jueves, 27 de octubre de 2016

PUENTEÑ@S ....... MANUEL VILLAR TERUEL

          Recuperamos nuevamente esta sección que iniciamos hace tiempo para tratar de recuperar en nuestra memoria a esos personajes particulares que por un motivo u otro, en su día, tuvieron que salir de nuestro pueblo en busca de nuevos caminos para su vida. Ya han sido muchos los que han pasado por ella contando sus particularidades y esperemos sean muchos más los que sigáis rellenando el formulario accediendo al link situado en la parte superior derecha de nuestra página. Hoy nos encontramos con un conocido y querido paisano, Manuel Villar Teruel, gran amante de sus raíces y de las gentes de nuestro pueblo, que, como tantos otros, jamás ha olvidado a Puente de Génave, lugar que siempre lleva en su corazón.
Manuel Villar Teruel
DATOS PERSONALES.

Nombre.
Manuel Villar Teruel
Edad.
61 años
Dirección.
Hospitalet de Llobregat
(Barcelona)
Profesión/Ocupación.
Profesor jubilado
Año de emigración.
1982
Destino.
Barcelona
Lugar de residencia actual.
L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona)
Contacto (teléfono/correo electrónico).
Cuenta de facebook
Manuel Villar con su suegra y familia
DATOS FAMILIARES.-

Nombre de padres.
Frasco y Paca
Nombre de hermanos.
Ángeles
Nombre de los abuelos.
Paternos.- Manuel y Sacramento
Maternos.- José y Ángeles
Referencia familiar (apodo).
Paterno.-“Los Casilleros”
Materno.- “Los del tío José el mayoral”
Calle/zona del pueblo de residencia familiar.
Calle Velázquez y la del Cortijo de las Ánimas
Familiares actualmente en el pueblo.
Tíos.- Encarna, Mateo y Rafa.
Suegra.- María
Años de juventud de Manuel Villar
REFERENCIAS PERSONALES.-

Estudios.
Magisterio en especialidad de Lengua Española, Francés y Educación física
Trayectoria profesional/ocupacional.
Profesor desde 1982 hasta la jubilación en 2015.
Entrenador de fútbol
Aficiones.
Deportes, fotografía, playa, pintar, leer.
Inquietudes/Actividades.
Nombre de amigos/as del pueblo.
Muchos y de todas las edades…evidentemente no pongo nombres para no molestar a aquellos que pudiera olvidar
Lugar del pueblo que más te gusta.
El entorno del río. También Paúles y sus alrededores, con la casilla de los peones camineros que había hacia el Arroyo del Ojanco. En fin, lugares donde se desarrolló mi infancia.
Mejor recuerdo que tienes del pueblo.
Como he apuntado, todos los recuerdos de mi infancia.
Que no te gusta del pueblo.
Que se vuelquen en inversiones en las zonas nuevas del pueblo y se olviden de las calles donde casi no vive nadie pero donde los propietarios de las casas siguen pagando sus impuestos regularmente.
Con qué frecuencia vas al pueblo.
Desde que estoy en Barcelona viajo todas las Navidades, Semana Santa y Verano
Última vez que estuviste en el pueblo.
Este pasado verano.
Cómo podríamos mejorar el pueblo.
Como he apuntado anteriormente, TODO el pueblo se merece la misma atención
Explica algún recuerdo, vivencia o anécdota que hayas vivido en el pueblo.
Se remonta a mi niñez… con apenas 5 ó 6 años de camino desde Paúles a la casilla de los peones camineros, iba yo solo una tarde de primavera-verano y en la orilla de la carretera, más o menos donde estaba la fuente del perro, me encontré una lagartija con unos cuantos huevos a punto de eclosionar. Me agaché y estuve allí mirándolos hasta que nació la última lagartijilla. Cierro los ojos y revivo con todo tipo de detalles esa maravillosa escena.
Ya algo más mayor, tendría unos 7 años, ya vivía en la Venta del Tufo, fuimos mi amigo Quico y yo a buscar espárragos. Andábamos por encima de la fuente de la Venta, entre unos paredones que eran restos de alguna casucha, mirando unas esparragueras, cuando al levantarme oí un ruido raro sobre mi cabeza. Al girarme vi una serpiente, semienrollada en una rama de la oliva, abalanzarse sobre mí con la boca abierta. El grito que pegué lo escucharon en la Conchinchina. Tiramos los espárragos y salimos corriendo sin parar hasta llegar a nuestra casa. Quico me decía: “¿te ha mordido?”, ¿te ha mordido?”….. Aún hoy veo el “gaznate” rojo de aquella “bicha”. Es lo que tiene haber llevado una infancia rural, rural, rural…..
Manuel Villar a la edad de 18 años

Reconocimiento a su actividad docente
Manuel Villar en su faceta deportiva en el UE Cornellà

Manuel Villar con su esposa e hijos

lunes, 10 de octubre de 2016

LA SIERRA DE SEGURA. DIMENSIÓN INTERPROVINCIAL

No deja de ser cierto que tenemos la tendencia de centralizar nuestro entorno en relación a nuestro ámbito de vivencias, o lo que es lo mismo, los que vivimos o tenemos nuestro origen en Puente de Génave o pueblos cercanos tenemos la consideración que la Sierra de Segura es y pertenece a la provincia de Jaén. Aunque esta apreciación siga lógica, está muy lejos de la realidad pues nuestra sierra rompe el ámbito provincial para convertirse en una realidad que engloba también a la parte suroeste de la provincia de Albacete y el noroeste de la provincia de Murcia. Esta realidad interprovincial no sólo es geográfica pues también tiene su origen en la historia, siendo las vinculaciones numerosas a lo largo de los tiempos, cuestión que ha ido formando una relación de pertenencia que se refleja en diversos aspectos etnográficos que traspasan las delimitaciones provinciales y/o autonómicas actuales. Así lo refleja Juan Montiel Vila, natural de Caravaca en Murcia, que nos ofrece en este artículo otra visión sobre esta particularidad que engloba a la Sierra de Segura dándole esa dimensión interprovincial que nos permite asegurar que la nuestra sierra son sus gentes.



