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viernes, 26 de febrero de 2021

EL TERRITORIO ANDALUZ

Con motivo de la celebración del Día de Andalucía, desde este blog, queremos seguir con la serie de artículos relacionados con nuestra tierra. Anteriormente, y siempre en fechas cercanas al 28 de febrero, dedicamos artículos a Blas Infante, a la bandera, al himno o a su escudo; todos ellos símbolos que nos identifican. En esta ocasión nos centraremos en el territorio y su evolución histórica hasta llegar a ser estructurado como una entidad, que abarca a las ocho provincias, de gestión y autogobierno.

HISTORIA DE UNA TIERRA.

( j t )

En la actualidad entendemos como delimitación territorial de Andalucía la contemplada en el Estatuto de Autonomía Andaluz aprobado por los andaluces, en referéndum el 20 de octubre de 1981; constituyendo Andalucía como comunidad autónoma del Estado español. No obstante, debemos considerar que este territorio no siempre tuvo los mismos componentes ni la misma estructuración por lo que pasamos a exponer brevemente su historia anterior hasta la actualidad hasta llegar a ser considerado nacionalidad histórica por la Constitución Española de 1978. La primera de las consideraciones sería su posición geoestratégica en el extremo sur de Europa, entre esta y África, entre el Atlántico y el Mediterráneo, así como sus riquezas minerales y agrícolas y su gran extensión superficial de 87 597 km², formando una conjunción de factores que hicieron de este territorio un foco de atracción de muchas civilizaciones ya desde los inicios de la Edad de los Metales.

Delimitación territorial de Andalucía

Su situación geográfica como nexo entre África y Europa, hace que algunos historiadores apunten a que los primeros homínidos europeos, previo paso del Estrecho de Gibraltar procedentes de África, se ubicaron en el territorio andaluz. Posteriormente, las primeras culturas que se desarrollaron en este entorno como fueron la de Los Millares, El Argar o Tartessos, tuvieron un claro matiz orientalizante, debido a la clara influencia que pueblos del Mediterráneo oriental ejercieron desde sus actividades comerciales coloniales al asentarse en sus costas en busca de sus riquezas, dejando un gran desarrollo civilizador. Fueron principalmente griegos y fenicios los protagonistas de esta influencia, derivando en un próspero momento histórico que tuvo hitos como la fundación de Cádiz, la ciudad más antigua de Europa occidental, seguida en antigüedad por otra ciudad andaluza, Málaga.

Ámbito territorial de la civilización de Tartesos

Posteriormente, este territorio quedó incorporado plenamente al Imperio Romano con su conquista, creándose la provincia de la Bética, subdivisión de una primitiva provincia que data de conquista romana llamada Hispania Ulterior. Dada su condición de provincia senatorial debido a su altísimo grado de romanización, fue la única provincia de Hispania en ostentar esta condición, teniendo gran importancia económica y política dentro del Imperio, al que aportó numerosos magistrados y senadores, además de las figuras sobresalientes de los emperadores Trajano y Adriano. Serán las invasiones germánicas de vándalos y posteriormente de visigodos las que ocuparon estas tierras, aunque no hicieron desaparecer el papel cultural y político de la Bética y durante los siglos V y VI. De esta forma, los terratenientes béticorromanos mantuvieron prácticamente su independencia impositiva, aunque no política, con respecto a Toledo que era la capital visigoda, destacando figuras dentro de la cultura, la política o la religión como San Isidoro de Sevilla o San Hermenegildo.

Bética romana.

De todos es conocido que en el 711 se produjo una importante ruptura cultural con la conquista musulmana de la península ibérica. El territorio andaluz fue el principal centro político de los distintos estados musulmanes de Al-Ándalus, que así denominaron a este dominio peninsular del que sólo escapaban las zonas montañosas del norte, siendo Córdoba la capital y uno de los principales centros culturales y económicos del mundo por aquel entonces. Este período de florecimiento culminó con el Califato Omeya de Córdoba, donde destacaron figuras como Abderramán III o Alhakén II. Posteriormente, en el siglo XI, se produjo un período de grave crisis política que fue aprovechado por los reinos cristianos del norte peninsular para avanzar en sus conquistas y por los distintos imperios norteafricanos, como almorávides o almohades, que se fueron sucediendo ejerciendo su influencia en todo Al-Ándalus y también establecieron sus centros de poder en la península en Granada y Sevilla, respectivamente. Entre estos periodos de centralización de poder, su produjo la fragmentación política del territorio peninsular en diferentes fases y periodos de reinos de taifas. Entre estos reinos de taifas, el Reino nazarí de Granada, tuvo un papel histórico y emblemático destacado.

Territorio andaluz durante la dominación árabe

La Corona de Castilla fue conquistando paulatinamente los territorios del sur peninsular. Fernando III personalizó la conquista de todo el valle del Guadalquivir en el siglo XIII. El territorio andaluz quedó dividido en una parte cristiana y otra musulmana hasta que en 1492 la conquista de la península ibérica finalizó con la toma de Granada por parte de los Reyes Católicos. No obstante, este reino de Granada, mantuvo su singularidad administrativa dentro del contexto de los territorios de la corona castellana​ debido, sobre todo, a su carácter emblemático como culminación de la Reconquista y al hecho poseer una serie de particularidades que lo diferenciaban del resto de territorio andaluz reconquistado en el siglo XIII, más de dos siglos antes. A pesar de las claras similitudes entre la Andalucía del Guadalquivir y el reino de Granada, se mantuvo la diferenciación administrativa entre el reino de Granada y el resto del Andalucía distribuida en los reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla, pues Granada fue el único reino que realmente gozó de una entidad política, administrativa y militar propia, mientras que los reinos de Sevilla, Córdoba y Jaén poseyeron la titulación, pero no la estructura de reino pues su administración fue unificada en un ente superior llamado Andalucía​.

De este modo, el sur peninsular quedará dividido desde 1492, y hasta 1833, en dos entidades administrativas, Andalucía por un lado y el reino de Granada por otro, cada cual con su estructura administrativa, judicial y militar propia; es decir, cada entidad conservó su propio notario mayor, adelantado mayor, capitán general, chancillería, su audiencia y su entidad religiosa con arzobispado con sede una en Sevilla y otra en Granada​. De este modo, con el establecimiento de sus representantes directos en Granada tras la Reconquista, los reyes dejaron clara la diferenciación entre Andalucía y Granada, presidida esta última por una tetrarquía político-religiosa, encabezada en sus inicios por el arzobispo Hernando de Talavera, el conde de Tendilla, Andrés Calderón y Hernando de Zafra.

La Andalucía de los dos reinos.

