jueves, 30 de septiembre de 2021

10º Premio Domingo Henares. INES Y LAS SERPIENTES VENENOSAS (2ª parte)

Continuamos con la publicación de la segunda entrega de la obra ganadora del X concurso de relato histórico "Domingo Henares" que recayó en el relato de Félix Pérez García inspirado en unos hechos que pudieron suceder, en otro tiempo, en la aldea de Peñolite y que aquí presentamos en dos entregas debido a su larga extensión. Historias que la tradición popular difundió y que quedaron perpetuadas por sus habitantes en la memoria colectiva y que el autor ha sabido recuperar y reconstruir a través de un relato extraordinariamente ameno sobre la "envenenada de Peñolite".


INÉS Y LAS SERPIENTES VENENOSAS. (2ª parte)


............. continúa.

De repente, empezó a recoger aceitunas del olivo y a machacarlas como pudo, estrujándolas con los dientes y con las manos. Al fin y al cabo, las manos las tenía libres. Había que escapar de allí lo antes posible.

Domingo Henares entrega el premio a Félix Pérez

Con los dedos pringados del rescoldo de los frutos, untó con el ungüento su pie atrapado, hasta que consiguió sacarlo del hueco del tronco y poder saltar a la tierra. Corrió tan deprisa, con sus pies descalzos, que pronto llegó a la alberca y, tras saludar a la serpiente, a las primeras casas de la aldea.

Un vecino, que la vio pasar con la boca llena de ese color tan característico que dejan las aceitunas en la boca cuando se mastican, exclamó:

–Verdaderamente, esta niña pasa hambre -y se santiguó.

Serafín cruzaba la plaza de la “Morea” el día que le sorprendieron dos de los hermanos, familiares de Mariola.

–No puedo hacerlo -les indicó.

–¡Debes hacerlo! -le dijeron ellos.

Todo parecía muy fácil. Enterrada Mariola, repartirían sus posesiones: fincas, casas, tierras, oliveras, de tal forma que él también podría salir beneficiado. Al fin y al cabo, la anciana tarde o temprano sucumbiría a la vida, con tantos males, achaques y con una edad que ya solo podría esperar la muerte. ¿Qué habría que temer? Simplemente la cuestión era adelantar en el tiempo el fatal desenlace.

Y todos estarían implicados. La mayoría de la familia más allegada era conocedora del secreto y del posible siniestro.

         Vivían tiempos revueltos. La falta de trabajo y la situación de precariedad del campo eran problemas muy graves a los que el Gobierno no daba solución.

Los asesinatos estaban a la orden del día. El país se encontraba revolucionado y en avatares políticos, económicos y sociales más importantes que la muerte de una anciana en una aldea olvidada.

Proclamación de la II República

La dictadura de Primo de Rivera ya había llegado a su fin. Alfonso XIII se marcharía exiliado. Más tarde, la Segunda República, se proclamó pacíficamente, pero la gran depresión mundial ocurrida durante esos tristes años treinta hundiría las economías de muchos países, y la falta de trabajo y la pésima situación de las clases obrera y campesina llegó a tales extremos que los enfrentamientos sociales harían fracasar la primera experiencia democrática de la España del siglo XX.

Las huelgas, las insurrecciones, las disputas entre los diferentes partidos políticos de la Segunda República, una situación inestable en el país, previa a lo que desembocaría en la sangrienta Guerra Civil, encubrirían cualquier acontecimiento extraño acaecido a una mujer enferma en un rincón de la sierra unos años atrás.

–No -les contestó de nuevo.

–Tienes que participar con nosotros.

–¡No quiero ser un asesino! -contestó Serafín.

Se marcharon, pero sabían que la conversación no había terminado aún. Le propondrían participar en el reparto de una forma más directa y contundente. Los sobrinos querían adelantar una herencia, pero tampoco deseaban ser señalados, en un pueblo tan pequeño, para el resto de sus días. Todo debía mantenerse en secreto y aparentar una muerte natural. Y quién mejor que él, que la atendía en sus cuidados, fuera el autor final.

Posiblemente no estaría muy convencido y habría varias conversaciones, pero debía mantener la boca cerrada. Al fin y al cabo, él era una persona cercana a la anciana, era su practicante, y sus recomendaciones y consejos hacia sus enfermedades serían ley para la mujer. Podría hacer que tomara cualquier cosa, aunque no tuviera acceso a cianuro, arsénico o cicuta, o a lo mejor sí, pero siempre podría hacerle ingerir algún matarratas casero de bicarbonato, harina y azúcar, o cualquier otra cosa. O simplemente, no darle lo correcto en el momento correcto, acrecentando su padecimiento y dejándola morir. Lo cierto es que Mariola siempre será recordada en el pueblo como “la envenenada”.

Y así lo hicieron. Y él, probablemente lleno de incertidumbre durante mucho tiempo, sólo tuviera la solución de someterse o huir. Y, tal vez por las presiones o tal vez por el supuesto beneficio, finalmente accedió.

Inés desconocía el mundo de los zapatos de charol. Su minúscula existencia solo le había regalado el ser un bebé huérfano de la Guerra Civil, ambulante de casa en casa, unos brazos para trabajar y unos pies descalzos para caminar.

Cuando la hija de su madrastra apareció con unas zapatillas en una fría noche de Reyes, no salía de su asombro. Su alegría era tal que pensó que no se descalzaría ni de noche ni de día. Ni los mejores zapatos de charol podrían superar aquella felicidad.

El verse calzada, después de una niñez harapienta, bien podría parecer que por fin la vida le sonreía, aunque no dispusiese ni de una perra gorda propia. Y así fue como estrenó su primer calzado cuando ya contaba con alrededor de diez años.

Un buen día acompañó a una amiga a los huertos cercanos al arroyo a recoger tomates. Debía hacer de carabina, porque un chico se encontraría con ellas en los hortales y pasearían un rato por el campo.

La amiga era hija de uno de los participantes en el “envenenamiento” y, aunque este hecho estaría ensombrecido por la Guerra Civil posterior, aún perduraba en las habladurías del pueblo como algo funesto, acaecido años atrás. Todos recordaban a los implicados, la aldea era conocedora de los hechos, de los hermanos, de los familiares, del practicante, de lo que sucedió y de cómo pudo llevarse a cabo, y no solo corrían murmuraciones sino hasta se escribieron coplillas que algunos contaban con malicia en fiestas y cantinas, recorriendo las aldeas olvidadas de la Sierra de Segura,   como si fueran juglares cantando romances, llevando las nuevas por todos los contornos y, tal vez, convirtiendo la murmuración en realidad. O quizá era tan veraz como que la tierra es redonda, porque toda la historia pasaría a los anales del lugar, de generación a generación, como un secreto a voces.

Alguien que pasaba por allí montado en una mula la vio caminar junto a sus amigos y la increpó:

–Inés. ¿Es que eres amiga de los asesinos? -le preguntó al verlos juntos.

–Soy amiga de quien me sale el “panete” -le contestó.