La Sierra de Segura son sus gentes

"Cuando se quiere someter a un pueblo, primero se le borra su historia y luego, se le escribe otra. "              
                                                                     Milan Kundera

Mi abuela Esperanza Ríos González, que, curiosa y casualmente llevaba los mismos apellidos que El Pernales, regentó en Caravaca la Posada de la Compañía, entre 1925 y 1972. Quizás algunos de los más ancianos de los pueblos de la Sierra de Segura recuerden todavía aquella posada. Yo la conocí ya en sus últimos tiempos. Recuerdo que aún llegaban gentes con carros y bestias: Adolfo y Felipe de El Moralejo, Juan Navarro de la Fuente de la Sabina (Letur), Juan Bojines de Nerpio, Los Pañeros de La Encarnación con sus enormes mulas, José de  Almaciles, Felipe Molina Fuentes de Pontones, Margarita Alguacil y Francisco Bravo Morcillo de Santiago de la Espada y los Palomares y los Blázquez, comerciantes, también de Santiago y otros muchos que no recuerdo dada mi corta edad entonces.
Delimitación provincial donde la Sierra de Segura se incluye en Murcia
A la Posada de la Compañía, acudían gentes de Pontones, de Santiago de la Espada, de Segura de la Sierra, de Hornos, de La Matea, de Jutia, de Góntar, de Nerpio, de Turrilla, de Cañada de la Cruz, de Almaciles, de la Puebla de D. Fadrique, de Huéscar,  de Topares, de los Royos,  de Benizar, de Socovos, de Yeste, de El Sabinar, del Campo de San Juan, de Inazares, de Elchecico (luego descubrí que se llamaba Elche de la Sierra), incluso de lugares serranos más lejanos como Orcera, La Puerta o Puente de Génave. Aquellos lugares constituían  mi universo infantil, mi particular geografía iniciática. Nos los conocía pero continuamente los tenía se repetían en mis oídos.
Sierra de Segura en Jaén
No recuerdo que se hospedara nunca nadie de Murcia o del Levante, salvo unos vendedores de arrope que venían de Enguera (Valencia) o un comprador de pieles y cera que venía de Mislata, también de Valencia. En todo caso, de Murcia nunca venían huéspedes. Con el tiempo me preguntaba yo el porqué de esa ausencia total de intercambios humanos con Murcia. Mi extrañeza estaba justificada porque ya estudiábamos en la escuela que Caravaca pertenecía a la Provincia de Murcia. ¿Qué cosa más rara?, me decía yo, que no venga ningún murciano ¿cómo serían los murcianos, que yo no los había visto nunca?
Sierra de Segura en Albacete
Cuando se dispuso, en 1962,  que ya me correspondía tomar la primera comunión, quiso mi madre, para estar a la última, vestirme de marinero. En Caravaca la comunión se había hecho hasta entonces con un trajecico gris o azul marino que sirviera para la ceremonia y… para después. Pero en fin, con la moda de principios de los 60,  mi madre decidió disfrazarme de marinero y allí que vamos mi padre, mi madre y yo camino de Murcia montados en un tren ferrobús. Entonces había ferrocarril en Caravaca. Ese viaje fue para mí todo un descubrimiento. Vi, por primera vez, el esplendor de los naranjos y limoneros, hasta entonces totalmente desconocidos. Eran unos frutales oníricos, fantásticos, para nada tenían apariencia de reales.  Descubrí otros colores, otros olores,  sentí lo que era el calor sofocante de la vega de Murcia, el azacanamiento de la ciudad. Me veía de repente en otro mundo totalmente ajeno al entorno en el que me había criado. Murcia era verdaderamente otro mundo, nada que ver con Caravaca. 
Mapa zonal del ámbito territorial de la Sierra de Segura

