martes, 2 de septiembre de 2014

EL CANTE DEL PUENTE DE GÉNAVE. 1ª parte



Después de la pausa estival, retomamos nuevamente la dinámica de publicaciones en el Blog “Historia Puente de Génave”. Queremos hacerlo con un escrito que se regocija en la historia de nuestro pueblo pero que al tiempo es escrito de rabiosa actualidad. Nos referimos al reciente relato ganador del III Concurso de Relato Histórico Domingo Henares. Esta fantástica historia, escrita por Pablo García González, persona conocida y querida por todos, hace referencia a la composición del mítico cantaor flamenco Pepe Marchena, titulada “El Cante del Puente de Génave”. En ella el famoso cantante hace escala forzada en nuestro pueblo y al tiempo que va conociendo personajes emblemáticos y lugares pintorescos de Puente de Génave, se va enamorando de sus rincones y de la enorme amabilidad e idiosincrasia de sus gentes. La gratitud fue por tanto la motivación que empujó a Pepe Marchena a tener a nuestro pueblo presente en su repertorio musical. 



EL CANTE DE PUENTE DE GÉNAVE. 1ª Parte



Por Pablo García González
 
La avería



Estaba bien la carretera en aquel tramo. A la izquierda se abría un amplio valle sin olivos, que Pepe observaba distraído. El coche pasaba ahora junto a unas bellas edificaciones, dos naves paralelas unidas por una hermosa verja de hierro. Le llamó la atención una cortada vertical, un gran terraplén veteado de tonos marrones y grises, a unos cientos de metros a la izquierda de la marcha. Iba tan relajado y distraído contemplando el paisaje que no se dio cuenta de que el coche perdía impulso, aminoraba la velocidad y el motor dejaba de oírse. Una curva, una ligera cuesta abajo, el silencio, y el coche sin brío hasta detenerse suavemente. Entonces Pepe salió de su modorra y preguntó a Braulio qué ocurría. El hombre hizo un gesto de duda, tocó alguna palanca y unos resortes y salió del auto. Pepe vio cómo abría el capó izquierdo del motor y comprobaba algunos cables, luego pasó por delante del coche, abrió el otro capó y se entretuvo en más comprobaciones. El chófer volvió a subir al coche con cara de perplejidad, tocó algún botón y la palanca de marchas, cogió de debajo del asiento la manivela de arranque, la acopló en su sitio en la parte delantera del vehículo, bajo el radiador, e intentó poner de nuevo el motor en marcha. Pepe se bajó del coche y observó el empeño de su empleado y compañero de viaje, que se esforzaba en girar con fuerza la manivela sin conseguir que el motor arrancara. Pepe observaba en silencio.

Braulio volvió a revisar el motor, comprobó cables, regresó a la manivela de arranque y la giró varias veces, en series de cuatro o cinco rotaciones sin resultado; entonces se irguió, miró a su jefe como si lo viera por primera vez y le dijo:

-Don José, tenemos una avería. El coche no arranca.

Pepe vio entonces, a unos cientos de metros más allá, las primeras casas del pueblo.

-Habrá que buscar ayuda –dijo-, y echó a andar.

El bar


Llegó a un puente nada más dejar a la derecha el cartel con el nombre del pueblo, PUENTE DE GÉNAVE, y el yugo y las flechas falangistas, muy inclinadas a la derecha, a punto de caerse; después, a la izquierda un bonito edificio industrial y el zumbido, apenas perceptible, de las máquinas. A la derecha, huertas. Al fondo, como si estuviera en medio de la carretera, una casa con un torreón, que tenía abierta una puerta en arco de medio punto; había gente, algunos sentados; le pareció que lo miraban, volvió la cabeza y vio a Braulio que lo seguía, al fondo, varado en la carretera, su coche debía ser el objeto de la observación de aquellos hombres. Al acercarse, vio que la carretera giraba a la izquierda y la casa del torreón era un bar, IBERIA BAR leyó sobre la fachada. Los hombres con aire de campesinos desocupados, seguían mirando en silencio al forastero bien vestido, que los saludaba antes de entrar en el bar: respondieron como un coro con un “buenas nos de Dios”.

