lunes, 29 de marzo de 2021

JUEGOS TRADICIONALES EN LA SIERRA DE SEGURA. Descripción ( III )

LOS JUEGOS EN AQUELLOS TIEMPOS.


José Antonio Molina Real (jt)

    Hemos realizado algunas publicaciones en las que hacíamos un recorrido resumido y descriptivo por algunos juegos tradicionales que marcaron la diversión y relación social de nuestros abuelos y padres en aquellos años difíciles de mediados del S. XX en las calles, rincones o parajes de los diferentes pueblos y/o aldeas de nuestra Sierra de Segura. Junto a las ya publicadas en junio y octubre de 2019, y con la finalidad de completar este recorrido, presentamos esta tercera entrega en la que incluimos nuevas descripciones de juegos tradicionales que ocuparon gran parte de nuestra infancia.

    En este caso son 10 juegos populares más que sumamos a los 35 ya publicados, para continuar con la descripción de nuevos pero viejos juegos. No hemos, de forma intencionada, entrado en clasificaciones diversas (de niños/niñas, competitivos, de habilidad, con uso de utensilios, utilización de canciones, etc…) para evitar darles una contextualización sesgada y porque además en aquella época todos/as solíamos jugar a todo; además sabemos que existen diferentes nombres, modalidades y normas en las diferentes poblaciones, pero también sabemos que, jugáramos como jugáramos, compartíamos risas y desarrollábamos la creatividad participativa que posibilitaba incluso, si era necesario, la modificación de normas de juego para adaptarlas a las circunstancias que factores como el clima, número de jugadores o disponibilidad de tiempo y espacio, pudieran presentar.

    Los juegos de antaño tenían siempre la característica de la creatividad, la improvisación, la adaptación al entorno y sobre todo la calle como espacio y la diversión como finalidad.

EL PATIO DE MI CASA

    Podrán jugar tantos jugadores como queramos y todos se agarran de las manos y forman un corro o círculo amplio, con los brazos estirados. Dentro del corro se situará un jugador, que será el que camine a la pata coja al final del juego. Los jugadores, con las manos unidas y formando un corro, irán girando y haciendo gestos y movimientos cantando la letra de una canción y cuando canten el estribillo de "¡agáchate, y vuélvete a agachar!" se agacharán al mismo tiempo dos veces seguidas. El corro se detendrá cuando canten el estribillo "chocolaaaaate, moliniiiiillo, corre, cooooorre, que te piiiiillo", estirando las sílabas indicadas mientras hacen un gesto de ir hacia el centro del corro para juntar todos las manos, para después cuando se canta "a estirar, a estirar", se abre el corro todo lo que se pueda, estirando los brazos, pero sin soltar las manos. A continuación, el jugador que está en el centro del corro comienza a andar a la pata coja alrededor del círculo, para al finalizar la vuelta dar a otro jugador con la punta del pie y ese será el jugador que se sitúe en el centro del corro en el siguiente juego donde se entonará de nuevo la siguiente canción.

El patio de mi casa es particular,

cuando llueve se moja como los demás.

¡Agáchate! ¡Y vuélvete a agachar!

¡Que los agachaditos, no saben bailar!

H,I,J,K,L,M,N,A,

que si tú no me quieres otro niño me querrá.

¡Chocolate!, ¡molinillo! ¡Corre, corre, que te pillo!

¡A estirar, a estirar! Que el demonio va a pasar.


TERESA LA MARQUESA

    El juego se realiza por parejas, con las manos agarradas entrecruzadas y con los brazos por delante del cuerpo. Queda la pareja un jugador al lado del otro y de esta forma van corriendo mientras se canta la canción:

Teresa la marquesa, tipití, tipitesa,

tenía una corona, tipití, tipitona,

con cuatro monaguillos, tipití, tipitillos,

y un cura sacristán, tipi, tipi, tipi, tan.

    Cuando llegan a la parte "tipití, tipitesa" se paran y cada jugador salta dando media vuelta sin soltarse de las manos hasta quedar enfrentado al otro jugador "tipití"; cuando cantan "tipitesa" saltan hacia el lado contrario y quedan otra vez colocados para continuar la carrera y seguir cantando el resto de la canción hasta llegar a "tipití, tipitona", en donde vuelven a pararse y saltar con el medio giro. Así se juega hasta llegar al final de la canción.


LA TROMPA

    Utilizando unas peonzas y siempre en grupo, los participantes tirarán la trompa de tres modos: a lo bajo o a lo chica, al poder y a clavillazo. Había algunos tan hábiles que la lanzaban al aire y la cogían en la mano haciéndola bailar sobre ella. Lo normal era que la trompa bailase en el suelo y que con la mano extendida y abriendo los dedos la hicieses pasar a la palma de la mano para después volverla a dejar bailando otra vez. Eso decíamos que era coger la trompa. Para ello se necesitaba, o era mucho mejor que la trompa girase tan rápidamente que apenas se moviera del sitio; se duerme, decíamos. Si recorría mucho trecho, escarabajeaba, y si saltaba, repicaba. El mero hecho de que bailara y durase más que las de los otros constituía una forma de los juegos que se hacían con ellas. Otro consistía en coger la trompa en la palma y volverla a dejar bailando. Un tercero le añadía la dificultad al tratar de golpear perras gordas entre unas rayas que se pintaban cuando la devolvías al suelo después de haberla cogido, y que ganaba el que antes las desplazara. El último juego lo llamábamos a abrir trompas pues los que jugadores lanzaban sus trompas contra las de sus adversarios para golpearlas y dañarlas, siendo el objetivo de los demás aquella que dejara primero de bailar al lanzarlas todos a la vez. El perdedor la volvía a lanzar para que los demás intentaran golpearla mientras duraba el movimiento giratorio de la peonza. Aquí jugaban un buen papel los trompos, que con su mayor peso y dureza eran capaces de romper las trompas de otros y aguantar los clavillazos de los demás.


UN, DOS, TRES

    Se pone un niño de espaldas, con un brazo contra la pared, y esconde la cara. Los otros se colocan detrás, a cierta distancia, y van avanzando a pasitos o corriendo. El que tiene los ojos tapados decía: "Un, dos y tres, al escondite inglés", puede que deprisa o despacio, en eso está el engaño, cada vez de una manera aleatoriamente, y después de decirlo, se daba la vuelta rápidamente, por ver si sorprende a los otros en movimiento; al que pilla moviéndose, pierde, por lo que había que avanzar sin ser vistos. El que era visto debía de volver al punto de salida. El objetivo era llegar y tocar la pared, siendo el último en llegar el que debía colocarse sobre la pared para iniciar un nuevo juego. En algunos lugares el estribillo a decir cambiaba al ser “un, dos, tres al pollito inglés”, pero la dinámica era la misma.


VEO, VEO

    Con un número ilimitado, de forma rotativa, se elegía a una persona que dirigía el juego diciendo:

-Veo, Veo. ¿Qué ves?-responden los demás.

-Una cosita. ¿Y qué cosita es? Respondían.

-Empieza con la letrita….. y el jugador debía decir la letra inicial del objeto a descubrir. Los demás participantes irán diciendo palabras que definan objetos próximos en el campo de visión e intentan averiguar su nombre. Si alguno lo consigue, pasa a ser el director del juego y si no, volverá el mismo jugador a determinar otro objeto para ser adivinado volviéndose a iniciar el juego.


TRES EN RAYA O CASTRO.