       No habían en Murcia, pensaba yo, ni leyendas de lobos, ni de almas en pena, ni de encantadas de larga mata de pelo, ni historias de bandoleros sanguinarios como Juan Manuel que se contaban en Caravaca al amor de la lumbre, ni leyendas de aparecimientos como la de la Santa Cruz en Caravaca o la de Jesucristo en Moratalla. En fin, Murcia para mi resultó ser tan exótica como la Polinesia. Era otro sitio, otro mundo completamente diferente a Caravaca, tanto en lo físico, en el paisaje, como en el alma que la alimentaba.  Sentí a Murcia tan ajena como a Birmania, por ejemplo.
Andando el tiempo comprendí las razonesCaravaca ha estado vinculada a la Sierra de Segura más de quinientos años. Y, aunque en 1874 se completara su incorporación a las instituciones de la Provincia de Murcia, Caravaca aun mantenía con fuerza, a finales del siglo XX su identidad y sus relaciones seculares con la Sierra de Segura.
Con el último advenimiento democrático, la cosa esta de las autonomías exacerbó o,  más exactamente, hizo que se inventara  una inexistente regionalidad. Con eso ya se consagraba la arbitraria división provincial de Javier de Burgos, pues, por criterio de prudencia, no se quiso entrar en modificar las divisiones provinciales, en evitación de un conflicto territorial en las vascongadas y Navarra. De esta manera la Sierra de Segura, unidad geográfica, territorial y administrativa donde las haya y con más de 500 años de existencia,  fue condenada a permanecer fraccionada entre las provincias de Jaén, Albacete y Murcia. Así hasta hoy.
Provincia de Murcia con la comarca del Noroeste como integrante de la Sierra de Segura
Conviene tener presente que La Sierra de Segura constituyó desde el siglo XIII  y hasta entrado ya el siglo XIX, una unidad territorial dentro del Reino de Murcia, bajo la administración castellana de la Orden de Santiago.  Las Vicarías de Segura de la Sierra (hoy en Jaén), de Yeste (hoy en Albacete) y de Caravaca (hoy en Murcia) integraron la Demarcación Santiaguista de Segura. Quinientos años de historia común forzosamente han dejado su huella en todos los pueblos de la Sierra. Incluso la Jurisdicción eclesiástica era ejercida desde Uclés (Cuenca) y no  desde el Obispado de Cartagena-Murcia al que es incorporado forzosamente desde 1874, después de un “cisma” que duró cinco años.
Mapa del Reino de Murcia (1778) que incluye nuestra comarca de la Sierra de Segura
Esta circunstancia inevitablemente ha de notarse. Salvando las naturales diferencias de unos pueblos respecto de otros, todo es muy parecido ente las localidades de Segura, desde la tipología constructiva tradicional, las comidas, las costumbres, el habla, los refranes, las coplas, los oficios pecuarios, la música tradicional, etc. No somos clónicos idénticos, que nadie se alarmeNo obstante, todo sigue siendo de lo más parecido entre nuestros pueblos, pese a los intentos normalizadores, lógicos por otra parte, de las distintas regiones que pretenden a toda costa mancheguizarnos, murcianizarnos o hacernos andaluces, según de qué parte de la arbitraria raya administrativa hayamos caído.
Mi pasión por indagar en mis raíces me llevó a descubrir, a mediados de los años 70, que nuestra música tradicional podíamos interpretarla sin dificultad con gentes de Nerpio, Yeste, Santiago de la Espada o Segura de la Sierra, pero no  con gentes de Bullas, a sólo 20 kilómetros de Caravaca, por ejemplo. Con los de Yeste,  Nerpio, Moratalla o Santiago de la Espada, tocamos encantados y percibimos una afinidad y un afecto recíproco, como los que sienten  aquellos que se encuentran, tras mucho tiempo, con un familiar largamente ausente. El repertorio, la organología, las afinaciones instrumentales, las armonías, los fraseos melódicos, etc. de las músicas de todos estos sitios son enormemente parecidos. Pero estas semejanzas también las podemos dimensionar a la gastronomía, al ciclo festivo, a las costumbres, a la vestimenta tradicional y, evidentemente, a nuestra historia.
Mapa de la diócesis de Cartagena (1768) que incluye la sierra de Segura
Por eso, desde ninguna localidad segureña, ni desde Caravaca, ni desde Segura de la  Sierra,  ni desde Yeste, entre otros,  podemos mirar a la Sierra de Segura como algo pequeño y de cada uno de nuestros pueblos solamente. Debemos mirarla como algo grande, como algo que nos une a los de cualquier lado de los artificiales  límites provinciales o autonómicos con los del otro ladoSegura trasciende esa visión localista de cortos vuelos. Por eso nosotros, los  segureños que nos ha tocado vivir en la vertiente murciana de la sierra,  no nos sentimos extraños, cuando vamos a Yeste, a Nerpio, a Letur, a Santiago, a Socovos, a Pontones, Hornos o Segura…. Sentimos que estamos, de alguna manera, en nuestra tierra, con nuestra gente y confiamos en que ocurra igual a la recíproca.
Cuando los pueblos olvidan su pasado padecen de Alzheimer social y, como dijo aquel: Nadie vive una vida para olvidarla luego. Ningún pueblo recorrió su historia para no saber qué es y donde está.  Aunque…, bien mirado,  a fuerza de televisión, de catetismo autonómico y de la planitud intelectual imperante, todo puede pasar.
Juan Montiel Vila

martes, 27 de septiembre de 2016

5º Premio Domingo Henares.CORAZÓN DE HIERRO.... (2ª parte)

Completamos la publicación de la narración titulada "Corazón de hierro" como ganadora del 5º Certamen Literario de Relato Histórico "Domingo Henares" en el que su autora, Salomé Guadalupe Ingelmo, viene a contarnos como pudo haber sido la vida de un artesano en aquel poblado íbero de Bujalamé, situado en la aldea de Los Llanos, muy cercana a Puente de Génave, y centrándose en la elaboración de la obra más importante y significativa de la antigüedad procedente de nuestra comarca, el llamado "Sacrificador de Bujalamé".



CORAZÓN DE HIERRO.  Teutates

------------- continúa............

Para ofrecer una mayor movilidad, la ajustada túnica que le cubre hasta la mitad del muslo está dotada de un pliegue frontal. Gira el torso ligeramente hacia la izquierda. La pierna de ese lado se alza en el gesto de avanzar hacia delante. Los brazos, finos pero fibrosos, sujetan firmemente el carnero sacrificial contra su vientre... Cada señal de su proporcionado cuerpo revela la tensión del momento. La mano izquierda fuerza al animal a alzar la cabeza, dejando al descubierto su cuello. La bestia se resiste cuando la máchaira abre un corte limpio. Una salpicadura alcanza la túnica de lino del  sacrificante, pero inmediatamente es absorbida por la franja púrpura que la remata, con la que se funde y mimetiza.