El bar no parecía una taberna de pueblo, un arco lo dividía en dos estancias; en la del fondo, en un par de mesas jugaban a las cartas, en una tercera, al dominó, dando fuertes golpes con las fichas sobre el mármol del velador. En la barra, donde se acodó había varios hombres, pero nadie detrás del mostrador; uno de aquellos hombres llamó: “Joaquín” y, enseguida salió Joaquín por una puerta que seguramente comunicaba el bar con la cocina; traía unos platillos de aperitivo que puso delante del grupo en el que estaba el que lo había llamado. Joaquín se acercó a Pepe y a Braulio, les dio los buenos días y les preguntó que deseaban:

-Antes que nada, -dijo Pepe- saber si hay un mecánico que pueda mirar nuestro coche: se nos ha averiado a la entrada, un poco más allá del puente de la entrada.

-Sí, señor, hay un taller y su dueño es un buen mecánico, además vive cerca y podemos avisarle; a esta hora debe estar ya comiendo en su casa.

Pepe sacó su reloj del bolsillo del chaleco, lo abrió con un ligero chasquido y miró la hora.

-Las dos y media, Braulio, nosotros también tendríamos que tomar algo. Ya va  haciendo hambre.

Pepe preguntó a Joaquín donde podrían comer algo, mientras avisaban al mecánico y el del bar le contestó que había varios sitios. Pepe pidió dos vasos de vino, Joaquín se los puso y desapareció por la puerta de la cocina para salir al momento con dos platillos de carne con tomate, que colocó junto a los vasos de vino.

-El mejor sitio para comer es la Fonda La Manuela –dijo Joaquín-. Está un poco más allá, al pasar el puente nuevo, esto es pequeño. Y la fonda está cerca del taller de Alfonso.

Pepe pensó que lo mejor sería comer y, luego, buscar al mecánico, al fin y al cabo, si el tal Alfonso estaba almorzando no iba a levantarse a medio comer para atender una avería. Joaquín le dijo que Alfonso solía tomar café en el bar todos los días a las cuatro, antes de volver al taller, así que tenían tiempo de comer y regresar a ver al mecánico y solucionar lo de la avería.

La fonda tenía un pasillo con un patio al fondo, pero vieron a la derecha una puerta y mesas preparadas con mantel y platos. Entraron y se acomodaron; comieron unas excelentes lentejas con chorizo y chuletas de cordero con patatas; no tomaron postre y se volvieron enseguida al bar Iberia a esperar a Alfonso. Pepe le dijo a Braulio que si el mecánico daba con la avería, podrían estar por la noche en Albacete, como habían previsto.

Cuando llegaron, Alfonso ya estaba allí porque Joaquín le mando recado con un chiquillo de que lo esperaban unos forasteros. Tras la barra no estaba Joaquín, sino su hermano Juan José, según supo Pepe, mientras les servía café, el de Braulio con un chorrete de coñac.

 La magneto


Alfonso se subió al Ford de pedales y le dijo a Braulio que intentara arrancarlo; giró con fuerza la manivela, sin resultado. Alfonso se bajó del coche y dijo, mirando con cara de preocupación a Pepe y a Braulio

-Va ser la magneto.

A Pepe le sonaba aquello de la magneto, pero antes de que llegara a preguntar, Alfonso le estaba explicando a Braulio que sin electricidad el motor no arranca y por lo que oyó cuando había girado la manivela, seguro que era una avería eléctrica.

-Mire Ud., don José –dijo Alfonso, al darse cuenta de que Pepe tenía cara de no entender nada- la magneto produce la corriente que el motor necesita para que el coche ande. Y el problema está ahí: en la bobina o en los imanes, que son los dos componentes fundamentales. Para saberlo hay que llevar el coche al taller y desmontar la magneto.

-Claro –dijo Pepe, mientras Braulio abría el capó del coche y trataba de buscar la magneto-, así que ahora mismo, no sabe Ud. cuanto le llevará arreglar la avería.

-No, señor, -contestó Alfonso- pero no creo que sea menos de un par de días. Si es cosa de los imanes o los rodamientos, tenemos que pedirlos a Úbeda y si es la bobina, habrá que embobinar y eso lleva su tiempo. La magneto es lo que tiene.