Y con esa respuesta dejó zanjada la pregunta. Además, ¿qué culpa tenían las generaciones posteriores de lo que habían hecho sus padres?

–Para mí, esta gente es buena gente -añadió.

Y, junto a sus amigos, siguió caminando, conversando, jugando, riendo. Al fin y al cabo, llevaba sus zapatillas nuevas, y estas le permitían subirse ágilmente a los árboles más grandes y frondosos y pisar los surcos de barro de las huertas sin mojarse. Ya no caminaba descalza. Era tan libre como cualquier moza de la aldea y tan resuelta y trabajadora que podría valerse por sí misma en los años difíciles de la posguerra. Por aquellos tiempos, ella comenzó una época de progreso y libertad, y solo le faltaba tener un novio, como su amiga, la llamada “asesina”.

Somos así, la sociedad es así, los pueblos son así y en cada círculo cerrado aparece el recuerdo de lo siniestro como un martilleo en las mentes futuras, perdurando la culpabilidad de padres a hijos como un reguero de aceite en el suelo y en el tiempo.

Iglesia de San Juan Bautista. Peñolite

La anciana Mariola murió y a nadie le extrañó. Fue enterrada por los suyos como era normal y mandaban los cánones de la Santa Madre Iglesia. En esos días, todos en la aldea se encontraban muy afligidos, familiares o no, y hasta guardaron luto y lloraron su pérdida, porque, al fin y al cabo, en vida había sido una buena mujer. En muerte, no sabemos si apareció retorciendo conciencias, destruyendo mentes y recordando qué cruel llega a ser el ser humano cuando desea poseer lo que es del prójimo.

¡Qué malicia esconde el hombre, como serpiente venenosa, que, aunque corra la misma sangre por su cuerpo, con el fin de la consecución de algo, puede retorcer la vida de sus semejantes a conciencia, por envidia, codicia y una saca de maldad!

Y repartieron sus tierras, probablemente al modo tradicional de la aldea; unos lotes bien equilibrados y supervisados por los ancianos del lugar, que a la vez harían de testaferros, jueces sin parte, vecinos de juicio, amigos de los familiares y, por supuesto, desconocedores de la realidad. Una herencia que haría feliz a muchos, puesto que era cuantiosa para aquellos caóticos y míseros años de hambruna y escasez.

Pero, inexplicablemente, no había parte para el practicante. Se había quedado sin nada de lo que le prometieron. La codicia incumple promesas. Las promesas son rotas por aquellos que adquieren escrúpulos de malicia y hacen de la malicia la ley, y convierten esa ley en premisa de vida, como si no hubiera un mañana, como si les faltara el pan que debería caer solo a las buenas personas por doquier. Un mundo injusto donde los buenos son tontos y los listos tratan y hasta consiguen vivir de los tontos.

Y Mariola sucumbió al veneno de sus males, que fueron sus propios familiares, los que lloraban el féretro, quienes precipitaron su muerte. Y así sería recordada, como “la envenenada”. Ya hace casi cien años que ocurrió y forma parte de una historia no resuelta, como tantas otras, pero en boca de todos los lugareños con los nombres y apellidos de los implicados.

Tiempo después, alguien relató el suceso. Y fue impreso en octavillas de papel que recorrían los pueblos cercanos como la pólvora. La Sierra de Segura ya era conocedora del “envenenamiento” de Peñolite, y un hombre apareció en la misma aldea con afán de cambiarlas por unas monedas, por lo que fuera, como repartiendo los sucesos macabros de la época en el entorno cercano. Pero los hermanos involucrados se enteraron, pagaron al intruso todos los folletos y le obligaron a marcharse, para evitar aún más el escándalo.

Inés seguía trabajando, luchando por subsistir de otra forma distinta, con sudor y esfuerzo, en las labores del campo, en las casas, enjalbegando paredes, en la rebusca de la aceituna o en lo que hiciera falta. Nada más triste que crecer en una familia que no era su familia, con el desarraigo de una madre fallecida, abandonada a su suerte en plena Guerra Civil en un mundo rural sin charol, sin zapatos, para hacerse dura ante las adversidades de la vida. Pero creciendo, aun así, y dando buen corazón a los que merecían recibirlo, aunque tuviera como amigas a las serpientes.

Calle Ancha. Peñolite

Un joven alto y delgado, hijo de los que apodaban los “Ciegos”, otros dicen que los “Calero”, porque, además de a las tareas del campo y de cuidar a un pequeño rebaño de ovejas, se dedicaban a la construcción de hornos de cal, la empezó a rondar. Y, aunque ninguno era bienvenido en casa de sus respectivas familias, empezaron a quedar y a salir juntos. Y así fue como Inés, que ya no iba descalza por los caminos y ya era moza, se echó novio.

Cuando amaneció, Admiración, la mujer del practicante, encontró a su marido muerto sobre la cama. No pudo contener las lágrimas y sollozos, y empezó a gritar de desesperación. Relativamente, su marido era joven, y no se explicaba qué podría haber pasado para una muerte tan repentina.

Porque Serafín también murió en aquellas fechas locas, poco después que la anciana. Y nada ni nadie sabían la causa, excepto un papel que dicen que apareció, tal vez, debajo de la almohada, manuscrito por él, de su puño y letra, donde explicaba cómo la conciencia retuerce las mentes buenas como un veneno en el subconsciente, cómo al final accedió a las pretensiones de los familiares de Mariola, cómo participó en su asesinato, cómo, engañado por las promesas de los herederos, no había recibido nada de lo prometido, y cómo decidió, finalmente, acabar con sus días de la misma forma que utilizó para la anciana, que probablemente le visitaba constantemente, machaconamente, imperdonablemente, como hacia él en otros tiempos para sanarla, como un espíritu que le creaba remordimiento, con la inquietud de ese triste sentimiento de culpabilidad y amargura por una mala acción realizada que intranquiliza. Y cómo puso fin a la codicia de la que también fue parte, que, como si fuera una serpiente venenosa, no le dejaba respirar.

Inés, por fin, se liberó de la familia de “acogida” y, ya hecha toda una mujer, prosiguió con su noviazgo, y aunque su novio era un buen amigo del hijo del “asesino”, y a pesar de las desavenencias por otras causas, de ambas familias, celebrarían la boda en 1958 en la Ermita de San Juan Bautista, de Peñolite.

Difícil tarea la emancipación en la pobreza para vivir de no se sabe bien qué; de unos jornales en unos años duros para ganar unas pesetas, de la recolección de la aceituna o de la crianza de un gorrino.

Y ella y su marido Félix buscaron casa en la aldea para vivir religiosamente. Ya dice el refrán que el casado casa quiere. La viuda del practicante, ya anciana, les arrendó su primer hogar, donde poder formar una familia. Admiración fue una buena mujer, y siempre intentaba hacer el bien a todo el mundo. Solo les cobraría en trabajos y jornales en el campo el alquiler de la vivienda.

