lunes, 16 de febrero de 2026

UN PERSONAJE EN LA HISTORIA DE LA SIERRA DE SEGURA

 EMILIO DE LA CRUZ. UN HISTORIADOR DE LA SIERRA DE SEGURA

Por María Amparo López Arandía

La Sierra de Segura ha sido protagonista indiscutible de la producción científica de Emilio de la Cruz Aguilar. Muy diversos han sido los temas abordados a este respecto, aunque entre todos ellos destaca una línea de investigación, centrada sobre todo en los aspectos relativos a la organización jurídico-administrativa de Segura y su territorio, íntimamente relacionada con la explotación de los recursos madereros, período inaugurado con la defensa de su tesis doctoral en 1977, bajo el título Régimen de montes de Segura (siglos XIII al XIX).

Emilio de la Cruz Aguilar. Orcera (1936)-Alzira (2020)

Sería en los años ochenta y noventa del siglo pasado, cuando De la Cruz profundizó en esta línea del pasado segureño, tras una primera aproximación ofrecida en su trabajo “Régimen de Montes en la Sierra de Segura”, publicado en 1979. Así, en 1980 publica Ordenanzas del común de la villa de Segura y su tierra de 1580, documento localizado por él mismo entre una sentencia de la Real Chancillería de Granada, datado en 1612, como resolución de un pleito iniciado por Génave, Torres y Villarrodrigo contra la villa de Segura. La edición de las ordenanzas permite conocer la regulación de la actividad agro-silvo-pastoril en las tierras de Segura con anterioridad a 1748, en las que ya se pone de manifiesto el peso que la explotación forestal tuvo históricamente para este entorno. Algunas de las regulaciones establecidas por estas ordenanzas serían, igualmente, objeto de su especial atención, como puso de manifiesto en su trabajo “Los caballeros de Sierra en unas ordenanzas del siglo XVI”.

Un año después, en 1981, defiende su discurso de ingreso en el Instituto de Estudios Giennenses, organismo del que fue nombrado consejero en 1975. El discurso, que fue editado por esta institución en el Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, abordó el tema de “La Provincia Marítima de Segura de la Sierra”, analizando, precisamente, el período inaugurado con la promulgación de la ordenanza de Montes de 1748, que puso a las tierras de Segura y su entorno bajo jurisdicción de la Secretaría de Estado de Marina. Una etapa crucial para este territorio y que en virtud de la existencia de ríos navegables en la zona, como el Guadalimar, Guadalquivir o el río Segura y sus afluentes implicó el abastecimiento de madera por el sistema de flotación a los arsenales de La Carraca y Cartagena y la dependencia jurisdiccional directa de estas tierras al departamento marítimo de Cádiz y el homónimo de Cartagena, en un período de una fuerte demanda de esta materia prima, resultado de la amplia actividad en la construcción naval promovida por los Borbones tras la Guerra de Sucesión.

Emilio de la Cruz colaborando con José Antonio Labordeta
en su programa para RTVE "Un país en la mochila"

La demarcación de la provincia marítima trascendió el territorio mismo de la villa de Segura, incluyendo un denominado ministerio -el de Segura- y cuatro subdelegaciones: Alcaraz, Villanueva del Arzobispo, Cazorla y Santisteban, englobando a medio centenar de localidades en una superficie de unos 9000 km2. Esta estructura pervivió con altibajos, y con pérdida de algunos territorios, hasta 1836, tras la aprobación, tres años antes, en 1833, de unas nuevas ordenanzas de Montes que abolieron jurisdicciones privilegiadas, como esta, terminando con la actividad de instituciones creadas exprofeso previamente, caso del Tribunal establecido en Orcera, tribunal de primera instancia, que contaba con la actividad de un ministro y juez principal de Marina, un auditor, un fiscal, un escribano y un alguacil.

La atención de De la Cruz por la provincia marítima no minusvaloró atender a los grandes protagonistas de la explotación forestal, especialmente los pineros que se encargaban del transporte maderero por los cursos fluviales con destino a los arsenales. Del mismo modo, atendió a las consecuencias del establecimiento de una provincia marítima en la zona, deteniéndose en los aspectos jurídicos, que implicaron ante todo el choque entre la nueva jurisdicción impuesta, más restrictiva, y los regímenes jurisdiccionales previos, causa de la apertura de numerosos procesos en los años de pervivencia de esta demarcación; consecuencias económicas, a su entender negativas, afectadas por el establecimiento de “un monopolio estatal sobre la explotación y comercio de la madera”, según sus palabras, y los límites impuestos a otras prácticas, como la ganadera o el uso libre de los pastos, obviando, no obstante, quizás, que a pesar de ello, una buena parte de la población del entorno se benefició de la actividad de la explotación maderera al participar directamente en ella. Por último, se centró en las consecuencias sociales, derivadas directamente de los anteriores efectos, que llegó a calificar de trágicas; y políticas, ofreciendo una visión también negativa, al advertir la pérdida de derechos por parte de los municipios integrantes de la provincia marítima en favor de la Secretaría de Marina.

Emilio de la Cruz colaborando en un programa de "Canal Sur TV"

En definitiva, prevalece en De la Cruz una visión negativa de la existencia de la provincia marítima marcada, a su entender, por la sobreexplotación del bosque por las Secretarías de Estado de Hacienda y Marina en detrimento de los intereses locales.

Y es que la Secretaría de Estado de Marina compartió la explotación de los montes segureños con la Secretaría de Estado de Hacienda, que incidió en dicho territorio desde 1733, con pinadas que tenían como destino la construcción de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla. También a esta acción prestó atención Emilio de la Cruz, quien años más tarde, concretamente en 1987, analizó la actividad de otra institución que incidió sobre Segura de la Sierra y su entorno, como fue el Real Negociado de Maderas, creado en 1733, en Sevilla, para regular la tala y transporte maderero desde la Sierra de Segura a los almacenes de la Real Fábrica de Tabacos, y cuya actividad se prolongó hasta 1817. El Real Negociado dependía de la Secretaría de Hacienda. Al frente del mismo se encontraba un Superintendente. Pronto, el Real Negociado se encargó no solo de abastecer de madera a la Real Fábrica de Tabacos sino de vender el excedente maderero a terceros, obteniendo así un beneficio extra.

Especial del Diario Jaén
dedicado a Emilio de la Cruz 

La promulgación de las ordenanzas de Montes en 1748 y el nacimiento de la provincia marítima implicó la confluencia de otra institución, la Secretaría de Marina, con intereses madereros en la zona, lo que trajo consigo un período de conflictividad, a pesar de que este se intentó frenar con medidas como la estipulación de qué tipo de madera quedaría bajo cada institución: bajo la Secretaría de Hacienda piezas de hasta diez varas de longitud, bajo la Secretaría de Marina, superiores a dicha medida; o incluso con la determinación de la alternancia anual en las cortas y pinadas con el fin de evitar la coincidencia en el mismo año del transporte para ambos organismos por el río Guadalquivir y sus afluentes. A pesar de ello, los enfrentamientos no cesaron. El Real Negociado contó con un amplio número de asalariados, encargados de la tala y transporte de madera desde el monte hasta Sevilla.

La actuación del Negociado, contó, como sucedió con la Secretaría de Marina, con la oposición de los concejos de la zona que vieron limitados sus antiguos derechos a explotar y comerciar con la madera. Se llegó, incluso, por parte de la villa de Segura a solicitar del Negociado el pago de los pinos talados en su término, acción que igualmente llevaron a cabo Cazorla, La Iruela y Villaverde de la Sierra. De la Cruz achaca al Real Negociado, como haría con Marina, el ser el causante de la deforestación del entorno de Segura, acusándolo de incumplir los postulados del tipo de madera que se debía cortar en su caso, explotando mucha materia prima que en realidad no era de utilidad para sus intereses.