-¡Qué vamos a hacer! –dijo Pepe, resignado- y la operación se puso en marcha

Alfonso explicó que, gracias a Dios, estaban cerca del cortijo de La Vicaría, donde tenían un tractor que remolcaría el coche. La Vicaría era una gran finca, atravesada por la carretera, donde había quedado el coche averiado. No fue difícil mandar recado al cortijo, a ver si se podía acercar el tractorista para llevar el coche al taller. Los dueños de la Vicaría estaban muy agradecidos a Alfonso porque siempre que recurrían a él lo encontraban dispuesto, a cualquier hora del día o la noche. Y recurrían muy a menudo porque, además del tractor, en la finca había otros motores que daban problemas; sobre todo, en época de aceituna, el motor de la fábrica de aceite. El encargado de la finca mandó inmediatamente a Toribio, el tractorista, para que remolcara el coche. Toribio estaba orgullosos de ser tractorista: su tractor había sido el primero en llegar a la comarca y “era una animal, que tenía más fuerza que cuatro yuntas”, como decía Toribio, arrogante, a quienes miraban aquella máquina imponente. Era un Farmall que se arrancaba con un pequeño motor de gasolina; en el momento adecuado, Toribio accionaba con soltura unas palancas y el motor de gasoil tomaba el relevo. Majestuosamente, Toribio se puso en marcha con su tractor.

En un momento, amarraron el coche y salieron camino del taller. Atravesaron el pueblo seguidos por un enjambre de chiquillos, que correteaban en torno a los vehículos, y observados por muchos vecinos, unos embelesados por la belleza del automóvil y otros asombrados por la fortaleza que atribuían al tractor.

Al pasar junto al bar Iberia, siguiendo al tractor camino del taller, Pepe les había dicho a Braulio y a Alfonso que se encontraría con ellos dentro de un rato, que se iba a quedar tomando otro café. Juan José, que había visto pasar el coche arrastrado por el tractor, le preguntó si era grave la avería y Pepe le contó lo que pudo recordar de lo que había dicho Alfonso.

-Pero tenemos que esperar que desmonte la pieza y vea el daño. Así que póngame un café y sea lo que Dios quiera –dijo, con un gesto de resignación.



El paisano aparejador



En la barra del bar había un grupo de hombres tomando, en animada charla, café y coñac, a los que Pepe había saludado distraído y casi sin mirar. Y un poco más allá un hombre alto, enjuto, que vestía traje y corbata y llevaba calada una boina. Estuvo observando a Pepe, que miraba distraído al frente, mientras saboreaba sorbo a sorbo su café, y finalmente se acercó a él.

-Perdone que le moleste, -dijo el hombre- tengo la sensación de que lo conozco; soy de Sevilla, me llamo Salvador Tous.

-Encantado de conocerlo, paisano; yo también soy de Sevilla, de Marchena, para ser exactos, me llamo José Tejada Martín – contestó Pepe, tendiéndole la mano.

-¡Lo sabía!– dijo Salvador Tous con una amplia sonrisa- Es Ud. Pepe Marchena. Es un placer saludarlo, maestro.

-El gusto es mío, don Salvador.

-Estuve viéndolo en Úbeda, hace ¿cuánto? ... menos de un año, creo, cuando actuó Ud. con su espectáculo “Pasan las coplas”. – Salvador Tous continuó, emocionado.- Me gustó mucho y quise saludarlo. Soy un humilde aficionado al flamenco y pensé que era mi oportunidad de conocer al más grande; pero había tanta gente esperando hacer lo mismo en la puerta del camerino que me retiré, le confieso, que decepcionado, contrariado. Y mire por donde, hoy, en un lugar insólito, está Ud., y yo tengo la oportunidad de invitarlo a un café, si Ud. me lo permite.

José Tejada Martín, conocido como Pepe Marchena, era un mito del flamenco, muy conocido en España y en los grandes países iberoamericanos, aunque hubiera pasado inadvertido en aquel remoto pueblo de la Sierra de Segura: ni siquiera sus películas “La Dolores” y “Martingala” habían sido proyectadas aún en el cine Mari Paz, que funcionaba en el pueblo desde hacía unos meses.

Pepe Marchena, que estaba acostumbrado a ser reconocido y, muchas veces, atosigado por gentes que lo admiraban, creyó, tras las primeras horas de estancia en aquel pueblo, que pasaría en un cómodo anonimato el tiempo que tardaran en arreglarle el coche. No iba a ser así, pensó, mirando a aquel hombre, que le hablaba de sus canciones y de los espectáculos que había tenido la oportunidad de presenciar. Reconoció al buen aficionado, pero también al hombre educado que estaría dispuesto a retirarse, antes de causar la más leve molestia.

-Sinceramente, don Salvador, -dijo Pepe Marchena- me alegro de haberme encontrado con Ud.

Salvador Tous, que conocía como todos los clientes del bar el episodio de la avería del coche, se ofreció a Marchena para lo que pudiera necesitar y quiso acompañarlo al taller de Alfonso para ver si ya había desmontado la magneto y tenía idea de cuánto tiempo precisaría la reparación. Le dijo que Alfonso era un mecánico muy bueno, con acreditada fama, al que traían coches y camiones de todos los pueblos de los alrededores y hasta de lugares alejados.