Nuevamente, en un pueblo tan pequeño -ya se sabe que "en pueblo chico infierno grande”-, ellos mezclarían sus vidas con la de los “asesinos” una y otra vez, como en un círculo cerrado que gira y gira sin parar. Y, aunque no fuera un plato de buen gusto, cada individuo debe juzgar a los demás conforme se comportan con uno mismo, y sobrellevar las críticas y habladurías de las víboras lo mejor posible.

Dicen que la vida devuelve lo que sembramos y que la energía negativa enviada a otros volverá a nosotros de una forma más potente a través del Universo. Porque hacer el mal o el bien depende de cada uno y todos nuestros actos tienen consecuencias, y somos, en gran parte, responsables de ello.

En los años posteriores, las vicisitudes de las personas que participaron en el caso del “envenenamiento”, no fueron del todo halagüeñas. Transcurrieron años difíciles en la España de la posguerra, llegando a cambiar olivas por un saco de harina para poder comer. Y cuentan que perdieron gran parte de la hacienda, tan sórdidamente acrecentada, como por un maleficio inexplicable de lo que había sucedido, porque parece ser verdad que el tiempo pone a todos en su lugar.

Y hasta alguno de ellos, en años relativamente más recientes, sufrió en su propia familia más cercana un escandaloso asesinato.

Pero esto… esto es la historia de otras serpientes venenosas.

Peñolite, años treinta, cuarenta y cincuenta. 


NOTA DEL AUTOR: No todos los nombres de los personajes son ficticios.


viernes, 17 de septiembre de 2021

10º Premio Domingo Henares. INES Y LAS SERPIENTES VENENOSAS (1ª parte)

Como viene siendo tradicional iniciamos una nueva temporada de publicaciones en el "Blog...Historia Puente de Génave" con la obra ganadora del X concurso de relato histórico "Domingo Henares" que en esta ocasión recayó en el relato de Félix Pérez García inspirado en unos hechos que pudieron suceder, en otro tiempo, en la aldea de Peñolite y que aquí presentamos en dos entregas debido a su larga extensión. Historias que la tradición popular difundió y que quedaron perpetuadas por sus habitantes en la memoria colectiva y que el autor ha sabido recuperar y reconstruir a través de un relato extraordinariamente ameno sobre la "envenenada de Peñolite".


INÉS Y LAS SERPIENTES VENENOSAS.   (1ª parte)

 

Inés, una vez más, salió a la calle descalza, con sus harapos limpios y una panilla de hojalata en la mano. Recorría las callejuelas del pueblo pidiendo aceite. Todo escaseaba en esos tiempos de pobreza y se veía obligada a llamar a las puertas de las vecinas para obtener un poco y llevarlo a la casa que la acogió, siendo niña, en plena Guerra Civil. Había quien le daba una onza de ese apreciado líquido y también quien la rechazaba porque su miseria era aún mayor.

Félix Pérez García recibiendo el premio.

Muy lejano quedaba para ella que, en aquel mismo momento, los Aliados desencadenaban el desembarco en las costas de Normandía, porque su mundo era un pequeño mundo de hambre en una aldea olvidada.

Después, debía lavar la ropa de la familia en la alberca cercana a donde vivía, y allí conoció a su amiga, una culebra de agua que subía para saludarla sobre la superficie de la charca y se movía sinuosamente o se arrastraba por la pared como intentando alcanzarla.

–¿Será venenosa? -preguntó a unas vecinas que también lavaban en el buzón.

–Estas “bichas” no hacen nada -le contestaban.

–No temas, Inés -le indicó otra chica mientras extendía la ropa limpia sobre la yerba cercana para secarla al sol.

–No le tengo miedo, porque es amiga mía -les respondió a todas.

–Los amigos también pueden ser venenosos -comentó una mujer mayor mientras golpeaba su ropa en la charca.

–Hasta la propia familia -añadió en voz baja otra señora que llegaba cargada con un canasto de mimbre lleno de trapajos sucios.

         Inés recogió el jabón de sosa, la ropa limpia, la tabla de lavar y se marchó. Debía preparar la leña para el horno de su madrastra y no podía perder el tiempo escuchando chismes de las vecinas sobre historias ya pasadas. Todos sabemos que estos salpican un triple veneno; al que lo dice, al que lo escucha y de quien se habla.

Y mientras las avispas rondaban la charca, la culebra se sumergió de nuevo en el agua para alcanzar a un ratoncillo que flotaba muerto entre las algas.

Lavadero de Peñolite

Mariola era una mujer mayor, anciana ya, a la que los achaques de la vejez le habían arrebatado la vitalidad de los años mozos de los que disfrutaba Inés.

Toda una vida trabajando para conseguir, penuria tras penuria junto a su familia, poseer unas cuantas tierras, miles de olivos, casas, animales y, aunque empezó ahorrando perras chicas y gordas, para entonces tenía acumuladas pesetas y bastantes duros de la época.

Pero el tiempo no perdona a nadie; ni al ratón, ni al reptil del estanque, ni a la anciana mujer y ni siquiera perdonaría a Inés. Las enfermedades maceran los cuerpos, el tiempo no pasa en balde, y la vida transcurre despacio, pero transcurre para todos, como el chorrillo de la alberca, que un día dejará de brotar, como los latidos de un corazón.

La anciana lo tenía todo. Parecía que todas las dolencias se acercaban a ella y no se privaba de ninguna. Tampoco era ajena al cariño de sus familiares más cercanos, de la envidia y de la codicia. Y los males la maltrataban restando fuerzas, pero resistiendo a todos los envites a pesar de su debilitamiento y avanzada edad.

Un practicante amigo y cercano la visitaba y animaba a vivir con su amabilidad, conocimiento y consejos para mejorar su salud.

         Inés recorrió descalza el sendero de Las Torres. Una rana croaba sobre el musgo de la alberca cercana y saltó despavorida estirando sus largas ancas hasta zambullirse en el agua oscura. Las algas ocupaban la superficie de la balsa y, aunque nacía limpia y muy despacio, como borbotones desde las entrañas de la tierra, poco después se convertía en un estanque de sucia ova, pero rezumando vida en las huertas contiguas a través de la acequia que la transportaba pendiente abajo, encharcando los campos, surcando surcos, hasta finalmente filtrarse en la roca y regresando de nuevo a la vista, ladera abajo.

Las Torres de Peñolite

La serpiente de agua se asomó a saludarla, pero giró su sinuoso cuerpo y se adentró en la balsa. Tal vez le pareciese más apetitoso perseguir al anfibio que unos pies descalzos que saltaban barro, que saltaban piedras, rozando dedos, rozando yerbas, ortigas traidoras de los campos, que caminaba sobre zarzales enredados en los márgenes del arroyo, que abrazaban árboles sin cariño, como la abrazaban a ella. Tal vez una niña huérfana no era lo más tentador, porque no existía posguerra para los animales silvestres, pero sí para Inés, que recorría el camino del cortijo para trabajar en las casas, limpiando y realizando todas las tareas que pudieran llevar algo de valor a casa o unas pesetas.