    Este juego es exclusivo de dos jugadores, siendo el material, normalmente de seis piedras, tres para cada jugador. Habrá que hacer un dibujo sobre una superficie de un cuadrado dividido en cuatro cuartos y partido en diagonal en ambos sentidos y se elegirá por sorteo el que comenzará a poner su piedra en el centro del dibujo para que así el otro jugador ponga su piedra en uno de los cuatro ángulos o en los puntos de cruce de las cuadrículas. Alternativamente irán colocando sus piedras o moviéndolas de sus lugares a excepción de la colocada en el centro que es inamovible. El juego finaliza cuando un jugador consigue alinear sus tres piedras al esquivar por un descuido del contrincante o por su propia habilidad, siendo el ganador el que comenzará el juego siguiente poniendo su primera piedra en el centro.


PITA

    Es un juego más utilizado por los niños porque requiere un componente de fuerza física para lanzar la pita lo más lejos posible. Se desarrollaba formando dos equipos y siempre en un espacio abierto de una calle o plaza. Se trazaba un círculo dibujándolo con un palo o tiza que sería donde se colocaría la pita que era un palo de unos 20 cm de largo acabado en punta en ambos extremos. El otro elemento era el cirre, que consistía en un mango de madera con el que se golpeaba la pita en uno de sus extremos para hacerla saltar y, una vez en el aire, se le volvía a golpear con el cirre para mandarla lo más lejos posible. El equipo contrario debía ir en busca de la pita donde hubiera caído para, desde donde se encontrara, lanzarla hacia el círculo, pudiendo ocurrir dos cosas, que la pita tocara o cayese dentro del círculo o que la pita tocara el cirre situado en un lado del círculo. Ahora bien, si el que “iba a por sopas”, es decir el lanzador, no conseguía ninguno de estos objetivos, daba opción al jugador del otro equipo a lanzar otra vez la pita, teniendo en este caso cuatro oportunidades de tiro: Pitiliuna, Pitilidós, Pitilitrés y Calaminés. Después de tirar estas cuatro veces, la puntuación obtenida iba en función de la distancia a la que se lanzaba la pita, siendo la bonificación otorgada en función de la cantidad de medidas del cirre, contadas desde donde había caído la pita hasta el redondel.

BOLOS SERRANOS

    Aunque no se trata de un juego infantil explícitamente, podemos decir que por sus características los bolos serranos constituyen el único deporte autóctono de Andalucía, practicándose casi exclusivamente en los pueblos y aldeas del Parque Natural, pudiéndose decir que hoy están totalmente recuperados y van creciendo paulatinamente en su número de participantes, siendo los jóvenes la población que lo práctica con más determinación. Los Bolos Serranos son un juego muy arraigado en la Sierra de Segura. Los orígenes de este juego en la sierra se pierden en el tiempo, aunque parece provenir de las montañas del norte peninsular, llegando hasta nuestra zona durante la reconquista. Existen dos modalidades de juego, denominadas Valle y Alta montaña.

    Los Bolos del Valle necesitan una bola que normalmente se hace de madera de enebro o carrasca y que tiene unas medidas y peso estandarizados entre 17 y 20 cm de diámetro y entre 2 y 3 Kg. de peso. Esta bola tiene 2 agujeros, uno para meter el dedo pulgar y otro más alargado para el resto de los dedos. Lo segundo a tener en cuenta son los bolos, o mingos como se les denomina popularmente, siendo tres los mingos que se colocan en fila a una distancia entre ellos de un metro, con medidas diversas siendo el primero de 20 cm. de longitud, 7 cm. de diámetro y 800 gramos de peso; el segundo de 15 cm. de longitud, 6 cm. de diámetro y 600 gramos de peso; y finalmente un tercero de 15 cm. de longitud, 5 cm. de diámetro y 500 gramos de peso. La pista cuenta con una zona previa desde donde se lanza la bola, después esta la línea de mano que es hasta donde al jugador le está permitido lanzar; y también la zona de los mingos que suele ser una placa de madera para garantizar su estabilidad. Por último, tenemos la línea de borre que es por donde debe salir la bola o los mingos. Existen otras pistas con medidas diferentes adecuadas a edades tempranas o para los más mayores.

    Por su parte los Bolos de Montaña se juegan con una bola similar a la de la modalidad anterior, aunque existen profundas diferencias. La principal es que se juega con un solo mingo que tendrá tamaño y peso diferentes a los de la otra modalidad. La línea de mano suele estar más cerca del mingo y en esta modalidad no se birla (tirar desde la línea de borre). La modalidad de alta montaña se juega de forma similar a la anterior. Se tira desde la línea de mano al mingo y se intenta que cruce la línea de borre, dándose los puntos según la distancia que el mingo haya recorrido tras cruzar la línea de borre. Para ello se utilizan unas marcas, situadas entre 3 y 5 m de distancia entre sí, después de la línea de borre, que corresponden a incrementos de, generalmente, 10 puntos hasta alcanzar más de 100 puntos. Esta modalidad no tiene un reglamento tan estandarizado como la anterior y según las boleras, difiere en distancias, puntos y tamaño de las mismas.


BOLAS

    Con las bolas hay gran variedad de juegos, no tan solo el de las canicas y el guá. El triángulo es uno de ellos que consiste en que cada jugador pone dentro de un triángulo trazado sobre la superficie la misma cantidad de botones o chapas de botellas que había que ir sacando a base de golpearlas con las canicas. El juego se acababa cuando el triángulo quedaba vacío. Si eran botones, estos tenían diferente valor según su tamaño; pues los más chicos valían uno, los medianos valían dos, y los más grandes denominados papas valían 4. Había papas muy grandes cuyo valor era de ocho. Cada chiquillo tenía su capital formado por una bolsillá de botones y bolas. Dos palabras que se utilizaban eran las de limpio y sucio, siendo limpio para poder tirar desde una posición más cómoda al no haber obstáculos hasta el triángulo, mientras que la de sucio tenías que hacerlo desde donde había caído la bola salvando todo lo que se pudiera interponer entre tu bola y el triángulo, pero siempre cuidando que el contrario no se adelantara a decir la palabra limpio que siempre daba algo de ventaja.

    Otro juego era el chete bola o el chete bolillo. Había que tener mucho cuidado, ya que si daban un chete a nuestra bola (o bolillo), nos la ganaba el contrario, y las bolas eran una mercancía muy apreciada por los pequeños jugadores. Había diferentes tipos de bolas, como la bola ordinaria que tenía unos 15 milímetros de diámetro y era la más abundante, con su superficie lisa cuando estaba nueva, que se iba desgastando con el uso; el bolillo, más pequeño y más duro que la bola, era mucho más apreciado que la bola, habiendo bolillos de níquel que procedían de los rodamientos, y eran muy escasos; la cristala, que tenía un tamaño intermedio entre la bola y el bolillo, como su nombre indica era de cristal y tenía dibujos de formas y colores diferentes y de gran belleza en su interior; o la tiraora o tinosa, era la bola preferida por todos porque era la que más puntería tenía, siendo un poco más pequeña que la bola ordinaria y algo mayor que la cristala teniendo la superficie algo rugosa y con un peso menor que las otras.


CARRERAS DE SACOS

    La participación en este juego era totalmente aleatoria, siendo perfectamente acto para jugar chiquillos y chiquillas juntos. La base imprescindible era tener sacos, que normalmente eran de tejido de arpillera o yute de los utilizados para el transporte de la aceituna, aunque podían servir también los utilizados en el horno para el transporte de harinas, por lo que se convertían en materia preciada por todos. El sistema de juego era señalar un lugar de partida y otro de llegada, que delimitaba la distancia a recorrer. Esta distancia estaría siempre en consonancia a la edad y capacidad de los participantes, siendo ellos los que determinarían las modalidades de juego. La básica era la carrera simple, aunque se podrían introducir carreras de eliminación, que sería siempre el último en llegar, o por equipos en modalidad de relevos. La técnica consistiría en introducirse hasta medio cuerpo dentro del saco, cogiendo con fuerza con las manos para mantenerlo siempre subido evitando que cayera hasta los pies, para después, cuando se diera la señal de inicio de la carrera comenzar, a base de dar potentes saltos, la marcha hasta el punto de llegada tratando de evitar tropezar, trastabillarse o caerse por la propia inercia del movimiento.