Apenas la sangre comienza a manar, el carnero se deja seducir por el plácido sopor y se resigna a su suerte. El ritual se ejecuta sobre un altar bajo. El guerrero sujeta al animal cabeza abajo sobre el bothros que se abre cuan boca hambrienta en la esquina de la eschara. Ni una gota de sangre ha de desperdiciarse. Por ese agujero oscuro descenderá el fluido espeso al inframundo, atravesará el río que sirve de frontera entre vivos y muertos y saciará al espíritu de su padre, que ya nunca más podrá beber vino si no a través de modestas libaciones.
Con ese gesto reproduce el sacrificio que el Primer Rey, el héroe fundador del oppidum, antepasado de su estirpe y protector de la misma, cumplió en el comienzo. Al tiempo, con ese gesto, alimenta al alma de su difunto padre. Con movimientos ágiles descuartiza el animal. La misma hoja curva que ha dado muerte es también capaz de ofrecer la vida; pues ese cuchillo sacrificial, tan estrechamente ligado a la figura del fundador y protector de la aldea, posee carácter mágico. Y para que toda la comunidad se beneficie de él, cada uno de ellos participará del banquete ritual. El carnero de tres años, de buen tamaño, una vez enterradas su cabeza y patas, reservadas al difunto como exige la ceremonia, será asado sobre las brasas del hogar doméstico y consumido por los asistentes.
En recuerdo de ese sacrificio ofrecido a los espíritus de los antepasados una y otra vez, los morillos rituales se rematan con prótomos de carnero que se convertirán en ofrenda simbólica permanente.
Y así el animal con cuyo sacrificio se honra al héroe fundador, con el que al tiempo se le identifica, perece para renovar la vida en un ciclo infinito. El hogar doméstico, convertido también en hogar ritual, facilita el tránsito y al tiempo el hermético intercambio de mensajes. El rey, encarnación del héroe originario que fue engendrado por una chispa de ese mismo hogar, regresa a su forma primigenia, que todo lo devora y limpia con sus ardientes lenguas. El fuego al fuego vuelve. Y el círculo se cierra.
Altiplanicie de Bujalamé
Con esa ceremonia rinden culto al héroe civilizador, encarnado por el soberano durante un breve espacio de tiempo mortal. Recuerdan al Primer Rey, aquel que  instauró las prácticas sacerdotales y dio forma al orden social. Aquel que inventó el arado y las leyes, que les sacó de la barbarie y aseguró la prosperidad. Aquel que fundó la aldea y trajo la cultura. El que, como piedra angular del orden moral, para que todos esos logros no se perdiesen entre las garras de las bestias, estableció el culto a los ancestros y reguló sus ritos, institucionalizando el fuego del hogar y el sacrificio. El  que, por amor a ellos, arrinconó temporalmente su naturaleza divina y se hizo hombre, y fue su Rey. Hasta que, una vez muerto en su forma humana, regresó al lugar que legítimamente le correspondía, desde donde recibía orgulloso sus ofrendas. Ese antepasado de la comunidad, fundador de su estirpe, al que él tiene el privilegio de encarnar ahora, en el banquete funerario de su padre, ofreciendo el sacrificio a ese fuego sacro, a ese fuego que se ha mantenido encendido ininterrumpidamente a partir de que el Primer Padre encendiese por primera vez el altar fundacional con un foculus de terracota cuidadosamente transportado desde un origen ignoto que se remonta al principio de los tiempos.
“La tradición nos diferencia de los animales”, le había dicho una vez su padre siendo él niño.
***
La inquietud se ha ido apoderando de su mente, creciendo en su interior a medida que la enfermedad de su progenitor empeoraba. No se trata sólo de la natural congoja por la inminente pérdida que ya parece inevitable. Le atenaza el miedo. Teme no estar a la altura. Se interroga sobre el verdadero propósito de la realeza, sobre la esencia de la misma. Y se pregunta si de verdad es él el guerrero más cualificado para representarla. En efecto se sabe hijo de su padre, descendiente del linaje que fundase el Primer Rey… ¿Pero acaso, por una vez, no podrían haberse equivocado los dioses? De ser él el verdadero elegido, ¿albergaría tales dudas? ¿Las albergó acaso su padre antes de recibir el mando de manos del suyo? Nunca se atrevió a preguntárselo cuando aún quedaba vida en él. Y ahora ya es tarde para librarse de esa duda. Una duda pertinaz que corroe con la misma perseverancia manifestada por el mal que ha acabado por llevarse a su padre. El viejo sí era digno de esa responsabilidad. Aguantó como un hombre, como un héroe, como un rey durante años. Todo por el bien de su pueblo. En cambio él, ¿qué muestras de valor ha dado hasta el momento? Qué meritos le avalan, si no unas cuantas incursiones de castigo para vengar triviales afrentas de los oppida vecinos. Sólo insignificantes hazañas propias de chiquillos.
Fundición íbera
En los días previos al funeral se revuelve en el lecho. Por las noches apenas  logra conciliar el sueño y cuando finalmente cae rendido por el cansancio, terribles pesadillas le atormentan. Se despierta invariablemente sobresaltado, sintiendo un peso enorme que le oprime el pecho y le impide respirar. A menudo, en la oscuridad, se siente desorientado. Sólo el roce del otro cuerpo le permite volver a la seguridad del hogar, recordar dónde se encuentra y quién es. Pero ¿acaso sabe realmente quién es? Acaricia delicadamente el vientre abultado de su esposa. Ahora, más que nunca,  necesita respuestas. Porque ahora más que nunca se amontonan las preguntas. No puede posponer por más tiempo esa ineludible cita consigo mismo. Constituye un deber también hacia su hijo y hacia su gente. Ellos, tanto o más que él, tienen el derecho de saber. Y él tiene la obligación de indagar en su interior no sólo por sí mismo, sino también por ellos. En la soledad buscará la iniciación. Partirá al retiro y solicitará la ayuda de sus antepasados: consultará a los muertos. El aislamiento y el ayuno le harán digno de respuestas.
Busca refugio en una de las cercanas cuevas en las que a veces jugaba de niño. El lugar ofrece serenidad y protección, casi como un vientre materno. Allí, lejos de los otros, se siente seguro; lejos de los demás sus dudas le atormentan menos. Si pudiese huir de sus responsabilidades y pasar la vida escondido… Pero no puede, porque a él, desde el mismo momento de su nacimiento, le ha sido encomendada una tarea.
Inspecciona la caverna con curiosidad infantil, y esa inocencia se ve recompensada. Medio enterrada, cubierta por el polvo y las heces de los murciélagos, descubre una antigua corona, una sencilla cinta de metal muy austera. A juzgar por su aspecto y por el estado en que se encuentra, ha de ser muy antigua. A pesar de esa proverbial buena vista que le ha permitido convertirse en uno de los mejores cazadores de la aldea, al principio le cuesta mucho identificarla como un símbolo regio. Ha  perdido el antiguo lustre que sin duda hubo de tener. El óxido ha devorado el pasado esplendor. El tiempo no perdona. Quien la ciñó antaño se creyó eterno. Y sin  embargo…  Quién lo  recuerda  ahora. Seguramente  aquel  soberano,  acosado por las dudas, también se retiró allí para reflexionar, para buscar respuestas. Una corona, incluso una tan austera como esa, pesa demasiado para los hombros de un solo hombre. Él ha tenido tiempo de aprender esa lección durante el largo reinado de su padre. Y los escasos días que han pasado desde su funeral no han hecho más que confirmárselo.
Teutates
El inesperado regalo se revela un presente envenenado, pues su visión aumenta  la zozobra y empeora su melancolía.
Coloca esa reliquia sobre su cabeza y sonríe amargamente. Se siente la más patética y miserable de las criaturas.