Un árbol se interpuso en su camino. Él se fijó en ella, y ella en él. Era un olivo. Había muchos olivos en la Dehesa. Realmente todo allí era un inmenso olivar.

Pero era diferente. Sus copas parecían gigantescas, altas, verdes y escandalosamente robustas. Y toda esa maraña de ramas se sustentaba en un grueso tronco hueco, lleno de un musgo reluciente y a la vez sombrío.

–“Voy a subirme” -pensó Inés.

–“Vas a caerte” -pensó el árbol.

         Y la vida transcurría pausada. Mientras que Inés, siendo niña, amasaba harina en el horno de su madrastra, preparaba las latas, los fogones, y traía ramas y leña de olivo, descalza por los corrales y la casa, para poder hacer pan y, en ocasiones, bizcochos, tortas de manteca y dulces, escuchaba a las mujeres cuchichear sobre un “envenenamiento” de una anciana enferma, ocurrido años atrás en la aldea.

Pero la Guerra se comió todo, y acrecentó tantos recuerdos desagradables y trágicos de familias maltrechas, como la de Inés, y casos hirientes, que uno más, en una larga lista de asesinatos, violaciones, injusticias, vejaciones, tragedias, violencias, odios, paseíllos y envidias, era uno más, pero empañado, turbulento, escondido, silenciado y a la vez murmurado entre los más ancianos del lugar, que aún hoy en día lo recuerdan.

La anciana, moza vieja, o viuda, da igual, era el tema de conversación de sus familiares más allegados. Porque en tiempos de escasez, penuria, mendicidad y miseria, la gente tiene hambre y, aunque algunos eran ya la envidia de la aldea, parecían necesitar el odio para ser completamente felices y precisaban de una posible herencia para seguir subsistiendo y poder sobrevivir de lo que daba el campo.

Peñolite y su Dehesa.

Una idea corría de la mano de la codicia serpenteando como las serpientes venenosas. Basta una mente traviesa y mezquina para transformar la bondad natural de las personas. Basta una chispa para provocar un incendio. Y basta una idea brillante, pero maliciosa, para lograr lo que uno se propone con ánimo de progresar en la vida sin importarle ni nada ni nadie de los que te rodean. Y si se comparte, en busca de un bien común, parece que psicológicamente la culpa será menor, porque, repartido el hecho, se diluye entre lo bueno y lo malo, la maldad desaparece en una gran proporción y apenas queda un resquicio, que, si se manifiesta, se intenta machacar como sea para que no ocupe un lugar en la mente.

–¿Cómo se encuentra hoy, Mariola?

–Bastante mejor -dijo la anciana.

–Tómese esto, que le sentará bien -dijo el practicante acercándole a la boca una cuchara con algún brebaje medicinal.

–Gracias por todo, Serafín. Es usted un hombre muy bueno.

–No pasa nada. En breve se repondrá y se encontrará mejor.

–¡Ay, que Dios se lo pague!

–Dios me lo pagará, sin duda, con su bienestar -le respondió él.

Y Serafín salió de la estancia, donde la chimenea chispeaba ascuas, despidiéndose de la mujer a la cual visitaba a menudo, ayudaba y reconfortaba como podía, sabía o estimaba mejor para ella, dada su avanzada edad y sus enfermedades, que tarde o temprano se la llevarían de la vida, de su aldea y de su querida familia.

Al poco tiempo de atravesar la puerta, en la calle Ancha, se encontró con uno de los sobrinos de la anciana.

–¿Cómo está? -le preguntó.

–Mejor. Bastante mejor. Esta mujer es fuerte, ha pasado mucho, pero seguro que nos enterrará a todos -le respondió él.

–Pues, si nos ha de enterrar a todos, tendremos que hablar -le respondió lacónicamente el sobrino y, cogiendo su bastón, echó a andar calle abajo.

Inés, después de limpiar un par de casas en Las Torres y ayudar con las faenas del hogar, recorrió el camino de vuelta a través de las cuestas y olivares, saltando acequias de agua clara, llegando al majestuoso olivo sesgado por el tiempo, hueco en las entrañas, grandioso en sus copiosas copas.

Aunque era ya tarde, aún le quedaban fuerzas y no escatimó en colocar en el tronco sus pequeños pies descalzos e intentar encaramarse. Escalaría sus ramas sin problemas. Era una niña joven y ágil, que estaba en la flor de la vida, aunque esta no pareciera que estuviera muy a favor de ella.

De repente, un nido atrajo su atención. Se dirigió hacia él trepando por las ramas, con la mala fortuna de resbalar y quedar atrapada con uno de sus pies en el tronco hueco.

Y allí se quedó, magullada y pensando qué hacer; si alcanzar el nido, cortarse el pie, gritar, romper la corteza a mordiscos o estirar de él hasta que saliera, aunque fuera maltrecho y ensangrentado.

Mientras tanto, un pájaro regresó a su nido, un lagarto apareció en la tierra cercana al árbol y una culebra silbó, al mismo tiempo que la tarde se acercaba. Al fin y al cabo, allí no se encontraba del todo mal, hasta podría recostarse y descansar un poco, si no fuera por la reprimenda que le esperaba en casa por la tardanza.

El día en que se reunieron era una noche fría y oscura. La chimenea lanzaba briznas encendidas y chisporroteaban las ascuas de leña de olivo. No hay mejor leña que la de olivo seca para dar calor a un hogar.

Pero el ambiente era tenso y se respiraba fatigosamente. El botijo recorría las gargantas, pero también lo haría la cazalla. Y todo producía calor y somnolencia.

         Alguien habló. Otros escucharon. Alguien propuso llenarse de envidia en la aldea. Y alguien estuvo de acuerdo. Tarde o temprano tendría que suceder y, por el bien de todos, mejor antes que después.

–Tenemos que hacer algo -dijo otro “alguien”.

–Yo estoy de acuerdo -contestó un sobrino.

–Yo también -dijo su hermano.

A veces la ruindad produce valentía, y la valentía riesgo, y el riesgo, valentía, y los humanos recrean la mente de tal forma que se perturba el bien, y sólo queda el mal para conseguir un propósito, porque al final, si eres duro, siempre dañarás a otro ser humano, y si eres de buen corazón, no lo dudes, te dañarán a ti, como si fueran serpientes venenosas. Y todos los “alguien” estuvieron de acuerdo. Otros escucharon y simplemente dijeron “sí “.

Y repartirían los bienes por igual y saldrían beneficiados. Total, la anciana era ya tan mayor y con tantos achaques que un soplo bastaría para llevársela al cielo. Porque eso es lo que necesitaban, que se marchara al cielo lo antes posible.

¿Para qué esperar a la ley natural de la vida, si podían acelerar su muerte?

Y así fue como la propia familia determinó que la vida de Mariola corría peligro. Porque ya estaba en una edad en que cualquier brisa del Yelmo, cualquier gripe vana o picadura de alacrán se la podría llevar de este mundo para recorrer el mundo de los espíritus, vagando antes de tiempo por la Dehesa de Peñolite.