    Con estos diez últimos juegos completamos nuestras publicaciones sobre aquellos juegos tradicionales que nuestros mayores utilizaban en las calles de nuestros pueblos para crear esa armonía y compañerismo que protagonizó su infancia. Evidentemente nos dejaremos más de uno en el tintero, pero creemos que la intención de hacer un merecido homenaje y reconocimiento a aquellas formas de entender el hecho social y al tiempo constatar que los nuevos tiempos no tienen el por qué ser mejores en cuanto al disfrute y entretenimiento de pequeños y no tan pequeños, que llevados a la astucia e inventiva podían establecer forma de diversión y relación siendo el marco perfecto las calles y rincones de nuestros pueblos.

    

lunes, 15 de marzo de 2021

EL TAMARAL, ALGO MÁS QUE UNA ALDEA.

El municipio de Puente de Génave está formado, además de su núcleo urbano, por las aldeas y núcleos de población de Los Avileses, Cortijos Nuevos, Paules (ya deshabitado), Peñolite y El Tamaral. Será a esta ultima aldea a la que queremos hacer referencia, dando cuenta de su evolución y estructuración poblacional a lo largo del tiempo. Para ello recogemos un artículo publicado en el libro de fiestas en honor a Sta. Teresa del año 2003 firmado por Ramón Gallego, actual alcalde del municipio de Puente  de Génave. 

APUNTES SOBRE EL TAMARAL

Hablar del Tamaral significa inexorablemente echar la vista atrás y conocer cuál fue el origen de este magnífico y espléndido cortijo porque el pasado reciente es algo que conocemos todos. Intentaremos llegar a este lugar al que la memoria ya no consigue acceder y donde entran en liza archivos y documentos históricos. Parece ser que los primeros tamaraleños, valga la expresión, provenían del levante peninsular, concretamente de la actual provincia de Murcia, de localidades como Mula o Lorca (1843), aunque ya en 1831 tenemos la primera referencia al Tamaral como lugar habitado.

Situación de El Tamaral dentro del término municipal de Puente de Génave

Los primeros habitantes ocuparon durante mucho tiempo las Cuevas de El Tamaral, origen de lo que posteriormente fue el cortijo que todos conocemos. La razón de ocupar las cuevas era bastante obvia, puesto que los inmigrantes que las habitaban eran gente humilde y pobre de solemnidad y venían, como se suele decir, con lo puesto de sus lugares de origen. Este primer flujo de inmigrantes provenientes de una zona más alejada de la Sierra de Segura tendrá que ver con una crisis de subsistencia que abarcó durante las primeras décadas del S. XIX a gran parte del sureste español (Almería, Murcia y Alicante).

Núcleo poblacional de El Tamaral

En honor a la verdad tendríamos que decir que otros cortijos muy cercanos al Tamaral se ocuparon muy tempranamente como es el caso de la Cornicabra, que en 1740 estaba ya habitado con toda seguridad; o Paules cuyas primeras referencias datan de 1682, aunque en este caso la situación del enclave junto a una importante vía de comunicación explica claramente su pronta ocupación, aunque la existencia de un fuerte bandolerismo boqueó la instalación de asentamientos humanos en fechas anteriores.

Viviendas junto a la carretera Paules-Peñolite

La importancia que va adquiriendo el Tamaral se refleja en la segunda mitad del S. XIX cuando un gran flujo poblacional procedente de las aldeas situadas en la parte más interna y agreste de la Sierra de Segura se van instalando poco a poco, completando la labor iniciada muchos años antes y configurando el Tamaral como uno de los anejos más importantes del municipio de la Puerta de Segura primero y de Puente de Génave después. Ello se ve corroborado en 1898 cuando el pedáneo del Tamaral (Tiburcio Ruiz Pérez) se encargaba de la administración municipal, no sólo del Tamaral sino también de Los Prados, La Cornicabra, El Entredicho, La Venta del Tufo y de Paules. El Tamaral también tenía representante en el Ayuntamiento de La Puerta de Segura por aquel entonces, y así, en 1897, Marcelino Martínez Morcillo era concejal electo de dicho ayuntamiento.

Situación de los cinco núcleos de viviendas que componen la aldea

La trayectoria hasta mediados del siglo XX de la aldea de El Tamaral es realmente impresionante pues se habían roturado prácticamente todas sus tierras y puestas en cultivo, incluso instalándose una primaria fábrica de aceite cuyos socios mayoritarios fueron Cándido Martínez, el de la Venta de la Balbina, y José maría García “Perejiles” originario del propio Tamaral, y como socios fundadores minoritarios estaban las familias Torres, Segura, Avilés, Samblás y Jiménez, todas ellas del mismo Tamaral. De manera premonitoria el fin de la fábrica coincidió con los inicios del éxodo poblacional que dejó el Tamaral tal como lo estamos conociendo hoy en día.

Fiestas Santa Teresa. Año 2003

Ramón Gallego Martínez

viernes, 26 de febrero de 2021

EL TERRITORIO ANDALUZ

Con motivo de la celebración del Día de Andalucía, desde este blog, queremos seguir con la serie de artículos relacionados con nuestra tierra. Anteriormente, y siempre en fechas cercanas al 28 de febrero, dedicamos artículos a Blas Infante, a la bandera, al himno o a su escudo; todos ellos símbolos que nos identifican. En esta ocasión nos centraremos en el territorio y su evolución histórica hasta llegar a ser estructurado como una entidad, que abarca a las ocho provincias, de gestión y autogobierno.

HISTORIA DE UNA TIERRA.

( j t )

En la actualidad entendemos como delimitación territorial de Andalucía la contemplada en el Estatuto de Autonomía Andaluz aprobado por los andaluces, en referéndum el 20 de octubre de 1981; constituyendo Andalucía como comunidad autónoma del Estado español. No obstante, debemos considerar que este territorio no siempre tuvo los mismos componentes ni la misma estructuración por lo que pasamos a exponer brevemente su historia anterior hasta la actualidad hasta llegar a ser considerado nacionalidad histórica por la Constitución Española de 1978. La primera de las consideraciones sería su posición geoestratégica en el extremo sur de Europa, entre esta y África, entre el Atlántico y el Mediterráneo, así como sus riquezas minerales y agrícolas y su gran extensión superficial de 87 597 km², formando una conjunción de factores que hicieron de este territorio un foco de atracción de muchas civilizaciones ya desde los inicios de la Edad de los Metales.

Delimitación territorial de Andalucía

Su situación geográfica como nexo entre África y Europa, hace que algunos historiadores apunten a que los primeros homínidos europeos, previo paso del Estrecho de Gibraltar procedentes de África, se ubicaron en el territorio andaluz. Posteriormente, las primeras culturas que se desarrollaron en este entorno como fueron la de Los Millares, El Argar o Tartessos, tuvieron un claro matiz orientalizante, debido a la clara influencia que pueblos del Mediterráneo oriental ejercieron desde sus actividades comerciales coloniales al asentarse en sus costas en busca de sus riquezas, dejando un gran desarrollo civilizador. Fueron principalmente griegos y fenicios los protagonistas de esta influencia, derivando en un próspero momento histórico que tuvo hitos como la fundación de Cádiz, la ciudad más antigua de Europa occidental, seguida en antigüedad por otra ciudad andaluza, Málaga.