Emilio de la Cruz recibiendo el título de
presidente de honor del TUNAESPAÑA
por su obra "Libro del Buen Tunar"

Por otra parte, atribuye al Negociado la misión de contener los precios de la madera, al situar la de Segura a un precio inferior a la madera importada de Holanda y Flandes. La detenida mirada de Emilio de la Cruz al régimen jurisdiccional de los montes de Segura culminó en 1994 con la publicación ampliada de su tesis doctoral, bajo el título “La destrucción de los montes. Claves histórico-judiciales”, que, partiendo de la regulación jurídica de los montes por parte del derecho romano y por subsiguientes fueros como el de Cuenca, aborda los cambios impuestos por la ordenanza de Montes de 1748, prosiguiendo con la atención a la explotación de los montes en los siglos XIX, donde prevalecieron los procesos desamortizadores, especialmente el de 1855, y XX para culminar con la ley de espacios naturales de 1989, advirtiendo la existencia de períodos en los que los incendios forestales se expandieron.

Tras este estudio general, elige como caso de estudio el de la Sierra de Segura, recordando su tradicional dedicación a la explotación maderera y ganadera, ya regulada en las ordenanzas del común de 1580, que crearon, a su entender, una sociedad homogénea, al permitir a la totalidad de sus habitantes el acceso a dichos frutos. La fractura de esta sociedad acaeció, para De la Cruz, en el siglo XVIII, con la intervención directa de dos entidades estatales, la Secretaría de Hacienda y la de Marina, en el territorio, que serían, a su entender, las responsables de la deforestación de la sierra, llegando a considerar el período concerniente a la provincia marítima de Segura de la Sierra, entre 1748 y 1836, como dramático. Un abuso estatal que para el profesor De la Cruz continuaría en el siglo XIX con las desamortizaciones y en el siglo XX con explotaciones promovidas por el propio Estado, como las llevadas a cabo por RENFE a través de la empresa Explotaciones Forestales. Omite, sin embargo, el autor, atender al volumen de madera explotada, cuestión sobre la que recientes investigaciones han llamado la atención y que pondría de manifiesto que, en realidad, la incidencia de las explotaciones promovidas por las secretarías de Hacienda y Marina en el siglo XVIII fueron inferiores a la presión ejercida desde Explotaciones Forestales en el siglo XX.

Teatro Municipal "Emilio de la Cruz" en Orcera 

Sin duda, el régimen jurídico que afectó a Segura de la Sierra ha representado la principal línea de investigación del profesor De la Cruz, como queda patente por los trabajos aquí recogidos, a los que hemos de sumar su estudio sobre el fuero de Segura de la Sierra. Aunque fue la línea de investigación más significativa en su trayectoria, el régimen de los montes no fue el único objeto de atención por parte de nuestro protagonista, que igualmente se interesó por otros temas concernientes al pasado de Segura de la Sierra, desde el pasado romano, centrándose en las vías de comunicación, pasando por la etapa musulmana, para llegar a la realidad del siglo XVI o a la histórica actividad socioeconómica de la zona más allá de la explotación maderera.

María Amparo López Arandía, autora del artículo.

Emilio de la Cruz sentó, con esta gran variedad de temáticas, las bases para la historiografía que posteriormente ha puesto su foco de atención en la Sierra de Segura, abriendo el camino a nuevas investigaciones. Sirvan estas líneas para homenajear al que, sin duda, puede considerarse el padre de las investigaciones sobre Segura de la Sierra y su entorno, cuyo legado permanece hoy a través de sus escritos.

lunes, 19 de enero de 2026

LA N-322 Y PUENTE DE GÉNAVE. POSADAS Y ALOJAMIENTOS

Presentamos el artículo firmado por Ramón Gallego, cronista oficial de Puente de Génave, en el que hace referencia a la influencia del trazado de la N-322 por la localidad y lo que originó en cuanto a su crecimiento y la proliferación de servicios de hostelería y restauración desde principios del S. XX. Un artículo muy descriptivo en el que aporta datos de establecimientos, su evolución y los servicios que durante muchos años aportaron a muchísimos viajeros. 

PASTA FRESCA

Cuando decimos que el viajero podía comer en las diversas ventas que jalonaban Puente de Génave “pasta fresca” no nos hemos equivocado, puesto que hasta la década de los 60 del siglo pasado hubo una familia que se dedicaba a vender pasta de forma itinerante de cortijo en cortijo y de venta en venta, con los ingredientes básicos de la pasta como son la harina de trigo, los huevos, agua y sal. Ni que decir tiene que la hacían al instante. Las proteínas en estos establecimientos las aportaban los pollos de corral que se sacrificaban a demanda y el cordero o cabrito tan rico de la Sierra de Segura. Debemos considerar que Puente de Génave como núcleo de población empieza a crear en el último cuarto de siglo XIX al calor de la carretera nacional N-322 que estaba recién construida. Son innumerables los vecinos que solicitaron al Ayuntamiento de La Puerta de Segura un trozo de tierra para construir su casa en la, por aquel entonces, aldea de Puente de Génave, bajo la condición de que esta se construyera en el plazo de un año so pena de perder el solar cedido a tal efecto.

Mojón de señalización de la N-322 en Puente  de Génave

En el tránsito de los dos siglos encontramos ya implantadas las posadas en el núcleo urbano de Puente de Génave. La Posada de Rocío, la Posada de Pepe U, que anteriormente se llamaba posada del Tío Juan de Dios y la Posada de Maceo, regentada por Antonio Gutiérrez junto a su mujer e hijas Encarna, Benita, Teresa y Manuela que eran consideradas como grandes cocineras. El vino en esta última posada era de La Mancha puesto que tenían la exclusiva para la venta de las bodegas del Duque de San Fernando en Villanueva de los Infantes, rico caldo que se recibía en toneles de 12 arrobas, con 132 litros de capacidad, de 15 arrobas de 165 litros de capacidad o de 24 arrobas que podían contener hasta 264 litros de excelente vino que se vaciaba en tinajas que proporcionaba la propia bodega del Duque.

Vista aérea de Puente de Génave con el trazado
de la N-322 y la circunvalación

Son estos inicios del S. XX cuando Puente de Génave adquiere su carácter como pueblo y se consolida con la construcción del ferrocarril Baeza-Utiel, la carretera nacional N-322 Córdoba-Valencia, una central hidroeléctrica sobre el río Guadalimar cercana a la Vicaría y el establecimiento de un cuartel de la Guardia Civil, así como de médico, veterinario, escuelas, farmacia y todos aquellos servicios considerados básicos para un núcleo de población. Las posadas vienen a enriquecer los servicios que el pueblo ofrecía, ampliando su oferta culinaria cuestión que se ve favorecida por el paso de los numerosos transportistas que llevaban mercancías desde Andalucía hasta el Levante español y viceversa. Estas posadas eran diferentes a las ventas de los caminos típicas del S. XIX, atestadas de arrieros y con espacios para las caballerías, que dependían del aceite de “las Andalucías” y del vino o trigo manchegos porque la producción de la Sierra de Segura era muy escasa y se dedicaba básicamente al autoconsumo cuando las cosechas eran positivas.

Camiones recorriendo la N-322 a su paso por la localidad

En 1928 aparece otro establecimiento que ofrece este tipo de servicio denominado Fonda de la Manuela que perdurará en esa actividad de servicio al viajero hasta 1988, y no precisamente por la falta de clientes o comensales sino por falta de un relevo generacional. Aquella otra posada, la de Maceo, que en 1952 se transformará en la conocida Pensión Suárez, siguió con la tradición de acogida al viajero, junto al ofrecido por los establecimientos de Pepe U y la de Rocío, tradición que venían ejerciendo durante pleno S. XX, aunque ahora hospedando sólo a los clientes y no a sus bestias de carga pues los vehículos a motor quedaban aparcados junto a la carretera.