“Sólo soy un hombre y tengo miedo. ¿Qué he de hacer?”, suplica humildemente un consejo. Ruega una señal a sus antepasados, ruega que le conduzcan en el sueño. Entonces extiende en el suelo la piel del carnero que hace sólo un par de días sacrificó ante el bothros que conecta la superficie con el lugar donde ahora mora el espíritu de su padre. Se tumba sobre ella y se dispone a recibir el sueño oracular, la predicción de futuro que tanto ansía. “Guíame tú, padre”, murmura mientras cierra los ojos e intenta recordar sus lecciones, las frases sabias brindadas con amor y paciencia por ese hombre justo cuando él era aún un niño.
Al poco su respiración acompasada revela que finalmente ha caído en un profundo sueño. El primero realmente profundo en mucho tiempo. Más allá de su leve resuello, en la caverna todo es silencio. Hasta que el soplo que exhalan sus pulmones comienza a fundirse con otro rumor sigiloso pero perceptible. Un susurro que se  escucha cada vez más cerca. El sonido de un cuerpo flexible y ágil que se arrastra por el suelo. La serpiente, salida de una oquedad en la pared de la gruta, se aproxima al durmiente. Se coloca junto a su cabeza. Parece observarlo detenidamente unos segundos, como si estuviese sopesando si desvelarle o no todos los misterios que custodia. Entonces su lengua comienza a vibrar nerviosa en el aire. Parece susurrarle un mensaje al oído.
En el sueño su padre, de nuevo vivo, desaparece entre las fauces de un imponente lobo. Pero, inexplicablemente, no deja de sonreír mientras es devorado. Él, paralizado por el horror, intenta echar mano de su espada y sólo entonces descubre que se encuentra desarmado. Para cuando logra reaccionar, la bestia ya ha echado a correr, adentrándose en la espesura del bosque. El hábil cazador rastrea sus huellas. Si no   puede recuperar a su padre, al menos obtendrá venganza, aunque haya de conquistarla con sus propias manos desnudas. El amor ha vencido al temor: súbitamente comprende que el amor es la única clave contra el miedo. Entonces escucha un ruido tras una mata. Sus puños se crispan y se dispone al ataque, a vencer o morir. Pero, inesperadamente, es un enorme y enfurecido jabalí el que arremete contra él sin darle tiempo a defenderse. Un mortífero colmillo se hunde en su pantorrilla. La bestia, envistiendo con fiereza, levantando al héroe por los aires, hiende la pierna casi hasta alcanzar su ingle. Yace en el suelo malherido mientras el jabalí bebe con voracidad su sangre, que se extiende en un sobrecogedor charco sobre la hierba por momentos más lozana. Pero su festín es interrumpido por el gigantesco lobo, que salta sobre el lomo del contrincante y desgarra con dientes y uñas. Tras consumir las mejores piezas del animal, su salvador pierde el interés en los despojos porcinos. El lobo se acerca lentamente al guerrero y lame su terrible herida con delicadeza, hasta que esta se cierra milagrosamente sin dejar siquiera cicatriz. Entonces se inclina ante él mostrando respeto y sumisión.
“El cuerpo es sólo una envoltura; un traje que vestimos circunstancialmente. Has de aprender a mirar dentro. Únicamente lo que hay dentro permanece. Sólo eso importa. Ellos confían en ti, no debes defraudarles. Ahora eres su protector. Están en tus manos”, dice el animal con la voz de su padre surgiendo desde sus entrañas.
Parece todo muy confuso. Y al tiempo, reveladoramente claro. Como dictado  por una lógica propia de cuya interpretación súbitamente se le hubiese concedido la clave.
Discurso de la ganadora del 5º Certamen Literario de Relato Histórico
Siente que se marea y después ya no recuerda nada más, hasta que recobra el sentido.
“Cada uno de nosotros, antes de ti, tuvimos las mismas dudas. Cada uno de nosotros aprendió a superarlas. Te he mostrado tu sino, hijo mío. Ahora tú debes encontrar el valor para aceptarlo y hacerlo realidad”, se despide el espíritu de su padre antes de reptar de regreso a su morada oscura. Aunque él, desvanecido en la cueva, no puede oírlo. 
Se despierta reconfortado. Para entonces no hay ni rastro de la serpiente. Abandona la caverna liberado del peso enorme que hasta hace poco le oprimía. Cuando sale de nuevo a la luz, el mundo parece radicalmente distinto. El sol está ya alto y todo lo ilumina. Sólo han pasado unas horas desde que se retiró a meditar, y sin embargo se diría otro hombre. Sobre la cabeza lleva aún la deslustrada corona; le ayudará a no olvidar ese día. El óxido ha devorado su antiguo esplendor. El tiempo no perdona. Quien la ciñó se creyó eterno. Y sin embargo… Quién le recuerda ahora. Pero a él no le sucederá lo mismo, porque su linaje implantó y supo preservar el devoto culto a los antepasados, el respeto por los muertos. Los muertos, que velan sobre nosotros.
A medida que avanza, su corazón se siente más ligero y agradecido por pertenecer a un mundo civilizado y respetuoso con los ritos y las tradiciones, con los pilares sin los cuales la sociedad se desmembraría como se desmembraron antes otras aún más poderosas.
Se aproxima al borde del río e introduce las manos en el agua. Observa cómo la corriente arrastra los restos de la sangre reseca con la que amanecieron misteriosamente cubiertas. “Salud, padre”, murmura.
Para cuando llega al poblado sus inquietudes se han disipado por completo. Se siente incluso jovial. En breve nacerá su primer hijo y planea tallarle un pequeño cetro en madera. Aprenderá a educarlo, igual que hizo con él su padre, para que crezca como un hombre recto. Y cuando llegue el tiempo, él también sabrá afrontar sus obligaciones.
Al atravesar las murallas se para un momento junto al heroon del Primer Rey. El cráneo descarnado del fundador de la dinastía parece sonreírle satisfecho. Nunca antes su expresión le había resultado tan tierna. Junto al hogar se esparcen los huesos de pequeñas ofrendas. Sobre los bancos corridos, algunos sencillos exvotos, sobre todo de terracota, depositados a cambio de protección, bienestar, salud y prosperidad: pequeños orantes perpetuos, representaciones de reses, algunas partes del cuerpo y figuritas de neonatos regordetes. La visión de tantas aspiraciones sencillas, los sueños de su gente,  le conmueve. Entonces, instintivamente, se lleva la mano al pecho, al cordón del que cuelgan diversos amuletos, entre los que encuentra uno nuevo: un enorme colmillo de jabalí manchado de púrpura. Lo separa del resto y lo deposita sobre el banco, junto a los demás exvotos, como prueba de su compromiso.
Entrega del premio a la ganadora Salomé Guadalupe 
***
La voz de la directora saca abruptamente a la becaria de su ensimismamiento: “Una pieza preciosa, ¿verdad? Sigue siendo todo un enigma. Naturalmente reproduce una escena cultual y, al tiempo, probablemente mitológica, como sugieren las volutas que representan el Árbol de la Vida; pero no podemos asegurar con certeza cuál fue su función. ¿El mango de un puñal votivo? ¿Una cabeza de asador? Puede que incluso se trate del remate de un signum equitum, una insignia gentilicia vinculada a un   personaje de la realeza local. Algo así como los Penates que según Timeo se guardaban en la parte más oculta del templo de Lavinium, y que él describe como caduceos de hierro y bronce que habrían sido aportados por el héroe fundador Eneas ¿Quién puede asegurarlo? La historia permanece llena de misterios. De huecos en el tiempo que nosotros nos obstinamos en rellenar con nuestra imaginación e ingenio. Resulta una tarea fatigosa, como intentar recomponer un puzzle del que se hubiesen perdido buena parte de las piezas. Hay tramos que encajan y otros… sólo se sostienen precariamente. A veces es cuestión de paciencia: antes o después, las piezas faltantes acaban apareciendo. Otras, sencillamente, de resignación sin más. Un buen profesional también debe saber perder. Esta disciplina ofrece maravillosas lecciones de humildad. Claro que eso sólo se aprende con los años. Los jóvenes soléis revelaros extraordinariamente –sopesando el objetivo cuidadosamente–… tenaces”.