-Y no solo coches, -añadió Tous- conoce al dedillo los motores de las fábricas de aceite, que por aquí abundan, o los de las aserradoras, de las que hay varias en pueblos más grandes y más metidos en la Sierra.

Camino del taller, Salvador Tous era saludado por el todo el que se cruzaban: “buenas tardes, don Salvador, y la compaña”, le decían en unos casos con afecto amistoso, con respeto, en otros. Pepe Marchena se dio cuenta de que era un hombre querido en el lugar.

-Bueno, don Salvador, -le dijo- Ud. lo sabe todo de mi, dígame algo de Ud. ¿qué hace aquí, donde parece que le tienen tanto apego?

Salvador Tous le contó que era aparejador y que, por lo tanto, construía casas. Que llevaba en el pueblo ya casi diez años y que, si tenían oportunidad, le mostraría alguna de las casas que había hecho; sobre todo, le dijo, el

Ayuntamiento, del que se sentía muy orgulloso. Y remató con un gesto de melancolía en la mirada.

-Y puedo decirle que no estoy por gusto, pero estoy a gusto.

La frase le salió sin pensarla, sin querer decirla; como una confidencia espontánea a un viejo amigo. Y entonces tuvo la sensación de que gracias al flamenco conocía a Pepe Marchena de toda la vida.

-Eso parece un acertijo. –dijo el cantaor.

Salvador Tous se definió como un perdedor, un derrotado de la guerra civil, en la que había participado poniendo sus conocimientos profesionales al servicio de la República: fue jefe de un Batallón de Obras y Fortificaciones, y con su gente realizó muchos trabajos de fortificación militar en la provincia de Jaén.

Al terminar la guerra fue encarcelado y luego absuelto, tras un juicio sumarísimo, y puesto en libertad. Pero no se le permitió volver a Sevilla, sino que fue desterrado a este pueblo.

-Sabe que, cuando se ha presentado, -dijo Marchena- su apellido me ha resultado familiar. Vamos que me suena lo de Tous.

-Seguramente, maestro; -respondió el aparejador- mi familia es bastante conocida en Sevilla.

La familia Tous, oriunda del Valle de Arán, en el Pirineo leridano, llevaba muchos años establecida en Sevilla, donde en este momento su hermano Luis era médico, catedrático de ginecología en la Universidad; su hermano Nicolás, ingeniero industrial, y otro hermano, Román, también ingeniero, era director de la potente empresa cerámica de La Cartuja. Los Tous pertenecían a la burguesía sevillana y Salvador era considerado el garbanzo negro de la familia.

-Lo malo es que se lo considere Ud. mismo –le dijo Marchena, afectuoso-.

La familia, sobre todo sus hermanos, nunca habían soportado las ideas izquierdistas de Salvador y su implicación en actividades políticas.

-Pero ha dicho que está a gusto aquí. –dijo Pepe Marchena, que quería cambiar de conversación porque veía a Tous incómodo en aquellas confidencias-.

-Sí. Estoy bien; -dijo don Salvador- al principio se me hizo el vacío porque llegué precedido por mi pasado. El pequeño grupo dirigente, formado por propietarios y profesionales, que se sienten vencedores con derecho a pasar factura, me miraban con recelo. Bueno, algunos cafres, que no desaprovechan ocasión de vestirse de azul y lucir correajes, me lo hicieron pasar mal en algunos momentos. Pero todo eso pasó. Puedo decir que estoy integrado en esta pequeña comunidad y tengo suficiente trabajo.



El taller de Alfonso



El taller estaba en la salida del pueblo, junto a un edificio blanco que lucía un gran rótulo: CINE MARIPAZ. Entraron por un amplio portalón a un patio, cubierto en parte por una techumbre, bajo la que había varios vehículos con los motores al aire; allí estaba el Ford de Pepe con la parte delantera del motor descubierta. A la derecha estaba el taller; encontraron a Alfonso, observado por Braulio, que manipulaba una bobina de hilo de cobre. Se acercaron y Alfonso les mostró la bobina.

-Esta es la culpable –dijo haciendo un gesto con la barbilla hacia la bobina-. Pero es lo menos malo que podía ocurrir, porque la vamos a arreglar aquí. Tenemos un especialista que la embobinará y quedará mejor que nueva.