Debemos considerar que la existencia, en el reino de Granada, de una gran población morisca marcaba una diferencia fundamental entre el reino recién incorporado y la parte de Andalucía consolidada dos siglos atrás como territorio castellano. No obstante, tras la Rebelión de las Alpujarras y la expulsión de los moriscos, las peculiaridades socioculturales del reino de Granada respecto a los otros reinos andaluces fueron diluyéndose progresivamente​, aunque mantuvo la estructura administrativa propia, pero el hecho de que la repoblación, tras la expulsión morisca, de dicho reino se realizara mayoritariamente por andaluces del resto del territorio, propició que la noción de unidad territorial de toda Andalucía se extendiera, de hecho, al conjunto de los cuatro reinos,​ identificados en algunas fuentes en el siglo XVII con la antigua provincia Bética y frecuentemente denominados los "cuatro reinos de Andalucía", al menos desde mediados del siglo XVIII​, incluso apareciendo así en un mapa de la península ibérica datado en 1770, aunque debemos decir que fruto de una consideración meramente geográfica y nominal pues ambas entidades siguieron conservando sus propia administración, cuestión que perduró hasta 1833 hasta la división administrativa y provincial de Javier de Burgos. Así pues, desde mediados del siglo XVIII los reinos de Córdoba, Jaén, Sevilla y Granada, comenzaron a denominarse conjuntamente como los cuatro reinos de Andalucía, ocupando casi la misma extensión que la actual comunidad autónoma de Andalucía.

S. XVIII. Delimitación de los cuatro reinos andaluces

El estallido de la guerra de la Independencia, en mayo de 1808, establece un nuevo orden de la mano de Napoleón, que pone a su hermano José Bonaparte en el trono. En 1810, el gobierno bajo control francés, intenta ordenar el territorio, dividiéndolo en 38 prefecturas, al estilo de las establecidas en Francia, y 111 subprefecturas, según el proyecto del ingeniero y matemático José María Lanz.​ Las prefecturas recibirían nombres relativas a accidentes geográficos, fundamentalmente ríos y cabos. Esta división hacía tabla rasa de los condicionantes históricos, pero nunca llegó a entrar en vigor, pues el gobierno de José I tan solo controlaba una parte del territorio español y, por otra parte, Napoleón planeaba la incorporación a Francia de las tierras al norte del Ebro. Se crearon 38 prefecturas peninsulares más Baleares y Canarias, quedando en lo que respecta a nuestro territorio dividido en seis prefecturas, además de otra que nos afectaba de forma parcial al incluir la totalidad de las tierras de la Sierra de Segura de Jaén y Granada. La composición es la siguiente:

Prefectura del Genil, con capital en Granada (provincias de Almería y Granada) con las Subprefecturas en Granada, Almería y Baza.

Prefectura del Guadalete, con capital en Jerez de la Frontera (provincia de Cádiz) con las subprefecturas en Jerez de la Frontera, Cádiz y Ronda.

Prefectura del Guadalquivir Alto, con capital en Jaén (provincia de Jaén) con las subprefecturas en Jaén, Úbeda y La Carolina.

Prefectura del Guadalquivir Bajo, con capital en Sevilla (provincias de Huelva y Sevilla) con las subprefecturas en Sevilla, Ayamonte y Aracena.

Prefectura del Guadalquivir y Guadajoz, con capital en Córdoba (provincia de Córdoba) con las subprefecturas en Córdoba, Écija y Lucena.

Prefectura del Salado, con capital en Málaga (provincia de Málaga y sureste de la de Sevilla) con las subprefecturas en Málaga, Osuna y Antequera.

Prefectura del Segura, aunque mayoritariamente fuera de la delimitación de la actual Andalucía, que tenía capital en Murcia (provincia de Murcia, noreste de la de Granada, parte central de la de Albacete y la vega Baja del Segura de la provincia de Alicante) con las subprefecturas en Murcia, Cartagena, Albacete y Huéscar.

Mapa de las prefecturas francesas.

La Guerra de la Independencia impidió adoptar todas estas reformas, pero propició que las Cortes de Cádiz, en 1811, derogaran los señoríos jurisdiccionales, desapareciendo así la división entre señorío y realengo, permitiendo crear 32 provincias, según el nomenclátor de Floridablanca, con algunas correcciones, que no será definitiva pues en 1813 encargan una nueva división provincial a Felipe Bauzá, que determina la existencia de 36 provincias, con siete provincias subalternas, con criterios históricos. Pero nada de esto se llegó a concretar, y el regreso de Fernando VII supuso la vuelta al Antiguo Régimen y la vuelta a dividir España en 29 intendencias generales y 13 consulados. Poco después, con la llegada nuevamente del liberalismo tras el levantamiento del general Riego, durante el Trienio Liberal (1820-1823), se impulsa la construcción del Estado liberal, y con él se promueve una nueva división provincial, aunque primero se recuperan las diputaciones de 1813. Se trataba de que esta división alcanzara a todo el país, sin excepciones, y fuera la trama única para las actividades administrativas, gubernativas, judiciales y económicas, según criterios de igualdad jurídica, unidad y eficacia. Por esa razón, en enero de 1822, se diseña y aprueba, con carácter provisional, una división provincial de España en 52 provincias, apareciendo ya con su diseño prácticamente idéntico al actual las provincias de Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Huelva, Jaén, Málaga y Sevilla, al asumir el territorio provincial el nombre de la ciudad que ostentaba su capitalidad. Algunas de estas provincias aparecen por primera vez, como las de Almería y Málaga (desgajadas del tradicional Reino de Granada) o Huelva (del Reino de Sevilla), mientras que la comarca de la Sierra de Segura continuaba pareciendo vinculada a Murcia. Es cierto que este proyecto hace pocas concesiones a la historia, y se rige por criterios de población, extensión y coherencia geográfica, existiendo una voluntad de superar los nombres históricos y adjudicando a ciudades relevantes el título administrativo de capital provincial. Pero la caída del gobierno liberal y la restauración del absolutismo dio al traste con el proyecto y en 1823 se restablecen las provincias del Antiguo Régimen por lo que el plan de 1822 nunca llegó a entrar en vigor.

Delimitación provincial de 1822

No será hasta 1833 cuando se vuelve a acometer una reforma provincial. Será Javier de Burgos quien incluirá a 49 provincias, agrupando por primera vez las provincias en regiones, pero no teniendo ningún tipo de competencia u órgano administrativo o jurisdiccional común a las provincias que agrupaba, teniendo la adscripción a regiones un carácter clasificatorio, sin pretensiones de operatividad administrativa. Este Real Decreto de 30 de noviembre de 1833 en su Artículo 2 define a Andalucía comprendiendo los reinos de Córdoba, Granada, Jaén y Sevilla, se divide en las ocho provincias siguientes: Córdoba, Jaén, Granada, Almería, Málaga, Sevilla, Cádiz y Huelva. Del antiguo reino de Granada se extrajeron íntegramente la provincia de Almería, la de Granada y la mayor parte de la provincia de Málaga. La provincia de Jaén se formó uniendo las localidades del antiguo reino de Jaén, excepto los municipios de Belmez y Villafranca de Córdoba que se incorporaron a Córdoba, pero sumándole dos poblaciones que hasta entonces pertenecían a La Mancha como fueron Beas de Segura y Chiclana de Segura, también los lugares de Benatae, Génave, Orcera, Santiago de la Espada, Segura de la Sierra (con los agregados de La Puerta y de Bujaraiza), Siles, Torres y Villarrodrigo que hasta ese momento pertenecían al reino de Murcia y por último, la nueva provincia de Jaén, incorporó dos enclaves del reino de Granada como fueron Bélmez de la Moraleda y Solera (municipio hoy integrado en Huelma). El antiguo reino de Córdoba fue la base de la nueva provincia cordobesa, a la que se unió los lugares, hasta entonces, de Extremadura como Belalcázar, Fuente la Lancha, Hinojosa del Duque y Villanueva del Duque; también los dos enclaves del reino de Jaén ya nombrados de Belmez (que incluía el municipio de Peñarroya-Pueblonuevo que se segregó en 1886) y Villafranca de Córdoba, anteriormente llamada Villafranca de las Agujas; pero perdiendo el municipio de Chillón con, en aquel entonces aldea, Guadalmez que pasaron a pertenecer a Ciudad Real. Mientras que del antiguo reino de Sevilla se delimitaron la actual provincia de Sevilla a la que se incorporó la población de Guadalcanal, que hasta entonces pertenecía a Extremadura, pero perdiendo en beneficio de Badajoz las poblaciones de El Bodonal, Fregenal de la Sierra e Higuera la Real; la provincia de Huelva incorporando Arroyomolinos de León y Cañaveral de León, que hasta entonces pertenecían a Extremadura y la totalidad de la provincia de Cádiz.