Ámbito territorial de la civilización de Tartesos

Posteriormente, este territorio quedó incorporado plenamente al Imperio Romano con su conquista, creándose la provincia de la Bética, subdivisión de una primitiva provincia que data de conquista romana llamada Hispania Ulterior. Dada su condición de provincia senatorial debido a su altísimo grado de romanización, fue la única provincia de Hispania en ostentar esta condición, teniendo gran importancia económica y política dentro del Imperio, al que aportó numerosos magistrados y senadores, además de las figuras sobresalientes de los emperadores Trajano y Adriano. Serán las invasiones germánicas de vándalos y posteriormente de visigodos las que ocuparon estas tierras, aunque no hicieron desaparecer el papel cultural y político de la Bética y durante los siglos V y VI. De esta forma, los terratenientes béticorromanos mantuvieron prácticamente su independencia impositiva, aunque no política, con respecto a Toledo que era la capital visigoda, destacando figuras dentro de la cultura, la política o la religión como San Isidoro de Sevilla o San Hermenegildo.

Bética romana.

De todos es conocido que en el 711 se produjo una importante ruptura cultural con la conquista musulmana de la península ibérica. El territorio andaluz fue el principal centro político de los distintos estados musulmanes de Al-Ándalus, que así denominaron a este dominio peninsular del que sólo escapaban las zonas montañosas del norte, siendo Córdoba la capital y uno de los principales centros culturales y económicos del mundo por aquel entonces. Este período de florecimiento culminó con el Califato Omeya de Córdoba, donde destacaron figuras como Abderramán III o Alhakén II. Posteriormente, en el siglo XI, se produjo un período de grave crisis política que fue aprovechado por los reinos cristianos del norte peninsular para avanzar en sus conquistas y por los distintos imperios norteafricanos, como almorávides o almohades, que se fueron sucediendo ejerciendo su influencia en todo Al-Ándalus y también establecieron sus centros de poder en la península en Granada y Sevilla, respectivamente. Entre estos periodos de centralización de poder, su produjo la fragmentación política del territorio peninsular en diferentes fases y periodos de reinos de taifas. Entre estos reinos de taifas, el Reino nazarí de Granada, tuvo un papel histórico y emblemático destacado.

Territorio andaluz durante la dominación árabe

La Corona de Castilla fue conquistando paulatinamente los territorios del sur peninsular. Fernando III personalizó la conquista de todo el valle del Guadalquivir en el siglo XIII. El territorio andaluz quedó dividido en una parte cristiana y otra musulmana hasta que en 1492 la conquista de la península ibérica finalizó con la toma de Granada por parte de los Reyes Católicos. No obstante, este reino de Granada, mantuvo su singularidad administrativa dentro del contexto de los territorios de la corona castellana​ debido, sobre todo, a su carácter emblemático como culminación de la Reconquista y al hecho poseer una serie de particularidades que lo diferenciaban del resto de territorio andaluz reconquistado en el siglo XIII, más de dos siglos antes. A pesar de las claras similitudes entre la Andalucía del Guadalquivir y el reino de Granada, se mantuvo la diferenciación administrativa entre el reino de Granada y el resto del Andalucía distribuida en los reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla, pues Granada fue el único reino que realmente gozó de una entidad política, administrativa y militar propia, mientras que los reinos de Sevilla, Córdoba y Jaén poseyeron la titulación, pero no la estructura de reino pues su administración fue unificada en un ente superior llamado Andalucía​.

De este modo, el sur peninsular quedará dividido desde 1492, y hasta 1833, en dos entidades administrativas, Andalucía por un lado y el reino de Granada por otro, cada cual con su estructura administrativa, judicial y militar propia; es decir, cada entidad conservó su propio notario mayor, adelantado mayor, capitán general, chancillería, su audiencia y su entidad religiosa con arzobispado con sede una en Sevilla y otra en Granada​. De este modo, con el establecimiento de sus representantes directos en Granada tras la Reconquista, los reyes dejaron clara la diferenciación entre Andalucía y Granada, presidida esta última por una tetrarquía político-religiosa, encabezada en sus inicios por el arzobispo Hernando de Talavera, el conde de Tendilla, Andrés Calderón y Hernando de Zafra.

La Andalucía de los dos reinos.

Debemos considerar que la existencia, en el reino de Granada, de una gran población morisca marcaba una diferencia fundamental entre el reino recién incorporado y la parte de Andalucía consolidada dos siglos atrás como territorio castellano. No obstante, tras la Rebelión de las Alpujarras y la expulsión de los moriscos, las peculiaridades socioculturales del reino de Granada respecto a los otros reinos andaluces fueron diluyéndose progresivamente​, aunque mantuvo la estructura administrativa propia, pero el hecho de que la repoblación, tras la expulsión morisca, de dicho reino se realizara mayoritariamente por andaluces del resto del territorio, propició que la noción de unidad territorial de toda Andalucía se extendiera, de hecho, al conjunto de los cuatro reinos,​ identificados en algunas fuentes en el siglo XVII con la antigua provincia Bética y frecuentemente denominados los "cuatro reinos de Andalucía", al menos desde mediados del siglo XVIII​, incluso apareciendo así en un mapa de la península ibérica datado en 1770, aunque debemos decir que fruto de una consideración meramente geográfica y nominal pues ambas entidades siguieron conservando sus propia administración, cuestión que perduró hasta 1833 hasta la división administrativa y provincial de Javier de Burgos. Así pues, desde mediados del siglo XVIII los reinos de Córdoba, Jaén, Sevilla y Granada, comenzaron a denominarse conjuntamente como los cuatro reinos de Andalucía, ocupando casi la misma extensión que la actual comunidad autónoma de Andalucía.

S. XVIII. Delimitación de los cuatro reinos andaluces

El estallido de la guerra de la Independencia, en mayo de 1808, establece un nuevo orden de la mano de Napoleón, que pone a su hermano José Bonaparte en el trono. En 1810, el gobierno bajo control francés, intenta ordenar el territorio, dividiéndolo en 38 prefecturas, al estilo de las establecidas en Francia, y 111 subprefecturas, según el proyecto del ingeniero y matemático José María Lanz.​ Las prefecturas recibirían nombres relativas a accidentes geográficos, fundamentalmente ríos y cabos. Esta división hacía tabla rasa de los condicionantes históricos, pero nunca llegó a entrar en vigor, pues el gobierno de José I tan solo controlaba una parte del territorio español y, por otra parte, Napoleón planeaba la incorporación a Francia de las tierras al norte del Ebro. Se crearon 38 prefecturas peninsulares más Baleares y Canarias, quedando en lo que respecta a nuestro territorio dividido en seis prefecturas, además de otra que nos afectaba de forma parcial al incluir la totalidad de las tierras de la Sierra de Segura de Jaén y Granada. La composición es la siguiente:

Prefectura del Genil, con capital en Granada (provincias de Almería y Granada) con las Subprefecturas en Granada, Almería y Baza.

Prefectura del Guadalete, con capital en Jerez de la Frontera (provincia de Cádiz) con las subprefecturas en Jerez de la Frontera, Cádiz y Ronda.

Prefectura del Guadalquivir Alto, con capital en Jaén (provincia de Jaén) con las subprefecturas en Jaén, Úbeda y La Carolina.

Prefectura del Guadalquivir Bajo, con capital en Sevilla (provincias de Huelva y Sevilla) con las subprefecturas en Sevilla, Ayamonte y Aracena.

Prefectura del Guadalquivir y Guadajoz, con capital en Córdoba (provincia de Córdoba) con las subprefecturas en Córdoba, Écija y Lucena.

Prefectura del Salado, con capital en Málaga (provincia de Málaga y sureste de la de Sevilla) con las subprefecturas en Málaga, Osuna y Antequera.

Prefectura del Segura, aunque mayoritariamente fuera de la delimitación de la actual Andalucía, que tenía capital en Murcia (provincia de Murcia, noreste de la de Granada, parte central de la de Albacete y la vega Baja del Segura de la provincia de Alicante) con las subprefecturas en Murcia, Cartagena, Albacete y Huéscar.