Fachada de la Posada de Pepe U

Hasta los años 70 y 80 del siglo pasado, la restauración ofrecida por estos establecimientos era algo sin pretensiones, pero con unas excelentes materias primas ofrecidas por proveedores de proximidad; pollo de corral, cordero segureño, aceite de oliva, frutas y verduras de la rica huerta del Arroyo de Peñolite, harina candeal, etc… En esta época hace su aparición el bar Linares que ofrecía servicios de comedor y también habitaciones, pero que apenas dura en sus servicios unos 15 años teniendo en ese tiempo una fama reconocida con abundantes clientes; calzados Ayuso, hierros Candel, cafés Legorburo, etc…, todos ellos de Albacete, algo significativo que puede dar una idea clara de la cercanía de las tierras castellano-manchegas a esta zona de la provincia de Jaén y de las buenas comunicaciones que existen desde tiempos bastantes lejanos. También se funda por esta época, es decir, a mediados de los años 70, un local justo al lado de la antigua Venta de Gaspar, heredando el carácter de un establecimiento creado y dedicado por y para el servicio a la carretera. Se trata del Restaurante El Chaparral, levantado por D. José Valdelvira Padilla, incluso con el servicio de gasolinera y que, tras diversas vicisitudes, posteriormente, se dedicó a algo totalmente diferente al objetivo para el cual se concibió estableciéndose un club de alterne en el mismo.

Instalaciones de El Chaparral

A partir de la década de los 90 el panorama cambia radicalmente en los fogones de comida casera y tradicional, surgiendo nuevos establecimientos que sustituyen a los mencionados que van desapareciendo por falta de relevo generacional, y que, aunque no pierden la esencia y el buen hacer en cuanto a sus servicios, adoptan métodos más modernos ofreciendo servicios no solo a los viajeros sino también a la población aquí residente que ve en estos lugares puntos excelentes para celebraciones o comidas de días festivos. Nos referimos al Hotel Sierra de Segura, que se llamó Hostal Los Cazadores en un principio, Casa Rural Molino de Anica, El Jaraiz de Peñolite o el Hostal Los Camioneros, todos ellos con excelente servicio y amplias cartas y bodegas de calidad.

Fachada de la Casa Rural de "El Molino de Anica"

Un gran cambio ha acontecido desde que José Molina (Pepe U) viniera en 1920 desde Úbeda a trabajar con su tío Juan de Dios hasta que recientemente se inauguraron establecimientos como pueden ser la Pizzería La Torreta, así como la modernización de los servicios del Bar-Restaurante Vela o el Hotel Don Juan que entró en servicio en el año 2002.

Ramón Gallego


viernes, 19 de diciembre de 2025

LA PRESA DEL RÍO TRUJALA

Si existe una construcción singular, a la par que desconocida, de la dominación islámica de la Sierra de Segura esa es, sin duda, la presa sobre el río Trujala en la Garganta del Ciervo. Esta obra del S. XII, hoy en día desparecida, es mencionada es diferentes escritos medievales mediante los cuales D. Vicente Salvatierra y D. Francisco Gómez redactaron un pormenorizado estudio en el que analizan todas sus particularidades, estudio que hemos readaptado para su publicación en este blog que se centra en la historia de Puente de Génave y toda la Sierra de Segura.

 LA PRESA DE LA GARGANTA DEL CIERVO. S. XII

La arqueología ha proporcionado la posibilidad de estudio de estructuras físicas y tecnologías que sostuvieron el desarrollo y la expansión de dicho regadío en la época de dominación musulmana de la península Ibérica. Los manantiales, canales, acequias, la construcción de terrazas en zonas de montañas, las albarcas, las norias, los molinos hidráulicos o la construcción que nos ocupa que servía para derivar el agua de los arroyos o acumular caudal como las presas. Pero las limitaciones de estudios o la escasez de excavaciones suficientemente amplias, unidos a la vaguedad con que las fuentes escritas árabes tratan estos temas, hacen que aún hoy nuestros conocimientos sobre la tecnología utilizada, y las modificaciones experimentadas en su aplicación a lo largo de los siglos, tengan un nivel muy general y esto se puede aplicar a la presa de la Garganta del Ciervo sobre el río Trujala.

Planos generales de situación

El río Trujala nace en el interior de la sierra, por donde discurre su curso alto y medio, que se encaja profundamente en el terreno en su recorrido de este a oeste, recogiendo agua de numerosos manantiales y arroyos, pasando junto a la población de Trujala que le da nombre, siendo probablemente una derivación de trujal, término que alude a «prensa donde se estrujan las uvas o se exprime la aceituna», o «molino de aceite», no debiendo olvidar que en el entorno de este río llegó a haber siete molinos durante la baja edad media y la época moderna. Al salir de la sierra, en el valle, con una altitud que oscila entre 600 y 750 m, el río Trujala corre con dirección sur-norte, serpentea entre varias colinas, pasa por delante de Segura de la Sierra, recibe el agua de los ríos Hornos (izquierda) y Orcera (derecha), así como de otros arroyos, hasta desembocar en el río Guadalimar.

En el curso de una serie de prospecciones en el valle del río Trujala efectuadas en 2005, algunas informaciones permitieron localizar una gran estructura, que se identificó como una presa, que por su técnica consideramos andalusí.

Del territorio de la Sierra de Segura no hay descripciones con cierto detalle hasta el siglo XII, contando con apenas dos autores. El primero, Al-Idrīsī, se sabe que inició su obra en 1138, al trasladarse a Sicilia al servicio del rey Roger II y de su sucesor, para los que trabajó hasta su muerte en 1165, citando de la Sierra las localidades de Segura, Quesada y Toya; mientras que el segundo, Al-Zuhrī, quizá llegó a conocer el territorio, dada la relativa amplitud de sus descripciones, resaltando de la Sierra que era un territorio muy poblado, citando los ríos Guadalquivir y Guadalimar así como a Quesada (Qayšāṭa) y Hornos (ḥiṣn Furnus).

Situación de la presa en su entorno

Respecto al río Guadalimar dice: “El Guadalimar nace a dos o tres cuerdas o medidas del nacimiento del río Mundo o Mesones y, en este lugar coinciden, el río de Murcia (Segura) y el de Córdoba (Guadalquivir), después corre con poca agua hasta que recibe las aguas que salen de la Fuente de Beas (‘Ayn Bhy, o ‘Ayn Bahiya o ‘Ayn Mhyā o ‘Ayn Samūra) para pasar delante de Segura, donde recibe otros arroyos aumentando su caudal para entrar en el desfiladero llamado Ḥalq al-Ayyil (‘La Garganta del Ciervo’) que fue cerrado por Abū Isḥāq ibn Hamušk, cuando era señor de Segura, con una perfecta obra de ingeniería, convirtiendo aquella vega en un mar cuando subía el nivel del agua, sin tener ningún aliviadero, pues quiso que se desbordase por las cimas de aquellos montes, pero no le ayudó el lugar”. Este texto es el único entre las fuentes árabes que, por lo que sabemos, hace referencia a una presa, en esta zona pero presenta varios errores como el unir los recorridos del río Guadalimar al que dedica las primeras líneas, y del río Trujala, al que corresponden la mención de que pasa por delante de Segura y donde se sitúa la llamada Garganta del Ciervo.