Alfonso les explicó que un problema en los imanes o en los rodamientos habría sido más difícil de resolver, y seguramente tendrían que haber pedido repuestos a los talleres Costán, de Úbeda; pero que, afortunadamente, Luis  el eléctrico compondría la bobina. Ahora solo faltaba buscarlo y que dejara lo que estuviera haciendo, para ocuparse de aquello. Alfonso había mandado a uno de sus aprendices a buscar a Luis.

La fonda


Había sido un día completo, le decía Braulio a su jefe, cuando se sentaron a una mesa del comedor de la Fonda. Quien les iba a decir cuando salieron por la mañana de Linares, camino de Albacete y Cartagena, que acabarían con el coche averiado en un taller de aquel pueblo, que se iban a encontrar con tan buena gente y que iban a cenar en aquel agradable comedor, de cuya cocina salía un olor que abría el apetito. Tomaron una sopa de picadillo, con mucha sustancia, luego sardinas asadas en leña de jara y de postre un flan de huevo. Marchena se levantó de la mesa y se asomó a la puerta de la cocina. Había una mujer de treinta y tantos años, vestida de negro, con un delantal gris oscuro y una cofia blanca con la que recogía su pelo, y dos chicas más jóvenes, una ellas les había servido la mesa, la otra estaba en ese momento fregando los platos. Era una cocina amplia y ordenada. Al asomarse, la mujer de negro se volvió hacía él.

-Perdone, señora, -dijo Pepe- quisiera decirle que su cena ha sido deliciosa, que la sopa es una de las más sabrosas que he tomado y que las sardinas estaban muy frescas y buenas. Muchas gracias

Justa, la cocinera, era hija de Manuela y había aprendido de su madre el buen hacer en la cocina, que había dado merecida fama a la Fonda de la Manuela.

-Muchas gracias, señor,-respondió con una sonrisa de agradecimiento- me alegro de que hayan cenado bien.

Le contó que el caldo de la sopa se había hecho cociendo lentamente durante muchas horas el hueso de jamón, el espinazo, sus trozos de cordero, un poco de tocino salado y las verduras, y que ese era el secreto.

Al día siguiente, Pepe Marchena, se enteraría de que Justa se había quedado viuda hacía poco; su marido, que tenía un coche de alquiler, había tenido un accidente en Jaén. Le contaron que desde hacía veinte años, Manuela regentaba aquella Fonda y que se había hecho un nombre por la limpieza de las habitaciones y por la excelente cocina, primero de Manuela y, luego de su hija. Y supo que otro hijo, Paco, era chófer y tenía una camioneta con un amigo suyo, Isidro, con la que traían una o dos veces a la semana pescado de Úbeda. Solo esos días en que el pescado estaba muy fresco lo servían en la Fonda.

----continuará................

martes, 8 de julio de 2014

NUESTRO BLOG...CRÓNICA DE UNA REALIDAD

EL BLOG...UN PROYECTO CONSOLIDADO



Nadie de los que iniciamos esta aventura del blog "HISTORIA PUENTE DE GÉNAVE" podíamos imaginar la dimensión que este proyecto comunicativo, que a través de las redes sociales llega a tantos y tantos puenteñ@s, tiene en la actualidad. Ha pasado tiempo y sigue siendo cierto que las personas involucradas en este blog mantenemos, como el primer día, la pasión que genera en nosotros Puente de Génave.

Todos sabéis que este blog nació a la sombra del perfil de Facebook, creado por Andrés Martínez Avilés, nuestro amigo “Pasteles”; quien en unión a José Miguel Martínez, animador cultural y coordinador de Guadalinfo Puente de Génave, y José Antonio Molina Real dieron un impulso definitivo a la idea de creación de este blog, a lo que tenemos que sumar el perfil en Facebook llamado “Actualidad Puente de Génave” que sirve para recoger las fotos, acontecimientos, eventos, actos y noticias que la actualidad genera en nuestro pueblo.
Sabéis que el blog sólo pretende crear un espacio donde tendrían cabida todas esas historias, anécdotas, vivencias, narraciones, artículos, curiosidades y todo tipo de escritos que tuvieran como elemento común nuestro pueblo.