Mapa de las prefecturas francesas.

La Guerra de la Independencia impidió adoptar todas estas reformas, pero propició que las Cortes de Cádiz, en 1811, derogaran los señoríos jurisdiccionales, desapareciendo así la división entre señorío y realengo, permitiendo crear 32 provincias, según el nomenclátor de Floridablanca, con algunas correcciones, que no será definitiva pues en 1813 encargan una nueva división provincial a Felipe Bauzá, que determina la existencia de 36 provincias, con siete provincias subalternas, con criterios históricos. Pero nada de esto se llegó a concretar, y el regreso de Fernando VII supuso la vuelta al Antiguo Régimen y la vuelta a dividir España en 29 intendencias generales y 13 consulados. Poco después, con la llegada nuevamente del liberalismo tras el levantamiento del general Riego, durante el Trienio Liberal (1820-1823), se impulsa la construcción del Estado liberal, y con él se promueve una nueva división provincial, aunque primero se recuperan las diputaciones de 1813. Se trataba de que esta división alcanzara a todo el país, sin excepciones, y fuera la trama única para las actividades administrativas, gubernativas, judiciales y económicas, según criterios de igualdad jurídica, unidad y eficacia. Por esa razón, en enero de 1822, se diseña y aprueba, con carácter provisional, una división provincial de España en 52 provincias, apareciendo ya con su diseño prácticamente idéntico al actual las provincias de Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Huelva, Jaén, Málaga y Sevilla, al asumir el territorio provincial el nombre de la ciudad que ostentaba su capitalidad. Algunas de estas provincias aparecen por primera vez, como las de Almería y Málaga (desgajadas del tradicional Reino de Granada) o Huelva (del Reino de Sevilla), mientras que la comarca de la Sierra de Segura continuaba pareciendo vinculada a Murcia. Es cierto que este proyecto hace pocas concesiones a la historia, y se rige por criterios de población, extensión y coherencia geográfica, existiendo una voluntad de superar los nombres históricos y adjudicando a ciudades relevantes el título administrativo de capital provincial. Pero la caída del gobierno liberal y la restauración del absolutismo dio al traste con el proyecto y en 1823 se restablecen las provincias del Antiguo Régimen por lo que el plan de 1822 nunca llegó a entrar en vigor.

Delimitación provincial de 1822

No será hasta 1833 cuando se vuelve a acometer una reforma provincial. Será Javier de Burgos quien incluirá a 49 provincias, agrupando por primera vez las provincias en regiones, pero no teniendo ningún tipo de competencia u órgano administrativo o jurisdiccional común a las provincias que agrupaba, teniendo la adscripción a regiones un carácter clasificatorio, sin pretensiones de operatividad administrativa. Este Real Decreto de 30 de noviembre de 1833 en su Artículo 2 define a Andalucía comprendiendo los reinos de Córdoba, Granada, Jaén y Sevilla, se divide en las ocho provincias siguientes: Córdoba, Jaén, Granada, Almería, Málaga, Sevilla, Cádiz y Huelva. Del antiguo reino de Granada se extrajeron íntegramente la provincia de Almería, la de Granada y la mayor parte de la provincia de Málaga. La provincia de Jaén se formó uniendo las localidades del antiguo reino de Jaén, excepto los municipios de Belmez y Villafranca de Córdoba que se incorporaron a Córdoba, pero sumándole dos poblaciones que hasta entonces pertenecían a La Mancha como fueron Beas de Segura y Chiclana de Segura, también los lugares de Benatae, Génave, Orcera, Santiago de la Espada, Segura de la Sierra (con los agregados de La Puerta y de Bujaraiza), Siles, Torres y Villarrodrigo que hasta ese momento pertenecían al reino de Murcia y por último, la nueva provincia de Jaén, incorporó dos enclaves del reino de Granada como fueron Bélmez de la Moraleda y Solera (municipio hoy integrado en Huelma). El antiguo reino de Córdoba fue la base de la nueva provincia cordobesa, a la que se unió los lugares, hasta entonces, de Extremadura como Belalcázar, Fuente la Lancha, Hinojosa del Duque y Villanueva del Duque; también los dos enclaves del reino de Jaén ya nombrados de Belmez (que incluía el municipio de Peñarroya-Pueblonuevo que se segregó en 1886) y Villafranca de Córdoba, anteriormente llamada Villafranca de las Agujas; pero perdiendo el municipio de Chillón con, en aquel entonces aldea, Guadalmez que pasaron a pertenecer a Ciudad Real. Mientras que del antiguo reino de Sevilla se delimitaron la actual provincia de Sevilla a la que se incorporó la población de Guadalcanal, que hasta entonces pertenecía a Extremadura, pero perdiendo en beneficio de Badajoz las poblaciones de El Bodonal, Fregenal de la Sierra e Higuera la Real; la provincia de Huelva incorporando Arroyomolinos de León y Cañaveral de León, que hasta entonces pertenecían a Extremadura y la totalidad de la provincia de Cádiz.

Incorporaciones territoriales a la delimitación
provincial de Javier de Burgos. 1833

Una de las primeras expresiones de la estructuración provincial de Andalucía fueron las juntas provinciales de 1835, federadas en la Junta Suprema de Andalucía; aunque el primer intento de regionalizar la península lo realizó Patricio de la Escosura que promulgó un decreto el 29 de septiembre de 1847, aunque apenas tuvo vigencia, que dividía la península en once gobiernos generales, quedando el territorio andaluz dividido en dos con la región de Andalucía, con capital en Sevilla que agrupaba las provincias de Sevilla, Córdoba, Cádiz y Huelva; y la región de Granada, con capital en Granada que agrupaba las provincias de Granada, Málaga, Almería y Jaén.

Región de Andalucía y región de Granada

Posteriormente, en 1873, durante la Primera República Española, se elaboró un proyecto de Constitución que definía a España como una República Federal, integrada por diecisiete Estados con poder legislativo, ejecutivo y judicial. Según los artículos 92 y 93, estos «Estados» tendrían una «completa autonomía económico-administrativa y toda la autonomía política compatible con la existencia de la Nación», así como «la facultad de darse una Constitución política»; pero esta constitución, que nunca llegó a adoptarse, nada señala sobre las provincias, cuestión que dejaba en competencia de los 17 Estados miembros, entre los cuales, según su artículo primero, se encontraba Andalucía Alta que abarcaba los actuales territorios de Sevilla, Córdoba, Huelva y Cádiz; y Andalucía Baja agrupando a los de Málaga, Jaén, Almería y Granada.

Estados federales durante la I República

Posteriormente, en 1884, Segismundo Moret presentó un nuevo proyecto de ley de 6 de enero de 1884, que distribuía la península e islas adyacentes en quince regiones administrativas y políticas, insistiendo en la idea, dentro de nuestro ámbito geográfico, de dos regiones, la de Granada con Almería, Granada, Jaén y Málaga; y la región de Sevilla con Cádiz, Córdoba, Huelva y Sevilla. Será siete años después cuando se produjo otro intento de regionalización que tampoco se llegó a consumar, en este caso promovido por Francisco Silvela. Mediante una Real Orden de 20 de julio de 1891 y un Proyecto de Ley en la misma fecha que dio cuenta de la intención de organizar el gobierno de la península, Canarias y Baleares en trece regiones que llegarían a obtener algún tipo de consideración autonómica y que insistía, en nuestro territorio con las dos anteriormente dichas de Sevilla y Granada, pero que tampoco llegó a tener efectos administrativos.