Incorporaciones territoriales a la delimitación
provincial de Javier de Burgos. 1833

Una de las primeras expresiones de la estructuración provincial de Andalucía fueron las juntas provinciales de 1835, federadas en la Junta Suprema de Andalucía; aunque el primer intento de regionalizar la península lo realizó Patricio de la Escosura que promulgó un decreto el 29 de septiembre de 1847, aunque apenas tuvo vigencia, que dividía la península en once gobiernos generales, quedando el territorio andaluz dividido en dos con la región de Andalucía, con capital en Sevilla que agrupaba las provincias de Sevilla, Córdoba, Cádiz y Huelva; y la región de Granada, con capital en Granada que agrupaba las provincias de Granada, Málaga, Almería y Jaén.

Región de Andalucía y región de Granada

Posteriormente, en 1873, durante la Primera República Española, se elaboró un proyecto de Constitución que definía a España como una República Federal, integrada por diecisiete Estados con poder legislativo, ejecutivo y judicial. Según los artículos 92 y 93, estos «Estados» tendrían una «completa autonomía económico-administrativa y toda la autonomía política compatible con la existencia de la Nación», así como «la facultad de darse una Constitución política»; pero esta constitución, que nunca llegó a adoptarse, nada señala sobre las provincias, cuestión que dejaba en competencia de los 17 Estados miembros, entre los cuales, según su artículo primero, se encontraba Andalucía Alta que abarcaba los actuales territorios de Sevilla, Córdoba, Huelva y Cádiz; y Andalucía Baja agrupando a los de Málaga, Jaén, Almería y Granada.

Estados federales durante la I República

Posteriormente, en 1884, Segismundo Moret presentó un nuevo proyecto de ley de 6 de enero de 1884, que distribuía la península e islas adyacentes en quince regiones administrativas y políticas, insistiendo en la idea, dentro de nuestro ámbito geográfico, de dos regiones, la de Granada con Almería, Granada, Jaén y Málaga; y la región de Sevilla con Cádiz, Córdoba, Huelva y Sevilla. Será siete años después cuando se produjo otro intento de regionalización que tampoco se llegó a consumar, en este caso promovido por Francisco Silvela. Mediante una Real Orden de 20 de julio de 1891 y un Proyecto de Ley en la misma fecha que dio cuenta de la intención de organizar el gobierno de la península, Canarias y Baleares en trece regiones que llegarían a obtener algún tipo de consideración autonómica y que insistía, en nuestro territorio con las dos anteriormente dichas de Sevilla y Granada, pero que tampoco llegó a tener efectos administrativos.

En 1931 con la llegada de la Segunda República Española, cuando se introdujo en la Constitución la posibilidad de que las regiones que componían España se convirtiesen en autonomías. Así, en 1932 Cataluña aprobó su Estatuto de autonomía, mientras que las provincias Vascongadas, aunque aprobaron su estatuto autonómico, no la consiguieron hasta 1936; mientras que en Galicia también se redactó un estatuto de autonomía, que fue aprobado en referéndum por el pueblo gallego pero que, al estallar la Guerra Civil, no entró en vigor; y por último Andalucía, con un estatuto promovido por Blas Infante, que quedó redactado pero sin llegar a ser presentado en referéndum ante el pueblo andaluz, en el que se agrupaban las dos regiones tradicionales en que se había dividido el territorio, Sevilla y Granada, para forma una sola con la denominación de Andalucía. Con el final de la guerra civil y la dictadura de Francisco Franco las regiones pierden su importancia política pasando toda gestión territorial a las diputaciones​ y a los Gobiernos Civiles de cada provincia.

Regiones con derecho autonómico durante la II República

No será hasta la democracia en 1975 cuando vuelva a tener sentido hablar de las regiones de España. Cuestión que se reafirma poco después con la aprobación de la Constitución de 1978, en su título VIII capítulo tercero, determina la creación y estructuración del estado autonómico, siendo el 31 de julio de 1981 cuando UCD y PSOE aprueban los pactos autonómicos por los cuales España se vertebra en 17 comunidades autónomas y dos ciudades autónomas (estas últimas lo serán oficialmente en 1995), dividiéndose cada autonomía en varias provincias, excepto aquellas formadas de manera uniprovincial.

Estado autonómico reconocido en la Constitución de 1978

La Comunidad Autónoma Andaluza, considerada como comunidad histórica y por lo tanto siguiendo el proceso contemplado en el artículo 143 de la Constitución, por el que se alcanzan de forma más rápida la plena gestión competencial, consideración ganada a pulso por los andaluces tras el referéndum del 28 de febrero de 1980.

Referendum andaluz por la autonomía

Este marco legal sirvió para la redacción del Estatuto de Autonomía andaluz, redactado el 12 de febrero de 1981 y aprobado en referéndum por los andaluces el 20 de octubre de ese mismo año, 1981, determinando en el mismo que el territorio autonómico se compone de las ocho provincias históricas de Huelva, Cádiz, Sevilla, Málaga, Córdoba, Jaén, Granada y Almería que se correspondían territorialmente, salvo pequeñas modificaciones, con la división provincial establecida por Javier de Burgos en 1833.

Estatuto de Autonomía Andaluz. 30 diciembre 1981

sábado, 16 de enero de 2021

LOS PUENTES EN EL PUENTE.


EL PUENTE NUEVO

Por José Ant. Molina Real

Cuando nombramos algún lugar o población, lo hacemos con una denominación que se suele perder en el tiempo. La toponimia estudia la evolución y el origen de esos nombres de lugares, pueblos y ciudades. En el caso de Puente de Génave no hace falta hacer un profundo estudio para desentrañar el origen de su nombre y más siendo un lugar relativamente joven a nivel histórico.