Ha sido un camino largo e intenso en este corto espacio de tiempo, pues son ya 80 los escritos y artículos publicados, 45 los comentarios directos que habéis aportado en el blog siendo incontables los que realizáis a través de facebook en las diferentes páginas de difusión que utilizamos, llegando ya a la cifra de cincuenta y cinco mil las visitas que ha tenido el blog. Está claro que las cifras son altamente positivas pero lo que realmente convierte el balance general en satisfactorio es la realidad que supone constatar que sois muchos los que realizáis un seguimiento directo a las publicaciones y los artículos y escritos que de forma periódica aquí aparecen. Hemos logrado llegar a muchos, hemos conseguido despertar la sensibilidad sobre nuestro pueblo y sus gentes y también hemos conseguido mantener el contacto de paisanos que se encuentran lejos del Puente y que gracias a este mundo de internet han recuperado el contacto con sus raíces.
Con el paso del tiempo habéis podido comprobar que el contenido del blog han ido sufriendo aportaciones que pretenden mejorarlo, estas han ido desde las más simples de fijar como logo identificativo el escudo de nuestro pueblo o la clasificación de las publicaciones por categorías, hasta las más complejas como el crear unos links de acceso directo llamado “Participar en el Blog -añadir escrito/artículo y formulario-” para que vosotros aportéis contenidos y todo aquello que queráis publicar en el blog. También se han introducido, siguiendo sugerencias vuestras, otros contenidos como los nuevos links de acceso a los artículos y publicaciones más visitadas, así como los vídeos antiguos o los explicativos de las publicaciones digitales relacionadas con Puente de Génave. Otra innovación es el apartado donde se han establecido links de acceso a páginas web relacionadas con el pueblo que van desde la del propio Ayuntamiento hasta la de diversos establecimientos de la localidad, y finalmente un apartado en el que se puede acceder a las noticias más significativas aparecidas en prensa provincial que hacen referencia a Puente de Génave.          



Está claro que todo es mejorable, y en ese camino estamos. Para ello necesitamos que aportéis vuestras ideas, opiniones y sugerencias o que hagáis valoraciones sobre las historias y artículos publicados aportando comentarios que podréis añadir en el link situado al final de cada publicación "No hay comentarios" donde podréis introducir el vuestro. Además nos gustaría recibir más aportaciones, escritos y artículos; pues sabemos que tenéis muchas cosas que contar, y aunque en ocasiones no sepáis como expresarlo, no dudéis en darnos información y datos para que nosotros profundicemos en su estudio y demos forma para llegar a su publicación. Estamos seguros que conocéis historias, curiosidades o particularidades del pueblo y de sus gentes que merecen la pena se recuperen y se conozcan.

Sabéis que lo podéis hacer a través del link “Participar en el Blog”, a través del correo electrónico  historiapuentedegenave@gmail.com o también para aquellos que no dominéis del todo esto de las redes sociales, directamente a José Miguel en Guadalinfo Puente de Génave. No dudéis en hacerlo, os aseguramos que todo lo recibido se publicará, bien sea con vuestro nombre, con pseudónimo o de forma anónima. No olvidéis que este proyecto de difusión de todo aquello que está relacionado con nuestro pueblo es de todos. Por esa razón todos debemos involucrarnos y todos debemos participar, y participar es que nos digáis lo que os gusta y también lo que se podría mejorar, todo se agradecerá. Debéis pensar que el blog es un proyecto que contribuye a fomentar la dinámica cultural de nuestro pueblo y que no podemos dejar que se pierda.

También queremos comunicaros que vamos a pasar a una fase de inactividad en estos meses de verano que se avecinan. Ahora es tiempo de ocio y vacaciones, por lo que vamos a dejar de realizar publicaciones para recuperar de nuevo nuestra actividad cuando llegue septiembre. Tenemos algunos artículos ya confeccionados fruto de vuestras aportaciones, nuevos perfiles de Puenteñ@s, documentos históricos relacionados con nuestro pueblo y diversas cosas más. Volveremos con más fuerza y entusiasmo, tratando de poner en práctica vuestras sugerencias y siempre con el afán de mejorar y hacer de este blog una herramienta que, con las aportaciones de todos, llegue a todos. Muchas gracias.

martes, 1 de julio de 2014

A MI MAESTRA DE SIEMPRE....Dª ENCARNI

Los primeros calores del verano ya están invadiendo nuestro quehacer cotidiano y la mayoría comienza a realizar planes de futuro para llenar vacaciones y tiempo de ocio; pero desde el blog, antes de iniciar el descanso en lo referente a publicaciones que realizamos en este tiempo estival que se avecina, queremos volver la vista atrás para mantener vivo en nuestro recuerdo a alguien que supo querer y se hizo querer por todos. La realidad es dura y ya no vemos a Dª Encarni, ya no compartimos con ella momentos, ya no podemos verla pasear por las calles de nuestro pueblo, pero también hay algo que es realidad, que no es otra cosa que la huella imborrable que su bondad, su generosidad y su entrega como profesional y como persona ha dejado en todos los corazones de quienes tuvieron la fortuna de compartir momentos y vida con ella. Sirva este escrito de Daniel Falla para rendir merecido homenaje de todos aquellos que en algún momento de su vida se cruzaron en la vida docente de esta gran profesional y extraordinaria persona.