         En el mismo momento en el que Inés intentó sacar el pie de la hendidura del tronco, rozó su tobillo de tal forma que la sangre apareció en su piel descalza. No se asustó. Estaba habituada a las rozaduras y se entretuvo en contemplar al lagarto, al nido con el pájaro que no dejaba de trinar alborotadamente y revolotear por encima de su cabeza, defendiendo lo suyo, con talante amenazante, como ella misma hubiese hecho en la misma situación.

Un toro medio bravo, medio bravo y medio manso, apareció en el olivar cercano. Se encontraba suelto. Era “Morito”. Esta vez, no estaba enganchado al yugo con su compañero “Colorao", Alguien lo habría dejado pastar a su aire después de arar los campos. Rumiaba algo entre sus dientes y parecía tranquilo, hasta que divisó a Inés en el olivo.

Con paso quedo se dirigió hacia ella. Despacio, como quien quiere pasar desapercibido pero pesado, lento y lleno de curiosidad, hundía sus más de cuatrocientos kilos en la tierra seca. Sus astas, bien parecían guadañas, y su pelaje negro le hacía más temible de lo que era en realidad. Al fin y al cabo, lo habían criado como a un toro de labranza, y su comportamiento debería ser noble, comedido y bonachón con las personas. Pero a veces lanzaba coces de rabia, por algún maltrato recibido o por resquicios de su propia bravura arrebatada por el humano, que aún brotaba en sus venas.

Pero esa figurita de niña tratando de esconderse entre la hojarasca del árbol, y un pájaro revoloteando y gritando sin cesar, hicieron acercarse al gigante poco a poco al olivar. Inés, sobrecogida, empezó a temblar de miedo. Un toro bravo era lo último que le faltaba ese día para rematar la faena. Tal vez, la bestia, no se acercara lo suficiente; o tal vez sí, pero se encontraba en una situación tan comprometida que sólo pensaba en cómo salir de allí y echar a correr antes de que ese toro medio bravo se le acercara.

(..................continuará.)

miércoles, 30 de junio de 2021

EL TURISMO EN NUESTRAS SIERRAS

El uso turístico de los montes de las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas, se ha convertido durante las últimas décadas en una de las alternativas más eficaces de cara a la reactivación socioeconómica de estas comarcas deprimidas. A ello han contribuido distintos factores de naturaleza física (agua, vegetación, fauna) y jurídica (propiedad de los montes mayoritariamente pública), así como una decidida intervención de la Administración en favor de la implantación y desarrollo de una nueva infraestructura turística.

FUNCIONES RECREATIVAS EN LAS SIERRAS DE SEGURA, CAZORLA Y LAS VILLAS.

Por Eduardo Araque Jiménez

    En el transcurso del último medio siglo, los montes españoles, como los de la mayor parte de los países desarrollados, han experimentado profundos cambios paisajísticos y funcionales. La evolución social y económica provoca que tales espacios pierdan paulatinamente una gran parte de sus primitivas funciones de producción para asumir otras nuevas que relacionan la protección del y el aprovechamiento recreativo, especialmente la relacionadas con el ocio y el disfrute de la naturaleza. Hay un incremento de los niveles de desarrollo socioeconómico con mayor disponibilidad de rentas personales y tiempo de vacaciones laborales y un paulatino proceso de urbanización de la población española lo que causa ritmos estresantes de nuevas dinámicas de vida. Si a todo ello le unimos el incremento en la capacidad de desplazamiento y la mejora de infraestructuras viarias, estaremos en condiciones de explicar el espectacular auge que experimentan las funciones recreativas en una gran parte de los montes peninsulares a partir de los años setenta del siglo XX. 

Eduardo Araque Jiménez

    Como no podía ser de otro modo, la abundancia de recursos naturales, especialmente agua, flora y fauna, ha jugado un papel decisivo en la potenciación turística del privilegiado entorno de nuestras sierras. Consideradas como un islote pluviométrico con precipitaciones medias que pueden llegar a sobrepasar los 1000 litros anuales, provoca que en estas sierras nazcan dos de los más importantes ríos peninsulares, Guadalquivir y Segura, además de distintos afluentes de ambos, lo que convierte a este enclave en el principal nudo hidrográfico de la mitad meridional de España. Derivada, en parte, de esta abundancia de agua, una profusa vegetación natural ha cubierto históricamente estas sierras. Tal circunstancia motivó una intervención pionera de los poderes públicos en la explotación de los montes, convertidos durante el siglo XVIII y primer tercio del siglo XIX en el principal foco de aprovisionamiento maderero de la Armada española, para después, en la segunda mitad del S. XIX, iniciarse su explotación maderera con destino a la construcción del ferrocarril. Por ello, al finalizar la guerra civil española se puso en marcha un amplio plan de repoblación forestal destinado a la reforestación que es el origen de las masas vegetales que podemos contemplar en estos momentos y que tanto han favorecido la penetración del turismo en estos territorios.

Nacimiento del río Segura. Pontones

    Otro aspecto favorecedor es la voluminosa presencia de montes de titularidad pública, pertenecientes originalmente al Estado, en su inmensa mayoría, y hoy transferidos para su gestión a la comunidad autónoma andaluza, lo cual ha favorecido considerablemente las estrategias de implantación turística en las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas, toda vez que ha sido la Administración autonómica la que ha promovido más decididamente la consolidación de esta nueva actividad como alternativa más solvente a las tradicionales fuentes agrarias de generación de riqueza y creación de empleo. También se ha visto favorecida, junto a la repoblación forestal la protección de la abundante fauna que ocupaba estos macizos muy afectada por una intervención humana abusiva. Excepto la cabra hispánica, el resto de especie sucumbieron a la presión humana y fue preciso una planificación para la reintroducción, caso del ciervo o del jabalí, e incluso, introducir nuevas especies desconocidas, como el muflón o el gamo, llevada a cabo a mediados de los años cincuenta.

Ejemplar de cabra hispánica.

EL COTO NACIONAL DE CAZA

    La consecuencia lógica de la política cinegética que se había aplicado durante los años cincuenta, no podía ser otra que la creación, a comienzos de la década siguiente, del Coto Nacional de Caza de las Sierras de Cazorla y Segura (Ley 17/60, de 21 de julio). Con una superficie aproximada de 76.500 hectáreas, integradas casi en su totalidad por montes de pertenencia estatal, esta figura de protección sólo afectaba formalmente al ejercicio de la actividad cinegética, cuya regulación se consideraba imprescindible para frenar el avance del furtivismo e impedir la desaparición de otras especies animales. De hecho, desde algunos años antes de la creación del Coto se venía llamando la atención sobre su enorme atractivo turístico. Paso importante fue la adaptación de la casa forestal de la Torre del Vinagre para residencia del jefe de Estado y su séquito, durante los días que permanecían cazando en el Coto y la magnífica imagen cinegética que llegó a proyectar la concentración de autoridades políticas hizo que se disparara al alza el número de solicitudes anuales de permisos de caza. Para darles acogida, en 1964 se dan los primeros pasos para la construcción del Parador Nacional de Turismo de la Sierra de Cazorla, segregándose a tales efectos una parcela del monte Navahondona. En septiembre de 1965 se inauguraba este establecimiento de reducidas dimensiones (apenas cuarenta plazas distribuidas en veintidós habitaciones), gracias al cual no sólo se favorecía el desarrollo del turismo cinegético sino que se abría definitivamente la posibilidad de pernoctar en el interior de los montes a otros colectivos turísticos.

