domingo, 1 de septiembre de 2013

La transparencia de los carámbanos 1ª parte


Comienza septiembre y debería ser este el reencuentro anunciado allá por los últimos días de Junio. Sabéis que no ha sido así...que durante estos meses de verano se han producido publicaciones en este blog. El motivo también es conocido por todos, lamentablemente un personaje tan destacado y significado de la vida y, ahora ya, de la historia de nuestro pueblo nos dejó cuando el calor empezaba a dominar la vida cotidiana de Puente de Génave. Nos referimos a D. Faustino Serrano, nuestro Seve, y desde este blog no pudimos ni quisimos dejar de publicar esos escritos que, a modo de homenaje, salieron del corazón de sus autores.
Ahora reemprendemos otra andadura, otra temporada en la que esperamos contar con vuestras aportaciones, vuestros escritos serán siempre bien recibidos y por supuesto, siempre publicados. Sabéis que la forma de enviarlos es utilizando los links de la parte superior del blog "añadir escrito/artículo" y "formulario Puenteñ@s", o también utilizando nuestro correo electrónico "historiapuentedegenave@gmail.com". Venga..animaros, esto es tarea de todos, vuestra participación es necesaria.
Hemos pensado para reiniciar este nuevo periodo, el publicar un escrito de total actualidad, como lo es el ganador del premio de relato histórico Domingo Henares, que en su segunda edición, se entregó el pasado día 23 de Agosto al escritor José Agustín Blanco Redondo. Lo vamos a dividir en dos partes para facilitar su lectura, dejando la segunda parte para publicarla pasados unos días.


La transparencia de los carámbanos

Seudónimo del autor: Amor vincit omnia

Sierra del Segura. Edad del Bronce. Año 1684 a. C.


         El lobo de pelaje de ceniza aulló desde las rocas. Era ya media noche y la diosa Luna se asomaba tras unos retales de nubes sucias, tiñendo de palideces el rostro de Astil. El muchacho buscó descanso apoyando su espalda en el tronco quebrado de una encina, el cuello envarado, los músculos de los brazos tensionados como la cuerda de su arco, las piernas flexionadas, preparadas para impulsar su cuerpo en caso de necesidad, las sienes alumbrando un sudor frío, como escarcha desleída; la mirada afilada, dura, engarzada en el risco cuarcítico que servía de atalaya al líder de aquella manada de lobos que le perseguía desde hacía más de tres días, los mismos días que llevaba sin dormir, sin pensar en nada más que en escabullirse de su amenaza. Pensando sólo en sobrevivir, al menos durante una jornada más. Necesitaba conciliar el sueño y también alimentarse. Extrajo un pedazo de tasajo de ciervo del morral y comenzó a devorarlo con ansia, a dentelladas, como si aquella fuera la última oportunidad de lograr sustento. Reunió luego un puñado de broza reseca y lo prendió golpeando dos piedras de pedernal. Las llamas se encaramaron deprisa por encima del pasto, consumiéndolo con chasquidos breves, ásperos, tiznados de humo espeso. Astil añadió una ramas de coscoja para dar confianza al fuego, cruzó dos troncos más gruesos para garantizar la perdurabilidad del combustible durante el resto de la noche y, tras palpar el filo de su puñal de cobre en busca de unas briznas de valor, se arrebujó bajo una piel curtida de cabra sin atreverse aún a cerrar los párpados. Todo en su mente era un confuso crepitar de peligros, de incertidumbres acechantes, la noche, el frío, la demacrada luz de la diosa Luna, la sed, la lejanía de su poblado, de su añorado hogar. Y los lobos. Unos animales perseverantes, capaces de permanecer a un tiro de piedra de su cuerpo durante el tiempo que hiciera falta, sin perder jamás su rastro, escudriñando su aguante, acechando cualquier síntoma de debilidad, salivando sus quijadas, cerniendo la brisa con sus hocicos, arañando la tierra con sus garras, impasibles, siempre cerca, siempre dispuestos a destrozarle la garganta para alimentarse con el escarlata tibio de su sangre.