La presa ubicada en el rio Trujala se situaría frente a la población de Segura de la Sierra, unos 5 km antes de la confluencia del río Trujala con el Guadalimar. El terreno tiene una altura media de unos 700 m sobre el nivel del mar, y el río pasa entre dos de las elevaciones principales del valle, de 772 y 774 m de altura respectivamente estando ambas separadas por un estrecho y sinuoso paso, de unos 300-400 m de longitud, labrado en parte por el propio río, cuyo lecho presenta, en el punto más estrecho, una anchura de unos 9 m. Este paso estrecho fue el elegido para cerrarlo con un potente muro, del que solo queda una parte. El paso se abre en altura por la inclinación de las pendientes laterales, más acusada en el lado oeste. El muro conservado corresponde a este sector, apoyando su extremo en la roca, aprovechando la inclinación para fijarlo mejor al terreno. Por el contario, en el lado derecho (este) la roca se presenta algo más vertical, y el estribo de este lado del muro se adosó a la misma, por lo que su adherencia era muy débil. Del mismo apenas queda nada. Esta presa era básicamente un ‘tapón’ en el cauce del río, que provocaría la acumulación de agua en su frente sureste, donde el terreno presenta un claro rehundimiento a modo de cubeta, que se refleja en las curvas de nivel de la planimetría moderna, y a simple vista en la distinta coloración del terreno.

Situación de la Garganta del Ciervo

Por lo que sabemos, hasta ahora esta estructura y su entorno no se habían identificado en las fuentes escritas posteriores a época andalusí, pero hay una referencia, hasta ahora un tanto oscura, que puede relacionarse con ella en las Relaciones Topográficas de Felipe II, que recoge las respuestas a una encuesta general enviada por encargo de dicho rey a todas las poblaciones del reino de Castilla, hay una observación al final, que es la que se refiere a edificios antiguos o ruinas que hubiese en el término de Segura, que puede hacer alusión a esta obra:“... a media legua de Sigura a la parte de poniente ay otro edefyçio que se llama Alfafer que pareçe que alli se tomaba el rrio de Truxala para rregar y pesquería es edefiçio antiguo de calicanto”. Sobre el término “alfafer” es reconocido como derivación de topónimo árabe haciendo referencia a hondonada u hoya por donde discurre el agua.

Ya en la época actual se identificaron los restos como una presa. En primer lugar, J. Mª. Almendral (1986) publicó algunos datos sobre la misma, con el nombre de Presa de Rihornos, por la aldea del mismo nombre situada relativamente próxima a la misma. El autor incluyó una fotografía, y un croquis del alzado y la sección, dando unas dimensiones de 21 m de longitud en el coronamiento y una altura de 11,40 m, pero sin aportar datos históricos, fuera de identificarla como «árabe». Con posterioridad, P. Cressier se hizo eco de esta publicación, apuntando que podía tratarse de una presa de almacenaje. Finalmente, algunos autores locales, como E. de la Cruz (1994) y M. Vigueras (2001) mencionan la presa y, aunque sugieren relacionarla con la citada por Al-Zuhrī, ante las inexactitudes de la descripción vacilan en pronunciarse, y no llegan a analizarla en profundidad. Lo cierto es que, según señala J. Mª. Almendral, debía tener 21 m de longitud y con un grosor de 11 m, y una altura conservada de 10,60 m. A la hora de describir y valorar esta construcción es preciso distinguir entre lo que podemos considerar principios de ingeniería, y la técnica constructiva. Por lo que se refiere a la primera, cabe pensar que el constructor tenía conocimientos muy primarios, como pone de manifiesto el que en el lado derecho adosase la estructura al cortado de la roca, lo que sin duda la debilitaba. Técnicamente, el problema estaba resuelto en la época, solución que encontramos por ejemplo en recintos amurallados, y que consiste en el ‘tallado’ de la roca, bien en «escalera» o bien mediante «dientes», de forma que se proporcionaba mayor agarre a la estructura, sin embargo, aquí no se utilizó. Por otro lado, el deterioro que presenta aguas abajo, con grandes fragmentos desprendidos, apunta a que no estaba escalonada, o ataludada. Por otro lado, falta la pantalla que cerraba el río, por lo que no es posible saber si era un muro recto, o cóncavo, aunque su grosor apunta a lo primero. Todo ello hizo que la estructura resultase poco resistente a fuertes empujes, como los que podía provocar el agua torrencial en algunos momentos, lo que probablemente produjo su ruptura, habiendo continuado hasta el presente la pérdida progresiva del sector del muro que cerraba el río. Como consecuencia de todo ello sólo queda el lienzo construido en la margen izquierda y sólo parte del cimiento de la margen derecha.

Cortes de los alzados de los restos de la construcción

Frente a los limitados conocimientos de ingeniería, la obra sí denota un profundo conocimiento del proceso de fabricación mediante tapiales. En este aspecto se trata de una obra notable. En apariencia, primero se construyó aguas abajo del río un muro, de unos 2 m de grosor, en cuya cara externa aún pueden observarse los mechinales para agujas circulares de 10 cm de diámetro, teniendo los cajones unos 70 cm de altura. Aguas arriba debieron colocarse tapiales de madera, que fueron fijados mediante gruesos postes, clavados en hoyos abiertos en la roca del lecho del río, habiéndose identificado dos de ellos. Entre estos hoyos, y el muro citado, se puede observar todo el corte interior de la presa, unos 9 m. Se empleó una argamasa de extraordinaria dureza, y piedras de mediano y pequeño tamaño, lo que generalmente se denomina calicanto. El análisis realizado muestra que se empleó cal como elemento aglutinante y cuarzo y dolomitas como áridos. Llama la atención la falta de arcilla, que por lo general suele suponerse que era un elemento principal en la Edad Media, pero que aquí sólo aparece de forma residual. Inicialmente podía pensarse que la sustitución de la arcilla se habría producido por el tipo de obra, ya que ese material tiende a absorber agua y expandirse. Las medidas señaladas suponen un gran alarde técnico. Para levantar un muro con tableros de madera o ‘tapiales’, se colocaban estos en las dos caras del muro a construir, uniéndolos por su parte superior mediante vigas de madera o cuerdas. O mediante cuerdas se sujetaban a postes clavados en el interior.

Frente conservado del lado sur

Otra opción podría ser en vez de emplear tapiales, la construcción de sendos muros de mampostería; en todos los casos se echarían después los elementos que componían la mezcla. Teniendo en cuenta lo que hemos indicado antes, aquí se empleó un método mixto, construyendo un muro aguas abajo, contrarrestando la mayor presión, y tableros aguas arriba. En cualquier caso, la anchura provoca otros problemas, ya que, al fraguar, la cal genera mucho calor, y una notable presión hacia el exterior, que debió ser difícil de contrarrestar. Por otra parte, la calidad de un muro depende de que el proceso de fraguado sea semejante en todo el volumen del mismo, obviamente el cálculo de la mezcla resulta más difícil cuanto mayor es el grosor de este, sobre todo con los medios de la época. Sin embargo, nada de esto se aprecia en esta obra, por el contrario, hay una notable regularidad en toda la anchura del mismo. De hecho, la cara interior del posible muro al que hemos hecho alusión, apenas se distingue del resto de la estructura. No obstante, de izquierda a derecha se aprecian tres sectores. El principal y más ancho en el centro. Aguas abajo se observa una larga grieta, que puede estar marcando el muro, pero que también puedo ser producto del deterioro. Río arriba, la cara exterior está compuesta por dos hiladas de mampostería revocada. Ello se aprecia claramente en la parte superior, donde existe una grieta entre este sector y el resto, que en consecuencia está igualmente en proceso de deterioro. Teniendo en cuenta la disposición vertical de las piedras de la hilada más exterior, ello supone que quizá la obra se hizo adosando dichas piedras a la cara interior del tapial, levantándola como un muro de mampostería, y echando después el resto de la argamasa en el interior dejando marcas sobre las diferentes fases de fraguado. Pero estas no se advierten en esta construcción. Las marcas exteriores pudieron borrarse recubriendo la obra de una capa de argamasa que las oculte, pero la inexistencia del límite de las tongadas interiores, que debían ser visibles en el frente roto, sólo se explica si la superficie superior de cada tongada se dejó con un perfil irregular de forma deliberada, cubriendo sólo en parte las piedras de la última capa, de forma que la primera del cajón siguiente terminase de cubrirlas, con ello posiblemente se conseguía mayor solidez, y no es posible ver las líneas de las fases de obra. Finalmente, sí se aprecian algunos cambios que deben responder a criterios técnicos. En la parte inferior las piedras parecen tener mayor tamaño. En la superior las piedras son menores y más abundantes. Estos cambios no representan cronología, sino que deben considerarse sólo fases de obra, el menor tamaño de las piedras en la parte superior tendría como finalidad aligerar el peso.