Centro de Interpretación Torre del Vinagre

    La otra actividad deportiva que emergió como reclamo turístico fue la pesca. En 1960 el Ministerio de Agricultura creó la Delegación especial de Pesca de las Sierras de Cazorla y Segura, procediendo de inmediato a la ordenación de algunos ríos de ambas comarcas y construyendo, en 1962, la piscifactoría del Borosa. Un año después se repobló el embalse del Tranco con black-bass (perca negra americana) y distintos tramos del Guadalquivir con cangrejos procedentes de Zamora. Pero las especies más demandadas desde un primer momento fueron las dos variedades de truchas aquí existentes, común y arco iris. Para poder capturarlas se acotaron distintos tramos de los ríos Aguamula, Borosa, Guadalentín, Guadalquivir, Segura, Madera y Zumeta, así como pequeñas zonas perimetrales de los embalses del Tranco y La Bolera. Ello obligó a acondicionar esos cotos mediante la construcción de pequeña infraestructura e incluso de un refugio específico para pescadores.

Declaración de Coto Nacional de Caza en el B.O.E.

ADECUACIÓN RECREATIVA DE LOS MONTES

    Si el Coto Nacional de Caza había abierto las puertas de estas sierras a un grupo no demasiado numeroso de cazadores elitistas, la política de adecuación recreativa de los montes que se puso en marcha a comienzos de los años setenta propiciará una primera oleada masiva de visitantes para practicar senderismo, contemplación de la fauna salvaje o el disfrute de la naturaleza. Se trata de un tipo de visitantes procedentes de localidades próximas a las sierras que pueden penetrar fácilmente merced al considerable número de vías abiertas durante los años cuarenta y cincuenta para la saca de madera; aunque la duración habitual de estas visitas no solía ser superior a una jornada, al no haber infraestructura de acogida adecuada y asequible a las posibilidades económicas de la inmensa mayoría de los visitantes. El fenómeno social de estos llamados "domingueros", obligó al recién creado ICONA a iniciar acciones tendentes a la adecuación de espacios, surgiendo numerosas áreas de picnic, cuya localización se produce siempre junto a algún curso importante de agua dotadas de zonas de fuego y de baño, al tiempo que se conseguía concentrar en ellas a todo el flujo de personas evitando la dispersión que pudiera originar mayor impacto en el medio natural.

    En un primer momento, las áreas de picnic se localizan junto al Guadalquivir, entre su nacimiento y la presa del Tranco destacando la construcción de un parque recreativo en las inmediaciones del nuevo poblado de Coto Ríos, centro de recepción mayoritario debido al represamiento artificial del río que propició una estupenda zona de baño. La afluencia cada vez mayor visitantes de este tipo, hace que se extiendan las labores de adecuaciones similares en otras zonas, incluso de mayor envergadura como fue la efectuada en las llanuras de ribera del Río Madera, perteneciente a la cuenca del Segura, donde se habilitó una gran área para la acampada, utilizada por organizaciones y colectivos juveniles. Una mínima infraestructura, integrada por cocina, comedor, pista deportiva y dispensario médico, se disponía junto a la zona de acampada para facilitar la estancia de los numerosos grupos de jóvenes que acudían hasta aquí en turnos sucesivos durante los meses veraniegos.

Área recreativa de Coto Ríos.

    Menos pretenciosas en cuanto a dotaciones (apenas unos fogones, surtidor de agua potable y letrinas), resultan las zonas de libre acampada que el ICONA habilitó inicialmente en las proximidades de Coto Ríos con el fin de atender a un segmento de la demanda, el de los campistas, que se expandía a un ritmo vertiginoso en nuestro país. Esto provocó que, en momentos del año como Semana Santa y verano, se tuvieran que improvisarse como zonas para la acampada extensas áreas desarboladas en las colas del pantano del Tranco, en las cuales no existía ningún tipo de dotación. Son momentos de especial afluencia de visitantes alentados por la difusión de imágenes televisivas grabadas por el equipo de Félix Rodríguez de la Fuente, desbordando todas las previsiones hechas acerca de esta nueva forma de utilización recreativa de los montes, con presencia de personas procedentes de toda Andalucía y de otras regiones españolas, especialmente levantinas. Incluso esta euforia turística es de tal magnitud que se llegó a proyectar obras como la de una residencia de "educación y descanso" en la zona del pantano del Tranco en una superficie de 65.000 metros cuadrados cedidos por el Ayuntamiento de Hornos de Segura, la residencia, que no pasó de la fase de proyecto, estaba pensada para albergar a 180 personas en un edificio de varias plantas con habitaciones de 24 metros cuadrados provistas de vestíbulo y aseo.

Felix Rodríguez de la Fuente

CONSTITUCIÓN DEL PARQUE NATURAL

    La declaración del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, que se produce a comienzos de 1986 ((Decreto 10/1986), constituye el último y más decisivo impulso en beneficio de la vinculación activa de los montes a las actividades de esparcimiento; enfocado en una doble dirección: cediendo porciones más o menos extensas de los montes para la ubicación de nueva infraestructura y equipamiento de apoyo al turismo, y permitiendo la readaptación funcional de algunas de las casas forestales que existían en el interior de esos espacios. Diversas fueron las razones que animaron al gobierno andaluz a tomar la decisión de proteger administrativamente este amplio espacio serrano de 209.418 hectáreas, entre las que cabe destacar la declaración de Reserva de la Biosfera efectuada por la UNESCO en 1983, obligando políticamente a los gobiernos implicados a impulsar alguna medida efectiva de protección del territorio determinado por el organismo dependiente de Naciones Unidas. Por otro lado, el decreto de asignación de competencias al ente autonómico en materia de conservación de la naturaleza (Decreto 255/1984), quedando adscritas nuestras sierras a la Agencia de Medio Ambiente y al Instituto Andaluz de Reforma Agraria lo que favorecía enormemente la adopción de cualquier estrategia conservacionista sobre ellas. En virtud de tales asignaciones, la Agencia de Medio Ambiente recibió de la Administración central la totalidad de los montes que se hallaban catalogados como de utilidad pública (estatales y municipales), así como toda la infraestructura existente en su interior. La única excepción la constituía una pequeña porción de la casa forestal de la Torre del Vinagre, anexa al Centro de recepción de visitantes que ya estaba en funcionamiento, por considerar que tal edificación podía seguir utilizándose para reuniones y estudios de carácter nacional e internacional.