El nombre de nuestro pueblo hace clara referencia a la existencia de un puente, el llamado por nosotros Puente Viejo, de clara fábrica romana y datado en el S. I a.C. al ser construido como elemento básico para salvar el río Guadalimar en el trazado de la vía que comunicaba Castulo (actual Linares) y Cartagena. De ahí adquiere la primera parte de su nombre, mientras que la segunda parte, Génave, hace referencia a los agricultores de esa localidad, especializada en el cultivo de cereales, que año a año, cosecha tras cosecha, se desplazaban a este lugar atravesando dicho puente para efectuar sus tareas de molienda del grano en un molino de su propiedad situado justo al lado de ese puente romano, y de ahí el nombre que se fue asumiendo de forma popular para denominarlo como “puente de los de Génave” para nombrar a ese antiguo puente en torno al cual, se fueron desarrollando diferentes núcleos de población o cortijadas que finalmente darían origen a la aldea y posteriormente al municipio de Puente de Génave.

Pero nuestro pueblo no sólo tiene como referencia ese puente romano o “Puente Viejo”. Desde finales del S. XIX se alza majestuoso el llamado “Puente Nuevo” como elemento básico para salvar el río Guadalimar en el trazado de la carretera nacional 322, en un lugar donde el río horada la roca para abrirse paso dejando un perfecto vado donde resulta fácil, ya lo fue para los romanos, diseñar una construcción para salvar sus aguas. Cuando se diseñó la CN-322 se realizó siguiendo el trazado milenario de la vía Augusta romana, sucesora de la llamada Vía Heráclea diseñada por los griegos para comunicar las tierras alicantinas con la rica civilización de Tartesos allá por el S. IV a.C. Es pues evidente que la carretera sigue un trazado similar para comunicar Andalucía y Levante, dibujando una peculiar "S" a su paso por "el Puente", al tener que adaptarse al paso sobre el río que se hará, por este puente de fábrica nueva, de norte a sur rompiendo la dirección noreste a suroeste que sigue el trazado.

El proyecto de construcción de este nuevo puente va parejo al de la carretera de Albacete a Jaén por Alcaráz, incluido en el Real Decreto que, en artículo único, aprueba el Plan General de Carreteras de España de conformidad con el dictamen de la Junta Consultiva de Caminos, Canales y Puertos. En este plan diseñado por el gobierno del General Leopoldo O’Donnell el 7 de septiembre de 1860, incluiría la carretera, que según consta como la que une “la Loma de Úbeda y Albacete por Villacarrillo y Alcaráz” como vía de primer orden y que lógicamente incluía el paso por Puente de Génave. Este plan fue posteriormente modificado y aprobado por Real Decreto de 6 de septiembre de 1864 bajo el gobierno de D. Alejandro Mon y Menéndez y posteriormente desarrollado por el gobierno del General Narváez hasta la definitiva redacción del proyecto del paso por nuestro pueblo que data de 1869 y es obra del ingeniero de caminos D. Luis Larios, donde queda reflejada la necesidad de construcción de un puente de nueva fábrica al ser totalmente insuficiente el ya existente.

Queda claro que la decisión de construcción de este nuevo puente cambió la historia de nuestro pueblo, puesto que D. Luis Larios estuvo barajando la posibilidad de un trazado alternativo que evitaría su paso por nuestro pueblo cruzándose el río antes de llegar a Paules para después seguir el trazado cercano a los Avileses y Cortijos Nuevos y continuar hacia El Palomo, Verjaga, Los Pesebres y Las Tiesas, donde enlazaría con la carretera justo antes de llegar a las inmediaciones de Génave; pero se reconsideró esta opción básicamente por dos razones, una porque la construcción del puente en la zona próxima a Paules debía ser de mayor longitud lo cual encarecía la obra y otra porque su trazado siguiendo la ladera norte del monte Salfarath obligaría a mayores refuerzos de taludes dada la peor calidad de sus tierras. Afortunadamente para nuestro pueblo, eso posibilitó la construcción de nuestro puente, al que pronto empezaremos a llamar “Puente Nuevo”, para diferenciarlo del otro, el “Puente Viejo” que ya existía, al suponer un paso nuevo que permitía la comunicación entre los dos nacientes núcleos de población que se desarrollaron en torno al molino harinero, denominado de Anica en la actualidad, la Mina y el Cortijo de las Ánimas por un lado y por otro el molino, llamado y perteneciente a Génave situado junto al Puente Viejo, algunas casa que formaban la Calle Mayor (San Isidro) o la calle del Río (Las Parras) y la cortijada de Pedro Nares; uniendo así ambos márgenes del río, los que se denominaban popularmente como “aquel lao” y “este lao”.

Concretamente se contempla la construcción de nuestro puente en el fragmento del proyecto que se iniciaba en el puente para superar el río Beas y concluía en el límite provincial con Albacete y que se dividía en siete tramos, estando el paso por Puente de Génave contemplado en el número tres, de 5,852 km., presupuestado en 242.215 pesetas, de las que la construcción de casillas para peones camineros, alcantarillas de evacuación de aguas, pontones y puentes mayores, entre los que estaría el nuestro, ascenderían a un total de 133,416 pesetas. 

Hay que mencionar que en ese momento nuestro pueblo no era una entidad poblacional homogénea pues, como ya se ha mencionado, contaba con algunas cortijadas cercanas como la de Pedro Nares, la Mina, el Cortijo de la Vicaría o el Cortijo de las Ánimas. Destacamos en ese incipiente núcleo de población, creado en torno al Puente Viejo y el Camino Real que lo atravesaba, la existencia de tres molinos harineros a los que solían acudir, como ya hemos dicho, los productores de cereales de Génave, uno de ellos, propiedad de D. Clemente Bono, aparece en el Boletín de la Sociedad Geográfica, en 1875, ubicado en este lugar a una distancia del punto de referencia en Alicante de 304’33 Km. y una altitud sobre el nivel del mar de 548’684 mts. De hecho, decir que, en 1871, primer año de existencia de los Registros Civiles de la Puerta de Segura, el municipio al que pertenecía nuestro pueblo, este lugar junto al Puente Viejo, denominado ya Puente de Génave, apenas si contaba con 100 habitantes, siendo una población que se dedicaba a las labores agrícolas favorecidas por la vega de río, algún arriero, albañil o talabartero, viviendo en condiciones paupérrimas entre miseria y atraso social y económico; destacando la existencia de una venta donde los viajeros pudieran reponer fuerzas situada en la confluencia de la Calle Mayor (San Isidro) y el Camino de las Moreas, donde el río permitía el paso por su escasa profundidad en un vado que conducía al camino que nos unía con la aldea de Los Llanos y La Puerta, salvando así un trayecto que no contaba con núcleos de población desde Génave hasta Villanueva del Arzobispo.