Detalle constructivo del muro de contención

En los cerros situados a ambos lados de la presa se aprecia la construcción de un antiguo camino. En la margen derecha este subía por el borde del río, donde se rompió la roca y alisó el terreno, con una mezcla de escalones irregulares y rampas poco marcadas, que llevan hasta la parte superior. En el lado izquierdo el camino se aleja del río, descendiendo suavemente, aunque siempre por encima de la cota del «pantano». Posiblemente podía cruzarse por encima de la presa, lo que permitiría cruzar el río y el pantano sin necesidad de dar un amplio rodeo.

Analizados los precedentes, y revisada la documentación y detalles arquitectónicos y constructivos, se trata ahora de establecer si la presa localizada en el río Trujala pudo ser realmente la citada por Al-Zuhrī, y su objetivo de su construcción. Como hemos dicho, Al-Zuhrī es la única fuente que menciona una presa en la zona, que habría sido construida por Abū Isḥāq b. Hamušk, personaje al que se califica de señor de Segura.  En principio, la presa podía tener dos objetivos, por un lado, hay que suponer que el principal, era generar un amplio circuito de regadío, pero por otro, el ser, posiblemente, un elemento propagandístico, que debía mostrar el poder de su constructor, frente al avance de los almohades.

La presa se construyó en ese lugar pues delante de la zona donde se construyó (lado este), el terreno está rehundido, con lo que tiende a crearse de forma natural una amplia zona encharcada. Aún en la actualidad numerosos habitantes de Segura de la Sierra coinciden en denominar a esa zona pantano del rodero porque hasta hace pocos años solía acumularse en determinadas épocas del año una lámina de agua. En principio el agua acumulada aquí, de forma natural, probablemente no tenía una vía de salida, fuera de la filtración y la evaporación. La presa provocó un aumento considerable del agua acumulada en esa zona. Según los cálculos efectuados, teniendo en cuenta la topografía actual, el agua tenía que subir unos 2 metros antes de encontrar su salida natural, que se encuentra situada al pie de la colina del lado derecho (norte). Esa acumulación hacía, por otro lado, que la zona lagunar llegase a cubrir aproximadamente unas 18,8 ha.

Zona de inundación de la presa

En función de los criterios resumidos más arriba, y dado que para que funcionase hacía falta el almacenamiento de gran cantidad de agua, cabe considerarla de almacenaje. Pero estos depósitos deberían tener aliviaderos ligados a conducciones, situados generalmente en la parte inferior. Si no existieran estos, sólo estando el depósito lleno sería posible extraer agua para el riego. Sí, como afirmaba Al-Zuhrī, la del Trujala no tenía aliviaderos, el agua sólo podía salir por rebosaderos, siendo la única opción de uso que el agua que salía del «pantano» debía circular en paralelo al antiguo cauce del río Trujala, pero a mayor altura que aquel, siendo esta elevación aprovechada para derivar el agua por acequia y conducciones para regar campos aguas abajo, pero en superficie no se observan acequias u otro tipo de conducciones, pero no podemos descartar que ésta se encuentre a mucha más profundidad de lo que hoy vemos, y que el terreno se haya colmatado, algo verosímil por su posición al pie del cerro. Estas incógnitas sólo podrían aclararse mediante las excavaciones arqueológicas. La zona máxima teóricamente irrigable sería de unas 135 hectáreas, extensión de tierra delimitada por el antiguo cauce del río Trujala y el río Orcera, que también queda por debajo de la cota de desagüe de esta presa.

No sabemos con seguridad cuando se rompió la presa. La referencia de Al-Zuhrī a que no le ayudó el lugar puede interpretarse en que la presa cedió ante una riada o perdió su funcionalidad al colmatarse con piedras y aportaciones de aluviones al poco tiempo de estar terminada, incluso durante el reinado del citado Ibn Hamušk, para después ceder a la presión y romperse. En cualquier caso, el lado derecho (norte) cedió, y el agua se abrió paso hacia el antiguo cauce. Desde entonces esa ruptura ha ido ampliándose, y partes del lienzo se encuentran caídos en la ribera y en parte han sido arrastrados por el río, en cuyo cauce aún se localizan algunos fragmentos de gran tamaño.

Zona de regadío por aprovechamiento de sus aguas

Constatado que las intervenciones de los gobernantes musulmanes en materia hidráulica tenían más que ver con la creación de huertas y jardines que proporcionaran confort y placer que para la producción agrícola en beneficio de unos determinados siervos campesinos hace que la presa sobre el Trujala un elemento singular y muy particular en Al-Andalus. Por sus características y finalidad, hay que pensar que más allá del regadío, la presa tenía una función de propaganda, y de enaltecimiento de su constructor, en esos años enfrentado al avance almohade. Aunque debemos añadir la falta de pericia, desde el punto de vista de la ingeniería, cuestión que explica su fracaso, pues la presa de la Garganta del Ciervo no tuvo en cuenta la realidad de que el Trujala es un río de caudal muy cambiante, y eso propició su rápida destrucción.

Vicente Salvatierra Cuenca 

Francisco Gómez Cabezas

domingo, 30 de noviembre de 2025

EL RECUERDO DE UN OLVIDO. EL FERROCARRIL BAEZA-UTIEL

 Recuperamos un artículo aparecido en el diario EL PAÍS a principios del año 1978, con motivo de los 50 años de realización del proyecto de la línea de ferrocarril Baeza-Utiel, en el que se hacía mención y denuncia al olvido que había vivido su construcción y los esfuerzos para que, en plena transición democrática, el gobierno retomara las obras para su finalización. Hoy, cuando han pasado casi 50 años de su publicación, sabemos que el olvido sigue siendo la característica de este inacabado trazado. Nuevos intentos de reactivación de obras, nuevas inversiones, nuevas promesas que sabemos jamás llegaron.

Trazado global del proyecto inicial. 1926

El ferrocarril Baeza-Utiel, una obra medio siglo después.

EL PAÍS. 22 febrero 1978

El ferrocarril Baeza-Utiel se incluyó en el plan de ferrocarriles de urgente construcción, aprobado por el real decreto de 5 de marzo de 1926, conocido por Plan Guadalhorce. Comprendía su trazado, la línea Baeza-Utiel-Lérida-Saint Girons, manteniendo un itinerario paralelo a la costa; de este itinerario, sólo se ultimó y entró en servicio, el tramo Lérida-Pobla de Segur. Las obras se iniciaron en 1927 con un trazado que entonces se consideró óptimo. El general Leopoldo Saro, ubetense, del directorio del general Primo de Rivera, y hombre influyente en su tiempo, intervino a la hora de hacer pasar el ferrocarril por la loma de Úbeda Con el paso del tiempo, el general Franco, en alguno de sus viajes por la provincia diría que éste había sido el capricho de Saro.

