como para apenas
dejarse entrever entre las almenas de su ciclópeo baluarte. Insistí, ante sus
exasperantes recelos, con creciente premura, en obtener paso franco al recinto
de la fortaleza que se levantaba, hercúlea, ante nosotros. Los malditos Suhayl
nos gritaron desde su protectora madriguera que las puertas, forradas de
gruesas placas de hierro, se hallaban inhabilitadas hacía mucho tiempo,
rastrillo atascado, cerrojos quebrados, goznes rotos, hojas atrancadas y
cegadas desde dentro por medio de una ingente cantidad de rocas y piedras allí
apiladas con la precisa intención de impedir su abertura –y evitar, claro está,
cualquier veleidad de traición desde el interior-.
A falta de
escala que alcanzase desde su base la altura del matacán que reforzaba la defensa
del portón, los moradores de Segura nos invitaron a traspasar sus sólidas
paredes mediante un ingenioso sistema que consistía en ser izado, a pulso por
musculosos brazos, dentro de un cesto, desde el suelo hasta la muralla. Se disculparon
por poseer uno solo de tales capazos y me invitaron, dada mi primacía, a ser
alzado en primer lugar. De inmediato, mi guardia me seguiría. Acallé, con gesto
despectivo, los murmullos de protesta de mis acólitos y considerando indigno de
mi valía una prudente retirada, me introduje en el canasto y en un santiamén me
vi elevado a imponente altitud y trasladado sin un rasguño al parapeto superior
del castillejo que ya creía bajo mi potestad, demasiado pagado de mí mismo y
víctima de un ciego optimismo que me vedaba prever el futuro con claridad. De
esta guisa penetré en la hasta entonces siempre esquiva ciudadela de Segura.
Ser alzado y
aherrojado, todo fue uno, pues apenas alcancé la seguridad del piso del camino
de ronda, robustas zarpas me ciñeron con inhumana fuerza y, tras ser derribado
al solado, me vi atenazado, amordazado y cubierto de grilletes. Los míos, exacerbada
su ira al percatarse de mi secuestro, intentaron un amago de ataque, inútil,
rabioso y suicida, contra los hostiles muros, sólo para ser recibidos con una nutrida
lluvia de flechas y piedras que les pusieron en fuga, atropelladamente, monte abajo,
donde mis compinches, tras rodar un trecho, enteros pero tullidos, pudieron
lamerse las heridas...........(continuará)