Delimitación del Parque Natural 

    Con la declaración de Parque Natural, desde la Agencia de Medio Ambiente, en coordinación con la Junta Rectora del espacio protegido, se tomaron varias decisiones relacionadas con la adecuación recreativa de los montes. La primera de ellas fue la segregación de tres grandes parcelas enclavadas en el interior de los montes estatales Aguas Blanquillas, Coto Ríos y Solana de Coto Ríos, cuya finalidad era la de construir tres campings, Chopera de Coto Ríos, Llanos de Arance y Fuente de la Pascuala, destinados a satisfacer la enorme demanda que venía manifestando la expansión de esta novedosa modalidad turística, regulando económicamente el acceso y disfrute de unos montes de titularidad pública; recibiendo la Administración, propietaria de esas parcelas, un canon anual en concepto de arrendamiento proveniente de las empresas concesionarias. De esta forma los beneficios que reporta la movilización de personas recaen, directa o indirectamente, en la población de la zona, ya que serán cooperativas formadas en los municipios que forman parte del Parque Natural, las que resultan concesionarias de la explotación de los campings. A estas iniciativas siguieron otras y ahora los siete campings que se han creado hasta el momento disponen de una capacidad de acogida conjunta cercana a las 3000 plazas, ubicándose en las zonas de Coto Ríos y cuencas del Guadalentín, Madera y Segura, incluso llegando a Mogón y Siles, consiguiendo crear en estas sierras una de las zonas mejor dotadas de toda Andalucía para la práctica del campismo.

    Otra fórmula, ésta más novedosa, para el desarrollo turístico ha consistido en la utilización de distintas casas forestales, una vez rehabilitadas, como establecimientos hoteleros de pequeñas dimensiones, empleando el mismo procedimiento de la concesión a cooperativas locales utilizado en los campings. A su acertada función social hemos de añadir, en este caso, otra paisajística, puesto que de este modo ha conseguido recuperarse una parte de ese viejo hábitat que durante muchos años formó parte esencial de los montes y que se encontraba abocado a su desaparición. También resulta relevante las plazas que se ofrecen en las "zonas de acampada libre organizada", dirigidas a grupos juveniles que pueden permanecer en ellas durante cortos períodos de tiempo, previa autorización de la Consejería de Medio Ambiente. La capacidad de acogida de las siete zonas de este tipo que están en funcionamiento en estos momentos (Los Brígidos, Río Madera, Los Negros, Huerta Vieja, Acebeas, La Morringa y Linarejos), resulta difícil de determinar, estando equipadas con agua potable, varios fogones, fregaderos, comedores de campaña y letrinas.

    En cuanto a la dotación de equipamientos turísticos, resulta destacable la ejemplarizante reconversión de la casa forestal de la Torre del Vinagre como centro de recepción de visitantes a comienzos de los años ochenta, añadiendo al núcleo residencial primitivo varios cuerpos en los que se muestran de forma didáctica con paneles, fotografías, etc…, las principales características del medio físico y biológico de las sierras, completándose todo ello con un pequeño auditorio multiusos. En otros casos ese mismo tipo de hábitat ha permitido acoger aulas de la naturaleza (Casas forestales del Hornico y El Cantalar), o centros de comercialización de la artesanía que se realiza en estas comarcas (Casa forestal de Los Casares). En algunas ocasiones, incluso, las instalaciones contiguas a estas viviendas, como los viejos viveros forestales, se han reconvertido en magníficos jardines botánicos, como es el caso del viejo vivero de la Torre del Vinagre, sobre el cual se ha diseñado un bello jardín que permite al visitante conocer las principales especies vegetales de la zona, incluidos sus endemismos más relevantes, compaginando así el turismo y la educación ambiental. También es el objetivo final el centro de interpretación fluvial Río Borosa. El contenido de sus instalaciones permite al visitante conocer aspectos esenciales de las especies que viven en sus aguas, así como las utilidades históricas y actuales del río.

Jardín Botánico Torre del Vinagre

EL FENÓMENO TURÍSTICO EN LA ACTUALIDAD

    A nadie le queda dudas de que la actividad turística se ha convertido en una verdadera alternativa económica para unas comarcas que al comenzar la década de los ochenta figuraban entre las que poseían más elevados índices de depresión socioeconómica de toda España. Pero el proceso de implantación y desarrollo turístico ha tenido contradicciones, provocadas por la extremada fragilidad ambiental y paisajística del entorno serrano. La elevada concentración de infraestructura y equipamiento turístico en el valle del Guadalquivir ha provocado cambios paisajísticos trascendentales derivados de la proliferación de nuevas construcciones en la estrecha terraza que envuelve al río entre su nacimiento y la presa del Tranco. Cambios que se ciñeron, en un primer momento, a los montes aledaños al poblado de Coto Ríos, pero que han llegado a todo el valle pasado el tiempo han afectado a otros muchos rincones del valle, siendo espectaculares en el núcleo de Arroyo Frío, pequeño enclavado del monte Guadahornillos. Hasta bien entrados los años setenta, este núcleo estaba formado por distintos cortijos diseminados dedicados a una agricultura autárquica, con pequeños hatos de ganado y trabajos esporádicos la conservación de montes. Hoy ese bello paraje se ha transformado radicalmente para dar acogida a un sinfín de hoteles y residencias secundarias ajeno al paisaje agrario existente hace apenas tres décadas y, lo que es peor, ofrece una imagen de congestión territorial que en nada beneficia al turismo de naturaleza.

Arroyo Frío

    Además, hay que añadir la estacionalidad tan acusada que caracteriza al flujo de visitantes que acuden hasta el Parque Natural. Aunque la contabilidad de ese flujo no está reglamentada podemos aproximarnos indirectamente a su conocimiento a través de los datos de visitas que ofrece el Centro de Interpretación de la Torre del Vinagre; con concentración elevada en el mes de agosto y algo menor en julio y septiembre, así como en el período vacacional de Semana Santa. Entre los cuatro meses, tanto en 1997 como en 1998, acumulan el 60 % de los más de cien mil visitantes que acceden a estas instalaciones anualmente, siendo tendencia consolidada.

    Con el fin de evitar que en el futuro se acentúen los procesos de concentración espacial, tanto el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales como el Plan Rector de Uso y Gestión, aprobados ambos a finales de 1999 (Decreto 227/99, de 15 de noviembre), han tratado de reconducir la situación mediante el establecimiento de emplazamientos alternativos al valle del Guadalquivir para la localización de nuevos servicios, equipamientos e infraestructuras turísticas estableciendo unos criterios de integración paisajística con una rehabilitación del patrimonio edificatorio y el mantenimiento de las tipologías constructivas en las nuevas edificaciones.

ALGUNAS SUGERENCIAS PARA EL FUTURO

    La contribución de los montes al desarrollo turístico de las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas, lejos de agotarse con el transcurso del tiempo, presenta hoy nuevas y sugerentes perspectivas siguiendo derroteros de mayor sostenibilidad en los que la educación ambiental se entienda como el mejor complemento de las prácticas de esparcimiento. Hará falta enormes dosis de voluntad política y enorme esfuerzo inversor tanto público como privado.