Trazado inicial de las obras. 1927

Hoy se observa una tendencia a la modificación sensible del trazado, que resultaría más conveniente, según todas las opiniones, si transcurriera por la zona del Condado, puesto que el actual ofrece dificultades para los técnicos. El trazado que se considera necesario poner en marcha de Baeza-Utiel consta de un total de 366 kilómetros y está dividido en cuatro secciones: de Baeza a Villacarrillo, de Villacarrillo hasta el límite de las provincias de Jaén y Albacete, del límite jiennense hasta Albacete capital y de esta última hasta Utiel.

Límite de provincia Jaén Albacete. Muestra de obra inacabada

Durante los años de construcción, las novedades fueron múltiples: varias suspensiones, promesas de ponerlo nuevamente en marcha y de acabado y casi al final un deseo de ponerle fin, aunque la tarea no fue culminada. Inexplicablemente, las obras fueron suspendidas en 1964, sin desmantelar lo que hasta entonces se había construido. Es más, se habían invertido hasta ese momento, 1.206 millones de pesetas, que en su valor actual, serían más de 4.000. La terminación del ferrocarril se preveía en el famoso Plan Jaén, que tanto desencanto trajo a la provincia, pese a sus teóricas buenas intenciones. La realidad es que en la vigencia del plan se detuvo la construcción, y más tarde, en 1968, un informe del Banco Mundial consideraba negativo el establecimiento de esta línea férrea.

Viaducto sobre el río Guadalimar. Trazado finalizado

A todo esto, la obra estaba casi terminada pues se había finalizado ya casi el 80% de su construcción. La fábrica, al igual que toda la explanación se habían ultimado, destacando la construcción de veinticinco viaductos y 107 túneles, con longitudes totales de 3.176 metros y 28.111 metros, respectivamente. También, al mismo tiempo, la mayoría de las estaciones estaban terminadas, e incluso ya se habían colocado ochenta kilómetros de vía a partir de Albacete. Es decir, que tan sólo faltaban otros 170 kilómetros, además de la colocación de señales, el tendido de líneas de telecomunicación y suministro de energía eléctrica. En resumen, se calcula ejecutado el 78% del proyecto y sólo falta el otro 22% del total. La obra se consideró prioritaria en el plan director territorial de Andalucía, promovido por las Diputaciones. Es evidente la importancia del ferrocarril Baeza-Utiel. Serviría de conexión óptima entre Andalucía a través de Linares-Baeza, con todo el Levante a través de Albacete. Sería pieza fundamental en la industrialización de Jaén. Serviría a una zona de 32.000 kilómetros cuadrados, hoy sin ferrocarril, cortando una de las salidas mayores de la red ferroviaria de vía ancha, serviría de impulso al desarrollo turístico-recreativo de las sierras de Cazorla y Segura, en esta provincia de Jaén. Contribuiría al mejor desarrollo de la zona minero-industrial de Linares-La Carolina y el suroeste de Albacete, y podría ejercer en el futuro una especial trascendencia. Muy cerca del ferrocarril por el actual trazado, en los términos de Úbeda, se encuentran, sin explotar, las mayores reservas de sales sódicas del mundo que, en su momento, pudieran convertir a Jaén, en una provincia industrializada.

Obras previas de trazado. Término municipal de Utiel

En últimos días, el subdirector general de transportes terrestres, con otros técnicos del departamento, han visitado sobre el terreno el estado de salud del trazado. Al parecer, para poner en marcha el ferrocarril sería necesaria una inversión de más de mil millones de pesetas. El problema económico del momento es el primer freno. Pero hay muchos intereses en que la obra salga adelante, comenzando porque la terminación está justificada por la propia defensa de las inversiones realizadas. Por ello, un senador del PSOE, por Jaén, Pedro Luis Martínez, ha anunciado que próximamente hará sobre el tema una interpelación al Gobierno. Contarla con el apoyo de todas las fuerzas de Jaén y Albacete, que durante muchos años han venido luchando, sin éxito, en la continuación del ferrocarril. Lo que sí se ha prometido es que lo que existe actualmente de trazado va a conservarse. Lo demás es problema de presupuestos.

viernes, 14 de noviembre de 2025

UN TESORO ARQUITECTÓNICO PERDIDO EN LA SIERRA DE SEGURA

 La Plaza de Toros de Pozo Romero. Singular muestra de arquitectura en la Sierra de Segura.

Situada en la zona más septentrional del Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas, próximo al Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima, prácticamente en el límite provincial entre Jaén y Albacete y a más de 1.400 mts. de altura, pero perteneciente al término municipal de Siles, se encuentra este tesoro arquitectónico único en la provincia. Este paraje de Pozo Romero, conocido por ser lugar donde se registraron 14,9º, que a día de hoy, es la temperatura más gélida histórica de toda Andalucía, es lugar recorrido por montañeros, senderistas y amantes de la micología, que buscan en sus recónditos caminos la tranquilidad que se aleja de las zonas más turísticas del Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas aunque tenga lugares únicos como la cercano y sorprendente robledal de la Torca de los Melojos en el Parque Natural de los Calares del Mundo.

Situación geográfica del Paraje de Pozo Romero

La actividad ganadera de reses bravas fue protagonista en estos parajes hasta no hace tanto, vivencias que rememora Agustín, hijo de Pedro Cátedra Herreros y que tuvo, entre otros, a personajes como Emilio García “El Ronco” (1913-1988), natural de Tus (Albacete), mayoral que trabajó para ganaderos míticos como “El Quinquillero” y “José Santaolaya”. Esta actividad ganadera precisaba de un recinto donde realizar tareas selectivas y tentaderos por lo que se precisó de la construcción de un recinto, una plaza para que las reses se sometieran a ese proceso selectivo. Los materiales para realizar dicha construcción no podían seguir los cánones lógicos pues lo apartado del lugar hacía muy difícil recurrir a la construcción regular por lo que se optó por un recurso abundante en la zona como era la piedra. Se trata, pues, de una plaza de toros construida íntegramente con piedra seca. La construcción de arquitectura tradicional solo tiene parangón con el coso de Villanueva del Rosario (Cádiz), lo que representa que se trate de una construcción única en Andalucía, España y el mundo.

Vista global de la plaza de toros.

A falta de un estudio histórico sobre sus orígenes, se sabe que la estructura data, como mínimo del siglo XIX, aunque puede ser anterior. El coso se ubica en una finca de titularidad privada y, que se sepa, no cuenta con protección alguna. Es un vestigio vinculado con la ganadería brava, motivo por el cual se construyó mediante la técnica de la mampostería, que consiste en poner una piedra sobre otro sin cemento ni argamasa. Los propios ganaderos se encargaban de su reparación. El estar en un emplazamiento tan recóndito ha facilitado que se conserve, pero a su vez lo expone a la amenaza del vandalismo.

Señalización del paraje Pozo Romero en Siles

La plaza consta de varias estructuras superpuestas. Es un portento de arquitectura popular, una obra colectiva, de los propios lugareños o ganaderos, sin autor ni constructor conocido. Un ruedo perfecto, al que se unen una especie de corralones, también circulares, pero más pequeños, denominados popularmente como “ollas”, y la zona desde donde las reses eran “embarcadas”, en épocas más recientes, hacia los camiones cuando los festejos eran relativamente lejos de este punto de la comarca natural de la Sierra de Segura, pues tradicionalmente eran guiadas por los caminos a caballo por los mayorales. Más que como coso, aunque también se hacían capeas, la finalidad del complejo era guardar el ganado y proceder al herrado o marcado. Se cree que, como mucho, estuvo en pleno uso hasta los años 90 del siglo pasado.