Siempre tolerante y prudente en sus declaraciones, se abstiene de mencionar la arrogancia o la tozudez, a pesar de haberlas experimentado en sus propias carnes a la edad que tiene la muchacha ahora. Sencillamente es demasiado pronto para que pueda entender. Pero no hay cuidado: el tiempo, ya se sabe, pone todo en su sitio.

sábado, 10 de septiembre de 2016

5º Premio Domingo Henares.CORAZÓN DE HIERRO.... (1ª parte)


Una vez finalizado el periodo estival, más adecuado al disfrute de unas merecidas vacaciones, reemprendemos nuevamente nuestra dinámica de publicaciones en el blog "Historia Puente de Génave". En esta ocasión hemos recogido un documento, que por su extensión lo dividimos en dos entregas, de bastante actualidad ya que ha sido elegido como ganador del 5º Certamen Literario de Relato Histórico "Domingo Henares". Nos estamos refiriendo a la narración titulada "Corazón de Hierro", del que es autora Salomé Guadalupe Ingelmo. Este relato viene a contarnos desde dentro como pudo haber sido la vida de un artesano en aquel poblado íbero de Bujalamé, situado entre La Puerta de Segura y Puente de Génave, y de cuyas manos salió la obra más importante y significativa de la antigüedad procedente de nuestra comarca, el llamado "Sacrificador de Bujalamé".

CORAZÓN DE HIERRO.  Teutates

Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder.
Abraham Lincoln

Si gobernáis injustamente y, en lugar de suspirar por la verdadera luz, os fijáis en lo que está sin Dios y lleno de tinieblas, no haréis, sin que pueda ser de otra manera, sino obras de tinieblas, porque no os conoceréis a vosotros mismos.
Platón, Alcibiades

Tengo la persuasión de que la respetabilidad del gobernante le viene de la ley y de un recto proceder, y no de trajes ni de aparatos militares propios sólo para los reyes de teatro.
Benito Juárez, Apuntes para mis hijos
Salomé Guadalupe Ingelmo

Agosto acaba de finalizar y el sol aún resulta despiadado en las horas de más intenso calor. Andrea se incorpora echando mano a los doloridos riñones. Mientras descansa brevemente, carga todo el peso de su cuerpo sobre el mango del azadón. Contempla la superficie reseca que tanto le está costando cavar. La tierra se ha compactado mucho durante las últimas semanas. Las plantas crecerán saludables y vigorosas, casi podría asegurarlo. Nada que ver con las de cuatro años atrás, cuando el encharcamiento ocasionado por las abundantes lluvias otoñales asfixió buena parte de  las raíces y los hongos, favorecidos por un verano tórrido, acabaron definitivamente con los escasos supervivientes. Mala cosa, la rabia del garbanzo, piensa para sus adentros mientra suspira. Sí, la cosecha será buena; el año ha venido poco lluvioso y moderadamente cálido. Ya lo dice el refrán: “al garbanzo, el agua al nacer y al cocer”.
Y sin embargo, igual que cualquier otra planta, si bien poco amigos de los excesos, también los garbanzos necesitan suficiente agua para prosperar. Por eso  Andrea procura llevar a cabo la labor con meticulosidad, removiendo la tierra para crear una capa profunda, capaz de almacenar agua en otoño e invierno que servirá de abastecimiento a las plantitas mientras crecen. Así Andrea se afana en arrancar las pocas malas hierbas que han brotado fingiendo ignorar la sequía y en machacar, hasta obtener una tierra fina y suelta, los terrones en los que el terrero reseco se fragmenta.
Entonces repara en uno, insólitamente firme, que despierta su natural curiosidad. Ha resistido imperturbable, aparentemente intacto, la arremetida del apero de labranza. Estimulada por esa forma maciza e incitante, la alpargata tantea buscando inocente entretenimiento. Tras horas de fatigoso trabajo, cualquier excusa que permita abandonar unos segundos el tajo parece buena; cualquier menudencia puede convertirse en un entretenido pasatiempo. El puntapié ha sido ligero. Como cabía esperar dada su irregularidad y el poco empeño puesto en la empresa, no rueda. El improvisado balón  no se aleja demasiado. No le asombra. Sin embargo su desproporcionado peso sí llama su atención. Está habituada a trabajar el campo desde niña, y sabe bien que esos terrones resecos siempre resultan mucho más ligeros. Pero ese no parece un terrón vulgar. Como si su núcleo no encerrase quebradiza tierra sino duro hierro.
Frunce el ceño y, entornando los ojos, se esfuerza por enfocar más cuidadosamente el objetivo. Entonces, en efecto, comienza a distinguir una figura.
Altiplanicie de Bujalamé