En 1931 con la llegada de la Segunda República Española, cuando se introdujo en la Constitución la posibilidad de que las regiones que componían España se convirtiesen en autonomías. Así, en 1932 Cataluña aprobó su Estatuto de autonomía, mientras que las provincias Vascongadas, aunque aprobaron su estatuto autonómico, no la consiguieron hasta 1936; mientras que en Galicia también se redactó un estatuto de autonomía, que fue aprobado en referéndum por el pueblo gallego pero que, al estallar la Guerra Civil, no entró en vigor; y por último Andalucía, con un estatuto promovido por Blas Infante, que quedó redactado pero sin llegar a ser presentado en referéndum ante el pueblo andaluz, en el que se agrupaban las dos regiones tradicionales en que se había dividido el territorio, Sevilla y Granada, para forma una sola con la denominación de Andalucía. Con el final de la guerra civil y la dictadura de Francisco Franco las regiones pierden su importancia política pasando toda gestión territorial a las diputaciones​ y a los Gobiernos Civiles de cada provincia.

Regiones con derecho autonómico durante la II República

No será hasta la democracia en 1975 cuando vuelva a tener sentido hablar de las regiones de España. Cuestión que se reafirma poco después con la aprobación de la Constitución de 1978, en su título VIII capítulo tercero, determina la creación y estructuración del estado autonómico, siendo el 31 de julio de 1981 cuando UCD y PSOE aprueban los pactos autonómicos por los cuales España se vertebra en 17 comunidades autónomas y dos ciudades autónomas (estas últimas lo serán oficialmente en 1995), dividiéndose cada autonomía en varias provincias, excepto aquellas formadas de manera uniprovincial.

Estado autonómico reconocido en la Constitución de 1978

La Comunidad Autónoma Andaluza, considerada como comunidad histórica y por lo tanto siguiendo el proceso contemplado en el artículo 143 de la Constitución, por el que se alcanzan de forma más rápida la plena gestión competencial, consideración ganada a pulso por los andaluces tras el referéndum del 28 de febrero de 1980.

Referendum andaluz por la autonomía

Este marco legal sirvió para la redacción del Estatuto de Autonomía andaluz, redactado el 12 de febrero de 1981 y aprobado en referéndum por los andaluces el 20 de octubre de ese mismo año, 1981, determinando en el mismo que el territorio autonómico se compone de las ocho provincias históricas de Huelva, Cádiz, Sevilla, Málaga, Córdoba, Jaén, Granada y Almería que se correspondían territorialmente, salvo pequeñas modificaciones, con la división provincial establecida por Javier de Burgos en 1833.

Estatuto de Autonomía Andaluz. 30 diciembre 1981

viernes, 12 de febrero de 2021

UNA LARGA HISTORIA.

En el presente artículo pasamos a revelar el largo periplo que se tuvo que pasar para convertir en realidad la notable aspiración de dotar a nuestro pueblo de un instituto de enseñanza secundaria. La exitosa gestión, contó con el decidido apoyo de diversos colectivos sociales, educativos y de los ayuntamientos afectados por una planificación educativa que hubiera supuesto una marginación para muchos jóvenes de nuestro pueblo y otros pueblos colindantes, que afortunadamente se pudo corregir gracias al esfuerzo de todos. Aquí quedan reflejadas las particularidades de una gestión que proporcionó a Puente de Génave de un importantísimo servicio del que están disfrutando numerosas generaciones de jóvenes de nuestro pueblo y comarca. 

Fachada principal del centro.

NUESTRO INSTITUTO. SU HISTORIA.

( j.t. )

La historia de nuestro instituto, el IES Valle del Guadalimar, es una historia repleta de obstáculos y dificultades. En primer lugar, porque en el Mapa Escolar que presentó la Junta de Andalucía de forma provisional allá por 1995, para la aplicación de la LOGSE, no se contemplaba la existencia de este centro en nuestro pueblo al no haber los alumnos suficientes establecidos en dicha normativa provisional, con lo que los alumnos de Puente de Génave se tendrían que haber desplazado a Arroyo del Ojanco al finalizar segundo curso de secundaria, pues era Arroyo del Ojanco donde el nuevo mapa establecía la creación de un Centro de Secundaria. Inmediatamente, desde el Ayuntamiento, se establecieron los criterios, con el apoyo de la comunidad educativa local y en coordinación con los Ayuntamientos de Villarrodrigo y de Génave, para interpelar a la Consejería de Educación y proponer una alternativa que finalmente fue aprobada tras no pocos esfuerzos. De esta forma se contempló la creación de un centro de secundaria en Puente de Génave donde asistirían los alumnos de las localidades mencionadas y los núcleos de población de Peñolite, Los Pascuales, Los Llanos, Venta San José y Bonache, para así “ahorrar” un gran número de kilómetros, hasta cerca de cincuenta, y tiempo en sus desplazamientos, al no tener otra alternativa en el mapa escolar que los centros de Siles y el de Arroyo del Ojanco al nuevo centro solicitado por nuestro pueblo. Ante el requerimiento se ofertaron locales y se hicieron todo tipo de gestiones para finalmente conseguir que la Junta, y su departamento de educación a través de la Delegación de Educación en Jaén, incluyera nuestro instituto en el Mapa Escolar Andaluz definitivo.

De esa forma, durante el curso 1997/98, se creó la Sección Educativa dependiente del IES Doctor Francisco Marín de Siles, para impartir estudios de secundaria en nuestro pueblo. Así los alumnos de 1º y 2º de ESO ya no estarían en el colegio San Isidro Labrador y, además, los alumnos de 3º y 4º de ESO no tendrían que viajar para ir a Siles o Beas de Segura.

Actividades educativas del centro.

Ya en el verano de 1998, se hicieron las obras necesarias para habilitar los locales de la Escuela de Agricultura Ecológica con seis aulas, además de otras pequeñas dependencias que harían la función de sala de profesores, departamentos, secretaría, sala de reuniones y aula de apoyo, siendo la calle el lugar reservado para el recreo, situación precaria que duró más de tres años. Paralelamente al inicio de las clases, se asignan los terrenos, se adjudica la redacción del proyecto de obras, que tardará más de la cuenta en ejecutarse, se licitarán las obras y se adjudican a la empresa Beltrán Campos de Baeza, que había competido con otras dos empresas constructoras de Madrid y de Sevilla.

Es fácil imaginar que ese primer curso contó con una ardua planificación que sirvió para captar alumnos, previsión de unidades y profesores, secuenciación de objetivos, elaboración de programas de actividades extraescolares y un plan de tratamiento de temas transversales; siendo doce profesores, algunos compartidos con el instituto de Siles, los que atendieron, en ese curso inicial, a seis grupos de ESO (un primero, dos segundos, dos terceros y un cuarto).

El curso siguiente 1999/2000, se tuvo también seis grupos, con la misma distribución que el curso anterior. Ese año ya se contó con profesor de Educación Especial y con dos aulas prefabricadas para aliviar estrecheces, incluso se acondicionó un sótano para utilizarlo como taller de tecnología. Era evidente que las instalaciones no eran las más idóneas, ya que incluso, cuando se producían lluvias, las humedades eran grandes e incluso se llegó a padecer inundaciones.

Actividades docentes del centro.