Corrales anexos a la plaza

Uno de los grandes conocedores del lugar es el sileño Pedro Cátedra y su familia, afincada desde hace décadas en Segura de la Sierra, nos evoca las excursiones, durante su infancia y su juventud, de las gentes de Siles hacia esta zona alta y solitaria de la Sierra, especialmente en verano. Eran épocas vinculadas a personajes míticos de la actividad pecuaria como El Quinquillero y Santaolaya. Igualmente subían residentes en el cercano valle albaceteño del Tus, perteneciente a Yeste. Por allí había un camino, con múltiples usos, que conducían hacia los célebres baños de Tus y los Calares. Las concentraciones en la época estival eran todo un acontecimiento, pues se organizaban “quedadas” donde música, la comida y, sobretodo, la bebida eran los elementos dominantes, en un entorno serrano, con presencia también, en ocasiones, de reses bravas, donde se podían juntar más de trescientas personas en estas celebraciones. Eran fiestas muy populares, recuerda Pedro en torno a las jornadas de finales del verano en las que se marcaban los astados.

Pedro Cátedra alimentando a las reses

El sileño lamenta que todo esto ha pasado de ser un centro importantísimo a quedar en el más absoluto abandono. Ahora lo frecuentan los senderistas, cuyas rutas suelen tener aquí la meta. Por allí discurre el PR-A 78, un itinerario circular que va de Siles a Peñalcón. De aquellos años de plenitud de la plaza de Pozo Romero, Pedro Cátedra conserva unas fotografías en las que da de comer a los novillos, pues al morir la vaca el mayoral lo tuvo que alimentar a base de biberón. Aunque el animal era bravo se le podía llegar a acariciar y a darle comida. Igualmente era una atracción cuando se activaba la bomba del agua, ruido que las reses identificaban, no dudando en acercarse con calma para beber.

Pedro Cátedra con el ganado

Entonces había menos festejos taurinos que ahora. Los ganaderos, al vender a los animales, se abastecían para pasar el invierno, sostiene. Eran tiempos distintos, en los que confluían en este punto personajes que incluían toreros, novilleros, vaqueros, gañanes y mayorales. Era todo un modo, muy sacrificado, de vida sin días de descanso y con exposición total al frío intenso, el viento, la nieve y la lluvia. Allí, ahora mismo, ya solo queda algo de ganado ovino. El entorno es muy inhóspito, lo que se nota en la escasez de vegetación y en lo lento que crece. En Pozo Romero se produce, acrecentado por la altitud, el fenómeno de la inversión térmica, que hace que el aire frío, al ser más pesado, se acumule en la hondonada. Eso hace que incluso en verano se registren temperaturas extremas, incluso con heladas en julio y agosto. No muy lejos se localiza la preciosa laguna de Bonache, un singular ecosistema acuático a cerca de 1.300 metros de altitud.

Laguna de Bonache o de Siles

La población se asentaba en las viviendas aisladas o agrupadas situadas montaña abajo, tanto en la parte de Albacete como en la de Jaén, en Siles, en lugares tan afamados antaño como Vegabayona. Hoy en día no existe nada que pueda hacer pensar en la vida que tenían estos parajes antaño, pues casi todas esas edificaciones están derruidas o, como mínimo, deshabitadas; está claro que el despoblamiento se cebó en estas aldeas. Una verdadera lástima que no hayamos sabido preservar nuestra historia y nuestro pasado que no merece recaer en el lecho del olvido.

Diario Jaén. Juan Rafael Hinojos
Radio Sierra

viernes, 31 de octubre de 2025

14º Premio Domingo Henares. DE AFANES Y RECOMPENSAS... (2ªparte)

 De afanes y recompensas…

José Agustín Blanco Redondo.

................ Continúa.

Los ojos de Calar parecen abandonar el brocal de sus cuencas mientras el filo de su puñal se ensaña con la garganta de aquellos asesinos, un manoteo sorprendido, impreciso, algún murmullo incapaz de trocase en palabras, los párpados muy abiertos, las pupilas restregadas como de esa niebla que parece dispuesta a disolverse, su sangre escarlata destellando por sobre el torvisco, los brezos y el tomillo. Pero no hay tiempo. El tiempo es ahora su enemigo, una dimensión inasible, cadenciosa, insobornable que el hombre debe derrotar. Calar es diestro en su lucha contra lo tangible, pero el tiempo es una magnitud invisible, intocable, fugacísima. El hombre marcha ahora con la conciencia emborrascada y los ojos velados por el lienzo de la pasión más irracional, más mortífera, más primitiva. Es la venganza, nada hay en su mirada que recuerde esas fronteras amables de la condición humana.

Cabalga hacia el noreste, bordea el alto de los Castellones y los parajes de Soto Espino y Hoya Larga, al mediodía del cerro de los Corzos. Anochece con una levedad de escarcha entre los endrinos, las aulagas y el labiérnago. Prepara una lumbre de ramas secas de lentisco junto a un abrigo de rocas cuarcíticas. Lo intenta, pero apenas puede dormir. Escucha el maullido de los linces, el hozar cercano del jabalí, el merodeo apresurado de los zorros. Y tras ese descanso intermitente, deja que su caballo de pelaje con relumbres de cuarzo se alimente de avena loca, grama y génaves amarillos. Esta noche no ha anidado la niebla en aquellos perdederos, así que ahora avanzan más rápido. Calar atraviesa el río Onsares por el paraje de Ardachel. No quiere alejarse del cauce del Guadalimar. Sabe que los forajidos buscarán lo llano de sus vegas para no hacer la huida tan penosa. Y esa será su perdición. Lo evidente se volverá en su contra, no deberían ser tan estúpidos, tan confiados, tan predecibles.

Mapa del río Onsares

        El cielo es una amalgama mestiza entre el azul pálido y el plomo de la tormenta. Pronto lloverá. Pronto el aguacero encontrará la manera de asemejarse a la cascada de un río que se arroja desde lo alto de un cantil. Y mientras Calar se aleja de la sierra del Calderón, al norte del Guadalimar, bordea las vertientes occidentales de los cerros de Cabeza Grande y Cabeza del Coscojal. El hombre cabalga tras aquellos canallas que, tal vez, busquen refugio más al sur, en la fragosidad umbría del cerro Blasco y del paraje de Majada Llana. No tiene suerte. Los dioses parecen alejarse de su lado. No encuentra ninguna huella de caballerías, ningún rastro humano, ninguna maldita rama quebrada que confirme su paso por aquel lugar. Escupe sobre el espliego y divaga por los parajes de Loma Ardal y luego hacia el naciente, hacia la Loma del Roble, junto al arroyo de Los Molinos. Atraviesa barrancos, pedrizas y veredas frecuentadas por los linces, los venados y el raposo. Hasta que el cerro Lobo, al cierzo del paraje de la Junta de los Arroyos, se aparece como una epifanía salvífica ante la ansiosa mirada de Calar. El aguacero, al fin, no quebró el plomo del cielo, la niebla no parece querer expresarse y el sol es todavía tenue, incapaz de evaporar el rocío que se aplasta contra la grama, las cañas del hinojo y los espinazos del cardo corredor. El águila imperial sobrevuela aquellos cazaderos, pronto se abatirá sobre los conejos que medran junto al marrubio y los juncos de las vaguadas. Calar busca algún rastro, alguna huella sobre aquel pastizal amparado de coscojas y de encinas tan longevas como las cinco generaciones de antepasados que le precedieron en el poblado del cerro de la Hermana de Arriba. Calar escucha con asombro lo hipnótico de aquel silencio. Aquel lugar parece mágico, henchido de misterio, quizá también sea fértil en leyendas que aletargan aquella belleza ilimitada. Las encinas centenarias hunden sus raíces en una tierra tan áspera como feraz. Raíces que engarzan la savia de la vida, a través de la albura del tronco y de las ramas, con las hojas más altas de aquellos impasibles, recios, imperecederos gigantes. Dos dimensiones, la telúrica y la celeste, unidas a través del líquido cordel de una savia que no es sino la sangre de la encina fluyendo por sus arterias vegetales. La savia, el elixir de la longevidad, el látex de lo inmarcesible y, quizá, también el fluido de la vida eterna. Hay una quietud extraña sólo alterada por el aleteo de las torcaces en la techumbre de las encinas y el gorjeo del zorzal entre sus hojas coriáceas. Un corzo ladra desde el Collado de los Órganos, al naciente, muy cerca del paraje del Tobarejo. Calar se detiene en aquel círculo, en aquel rodal de génaves amarillos formado por las carrascas más ancianas, los tallos quebrados, grises de las tobas y el azulear pálido de las retamas. Calar escucha, pero sólo el viento del norte, al filtrarse por el perenne entramado de las hojas, parece acudir a aquellos perdederos. Hasta que, entre las sibilancias de ese viento del norte, el hombre de quijada estrecha escucha algunas ramas secas al quebrarse, un piafar inquieto de caballerías, algún relincho de insatisfacción, un lamento tenue, algún exabrupto, aquellas voces encorajinadas.