Las obras tuvieron un lento desarrollo debido a la precariedad de recursos económicos y las circunstancias de inestabilidad política a nivel estatal a causa de la Revolución de 1868 (La Gloriosa) y posterior proclamación de la Primera República Española en una época conocida como Sexenio Democrático (1868-1874), que paralizaron la ejecución de las obras en diversas ocasiones, siendo en 1876 con la llegada al gobierno de Cánovas del Castillo, en el inicio de la época de la llamada Restauración Borbónica, quien le dio el impulso necesario para la finalización del trayecto proyectado, aunque las obras definitivas de este tramo número tres no se iniciaron hasta 1886 al dotarse definitivamente de presupuesto para su ejecución, incluyendo otro tipo de construcciones como diversos puentes menores o tajeas (181 en total), las casillas de peones camineros (20 en total), alcantarillas para evacuación de aguas pluviales (80 en total) o puentes mayores, entre los que destaca el que se construyó en nuestro pueblo sobre el río Guadalimar (7 en total). En concreto, en el año 1884, se publicaba en la Revista de Obras Públicas informaciones que precisaban la construcción de tres grandes puentes en el tramo que iba desde Puente de Génave hasta el límite de provincia de Albacete, siendo uno nuestro Puente Nuevo, otro el situado sobre el río Herreros en Génave y por último otro sobre el Arroyo del Sequillo en el término de Villarrodrigo; estando, en 1889 año en que se terminó la obra del Puente Nuevo, construidos 210,427 km de carretera, con 79,412 km en la provincia de Albacete restando otros 30,104 km. más y 131,704 km. en la provincia de Jaén faltando 17,704 km. para finalizar la obra en la provincia y completar así el trayecto programado desde Albacete hasta Úbeda y Baeza.

El desarrollo del proyecto de construcción de este tramo número tres comprendido entre el puente sobre el río Beas y el límite de provincia con Albacete, supuso una gran afluencia de gente de distintos oficios como canteros, picapedreros, carreteros, carpinteros, arrieros, albañiles, muleros, etc… que, bien solos o con sus familias, llegaron desde poblaciones cercanas a aquella tranquila aldea de agricultores, jornaleros, molineros, arrieros o posaderos que se había convertido aquel núcleo de población denominado el Puente de los de Génave, siendo años de cierta prosperidad por la dinámica económica generada por la obra, bien en las labores de construcción propiamente dichas o en la aportación de materiales que principalmente provenían de una pequeña cantera situada en el Cerro de El Padrastro, cerca de Vergaja y Los Pesebres mientras que la ladrillería se aportó desde una alfarería de la Puerta, situada en las cercanías de la actual Venta de San José.

De esta forma el proyecto de construcción fue tomando forma dando como resultado la construcción de un gran puente que sigue las tipologías de construcción propias de finales del S. XIX, para así acoger todo el tránsito de personas, caballerías, carruajes y ya también algún que otro vehículo, jubilando de sus funciones a su pequeño y vecino hermano “Puente Viejo”. El nuevo puente, de mayores dimensiones y pensado para soportar mayor volumen de tráfico, presenta interesantes innovaciones constructivas como son el rebajamiento de sus bóvedas o de ámbito técnico con el estrechamiento de sus bases para favorecer el paso del agua en ese lugar, ya de por sí algo estrecho, favoreciendo una mínima acción erosiva sobre su sillería, con tres ojos cubiertos por arcos escarzanos de 12 mts. de luz, siendo de mayor proporción el central que descansa sobre dos grandes pilares rectangulares de impecable sillería de 10 mts. de altura y 8 mts. de ancho, rebordeados en sus tajamares con forma semicircular y estribos en los extremos que descansan en el lecho del río y facilitan de esa manera el correcto transito del agua. Las bóvedas que se originan en estos arcos de medio cañón son muy rebajadas y realizadas en ladrillo rojo, estando perfiladas con excelente sillería en sus laterales. Los arcos laterales descansan su parte externa en la propia roca del terreno aportando solidez a la construcción, dejando así un paso de unos 40 mts. de longitud y de 5 mts. de anchura siendo reforzado para seguridad con malecones laterales de sillería 0,5 mts. de espesor.

Construida la carretera con el trazado que tiene actualmente, y el puente en el lugar donde estaba aquella cortijada, nuestro pequeño pueblo empezó a crecer, no sólo por la iniciativa de algunos de los trabajadores en la construcción de la carretera que decidió establecerse de forma definitiva con sus familias en el lugar, sino también con la llegada de bastantes serranos que adivinaron las enormes perspectivas de progreso que se daban en aquella, hasta ese momento, pequeña aldea que pronto aumentó considerablemente en población, llegando a finales de S.XIX a contar con cerca de 400 habitantes. Y de ahí en adelante, la historia de nuestro pueblo ha evolucionado estrechamente relacionada con la carretera, convirtiéndose, de forma paulatina, en punto de referencia, en cuanto a la movilidad de personas y mercancías, de toda la Sierra de Segura, suponiendo también un destacado centro de pernoctación y descanso para aquellos viajeros que iban o venían desde las zonas costeras del levante español.

Todo ello ha sido así hasta que, no hace mucho, la carretera nacional se desvió de la población, construyéndose una circunvalación, por lo que ya no se pasa por el casco urbano de Puente de Génave, a menos que intencionadamente se quiera entrar a la población. El Puente Nuevo también ha sido forzado ya a una limitación de funciones y se le ha liberado de trabajo, pues sirve sólo para comunicar los dos barrios del Puente que quedan separados por el río, aunque eso no es poco. Y así, el uno junto al otro, el Viejo y el Nuevo, uno jubilado y otro más ocioso, sólo les queda contemplar, por más siglos, el paso por sus ojos de las rojizas aguas del Guadalimar.


martes, 27 de febrero de 2018

EL HIMNO DE ANDALUCÍA. NUESTROS SÍMBOLOS

EL HIMNO DE ANDALUCÍA

( j.t. )
Todos los andaluces sabemos y sentimos que el próximo día 28 de febrero tiene un significado festivo que viene determinado por conmemorarse el día en el que el pueblo andaluz consiguió su tan ansiada autonomía. Pero lo que quizás no tengamos tan asumido es que hay otras simbologías que nos unen e identifican, como un escudo, una bandera y también un himno que aporta a este día su propia melodía y letra. El estribillo del himno de Andalucia "¡Andaluces, levantaos! ¡Pedid tierra y libertad!", se repite en todos los actos de la jornada… aunque pocos conocen que el origen de la música tiene su origen en un canto estrictamente religioso denominado el “Santo Dios”. Esta cancioncilla popular, que algunos estudiosos remontan su origen hasta la época romana, la tarareaban los campesinos andaluces durante la siega y sirvió de base para que luego Blas Infante le pusiera letra y el maestro José del Castillo adaptase la melodía religiosa como base a la composición musical.
Partitura original del Himno de Andalucía

Al parecer, el llamado "padre de la patria andaluza", Blas Infante, comenzó a escuchar el “Santo Dios” cuando estudiaba en el colegio de los Escolapios en Archidona. Pero no sería hasta que empezó a ejercer de notario en Cantillana (Sevilla) cuando ahondó en este canto de rogativas y en adaptar una letra a esa melodía para que se pudiera identificar con nuestra tierra, acoplando la tradición del trabajo del pueblo con la reivindicación de reconocimiento hacia el autogobierno. El propio Infante escribe en su libro “Orígenes de lo flamenco y secretos del cante jondo” que este magnífico cántico es utilizado, en algunos pueblos andaluces, por los segadores, a la salida y a la puesta del sol, reconociendo que él lo había escuchado en los campos de Cantillana, aunque, según afirma, su uso estaba en notable pérdida porque la letra del cántico invoca a Dios y esta es una palabra tabú para la globalidad marxista y anarquista de los jornaleros andaluces.
Portada del libro escrito por Blas Infante

Tras hablar con el Maestro Castillo para que la armonizase y no exento de diferentes rectificaciones, la puesta de largo del himno tuvo lugar en Sevilla el 10 de julio de 1936, una semana antes de que estallase la Guerra Civil. Durante la contienda y la dictadura franquista, los estudiosos relatan que solo se conservó una partitura para piano de la obra escrita por Blas Infante. Y no sería hasta la Transición Democrática cuando volvió a reestrenarse oficialmente el 18 de octubre de 1979, aunque dos años antes, en la primavera de 1977, Carlos Cano hizo su histórica y popular versión realizada con la colaboración de los almerienses Rafael “Fafi” Molina y Paco Luis Miranda, siendo producida por Ignacio Martínez y editado en 1977 por el Partido Socialista de Andalucía (antes ASA, después PSA-PA,  y actualmente PA) y cuenta con la participación de la Coral Heliópolis de Sevilla que sacó este himno del oscurantismo al que la dictadura franquista le había condenado.