A pesar de las dificultades, en el curso 2000/01 ya eran siete los grupos al añadirse una nueva clase de cuarto y se pudo contar con un aula de educación especial; pero el prometido nuevo edificio no llegaba a pesar de tener un enorme incremento de matrícula por haber conseguido dejar de ser una sección del instituto de Siles, para así convertirnos en centro educativo reglado, posibilitando la incorporación de nuevos alumnos de tercero y cuarto procedentes de Génave y Villarrodrigo y de las pedanías circundantes: Peñolite, Los Pascuales, Los Llanos, Venta San José y Bonache. Esto en la práctica produjo enormes problemas de espacio y masificación en las precarias instalaciones provisionales con las que se disponía, lo que provocó mayor urgencia en la finalización de la obra del edificio nuevo en Pedronares. Pero la obra, que debería haber finalizado en mayo de 2001, se fue demorando a pesar de las sucesivas promesas de la empresa constructora, hasta que, finalmente, ésta presenta suspensión de pagos a primeros del año 2002. Afortunadamente, la Intervención Judicial no se opone a la resolución del contrato con el Ayuntamiento, con lo que se podrá finalizar la obra adjudicándola a otra empresa constructora, haciendo las gestiones desde el Ayuntamiento, colectivos de padres y personal docente frente a la Delegación de Educación en Jaén para una recepción parcial del edificio, aún inacabado (faltaba pequeños detalles estructurales, el gimnasio y acondicionar pistas deportivas), y así poder trasladar, a finales del mes de abril de 2002, todo el material, cosa que se hizo en tan sólo un fin de semana, para iniciar la dinámica docente en unas nuevas instalaciones del Instituto de Enseñanza Secundaria Valle del Guadalimar, nombre que se le otorgó al centro tras convocar votación entre padres, alumnos y personal docente, aprobándose posteriormente en Consejo Escolar y trasmitido a las autoridades educativas.

Rótulo identificativo de la Junta de Andalucía

La obra se reinició durante el curso 2002/03 por otra empresa adjudicataria, recibiendo sus clases de forma ya normalizada otros siete grupos: un primero, dos segundos, dos terceros, dos cuartos y un desdoble para diversificación curricular. Todo ello, a pesar que la obra discurría a ritmo excesivamente lento, especialmente la del gimnasio, no siendo concluidas hasta los últimos meses del año 2004, donde ya se pudo disfrutar de un perfecto y completo equipamiento docente.

Un largo periplo que, de todos modos, ha merecido la pena. Las cosas, muchas veces, la inmensa mayoría de veces, cuestan más de lo esperado, por lo tanto, vamos a felicitarnos porque nuestro pueblo cuenta con un importante servicio, que se suma a nivel educativo al colegio de educación primaria San Isidro Labrador y a la escuela infantil Carmen Medina, dotando a nivel educativo a nuestro pueblo de unos servicios educativos plenos que nada tienen que envidiar a los de poblaciones de mayor tamaño que Puente de Génave.

viernes, 29 de enero de 2021

CERVANTES, D. QUIJOTE Y LAS TIERRAS DE LA SIERRA DE SEGURA.

La propia cercanía geográfica de los lugares donde desarrolló gran parte de su vida nos puede hacer pensar que la vinculación, cuestión que evidentemente quedó después reflejada en su obra, de D. Miguel de Cervantes con Jaén y la Sierra de Segura fue considerable. Esta es la cuestión que se intenta demostrar en este artículo de Alejandro F. Idáñez que a continuación les presentamos. 

LA SIERRA DE SEGURA EN LA OBRA DE CERVANTES.

Por Alejandro Faustino Idáñez de Aguilar.

     Entre los personajes ilustres que han visitado la comarca de la Sierra de Segura o que han residido en ella, se cuentan algunas de las más importantes figuras de la literatura española y de la mística religiosa. Jorge Manrique, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, y otros más modernos, cuya presencia habría que estudiar algún día detenidamente. Hoy vamos a centrar la atención sobre don Miguel de Cervantes, autor de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, el libro más conocido y seguramente leído del mundo junto con la Biblia.

Miguel de Cervantes

    Cervantes nació en 1547 en Alcalá de Henares, hijo de Rodrigo Cervantes, un cirujano-barbero, parecido a un practicante o ayudante sanitario de nuestros días, y de su esposa Leonor de Cortinas; residiendo en dicha ciudad, Valladolid, Esquivias, Sevilla, Córdoba, Toledo y finalmente Madrid, donde muere en 1616 a los 69 años. De su presencia en la zona de Segura y su tierra hay testimonios fehacientes en diversas fuentes y autores. En su condición de Comisario Real de Abastos, Miguel de Cervantes, recibe en 1591 la orden de trasladarse a Jaén para proseguir las sacas de cereales destinadas al abastecimiento de la Armada. Según nos dice Trapiello en su obra “Las vidas de Miguel de Cervantes”, ­“…..después de Jaén se dirigió Cervantes a varios pueblos más de Andalucía, entre los que se contaron Estepona, Baeza y Úbeda, donde a la sazón vivió, en el convento de carmelitas, Juan de Yepes, conocido tras subir a los altares con San Juan de la Cruz…”. Quedando ratificada por la mayor parte de sus biógrafos la presencia de D. Miguel, en los primeros meses de ese año 1592, recorriendo la mayor parte de los caminos de las provincias andaluzas de Sevilla, Córdoba y Jaén.

Baeza

     Como viajero incansable por los caminos de España, fueron muchas las ocasiones en que Cervantes transitó por las vías que discurren por la comarca de Segura en sus frecuentes desplazamientos a Sevilla y otros muchos lugares andaluces, desde Madrid y Toledo, a cuyo fin pasaría por la vieja ruta que, desde la antigua ciudad de Cástulo, cerca de Linares, discurre por la zona del Condado, cruza el río Guadalimar y a través de Montizón y Villamanrique hasta Mariana (actual Puebla del Príncipe), Almedina y, a través de Villanueva de los Infantes, se dirigía en dirección a Toledo o a Madrid, en un viaje de ida y vuelta que repitió en nombradas ocasiones, deteniéndose a pernoctar en las diversas ventas y posadas que ofrecían sus servicios a los viajeros, entre las cuales alguna de ellas estaba situada en terrenos pertenecientes a la encomienda de Segura.

Castillo. Montizón

    En cuanto a la presencia de don Quijote y Sancho,  recientes estudios  realizados por un equipo de la Universidad Complutense de los distintos  viajes y desplazamientos de los protagonistas que narra la novela, localizan como centro de las rutas de Don Quijote y Sancho la ciudad de Villanueva de los Infantes, capital del Campo de Montiel limítrofe a la comarca de la Sierra de Segura, transcurriendo muchos de los avatares vividos por ambos personajes en Sierra Morena, y en concreto, en la franja que separa Jaén y Ciudad Real al norte de la Sierra segureña, que algunos escritores recogen.

Plaza Mayor. Villanueva de los Infantes

    Precisamente en esa ruta se encuentra la Venta del Villar, una antigua posada de viajeros que era propiedad de la encomienda de Segura, junto a la dehesa de Zahora y otros bienes, que más tarde sería llamada Venta Nueva, situada entre Montizón y Villamanrique. Un lugar donde Cervantes tuvo que hacer noche en varias ocasiones a lo largo de su vida, y en la cual se desarrolló la bien conocida escena en que Don Quijote es armado caballero por su viejo amigo el posadero junto al pilón de agua del patio, y otras aventuras increíbles que tienen lugar en los caminos de acceso que transcurren por la zona. Este hecho está avalado por varias fuentes y testimonios de autores: “La Venta Nueva, una venta situada a dos leguas de distancia, donde tiene lugar el manteo de Sancho está situada entre la Torre de Juan Abad y Villamanrique mientras que la Venta de los Santos, en plena Sierra Morena, estaría situada entre Chiclana y Santisteban del Puerto, además de describir otros lugares de nuestra Sierra Morena”, según atestigua Zamora Moreno.