Situación del paraje de la Junta de los Arroyos. Siles

Reverbero de oro viejo, el metal de su puñal comienza su mandato de represalia, odio enquistado y honor. Regueros generosos de sangre escarlata destellan, de nuevo, sobre el torvisco, los espartos y el tomillo. Hay quejidos, rumor de huesos y coyunturas al quebrarse, manoteos espásticos y sorpresa en las pupilas, en las mandíbulas, en la conciencia de los que sabían a qué se arriesgaban tras lo trágico de sus fechorías. Y allí, tras aquel reverbero de oro viejo, en aquel albañal de muerte y desagravio, es donde, al fin, Calar logra liberar a su familia.

Plegarias al dios del Sol y al de las Encinas Centenarias, también al dios de las Montañas Umbrías del Norte y de las Grutas. Abrazos, palabras de alivio, gritos, besos y algunas lágrimas bajo el vuelo circular, lento del buitre leonado, el aleteo estático de los cernícalos y el solemne planeo del águila real. Caricias incrédulas entre aquellas carrascas viejas, sobre la retama, tras las tobas demediadas, los génaves amarillos y las coscojas, junto al latir descabalado de unos corazones que celebran así, con jubilosa algarabía, el reencuentro con una vida que creyeron perdida para siempre.

Retornan despacio a las ruinas del poblado. Ya no hay prisa, nadie espera allí, sólo la ausencia, el duelo, la soledad. Y soledad es lo que encuentran, un desamparo que se esparce generoso, lento, irremediable entre los escombros como lo haría el aceite de los frutos del acebuche en el agua de un estanque. Algún crepitar de brasas entre el silencio, sobre las cenizas, bajo los tapiales. Algunas humaredas que no se atreven a elevarse en vertical, sino que se arrastran como si fueran víboras en busca de presas a las que inocular su ponzoña. Olores acres tras las techumbres incendiadas, entre los zócalos de piedra que han soportado las acometidas de las llamas, por sobre los cadáveres del ganado y de los perros, en el azabache de las plumas de cuervos y cornejas, sus picos de pedernal merodeando ansiosos entre la carroña, sus graznidos rompiendo el necesario respeto hacia los muertos.

Ahora sólo queda cauterizar las penas, mitigar el sufrimiento, postrarse durante el duelo y resignarse ante esa condición de mortalidad que embarga a las personas desde su nacimiento. Ahora sólo queda honrar a los muertos, excavar su sepultura, sus cuerpos alineados frente a la muralla de piedras mampuestas, junto a dos enormes peñas entretejidas de cantuesos y coscoja, sí, honrar a los muertos bajo el templado viento del oeste y el graznido impertinente que aquellos pájaros embadurnados del negro de la noche, del dolor y de la pena. Honrar a los muertos con danzas alrededor de las sepulturas, cánticos acongojados y libaciones de aguamiel y del zumo de los frutos del madroño. También sentidas súplicas al siempre temido dios del Inframundo.

Amanece, al fin. Calar no ha logrado conciliar el sueño y el blanco de sus ojos se ramea del mismo color de los frutos del serbal, pero eso no le importa nada. Se incorpora, restriega las mandíbulas con un movimiento lateral hasta hacer rechinar el esmalte de las muelas y se asegura de tener cerca el reverbero de oro viejo de su puñal. Luego tiende los cuerpos de sus vecinos, muy despacio, en el interior de las sepulturas abiertas en la tierra, junto a la ribera del arroyo del Sabinar. Tierra que, de súbito y bajo esa luz tenue, auroral, se convierte en solar de restos mortales, de carne castigada, mordida por las alimañas, picoteada por los cuervos negros y las negras cornejas. Tierra que se estremece con la carne recibida y que convertirá, lentamente, aquellos cuerpos en hueso, en añicos de coyunturas, también en recuerdos de una vida demasiado corta. Esquirlas de hueso, añicos de gelatina y recuerdos que, tras reposar bajo el templado viento del oeste, colmatarán la memoria de Calar y de su familia junto a los chopos y los álamos blancos de la ribera del arroyo del Sabinar. La memoria guardada para siempre en los adentros de aquella tierra atormentada, angosta, dolorida. En la tierra sagrada de sus antepasados.

Situación del Arroyo de El Sabinar entre
los Cerros de las Hermanillas, junto al río Guadalimar

El relente del atardecer da paso a otra noche triste, desfondada, hasta que, de nuevo, el alba serpea por entre los brazos y el rostro de Calar. Es entonces cuando un viento extraño alumbra tolvaneras de violencia desconocida. El hombre cierra los párpados. Verdolaga y sus hijos también los cierran. Los cierran mientras elevan el rostro hacia las prematuras caricias de aquel sol frío, mientras suplican al dios del Inframundo que transporte las almas de los asesinados a los inasibles parajes donde habitan los espíritus sosegados de los muertos.

El recuerdo de lo acontecido perdurará en aquella tierra por sobre escarchas, aguaceros, nevadas, tormentas, hielos y sequías. La memoria de aquel día aciago perdurará demasiado tiempo, durante todas las estaciones que acompañen a los afanes de los hombres. Aquellos sucesos se relatarán junto al fuego del hogar en los inviernos y, quizá, transformados en leyendas, pasarán de padres a hijos durante generaciones. No habrá olvido, sólo recuerdos que jamás deberán encarnarse en realidad.

Cerros de la Hermanillas. Puente de Génave

Calar cierra los párpados, relaja sus brazos y también su conciencia. Sabe que podrá ahora descansar, una  vez  concluidas  sus obligaciones con la tierra y con el reverbero de oro viejo de su puñal, una vez restaurado el honor de su pueblo. Ahora comenzarán otros afanes más valiosos, más gratificantes, comenzar una nueva vida en esa casa que reconstruirán en el poblado del cerro de la Hermana de Arriba. Una nueva vida con sus hijos y junto a Verdolaga, la mujer más hermosa de esta tierra al cierzo del río Guadalimar. La mujer a la que ama. La mujer que alberga en sus pupilas todo el color de las flores del romero y de las malvas.