Hay por tanto que eliminar la idea, que puede muchos andaluces tengan, de que nuestro himno no tiene más vida que la del actual estatuto de autonomía. Su historia se remonta, de manera inmediata, a su aprobación como “Himno Nacional de Andalucía” por los Centros Andaluces en la Asamblea de Córdoba de 1919, que a su vez lo tomaron de la propuesta de Blas Infante presentada en la Asamblea de Ronda de 1918. Aceptando la propuesta de su letra, escrita por el mismo Blas Infante, y la música del Maestro Castillo, que por aquel entonces era director de la Banda Municipal de Sevilla, y que fue inspirado, según reconocieron ambos y explicaron, por el canto popular del “Santo Dios”.
El maestro D. José del Castillo

El Santo Dios es un cántico con finalidad religiosa que entonaban los jornaleros y trabajadores del campo andaluz a la salida y puesta del sol, en señal de agradecimiento divino por los frutos del esfuerzo y trabajo que ofrecía la tierra que cultivaban, y cuyo estribillo literal es:

<<Santo Dios,
Santo Fuerte,
Santo Inmortal,
Líbranos, Señor,
De todo mal>>

Una letra que perfectamente podría venir a sustituir (mal-) intencionadamente el Al·lahu akbar que tradicionalmente recitaba la población árabe que ocupaba y trabajaba nuestras tierras. El Al·lahu-àkbar (en árabe, الله أكبر, Allāhu akbar, «Dios es el más grande»), también llamada takbir (en árabe, تكبير, takbīr) y tekbir, es una expresión de fe del islam muy utilizada en el mundo musulmán como exclamación informal y expresión formal de fe, pues la expresión está compuesta por la forma Allāhu, nominativo de Allah (Dios), y la forma akbar, superlativo del adjetivo Kabir «grande», traducido por «más grande». Era y es una frase recitada por los pueblos musulmanes en muchas diferentes situaciones, como por ejemplo mostrar júbilo, expresar aprobación, agradecimiento a dios por ser la fuente de salud o trabajo y también como grito de guerra.
Inscripciones en la Alhambra del "wa-lā gālib illà Allāh" 

Tampoco podemos descartar que el cántico del “Santo Dios” viniera a sustituir a otro lema muy nombrado y recurrido en la última fase de la dominación árabe de la península, pues fue la familia nazarí, dominadores del Reino de Granada, quienes lo asumieron e incorporaron a su escudo y bandera y que aparece escrito por todos los rincones de la Alhambra. Nos referimos a lema trasliterado como wa-lā gālib illà Allāh (en árabe, لا غالب إلا الل) y que significa “no hay más vencedor que Alá”.

Bien fuera el cántico del Wa la galib illa Allah o el del Al·lahu akbar, en los años de fuerte represión religiosa y étnica que siguieron a la dominación cristiana del territorio fueron paulatinamente cayendo en el olvido y sustituidos por otras melodías o cánticos que vinieran a dar gracias a Dios por la vida y por el fruto del trabajo, básicamente la agricultura, por lo que, el campo y sus gentes, fueron un componente directo de evangelización hasta bien entrado ya el siglo XVIII, reutilizando pero ya cristianizadas las costumbres autóctonas ya existentes, aunque en zonas muy aisladas del control público, los moriscos fueron capaces de encubrir sus ritos y tradiciones frente a un catolicismo que entre ellos era inexistente y extraño.
Bautismo de moriscos

Este cántico religioso del “Santo Dios”, debía ser cantado tres veces a la salida del sol y tres veces a su puesta, simbolizando la Santísima Trinidad, haciéndolo coincidir con la hora de dos de los cinco “salats” o momentos de rezo más importantes en el Islam. Es por todo esto que nos podríamos atrever a pensar que nuestro himno tiene una base y un estrato, quizás no abiertamente islámico, pero sí de raíz morisca ya que fueron ellos los que le dieron la continuidad que nos permite, ahora, pensar en su estrecha relación. Por tanto, y sin buscar caer en el tópico, podemos decir que, una vez más, conquistamos a nuestros conquistadores; que una vez más, tenemos otra prueba de cómo nuestro pueblo se agarró a sus tradiciones tras la conquista castellana, de cómo pervivieron rasgos culturales que, aunque debieron recubrirse con disfraces foráneos, guardaban y guardan el sabor y el recuerdo de tiempos pasados que identificamos como propios.
Rezo del Santo Dios
Por lo tanto, la letra del himno fue creada por Blas Infante recogiendo tanto las raíces populares como muchas de las reivindicaciones andaluzas, pues en él se pide tierra, en un momento en el que se demandaba una reforma agraria aún por completar y por supuesto libertad mediante un proceso que ahondara en el autogobierno; anclando así, la Junta de Andalucía con su elección como himno, el origen común de los símbolos de nuestra tierra uniéndolo a la bandera y el escudo, como obra del mismo autor, según queda reflejado en el artículo 6.2 del Estatuto de Autonomía de Andalucía aprobado por la Ley Orgánica 6/1981 de 30 de diciembre, que dice: “Andalucía tiene himno y escudo propios, que serán aprobados definitivamente por Ley del Parlamento Andaluz, teniendo en cuenta los acuerdos dictados sobre tales extremos por la Asamblea de Ronda de 1918”. Para posteriormente aparecer en la revisión estatutaria realizada en el año 2007 en el artículo 3.3, en donde se dice: “Andalucía tiene himno propio, aprobado por ley de su Parlamento, de acuerdo con lo publicado por la Junta Liberalista de Andalucía en 1933”. 
Lemas de la Junta Liberalista donde se repite el estribillo del himno de Andalucía


Pero debemos decir que hubo intentos anteriores de identificación del nacionalismo andaluz a través de un himno como el desarrollado a principios del S. XX donde el pasodoble “La Giralda” de Eduardo López Juarranz, fue considerado como himno extraoficial por el Círculo Regionalista Andaluz del Ateneo de Sevilla; o también, en 1930, el inspirado por el poeta Conrado Goettig que escribió un himno con música de Andrés María del Carpio que se estrenó en la "Casa Central de Andalucía" de Madrid pero que no llegó a cuajar. La música del himno de Andalucía la compuso el maestro José del Castillo Díaz, que fuera director de la Banda Municipal de Sevilla. Hay que mencionar que todo lo referente a nuestro himno fue relegado y prohibido tras la guerra civil, incluso las partituras originales fueron destruidas y sólo se conservó un manuscrito para piano. Posteriormente fue el compositor sevillano Manuel Castillo quien armonizó y orquestó para su recuperación la que es posiblemente la mejor versión de la partitura compuesta originalmente por José del Castillo.
Partitura original del pasodoble "La Giralda"