DÍAS QUE NO VOLVERÁN....

Por Daniel Falla Fernández

Reconocer trayectorias, ejemplos de vida, es dar sentido a la cultura de los pueblos es dar identidad y hacer justicia a personas que han dedicado su vida al servicio de otros, bien por profesión bien por vocación o simplemente bien. Y es que la educación, no es solo aprender conocimientos insignificantes o relevantes que caen en el vacío del olvido o perduran en el infinito de la memoria, también incluye enseñar valores a los cuáles identificarse, estilos de vida, formas de entender las vicisitudes… Los primeros tipos de maestros son fáciles de encontrar, los segundos nos llegan por casualidad y sin darnos cuenta son eso maestros/as que marcan el devenir de nuestros proyectos de vida, son el elixir de nuestras experiencias y sin embargo un día ya no están…
                    
Doña Encarni, la recuerdo tan cerca y tan lejos que me resulta difícil expresar con palabras aquel embrollo de sentimientos que provocan en mí. La recuerdo como aquella maestra transgresora que rompe con lo viejo y nos acerca a lo nuevo. Rompe con la escuela tradicional, la clasista, la de la foto del rey, la de los rezos a primera hora de la mañana, la de las filas para entrar después del recreo, la escuela donde las formas y el orden son más importantes que el contenido, donde el respeto se consigue con obediencia y fidelidad radical a los dones.
A ella, sin embargo, la recuerdo como aquella profesora que opina, que critica, que se atreve, descarada, controvertida. Era dura, difícil para el cómodo, ejemplo para el inquieto. Nos pedía algo distinto al memorizar de toda la vida, nos pedía pensar, reflexionar… y como todo lo nuevo nos hace dudar.
La recuerdo como una profesora cercana preocupada por el alumno pero a la vez firme. De asignatura difícil “lengua y literatura”, pero gracias a ella nos acerco a muchos a la existencia de los libros, donde la imaginación te traslada a épocas pasadas, a países lejanos, a personajes variopintos o simplemente a un mundo de fantasía. Era nuestra tutora de toda la vida aquella que aun habiendo acabado los estudios de secundaria seguía preguntando por nosotros mandando consejos y ánimos como si nunca hubiera dejado de ser nuestra maestra…
Y después de muchos años fuera te enteras que esa maestra fuerte con ganas de vivir tiene esa enfermedad que te hace despedirte de la vida antes de lo que uno quiere. Esa profesora coqueta de labios rojos y mirada fuerte se debilita por momentos hasta que un día ya no está. Por todo ello, quisiera aprovechar este pequeño espacio para escribir a esa profesora que me ha enseñado desde mi niñez y a la que estoy completamente agradecido; y quisiera hacer grande a nuestra Doña Encarni que ha marcado el camino de tantas generaciones para que tenga un homenaje merecido y aunque las palabras solo nos permiten describir, expresar, recordar… yo quisiera unirme a todas aquellas personas que tienen algo que decirle…a todas aquellas personas que recuerdan con afecto días vividos con ella… a todas aquellas personas que están agradecidos de que su camino se haya cruzado con el nuestro…aquellas personas que le tienen gratitud y cariño…aquellas personas que siempre la recordarán…
Y AUNQUE ESTOS DÍAS DESCRITOS NO VOLVERAN ME SIENTO SATISFECHO DE HABER PODIDO COMPARTIR UN TIEMPO CON NUESTRA MAESTRA DE SIEMPRE, DOÑA ENCARNI…


lunes, 23 de junio de 2014

JUAN JOSÉ SÁNCHEZ.....EL TALABARTERO DE PUENTE DE GÉNAVE. 2ª parte

LOS OFICIOS DE NUESTRA GENTE.
EL TALLER DE TALABARTERÍA DE JUAN JOSÉ SÁNCHEZ (II).

Por Juan José Olivas Vigara.

continúa.................