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Sus rasgos resultan equilibrados, delicados y atractivos. El rostro es alargado. La nariz, recta y afilada, separa dos enormes ojos almendrados. Sus finos labios esbozan un enigmático gesto que podría interpretarse como una sonrisa. Su cuerpo parece perfectamente proporcionado: estilizado y musculoso a un tiempo. Sin duda no pasa desapercibido. 
“Personaje masculino probablemente un guerrero-sacerdoterepresentado  en el acto de sacrificar un carnero. Habitualmente conocido como «El Sacrificador de Bujalamé».  Pieza número 1970/14. Fechado  a  principios  del  siglo  V a.C. Cultura Ibérica. Figura  en  bronce  a  la  cera  perdida  encontrada  por  doña  Andrea Sánchez Fernández el 2 de septiembre de 1962, mientras realizaban tareas agrícolas en la denominada «Explanada de las Torres», perteneciente al actual término municipal de La Puerta de  Segura(Jaén)”, lee la muchacha, inadvertidamente, en voz alta.
Esa figurilla ejerce una fascinación evidente sobre ella. Es la primera vez que se le ofrece la oportunidad de hacer prácticas en el Museo Arqueológico Nacional  y muchas piezas han llamado su atención; pero ninguna otra parece haberla impresionado tan profundamente como esa, en realidad modesta en comparación con otros tesoros de la colección mucho más populares entre los visitantes, tales como la famosa Dama de Elche o la no menos famosa de Baza.
Se trata de una obra extremadamente delicada y atractiva. Sin duda desprende un encanto especial que depende, en buena medida, del realismo con el que el artesano logró retratar al personaje. A pesar de la relativa esquematización exigida por el modesto tamaño de la figura, de poco más de quince centímetros de altura, el fundidor no renunció a esbozar algunos detalle de su vestuario y, sobre todo, se mostró especialmente hábil a la hora de plasmar el movimiento, de capturar esa fracción de segundo, breve soplo que divide la vida de la muerte, inmortalizando al personaje en plena acción.
Entrega del V Premio de Relato Histórico Domingo Henares