                              El autor con Domingo Henares(dcha) y Ramón Gallego(izda)

          Desde el promontorio de rocas cuarcíticas, las pupilas del lobo se encendieron con el reverbero de las llamas, medrosas, incapaces ahora de calibrar las fuerzas de un pequeño ser humano envuelto en una piel de cabra al que llevaban persiguiendo durante días. Un ser humano agotado que, sin embargo, aún era capaz de convocar en instantes al más ancestral de los enemigos del lobo, el fuego, ese engendro inasible, ese monstruo inmune a sus dentelladas y cuyas fauces enrojadas crecían conforme desarbolaba bosques milenarios, mientras calcinaba cualquier atisbo de vida sin mostrar piedad alguna.
         Astil sabía que ambos, el lobo y el fuego, eran depredadores ávidos de sangre, pero también sabía que algo los diferenciaba, algo esencial, inapelable. El fuego era un depredador cruel, pero resultaba un aliado si se manejaba con cuidado, con pericia, con respeto. El muchacho lo temía tanto como a los lobos y sabía que si se desbocaba podía trocarse en inmortal. Sólo el dios de la Lluvia sería capaz entonces de extinguirlo. En cambio, tanto el lobo como el hombre eran mortales, podían sucumbir ante la enfermedad, ante la vejez o en el fragor de un combate. Y Astil sabía que los lobos jamás se enfrentarían a un depredador inmortal manejado por el hombre.
El lobo emitió un gañido hondo, como de derrota, quizá de sumisión, agachó la cerviz, enterró su cola bajo el vientre y abandonó el promontorio de un salto, liderando la manada hacia el poniente, en busca, tal vez, de una cierva herida o de un jabato con los que apagar las escarbaduras del hambre. El fuego, aun en manos de un insignificante muchacho, no resultaba un enemigo asequible para ellos, al menos por ahora.
           Rio Madera
        El día amaneció con un cielo cercano, embarrado de nubes oscuras que se desplazaban a merced de un viento racheado y bronco, un viento que despertaba gemidos sibilantes por entre las ramas de los lentiscos, sobre las cruces de las encinas, bajo los tallos rojizos y últimos de los madroños. Sin embargo, Astil sonrió.
La manada de lobos había cejado en su empeño por acosarle y quizás al atardecer ya estaría en el poblado, recibido por su padre, - el jefe de la tribu-, como se merecía, como un héroe, como un digno sucesor en la dinastía que gobernaba su pueblo desde hacía demasiados inviernos, más de los que ningún hombre vivo podía recordar, como un valiente explorador capaz de defenderse por sí mismo en la inhóspita fragosidad de la Sierra Umbría, siete jornadas al noroeste de la tierra que le vio nacer. Conforme avanzaba y reconocía las trochas, las vaguadas, los bosquetes de encina y torvisco, los despeñaderos de piedra caliza hendida en barrancos bermejos, los roquedos erosionados que filtraban el agua de las lluvias trasegándola con ansia hasta lo más recóndito de sus porosas entrañas, por sobre una sierra celosa de sus menas de plata, negreada por pinos, madroños, enebros y saúcos. Una sierra que alumbraba en la Hondonada de las Fuentes al Gran Río, un valiente curso de agua que nada más nacer serpeaba hacia al noreste para esposarse con el Borosa y el Aguamulas. Luego torcía hacia el poniente y se empeñaba de por vida en buscar su destino, el de sembrar la fertilidad en las lejanas tierras del suroeste. Al norte, en las faldas orientales de la Sierra, a escasa distancia de su poblado, nacía un río de menor entidad, pero que al hacerlo a través de una caverna que abría sus fauces al firmamento, muy cerca de una leva de nogales y chopos centenarios, tenía desde antiguo la consideración de sagrado. Un río sagrado al que los ancestros de Astil denominaron Agua Segura. Recién alumbrado, su cauce trotaba hacia el noreste, buscando alianzas con el río Madero, con el Zumeta y más tarde con aquel río vomitado por una cueva colgada del Calar del Mundo, para errar hacia el sureste en el fragor de unos cantiles de cal y arenisca derramados en densas manchas de sabinas, serbales y labiérnagos. El Agua Segura terminaría al fin mestizándose con las olas salobres de un mar tras el que amanecía el dios Sol. Sí, reconocía ya la misma tierra venerable que acompañó a su infancia. El ánimo desperezó sus labios y los forzó a la sonrisa, esmaltando brillos de agua en su mirada. Ya podía ver su poblado, apenas unas decenas de casas -zócalo de mampostería, tapias de barro y techumbre de carrizo- encaramadas a lo alto de un cerro que no era sino una gran roca de color ocre. Todo el derredor de la aldea se protegía con una muralla de piedra salvo por donde una quebrada inexpugnable que se precipitaba hacia una de las revueltas del río hacía innecesaria esa protección. Astil ascendió por un sendero tortuoso hasta la puerta vigilada por dos guerreros armados con alabardas de cobre que le contemplaban atónitos, confusos, con una mueca de incredulidad agarrada a sus labios.
             Sierra Segura
         Aquel joven había sobrevivido durante casi quince jornadas en la intemperie helada de esas tierras del noroeste que conducían a la Sierra Umbría, una intemperie cuajada de lobos sanguinarios, jabalíes de navajas retorcidas, alimañas rastreras con los colmillos henchidos de veneno, tribus belicosas y soledades amedrentadas por partidas de bandidos cimarrones. Un muchacho apenas armado con un arco, un puñal de cobre y unas cuantas flechas del mismo metal. Y la hazaña de aquel muchacho consiguió en apenas un instante lo que muy pocos hombres habían logrado en el devenir de los tiempos, en los avatares ancestrales de la tribu, sí, amortajar con un grueso lienzo de respeto el temple de ese corazón de pedernal que colmaba el pecho de los guerreros, guerreros recios, capaces de ayunar durante el tránsito de la luna nueva a la luna llena, capaces de enfrentarse a un novillo cerril con las manos desnudas y derribarlo asiéndole los cuernos; capaces de hacer guardia, en pie, en vela, aferrados a su alabarda y a sus convicciones durante seis, diez, doce jornadas. Las jornadas que hicieran falta.
Dentro de la muralla, en el umbral de la puerta, esperaba su padre, el Gran Moliz, un hombre que cargaba sobre sus hombros el liderazgo de la tribu y los sofisticados menesteres de intermediación con los Dioses que gobernaban la cotidianidad de sus vidas. No permitió que se acercara. Salió a recibirle con un abrazo, el pelo cárdeno a la altura de los hombros, un estrecho aro de marfil ajustado en su frente, la mirada restregada en las pupilas del muchacho, el orgullo desbordado de su garganta al pronunciar su nombre, Astil, cuánto hemos suplicado a los Dioses por ti, cómo te encuentras, tienes que contármelo todo, qué has visto en tu errar hacia la Sierra Umbría, sé que lo has conseguido, que lo traes contigo, vayamos a agradecer a la Madre Naturaleza su condescendencia para con sus hijos.....