El himno de Andalucía fue presentado en un concierto el 7 de julio de 1936 a las 19 h. en la plaza de San Lorenzo de Sevilla, según se anunciaba en la sección “Sevilla al día” del diario ABC de ese mismo día: “concierto en el que se interpretará por primera vez el himno de nuestra región, editado y lanzado a la publicidad el año 1933 por la Junta Liberalista y que será interpretado por la Banda Municipal de Sevilla dirigida por el maestro José del Castillo”. Después la guerra y la dictadura lo dejaron en el olvido, siendo recuperado y reestrenado, después de la transición democrática, en el Teatro Lope de Vega de Sevilla, por la misma banda, el 18 de octubre de 1979; aunque dos años antes, en abril de 1977, Carlos Cano realizó una adaptación cantada por la coral Heliópolis de Sevilla y en cuya grabación estuvieron presentes antiguos compañeros de Blas Infante. A partir de 1980 se realizaron multitud de versiones del himno, siendo especialmente reseñables las revisiones e instrumentaciones realizadas por Manuel Castillo en los años 1980.
Contraportada del disco de Carlos Cano editado por el PSA

Actualmente existen discrepancias en cuanto a la letra del himno actual. Algunos, especialmente los sectores más nacionalistas que acusan a la versión oficial de excesivamente españolista, sostienen que Blas Infante originariamente en lugar de "¡Sea por Andalucía libre, España y la Humanidad!" redactó "¡Sea por Andalucía libre, los Pueblos y la Humanidad!"; o lo manifestado por otros que se aferran al texto aprobado en la Asamblea de Ronda que dice “¡Sea por Andalucía libre, Iberia y la Humanidad!” 
Estrofa alternativo de los movimientos nacionalistas andaluces
Letra actual y oficial del Himno de Andalucía

La bandera blanca y verde
vuelve, tras siglos de guerra,
a decir paz y esperanza,
bajo el sol de nuestra tierra.

¡Andaluces, levantaos!
¡Pedid tierra y libertad!
¡Sea por Andalucía libre,
España y la Humanidad!

Los andaluces queremos
volver a ser lo que fuimos
hombres de luz, que a los hombres,
alma de hombres les dimos.

¡Andaluces, levantaos!
¡Pedid tierra y libertad!
¡Sea por Andalucía libre,
España y la Humanidad!


          En la actualidad el Himno de Andalucía está profundamente asumido por el pueblo andaluz como uno de los símbolos de su identidad.

lunes, 27 de febrero de 2017

LA BANDERA VERDE Y BLANCA. NUESTROS SÍMBOLOS


VERDE, BLANCA Y VERDE.

 ( jt.)

Decir que este artículo es un recorrido cronológico por la bandera andaluza es quizá incorrecto, sería más justo decir que es un recorrido por los colores históricos que han marcado la simbología e iconografía política de nuestro territorio.

Efectivamente, como es ya harto conocido, la primera referencia escrita que se conserva de la bandera de Andalucía, con una estructura realmente similar a que tenemos hoy, es la famosa del reinado de Al-Mutasim, de la taifa de Almería del año 1051 de nuestra era, por lo que parece cierto que nos encontramos con absoluta seguridad con la bandera más antigua de toda Europa, y por tanto, probablemente, de las que se siguen usando oficialmente hoy en el mundo. Así consta en los estudios recogidos por Henri Peres en su libro Esplendor de Al Andalus, Poesía Árabe del S. XI (Paris 1937), donde aparecen los versos del poema de Abú Asbag Ibn Arqam sobre este antiguo emblema en el que describe una insignia verde atravesada por una franja de color blanco:
“una verde bandera
que se ha hecho de la aurora blanca un cinturón,
despliega sobre ti un ala de delicia,
que ella te asegure la felicidad
al concederte un espíritu triunfante”

 


Pero hagamos un recorrido más exhaustivo, y aunque de manera sucinta, intentaré resumir lo más básico tratando de recopilar aquí las enseñas más significativas a lo largo de la historia. Bajo esa premisa empezaremos con el estandarte completamente blanco adoptado allá a mediados del S. VIII en el Emirato Omeya de Córdoba de Abderramán I como forma diferenciadora del totalmente negro que le distinguía de los abasíes, compaginándolo con otros emblemas donde aparecían el león rampante (utilizado antes que lo adoptara Castilla como símbolo), la media luna creciente o la estrella de ocho puntas. Más tarde, a principios del S. X el Califato de Córdoba, y dentro de la misma dinastía, incorpora bajo fondo verde la representación de un águila de sable. Pero será la insignia identificativa de la taifa de Almería bajo control de Al Mutasim en 1051 la que aglutina los dos colores mencionados con anterioridad, el blanco y el verde al incorporar al estandarte totalmente verde una franja en diagonal de izquierda a derecha totalmente blanca.
Bandera de la Taifa de Almería

Así mismo, en el llamado Estandarte de Colls (S.XI) que está conservado en el Museo Arqueológico Provincial de Huesca muestra claramente las tres franjas verde, blanca y verde de nuestros colores. Se trata de un estandarte posiblemente incautado a las tropas andalusíes al ser durante el reinado de Hisham II (965-1013) tercer califa omeya de Córdoba las tierras del Alto Aragón zona de continuos enfrentamientos por estar establecida aquí la frontera con los incipientes reinos cristianos establecidos en el Pirineo. Tiene la particularidad de contener inscripciones en árabe bordadas en colores blanco, amarillo, azul y rojo además de diversa decoración geométrica y vegetal, llegando a incorporar la silueta de un ave.

Estos mismos colores, el verde y blanco, se constatan en el pendón izado en la misma Giralda como simbolismo del triunfo almohade en la batalla de Alarcos frente al rey castellano Alfonso VIII. Pero, tras la posterior presión cristiana sobre las tierras andalusís que fuerzan la formación del reino nazarí de Granada en 1238, el color verde desaparece y es sustituido por el rojo identificativo de la dinastía fundada por Muhammad Ben Nazar, conocido por Muhammad I o Alhamar el Rojo por el color de su barba, añadiendo en color blanco el lema “y no hay más vencedor que Allah” (Gua la galib ill Allah).
Posteriormente será protagonista de las insignias de esta dinastía nazarí la media luna y las estrellas de ocho puntas en diferentes combinaciones de rojo y verde junto con blanco, según lo atestigua las veintidós banderolas incorporadas a su escudo por la Casa de Cabra (también de Baena y posteriormente de los Fernández de Córdoba), por concesión de Isabel la Católica, tras la destacable intervención de esta casa nobiliaria en la batalla de Lucena (1483) donde las tropas cristianas derrotaron y capturaron a Boabdil, rey de Granada, e incautaron como trofeo dichos emblemas.
Escudo de la Casa de Cabra