    El uso de la Venta Nueva era muy frecuente entre los viajeros que seguían el Camino Real de Toledo a Granada, siendo ruta utilizada por Quevedo, por el rey Felipe IV o las tropas francesas de Napoleón, para seguir desde allí por el paraje de Barranco Hondo en Villamanrique, siendo esta población donde confluía con el Camino Real de Andalucía a Valencia que se dirigía hacia el este desde las poblaciones del Condado por Albaladejo y Villanueva de la Fuente (antigua Mentesa oretana). Por lo tanto, no es de extrañar que Cervantes transitara asiduamente por estos caminos y por los que desde aquí unían estos lugares manchegos con la Sierra de Segura para continuar a Cartagena, según informa M. Corchado en su estudio.

Caminos en el Campo de Montiel

    Son varios los parajes entonces propiedad de Segura y su encomienda, y de la encomienda de Montizón, donde don Quijote ejerce su oficio caballeresco en defensa de los desvalidos, liberando a un pastorcillo de los castigos que su amo le propinaba atado a una encina, y de los daños que infieren al caballero los mercaderes toledanos con que se cruza en el camino, que le devuelven a su casa malherido. Ya en la primera salida de andanzas, don Quijote, alude a estos lugares que narra el capítulo II de la primera parte: “Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los más calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un  corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo….cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas (del colchón de su cama), subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel. Y era la verdad que por él caminaba.” También en el capítulo XXVIII, recuerda el autor los parajes montañosos tan queridos para él: “Diose don Quijote una gran palmada en la frente y comenzó a reír muy de gana y dijo: -Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras salidas, sino dos meses apenas…”. Así mismo, en la segunda salida del caballero andante, que narra en el capítulo VII, Cervantes explica la ruta que emprende el viajero: “Acertó don Quijote a tomar la misma derrota (rumbo) que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol no le fatigaban”.

D. Quijote y Sancho

    De la repetida permanencia de D. Quijote en Sierra Morena es abundante la mención que se contiene en varios pasajes del libro, y en concreto en el mismo título de los capítulos XXIII al XXVI. A este respecto, conviene aclarar que, la Sierra Morena a que se refiere D. Quijote es el tramo que ocupa el Campo de Montiel en la divisoria entre La Mancha y Jaén, por donde iba el camino de paso entre Toledo y Andalucía que confluía con el de Valencia y Cartagena. Un trecho que coincide con los actuales pueblos castellano-manchegos del sureste de Ciudad Real como Villanueva de los Infantes, Terrinches, Montiel, Almedina, Villamanrique, Torre de Juan Abad o Albaladejo y los jiennenses de Villarrodrigo, Siles, Orcera, La Puerta, Génave, Puente de Génave, Montizón o Chiclana de Segura.

Campo de Montiel y la Sierra de Segura

    Son varias las aventuras que viven los famosos personajes don Quijote y Sancho en los campos del área manchego-segureña y sus proximidades, según Zamora Moreno al afirmar que: “en estas tierras, nuestro entorno, se describen una buena parte de los acontecimientos más bellos e importantes de la obra de Cervantes. Del capítulo XV al LII que resulta ser el 35 % de toda su obra y el 75 % de la primera parte del Quijote, todo ello en la segunda salida del Quijote”. Citas textuales de la presencia del hidalgo caballero en los terrenos intermedios entre Ciudad Real y Jaén, se acreditan en el Cap. XXIII “De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena…”, en el Cap. XXIV “Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena…”, en el Cap. XXV “Que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha…” o en el Cap. XXVI “Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena…”. Estas referencias demuestran la frecuencia con que Don Quijote y Sancho deambulaban por la parte de Sierra Morena que se reparte entre las tierras del Campo de Montiel y las de la Encomienda de Segura, siendo algunos parajes perfectamente identificables para muchos habitantes de Villarrodrigo, Génave y otros municipios de la Sierra de Segura.

Mapa de la zona manchego-segureña S.XVII

    Aunque no se sabe con certeza la secuencia de la redacción de la famosa novela por su autor, lo más probable es que el Quijote se engendrara y se empezara a escribir en Andalucía; para después perfilarse en la Mancha…, escribiéndose en diferentes periodos que podrían corresponder a las distintas andanzas del caballero, siendo probable que Cervantes escribiera su libro a lo largo de mucho tiempo y con muchas interrupciones, viajando con sus papeles. Hay que imaginarlo, por lo tanto, años enteros yendo de un lugar a otro de Andalucía, parando a dormir en diferentes sitios, residiendo algún tiempo en un pueblo o una ciudad de nuestro entorno y así iría escribiendo, según afirma J. Marías. Por lo tanto, no entra dentro de lo descabellado pensar en la posibilidad de que Cervantes pudiera escribir algunas páginas en la ya nombrada Venta Nueva. Y otro tanto cabe pensar sobre el lenguaje de don Quijote y Sancho, que pudieron usar alguna de las palabras utilizadas en los parajes del Campo de Montiel y aún de la zona inmediata de la Sierra de Segura, pues, solamente un viajero que había conocido varios países, lenguas y ambientes diferentes podría hacer gala de un léxico tan rico como el que muestra en el libro, pues, como afirma J. Marías en su texto “Cervantes, clave española”, Cervantes maneja todos los registros del lenguaje, desde los más elevados, alambicados, retóricos, arcaizantes, hasta los más populares, coloquiales, desgarrados, burlescos, la germanía, absolutamente todo; por lo que no cree que haya ningún otro autor que use con tanta seguridad, acierto y complacencia todos los registros del español; y que solamente con su obra se pueda reconstruir toda la lengua española de su tiempo, el vocabulario, los giros, los modismos, los refranes, los diferentes tonos, los niveles”.

Ejemplar facsímil del Quijote.

    Cervantes fue coetáneo de otros ilustres visitantes de la zona como  San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús que había fallecido en 1582, interviniendo el escritor en el  acto de beatificación de esta última celebrado el 25 de septiembre de 1614, con motivo de las justas poéticas organizadas, donde el autor declamaría un poema titulado “Por Miguel de Cervantes a los éxtasis de la Beata Madre Teresa de Jesús”, durante el cual una mascarada estudiantil representó también los imaginarios esponsales de Don Quijote y Doña Dulcinea, que ya eran personajes cervantinos famosos.

Representación de la obra de Miguel de Cervantes.

    Sirvan estas líneas para dejar constancia de la presencia de don Miguel de Cervantes y sus personajes novelescos en tierras de la zona de Segura, en la parte que ocupan las estribaciones de Sierra Morena delimitada en La Mancha por su Campo de Montiel y por la comarca de la Sierra de Segura en la zona jiennense, cerca de los ríos Guadalmena y Guadalimar que separan ambas áreas.

 

Bibliografía consultada

-El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Felipe González Rojas, Editor. Madrid, 1894 

-Don Quijote de la Mancha. Real Academia Española de la Lengua. Edición del IV Centenario. Santillana Ediciones. Madrid 2004

-Corchado Soriano, M. “Pasos naturales y antiguos caminos entre Jaén y la Mancha”.Boletín del Instituto de Estudios Giennenses nº 38, pp.9-40. Jaén, 1963

-Marías. J. Cervantes clave española. Alianza Editorial.Madrid, 1990

-Rodríguez Castillejo. J. Don Quijote por los Campos de Montiel. Ciudad Real, 1999

-Rodríguez Perea, S. Desde un lugar de La Mancha. Ciempozuelos, 1997

-Spunberg, Alberto. Miguel de Cervantes. Ediciones Rueda. Madrid, 2003

-Trapiello. A. Las vidas de Miguel de Cervantes. Ed. Planeta. Barcelona, 1993

-Al morir don Quijote. Ediciones Destino. Barcelona, 2006

-Villaverde Gil, A. Viaje por La Mancha de don Quijote y Sancho. Aache Ediciones. Guadalajara, 2002

-Vizcaíno, J.A.  Caminos de La Mancha. Ediciones Alfaguara. Madrid, 1966

-Zamora Moreno, C. Chiclana de Segura. Egedsa. Sabadell, 2005