domingo, 18 de agosto de 2013

SEVE. . . . .DESDE EL CORAZÓN AL CIELO

Esta claro que la huella que dejan personas en otras personas puede ser profunda e intensa, eso ha sido siempre así. Lo que ya tiene matices es la dimensión de esa huella y, en este caso no hay duda, Don Faustino Serrano ha sido una persona que ha mostrado siempre su generosidad con las gentes de este pueblo y, evidentemente, Puente de Génave también sabe ser generoso con aquellos que mostraron su entrega y su amor por este querido rincón de la provincia de Jaén. Su familia y su pueblo fueron siempre motivaciones que estubieron presentes en su vida, desde los diversos ámbitos y cargos que ocupó; y por ese motivo, a Seve, se le quería mucho y bien en Puente de Génave, donde la gente sabe mostrar gratitud a aquel que mostró entrega y generosidad por ellos y por este pueblo.
Volvemos a incidir en su figura a través de un escrito remitido a su propia familia por la Dra. Isabel Esteban Sáez, una amiga de la familia que vivió a distancia y también presencialmente los últimos días de este insigne personaje, aportando sus cuidados médicos y sus atenciones junto con Raúl, Manuel, Inma y Encarni. Ellos velaron por la buena vida que se apagaba y por la buena muerte que se acercaba. Que Dios les bendiga.
Éste es un cuento que me llegó hace poco. Está escrito desde el corazón, como así dice su título. Su autora es Isabel Esteban Sáez, una amiga que vivió a distancia y presencialmente los últimos días de Faustino Serrano aquí, en este terruño. Ella fue uno de los cinco angelitos especiales y especialistas (Junto con mi prima Encarni, Inma mami, Raúl y Manuel) que guardaron y velaron por la buena vida y la buena muerte de mi padre. Dios os bendiga.
Y ya, sin más, paso a transcribir el cuento:



DESDE EL CORAZÓN AL CIELO

Érase una vez ... Como empiezan todos los cuentos que terminan con final feliz.
Érase en un pueblo de la sierra una familia querida y respetada por todos. Una de las hijas es amiga mía y un día, de forma inesperada, entró en estado de shock al conocer que su querido padre iba a marcharse en no mucho tiempo a un lugar donde iba a ser feliz para siempre.
Mi amiga no quería que se fuese, quería que se quedase siempre con ella. Pensó incluso en irse con él, pues no lo aceptaba, pero pronto reaccionó, decidió enfrentar la situación y hacer que su padre no olvidase estos últimos meses a su lado.