El color verde volverá a tener significado identificativo para nuestra tierra y sus gentes el 8 de Mayo de 1521 cuando se produjo una revuelta popular protagonizada por de la población descendiente de moriscos y andalusíes de la ciudad de Sevilla, provocada por la hambruna, y conocida por el Motín del Pendón Verde, ya que los insurrectos acogieron como insignia un viejo pendón almohade que se guardaba en la capilla bautismal de la parroquia del Omnium Sactorum y que fue rápidamente sofocada.
Torre de la Iglesia de Omnium Sactorum en Sevilla

De la misma forma, también se utilizó los colores verde y blanco junto con su propio escudo de armas en la conspiración protagonizada por el IX Duque de Medina Sidonia, don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán, en 1641, a la sombra de las rebeliones contra Felipe IV de Cataluña y Portugal que consiguió su independencia definitiva del reino de España en el año 1640, por la que dicho duque pretendía una secesión de Andalucía del resto de España, para la formar un reinado bajo su control en nuestras tierras contando para ello con apoyo portugués, aunque no consiguió su propósito por la intervención del Conde Duque de Olivares, Válido del rey Felipe IV.
Enseña de la Revelión del IX Duque de Medina Sidonia

Nuevamente volvemos a observar el color verde, aunque esta vez puede que no tenga ninguna connotación en el pasado histórico de nuestras tierras, en la bandera liberal que confeccionaba Mariana Pineda en Granada y que fue motivo principal para su ajusticiamiento durante la Década Ominosa por conspiración frente al rey Fernando VII. Esta bandera liberal de tafetán morado tenía en el centro un triángulo de color verde, color del liberalismo, sobre el cual estaban bordadas las palabras “libertad, igualdad y ley”.

Bandera distintiva del liberalismo

También debemos repasar como significativos los diferentes emblemas y banderolas utilizadas durante el proceso revolucionario de 1868 que, con clara tendencia progresista y obrera, derivó en la I República que trajo un alto sentimiento federalista e independentista plasmado en los movimientos cantonalistas de 1873, añadiendo los colores rojo y negro a los ya usados tradicionalmente verde y blanco. Fruto de estos movimientos es la llamada Constitución de Antequera de 1883, promovida por el Partido Republicano Democrático Federal, que venía a reconocer la nacionalidad andaluza y que diseñó diversos modelos de bandera donde se combinaban el verde y blanco con añadidos en rojo y en negro.
Modelo de bandera establecida a raíz de la Constitución de Antequera

No será hasta 1919 donde la Asamblea Regionalista reunida en Córdoba aprobará oficialmente la bandera verde, blanca y verde en tres franjas horizontales de igual tamaño que en la actualidad es nuestra bandera. Será una forma de corroborar el acuerdo tomado el año anterior en la Asamblea Regionalista celebrada en Ronda tras una propuesta realizada por Blas Infante. Por parte de Blas Infante y otros entusiastas defensores de ese diseño, como Álvarez Ossorio, se argumentó que se debían coger como modelo los colores llamados panárabes, es decir, el rojo, el negro, el verde y el blanco ya que eran los colores que identificaban a las cuatro familias descendientes del profeta Mahoma y por lo tanto colores sagrados e identificativos del Islam; pero que el rojo y el negro eran colores que se debían descartar por incitar el primero a la violencia y agresividad mientras que el segundo lo hacía a la tristeza y al dolor, siendo el verde un color que inspiraba futuro además de ser el color identificativo de un Islam estrechamente vinculado a nuestra historia y el blanco simbolismo de pureza y nobleza y que además es un color estrechamente relacionado con el esplendor  que trajeron a nuestras tierras los Omeyas y los almohades. No obstante se ha de comentar que Blas Infante había confesado que la inspiración para asumir el color verde y blanco la adquirió del estandarte enarbolado por las mujeres que se sublevaron contra el dominio francés en 1810 en la llamada Comuna de Casares, localidad natal del propio Blas Infante.
Bandera acordada en la Asamblea Regionalista de Ronda. 1918
Emblema enarbolado en la rebelión de las mujeres de Casares. 1810


Se puede considerar que la primera vez que la bandera verde y blanca adquirió oficialidad fue en 1932 cuando la Comisión Organizadora de la Asamblea Regional la asume como identificativa y es izada por primera vez en la Diputación de Sevilla, siendo cedido ese honor por su presidente D. Hermenegildo Casas a la Sra. Blanca Vázquez, hija del insigne narrador, ensayista, dramaturgo, periodista y destacado andalucista José Andrés Vázquez. Evidentemente durante el periodo de la II República, la bandera andaluza tuvo notoriedad y presencia, aunque no tuviera tratamiento de oficialidad. La redacción del Estatuto de Autonomía Andaluz a la sombra de los ya redactados catalán, vasco y gallego, la contemplaba como insignia representativa de todos los andaluces, pero el golpe de Estado en contra del gobierno legítimo de la República de Julio de 1936, interrumpió su confección y posterior aprobación en referéndum por el pueblo andaluz.
Izado de la bandera de Andalucía en 1932
Bandera de Andalucía en el Ayuntamiento de Sevilla durante la II República
No será hasta 1979 cuando el nacionalismo andaluz, esta vez representado por un grupo político como el Partido Socialista de Andalucía (PSA) en un acuerdo de su segundo congreso, vuelve a adoptar la bandera verde y blanca a la que le incorpora un triangulo rojo con una estrella de cinco puntas blanca en su parte izquierda en representación del mundo obrero y revolucionario. Pero, aunque el PSA contribuyó, junto con otros partidos políticos, en la redacción en 1981 del Estatuto de Autonomía, no logró imponer su emblema ya que mayoritariamente se impuso la tesis de contemplar en ese estatuto la bandera aprobada en 1918 por la Asamblea de Ronda reconociendo la bandera verde y blanca junto con el escudo de Andalucía, también aprobado en esa misma asamblea y diseñado, inspirándose en el gaditano, por el mismo Blas Infante y que sería situado en el centro de la misma. En algunas determinaciones es conocida popularmente como la “arbonaida” en representación de la lucha por la liberación nacional del pueblo andaluz cogiendo como referencia la lengua romance andalusí donde se utiliza esta etimología para definir la unión de los colores verde y blanco.
Bandera del PSA. 1979

Es cierto que existe una variante independentista de nuestra bandera, fue determinada en el año 1990 en el congreso constituyente de Nación Andaluza (NA), organización que intenta difundir las ideas segregacionistas como distinción frente al criterio autonomista dentro del Estado Español, para lo cual añaden a la bandera verde y blanca un estrella de cinco puntas de color rojo como simbolismo revolucionario en el centro de la franja blanca.
Bandera Nacionalista promovida por NA. 1990

Como conclusión diremos que la bandera de Andalucía tiene un origen relativamente reciente y se debe a la inspiración personal de un solo hombre considerado como impulsor del andalucismo moderno, aunque por todo lo expuesto debemos considerar que sus colores están lo suficientemente arraigados en la historia y la tradición como para ser plenamente representativos de la identidad cultural andaluzas y de la entidad política a la que define y encarna.