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El protector de cuero que le resguarda de las rozaduras ocasionadas frecuentemente por el casco resalta aún más la armonía de su despejado rostro, enmarcado por la espesa cascada de rizos que le cubren los hombros. Un ancho cinturón ciñe la corta túnica a su esbelta figura. Es una imagen realmente deliciosa. Y al tiempo ha logrado representar al héroe mítico en todo su masculino esplendor. Las piernas musculosas contrastan con el estilizado cuerpo. La elegancia de su porte y el rito que ejecuta en su faceta sacerdotal para nada disminuyen su virilidad guerrera, sugerida  por la espada  de  frontón  que  porta  en  su  costado,  una  de  esas  armas  cuyos  filos extraordinariamente resistentestanto llegarían a elogiar los griegos.
El artista observa embelesado su obra. Se trata de lo más bello que ha concebido y ejecutado desde que dio con sus huesos en esa aldeucha provinciana. Él, que había sido aprendiz del artista más reputado de la floreciente y refinada Focea, que había visitado las más deslumbrantes polis de toda Jonia… Qué lástima. Un prometedor porvenir prematuramente truncado. Remiso como muchos de sus compatriotas a someterse al yugo persa y atraído por la esperanza de un futuro próspero en una tierra pintoresca, seductora y en buena medida aún virgen, que se decía llena de oportunidades, se había dejado engatusar. Decidió probar fortuna, embarcándose en la aventura hacia occidente con otros colonos. Y tras unos cuantos tumbos nada halagüeños, recaló precisamente allí. Nada más llegar, ante las toscas construcciones, dispersas y escasas, descubrió que sólo un incauto da crédito a las leyendas que circulan entre los marinos, chusma fanfarrona y embustera. Sin embargo también tuvo ocasión de constatar que la célebre belleza de las íberas era cierta, e inmediatamente se unió a una de ellas. Ahora, resignado a su suerte, ve cómo tan gran talento agoniza en un agujero ignorado por la verdadera civilización: con mujer y dos hijos, considera su futuro irremediablemente sellado.
“Llamad al jonio, tengo un trabajo para él”, fue lo único que dijo el rey. El  artista recibió el encargo de representar al héroe fundador de la estirpe real en una pieza que pudiese engastarse sobre un bastón, pero se le concedió libertad a la hora de escoger la escena y el tratamiento. Se trata un profesional de técnica depurada y reconocido ingenio; goza de la confianza de su señor. Por otro lado, el arte esclavo inevitablemente produce frutos menos dulces, inmaduros.
El soberano admira la pieza en silencio. La gira entre sus manos, sopesándola y escudriñando cada detalle. De vez en cuando, el duro guerrero pasa delicadamente las yemas de sus dedos sobre las superficies más tersas de la figurilla, disfrutando de su suave tacto.
No lo ha representado –como él habría supuesto– durante la batalla, sino en el acto de sacrificar un carnero.
–¿Qué es eso sobre lo que apoya su pierna izquierda, esas siete líneas onduladas que corren paralelas? –pregunta con vivo interés.
–Se trata de agua, majestad. Es un río. El río que separa esta orilla de aquella otra de la que nunca se regresa. En efecto constituye frontera entre vivos y muertos, pero también se convierte a veces en puerta de acceso al inframundo. Por eso aparece entre esas volutas, que representan al Árbol de la Vida y cuya presencia en la pieza dotan a esta, sin duda, de sacralidad. He pretendido ensalzar el carácter heroico y divino de vuestro antepasado –explica sin poder disimular su orgullo-.
Trabajo artesanal metalúrgico íbero
Llevado por su creciente entusiasmo, el artista parece a punto de explicar algo más. No obstante se queda con la boca abierta, pensativo por un momento, y finalmente decide ser prudente. No debe revelar ese género de secretos. Naturalmente todos conocen el significado de esas volutas tan comunes en otros trabajos de  artesanía egipcia y, sobre todo, en las placas de marfil fenicias cuya belleza él mismo ha tenido ocasión de contemplar en alguna ocasión; pero sólo los iniciados saben que esos símbolos con forma de dobles espirales, que se inspiran en la cornamenta del carnero,  en realidad se identificaron en origen con el útero femenino, el útero de la Gran Diosa, de la Diosa Madre, y que por eso pasaron a representar después al Árbol de la Vida, símbolo de fecundidad al tiempo que de la inmortalidad vinculada  a la divinidad. O  más bien símbolo de su capacidad, negada al hombre, de renacer como la semilla de una aparente muerte para regresar del más allá. Pues esas parejas de volutas representan también, herméticamente, las jambas del temido ingreso en el Hades. No, definitivamente, el rey no necesita tanta información sobre los orígenes del símbolo.
–¿Y esa cabeza que sale del agua? Pareciera de animal –indaga cada vez más intrigado. Resulta evidente que el argumento ha logrado capturar toda su atención.
–Es un lobo. ¿Lo reconocéis ahora? Mirad bien, fijaos en los ojos saltones y las orejas puntiagudas. Y ese morro afilado resulta inconfundible, ¿no os parece? Naturalmente el reducido tamaño me ha obligado a representar sólo los rasgos esenciales, los más característicos.
–No os disculpéis. Ahora que observo mejor, veo que habéis captado a la perfección la verdadera naturaleza de la bestia.
El artista, enardecido, continúa su exposición con redoblada vehemencia. 
–Se apresta a beber una ofrenda de sangre, la sangre del carnero degollado que, desde la superficie, transporta el río de los infiernos. 
–El rey le mira estupefacto–. Naturalmente el lobo no es un lobo de verdad. Quiero decir que no es un lobo cualquiera; no es sencillamente un lobo. Se trata se una epifanía del espíritu del antepasado: su nefesh, convertido ya en una divinidad de ultratumba, que se asoma a los límites de su nuevo reino para saciarse con la sangre ofrecida.
Muchas veces ha visto cabezas de lobo, representando al espíritu del ancestro heroizado en el más allá, diestramente pintadas sobre la superficie de las páteras íberas destinadas a los sacrificios funerarios. E incluso sobre alguna que otra urna funeraria. Mientras el artista habla del aspecto lobuno con el que esas gentes que le han acogido entre ellos conciben a la divinidad catónica y a los espíritus de los muertos, no puede evitar pensar en Cerbero, el guardián de las puertas del Hades, al que también su pueblo de origen da forma canina. Incluso ha oído que los celtas veneran a dioses infernales lobunos, como un tal Sucellus al que rinden culto los galos. Que, dicho sea de paso, mucho se parece al dios que los romanos llaman Silvano. En cualquier caso el carnívoro representa qué triste sinoal muerto: condenado a vagar siempre hambriento, a la espera de nuevas ofrendas con las que calmar temporalmente su permanente ansia.
El Sacrificador de Bujalamé
–Sobrecogedoramente audaz –murmura el soberano, tan abstraído que ni  siquiera repara en la interrupción-.
–Me pedisteis que representase al fundador de vuestra estirpe y eso he hecho, sencillamente –responde el jonio simulando modestia–. Es él, sin duda, en el acto de instaurar el muy justo culto a los antepasados muertos. Pero también es al tiempo, no lo olvidéis, vos. Pues en vuestro cuerpo, como en el de cada uno de vuestros predecesores desde los orígenes, se ha reencarnado el Primer Rey.
El soberano observa cómo la pierna izquierda del guerrero que ofrece el sacrificio queda oculta por el río hasta la altura de la pantorrilla, como si este hubiese empezado a engullirlo. Y eso le desconcierta y le turba. Tiembla imperceptiblemente. El fundidor parece conocer mucho sobre los misterios asociados a la otra orilla. Dicen que los artistas poseen una mirada penetrante. Que a menudo han sido tocados por los dioses y estos les han limpiado los ojos: de forma similar a los profetas y los locos, pueden ver más allá que la mayor parte de los mortales. Quizá, en efecto, el jonio sepa algo que él ni siquiera intuye. Por eso precisamente decide no pedir explicaciones sobre ese detalle. Para el hombre, incluso cuando se trata de un rey, resulta preferible no conocer el propio destino antes de tiempo. Si los dioses han trazado ya sus planes respecto a él, lo que haya de ser, será igualmente.
***
Es un bravo guerrero, no se ha rendido. Ha luchado valerosamente durante muchos años contra la enfermedad. La ha mantenido a raya igual que a los enemigos de su pueblo. Como experimentado cazador que es, esperaba el momento oportuno; esperaba a que su hijo estuviese preparado. Ahora siente que finalmente ha llegado el momento de recibir la recompensa, de descansar sabiendo que el cetro queda en manos de su sucesor. Él, haciendo honor a sus antepasados, sabrá conducir a su gente.
Sé justo y misericordioso. Reina con rectitud. El poder que no ennoblece, envilece. No lo olvides nunca. No existen sendas intermedias. A partir de ahora te convertirás en el nuevo Padre del Pueblo. Los protegerás con las armas y serás su guía espiritual. Cumplirás también todas las funciones rituales e intercederás por ellos ante los dioses. Te comportarás como un bravo guerrero y un sacerdote solícito y observante. Los gobernarás con disciplina, pero también con amor. Como haría un verdadero padre. Sólo así te convertirás en un buen rey. Sólo así conseguirás que tu pueblo prospere. Sólo así podrás ser recordado. Que los hijos de los hijos de los hijos de tus hijos sigan libando ofrendas en abundancia sobre tu tumba hasta el fin de los tiempos, hijo mío. Que tu espíritu no conozca nunca la indigencia. Yo estaré siempre contigo. De ahora en adelante me uniré a nuestros antepasados y velaré por ti. Hasta el día en que tú también dejes de ser un simple mortal y te reúnas con nosotros, y entonces velemos todos por tu heredero. 
Ten, lo mandé fabricar al poco de que mi padre partiese para la otra orilla. Tú aún no habías nacido. Es el símbolo de los pilares que sustentan nuestro orden. En él se condensa el principio y el fin. El resumen de nuestra historia. Por él tenemos sentido y a él se lo damos. Con lo que hacemos en vida, y también con aquello en lo que nos convertimos tras la muerte.

El joven, con manos temblorosas ante la visión del objeto que su padre le tiende, avanza hacia el lecho del soberano.
--------------- continuará.......................