Mi amiga era muy lista e intuitiva, conocía muy bien a su padre, le trataba con mucho cariño, con respeto, con dedicación y con mucho sentido del humor. Y su padre se sentía orgulloso de ver cómo se portaba su hija con él.  
La madre de mi amiga estaba muy triste y a los hermanos les costaba asumir los momentos que se avecinaban. Pero mi amiga es especial y entre otras virtudes ella empatizaba fácilmente así que también se ocupó de cuidarles a ellos; les confortaba, les explicaba y les ayudaba a seguir las directrices que los organizadores del viaje habían trazado para su padre, siempre con una sonrisa y un gesto amable. No siempre fue fácil, pero ella tenía claro que su padre no merecía menos y consiguió que todos cuidaran del padre. Todos le querían y le quieren.
Durante el trayecto conocimos más al padre de mi amiga, de tal modo que dejó de ser su padre para nosotros para ser nuestro amigo.
Ese ser excepcional era capaz de cuidar a su esposa y a sus hijos y protegerles en todo momento. Olvidándose de sus propias necesidades priorizaba por ellos, utilizando con gran habilidad su intelecto y ese sentido del humor que mi amiga había heredado de él.  
Mi amiga no hablaba directamente del viaje que se avecinaba con su padre pues imaginaba que esto le haría estar triste, y él, que ya lo sabía, nunca mencionó que ya había visto los billetes. Él sabía que tenía poco tiempo y mucho trabajo por hacer.
Así qué organizó... ¡vaya que si organizó! Organizó para que a su partida toda su familia quedase bien protegida. A cada uno le encargó una misión, todos eran importantes y él quiso hacérselo saber uno por uno.
Todos los días les daba consejos para comportarse en la vida, siempre basados en el respeto, el amor a los demás, los valores esenciales de la persona, la tranquilidad y el sentido del humor para combatir los momentos de angustia. Él sabía que esto sucedería a su marcha. Siempre fue el faro de la familia, el punto de referencia y se iba a ir. Quería prepararlos.
Lo excepcional del padre de mi amiga, a mi parecer, es que todas estas cosas nos las enseñó con su ejemplo de vida. Él sonreía, cantaba, disfrutaba de cada momento con los suyos y agradecía cada momento y cada actitud. Nunca una mala cara. Nunca un mal gesto.
Cuando supo que ellos habían aprendido la mayor lección que un padre puede dar a sus hijos, vio que todo estaba en calma, dejó que le ayudarán a hacer la maleta, se despidió y se fue...al cielo. Teniendo la certeza de que todo iba a estar bien allí donde él había estado siempre. Allí donde tanto había dado a su familia, a sus amigos y al pueblo en el que tanta gente le quería.
Se fue tranquilo pues sabía que estaban preparados para dejarle ir. Se fue feliz pues sabía que iba a un lugar donde no había penas, donde todo era bonito y donde con paciencia esperaría encontrarse un día con todos ellos. Y desde el cielo escogería una estrella en la que se sentaría todas las noches para seguir, como siempre, cuidando a toda la gente a la que tanto quería. Pues él sabía que podría, ya que es inmortal.


Durante este corto tiempo su padre le había enseñado tantas cosas a mi amiga que no podía por menos que sentirse dichosa de la suerte de haber tenido a su padre con ella todo este tiempo.

Se sentía feliz porque sabía que él estaba bien y que algún día le abrazaría de nuevo. Mientras tanto, ella miraría las estrellas todas las noches y confiaría en que su padre seguiría velando por ella y por los suyos desde el cielo.

Mi amiga es muy querida y contó con muchos amigos a su orilla en estos momentos. Los amigos estábamos a su lado en función cada uno de nuestras posibilidades y habilidades. Y ella siempre expresó su agradecimiento, pues así lo había aprendido de su padre.

Lo que ella no sabía es que para los amigos era un placer poder ayudar y estar con ellos en estos momentos, casi una necesidad, ya que en el camino aprendimos muchas cosas de ella, de su familia y en especial de su padre. Su ejemplo, el de cada uno de ellos, nos sirvió a todos para ser mejores.

Así qué creo que es el momento de terminar este cuento, fábula o como quieras llamar a todo lo escrito, y me permites la paradoja de decirte, querida amiga, que con final feliz, pues en el camino todos hemos ganado.

He de darte las gracias por transmitirnos el recorrido ejemplar que llevó tu padre, por la forma que tuviste de tratarle y de cuidar del resto de tu familia, de respetar y seguir el ritmo que marcaba tu padre y de poner en práctica cada una de las enseñanzas que él te brindó. Y daré las gracias, por supuesto a tu padre, si me permites, por habernos enseñado con su actitud tanto en tan poco tiempo. Hasta siempre y con mucho cariño.

Ha sido un placer haber coincidido con vosotros en el camino."