   Sería conveniente la recuperación de casas forestales como establecimientos hoteleros, hasta llegar a conformar una potente red de alojamientos de máxima calidad, ya que se dispone de suficiente infraestructura para ello, repartida por casi todos los rincones de este vasto espacio serrano, aunque el aislamiento de muchas de estas edificaciones constituye un serio handicap que puede llegar a condicionar algunas de las nuevas intervenciones rehabilitadoras. Desde otra perspectiva, entendemos que puede resultar del máximo interés la creación de un gran "Centro de interpretación forestal", encaminado a recuperar y difundir la prodigiosa historia de estas sierras durante los tres últimos siglos, dando a conocer los sistemas seculares de explotación de los montes y las peculiaridades de unos modos de vida asociados a las múltiples actividades forestales que se han sucedido en las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas en este dilatado período de tiempo.

Centro de Interpretación de la Cultura de la Madera. Vadillo Castril

    Una localización adecuada para este Centro es el poblado de Vadillo Castril, pequeño núcleo urbano surgido alrededor de una serrería ya clausurada, el cual cuenta con distintas edificaciones muy apropiadas para su reconversión y adaptación a los nuevos fines de propiedad pública como una escuela de capacitación forestal, posibilidad de recuperación del utillaje de la serrería, etc...; se podría habilitar en otras zonas menos congestionadas de la parte septentrional del Parque como Orcera o Siles, donde también tuvieron una enorme repercusión social los trabajos desarrollados en los montes. Por último, creemos que hay que seguir apostando por la recuperación con fines de exhibición de determinadas actividades con visualización de corta, pela y ajorro de madera o muestras del trabajo de los gancheros, son adecuadas para mostrar la dureza de unos trabajos forestales.

CONCLUSIONES

1.- Los montes, especialmente los de titularidad pública que pertenecieron históricamente al Estado y hoy se encuentran en manos de la comunidad autónoma andaluza, han desempeñado un papel decisivo en el proceso de implantación y desarrollo de la actividad turística en las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas. El modelo empleado de concierto con cooperativistas de la zona en el arrendamiento de instalaciones, ha resultado muy útil desde el punto de vista social ya que se ha traducido en la generación de un buen número de empleos directos tanto en el interior del espacio protegido como en su inmediata área de influencia.

2.- La iniciativa privada debiera implicarse mucho más de lo que lo ha hecho hasta ahora en los programas de fomento turístico de este espacio protegido, colaborando en la financiación de nuevo equipamiento y apoyando algunos programas de conservación de la naturaleza especialmente emblemáticos. Nuestra propuesta no se centra en la privatización sino en encontrar fórmulas que tengan el efecto de colaboración público-privada para rentabilizar el voluminoso número anual de visitantes que acceden a estos montes.

Centro recreativo del Barco Solar. Pantano del Tranco

3.- La elevada concentración espacial de infraestructura en el valle del Guadalquivir debe empezar a corregirse por cuanto distorsiona hasta extremos insospechados la imagen turística del Parque Natural. Hay que aplicar con todo rigor las determinaciones que a este respecto establecen el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales y el Plan Rector de Uso y Gestión, sin atender a otro tipo de consideraciones. La estrecha colaboración a la hora de la toma de decisiones entre Ayuntamientos, Junta Rectora y Dirección del Parque Natural debe guiar cualquier acción en este terreno.

4.- Los montes han de seguir desempeñando un papel central en el proceso de relanzamiento turístico de este espacio protegido. Entendemos que a partir de ellos puede producirse una vinculación más estrecha entre práctica turística y educación ambiental que se conforme como la principal vía de reactivación del sector. Al mismo tiempo, esa vinculación puede ayudar a corregir la fuerte estacionalidad y colaborar en la dispersión del turismo sobre el territorio, como mejor fórmula para que un número cada vez mayor de habitantes perciban los beneficiosos efectos de esta actividad y apoyen sin fisuras la política de conservación.


lunes, 14 de junio de 2021

TE QUIERO, PUENTE DE GÉNAVE...!!!

CON MI PUEBLO EN EL CORAZÓN.

Quiero decir, Puente de Génave, que te amo, que amo tus calles, tu río, tus fiestas, que te amo a ti. Amo la fraternidad y la solidaridad de esta tregua en la que la gente se mira, se sonríe y se saluda diciéndose… ¡buenos días!, y los días son bueno de verdad. El amor, el entusiasmo y el alborozo son los que te construyen y cada uno es responsable de su trozo de pueblo y de la dicha que cabe dentro de él.

Te conozco pueblo mío y sé que, en ti, la vida canta su irrepetible e interminable cántico. Sé también que tus gentes consideran un inapreciable privilegio haber nacido dentro de ti, habitante, sentir tu atractivo y contagiarlo a quienes lo visitan. Aquí como cualquier otro puenteño o puenteña, hemos pasado la infancia, transcurrir la adolescencia y desde la juventud crecer a nuestros mayores.

Aquí he escuchado el percutir de la lluvia en sus fríos y largos inviernos y el cálido rumor de los mediodías agosteños. He soñado en tus altas y estrelladas noches de verano, he sentido tu silencio, el hondo silencio, “donde habita el olvido” y esos tantos recuerdos que atesoro con cariño. Aquí en estos pasajes hemos configurado nuestras vidas. Por eso me enorgullezco de poder decir, ¡soy del Puente!...

Nosotros como jóvenes sabemos que todo lo que se resigna a sobrevivir nace destinado, no entristece porque es vivir lo que importa. Y vivir no es continuar viviendo nada más, es participar del misterio generoso de la vida, de sus enigmáticos vaivenes, de sus devaluadas siembras y recolecciones. Es crear vida. Porque si hay algo que nos distingue, es nuestra capacidad de esperanza, esa certeza de que horas más oscuras de la noche son las que preceden a los amaneceres, como queda expresado en ese oráculo de Isaías: “Centinela!, ¿Qué ves en la noche?. –En la noche he visto llegar la mañana.

Un pueblo con sus gentes, y también con sus mayores, mayores que vivirán la nostalgia de aquellos otros tiempos en que los protagonistas fueron ellos. Y cuando suene el estampido de las gentes en las calles, discurrirán por sus pupilas escenas semejantes de otros tiempos donde rebosaban juventud, porque ellos saben que la vida se vive y está vivida y la canción se canta y está cantada.

Yo deseo, Puente de Génave, que nos cuajen en espigas sueños y afanes, que nuestras casas se abran a la luz, que nuestro Santo Patrón, San Isidro, mantenga la fe ilesa en la esperanza de un mañana mejor, abriendo años futuros con senderos de bienestar y prosperidad para nuestro pueblo. Y que cuando nos hallemos lejos de ti, se nos convierta la lentitud en prisa y se nos haga leves y ágiles los pasos para el alborozo del retorno.

Juani López.