Además de las piezas rutinarias, en aquel taller se elaboraban algunos arreos que eran piezas únicas. Se dibujaban sobre el cuero motivos florales mediante claveteados metálicos y pespuntes complejos que decoraban la guarnición y servía para lucimiento de la caballería a la que iba destinada.
Juan José, el Talabartero, pensaba que su profesión no era un simple oficio mecánico. Se requerían, en su opinión, además de algunos conocimientos previos, constante laboriosidad y cierto gusto creativo para poder elaborar determinadas piezas que fueran eficaces, eficientes e hicieran elegantes a las caballerías. El las intenciones del maestro estaba el deseo de que sus sobrinos, que eran como sus hijos, debían aspirar a conseguir el nivel de un honroso título de maestro talabartero o guarnicionero y no permanecer el resto de su vida siendo unos operarios rutinarios y mediocres. Todas sus enseñanzas y orientaciones iban en la misma dirección: formar dos profesionales creativos y conocedores de todos los secretos del oficio. Orientó sus esfuerzos a ello y a fe que lo consiguió.
 
El trato que les deparaba como maestro era afable, afectivo y muy humano. En ningún momento, ante errores propios de aprendices, los desalentaba ni los reprendía con altanería, más bien lo hacía con benevolencia. Sus explicaciones eran breves, sencillas y dadas con cariño. Juan José, como maestro, entendía que enseñar a medias era no enseñar y exigía de sus sobrinos atención, laboriosidad, entrega y honradez.
Una de las cosas que Juan José les inculcaba era la importancia de conocer perfectamente el cuero que utilizaban. Debían apreciar el grueso de sus hojas para que fuera más fácil el corte, Para algunas guarniciones se necesitan hojas gruesas y para otras había que utilizar la parte más delgada.
Era muy exigente, por ejemplo, en el cosido del ribeteado de los ataharres. Debían aprender a sacar la costura por el envés sumamente igual que por el haz. Les indicaba que eso se conseguía no elevando ni bajando el codo con frecuencia, porque estos movimientos contribuyen a lo que Juan José llamaba el arte del torcijón que tan fea hacía la costura. Para evitar que las piezas cosidas de esta manera salgan torcidas y combadas, debían entablar perfectamente.
Esto se consigue apretando con las dos partes de la tenaza de madera para dejar inmovible la pieza que están cosiendo. Por otra parte, tenían que adquirir la técnica para los movimientos de la lezna y el apretar el hilo de la puntada. En esto jugaba un papel importante la colocación de los dedos del talabartero en la parte inferior al introducirla para preparar el paso de la aguja y el hilo. Aquellos aprendices, después de algunos pinchazos, adquirieron la técnica necesaria para un cosido impecable.
El aprendizaje de un guarnicionero siempre fue largo. Las ordenanzas de 1618 de los guarnicioneros de Madrid exigían para llegar a maestro y poder abrir taller el cumplimiento del aprendizaje durante cuatro años; una vez pasado éste, se había de trabajar de oficial durante un tiempo casi igual en duración al empleado en el aprendizaje. Adquirida la suficiente experiencia en el oficio se había de superar un examen práctico confeccionando una o varias piezas representativas de la profesión.
Raimundo se independizó laboralmente de su tío Juan José y durante un tiempo instala su taller de talabartero en un pequeño cuarto con acceso directo a la calle que le alquila a D. Ramón Ruiz, médico del pueblo. Aquel reducido espacio estaba situado justo en medio del que fue Bar Nacional y la casa del citado doctor. En aquel pequeño taller atendía Raimundo a sus clientes. Allí confeccionaba albardas, cabezadas, ataharres y cuantos aparejos le encargaban. Pasados unos años trasladó el taller a su propio domicilio en la calle del Arroyo.
Ramón, su hermano, un hombre bueno, honrado y trabajador, también se casó y se independizó. Su taller de talabartería, primero en la calle del Arroyo y más tarde en el cortijo las Ánimas le permitió sacar adelante a su numerosa familia. Nada menos que seis hijos.
La labor de Juan José, el talabartero con sus sobrinos fue digna de encomio. Les enseñó lo bastante como para ganarse el sustento para ellos y su familia de manera honrosa y en años difíciles.
Hoy en el siglo XXI, a los más jóvenes, les puede parecer todo esto una antigualla. Ya hace tiempo que los animales de carga y arrastre en las faenas del campo han desaparecido de nuestro imaginario cotidiano. El campo se ha industrializado y casi ha desaparecido este oficio de artesanos que, en nuestro país, se profesionalizó hacia el siglo XIII, con la consolidación del transporte realizado por los arrieros. Otro de aquellos oficios de nuestra gente dignos todos de ser recordados.